Consejos de ministros en las regiones: democracia, populismo y centralismo - Razón Pública

Consejos de ministros en las regiones: democracia, populismo y centralismo

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El presidente Juan Manuel Santos con 4 ministros

Andrés DávilaLectura fina y divertida de los estilos, contenidos, mensajes y consecuencias de estas reuniones y de sus progenitores –los “consejos comunitarios”, los “acuerdos por la prosperidad”-. Un revuelto de gobierno, desgobierno, participación y tele-populismo.

Andrés Dávila L.*

Antes descansaban

Hubo una época, feliz, olvidada, cuando los gobernantes trabajaban desde sus despachos y – aunque hacían presencia en las regiones, en asambleas gremiales o en eventos populares-    tenían el mismo horario laboral que la mayoría de sus conciudadanos.

Sin duda a veces tenían que ocuparse de problemas urgentes o complejos en los fines de semana, en épocas de vacación o en días festivos. Claro está, los días patrios, especialmente el 20 de julio y el 7 de agosto los tenían que pasar en eventos oficiales: la posesión del Congreso, el desfile de las Fuerzas Armadas, la Consagración al Sagrado Corazón de Jesús -desde que el 22 de junio de 1902 y para agradecer el fin de la Guerra de los Mil Días, se  realizó  la ceremonia en la iglesia del Voto Nacional en Bogotá-.

Gobernar no implicaba trabajar, trabajar y trabajar. Esto le correspondía a los subalternos y a los colombianos comunes y corrientes. 

No obstante, por razones de respeto, de sumisión o de simple consideración por las demás personas, se aceptaba que el presidente y sus ministros tuvieran cuando menos los fines de semana para descansar, reponer fuerzas y volver con empeño a las labores y responsabilidades del gobierno.

De hecho, tanto Hato Grande en las goteras de Bogotá, como la Casa de Huéspedes de Cartagena constituían lugares de refugio, retiro y, sólo eventualmente, actividad laboral o pública de los mandatarios. Gobernar no implicaba trabajar, trabajar y trabajar. Esto le correspondía a los subalternos y a los colombianos comunes y corrientes.

El Ex-presidente Uribe en Medellín en julio del año 2010.
El Ex-presidente Uribe en Medellín en julio del año 2010.
Foto: Globovisión

Trabajar y trabajar y trabajar

La situación cambió radicalmente en 2002, con la llegada de Uribe a la presidencia: desde aquel 7 de agosto gobernar se convirtió en una actividad sin fin y sin descanso.

En el mundo de Uribe no había tiempo que perder y era preciso mostrarles a los colombianos que desde el presidente para abajo, la razón de vivir de los funcionarios públicos estaba en el trabajo. No había lugar para las pausas, lo esencial era actuar, actuar, actuar, hacer, hacer, hacer  -o al menos que así lo pareciera-.  

En semejante “clima organizacional”, el presidente se dedicó a realizar sus célebres  “consejos comunitarios” los fines de semana en todas las regiones y rincones del país. Era su modo de establecer contacto directo con la población y demostrar –en contraste  con sus antecesores- su voluntad de servicio y su dedicación obsesiva al cumplimiento del plan de gobierno. Fue así como arrancaron esas reuniones, donde hablaban voceros de las entidades, grupos o poblaciones afectadas por los diversos problemas locales, se discutían alternativas, se formulaban recomendaciones y, de ser necesario, se llamaba la atención a los funcionarios que incumplían acuerdos o promesas.

En algunos de esos eventos sucedieron hechos tan llamativos, como la denuncia sobre su próximo asesinato por parte de un alcalde que, en efecto, fue asesinado un tiempo después.   O aquella vez en que el presidente, pasando por encima de la Constitución y las leyes, fungió de policía, fiscal y juez, tres huevitos en uno, para ordenar la detención de un personaje acusado de violar la ley. O el día en que dio su número de celular para que cualquier colombiano lo llamara.

Consejos-espéctaculo

Los consejos comunitarios de los fines de semana fueron para el presidente Uribe una estrategia de presencia del gobierno nacional en muchos municipios y regiones. Fue una fórmula cuasi-permanente, reiterativa y adaptable que sin duda sirvió para tres propósitos políticos:

  • Darle vida simbólica y concretar la etérea propuesta del Estado Comunitario,
  • Servir de cápsula de lanzamiento de la propuesta del Estado de Opinión, y
  • Darle una expresión concreta a los escarceos de un populismo de derecha, entre el modelo de Fujimori en Perú, y el Aló presidente de su  “gemelo fantástico”, el presidente Chávez en Venezuela.

Y sirvió también para un propósito personal: dar salida a la fobia del presidente al descanso en familia de los fines de semana, bien fuera en el Palacio de Nariño, en Hatogrande, en Cartagena o en El Ubérrimo.    

Paradójicamente sin embargo, los consejos comunitarios no servían para nada concreto: se oían demandas de sectores y líderes previamente elegidos y filtrados por el régimen, se divulgaban problemas y promesas, se regañaban funcionarios, se veía a un presidente estoico que ni al baño tenía que ir durante horas, se jugaba a un remedo de democracia participativa, se permitía que Andrés Uriel (q.e.p.d.) declamara extensos poemas barrocos sobre carreteras y curvas y picos y valles y variantes. Y a muchos funcionarios altos (al comienzo), medios (a la mitad) y bajos (la mayor parte del tiempo) recoger demandas, recitar (¡recitar!) cifras y perder sábados y domingos. También permitía engañar a estudiosos y opositores que soñaban con que allí se tomaban decisiones, se “pavimentaba con votos”, se hacía política cruda y dura.

Paradójicamente sin embargo, los consejos comunitarios no servían para nada concreto

En realidad, y con enorme habilidad se mecían dos o tres mantras de la política posmoderna: populismo light, democracia participativa, comunicación directa de gobernantes y gobernados. Al final, se arropaba un burdo caudillismo con maneras y maniobras que eran – o parecían ser- muy bien recibidas por la ciudadanía. La engañosa transmisión televisiva, pública y gratuita en la era de la televisión por cable, constituía otra decisión caprichosa e indiscutible. Y, como es de suponer, la institucionalidad regional y local salía bastante maltrecha, abrumada por la en apariencia todopoderosa presencia del gobierno nacional que se saltaba cualquier conducto regular de la democracia.  

El Presidente Santos de visita en la Institución Educativa ‘La Adiela’ en Quindío.
El Presidente Santos de visita en la Institución Educativa ‘La Adiela’ en Quindío.
Foto: Presidencia de la República

El peso de la herencia

En una palabra, la exaltación de la videopolítica. Y, si somos sinceros, lo que le heredó Uribe a Santos traía un cuarto huevito envenenado: el de la relación cercana, sencilla, dicharachera, autoritaria, paternalista, “capatacesca” que el presidente lograba con cualquier colombiano del montón.

Juan Manuel Santos, “estirpe” bogotana, no tuvo opción. Aunque con seguridad hubiese preferido desarrollar actividades de recreo y descanso los fines de semana, la supuesta necesidad de hacer presencia y tener contacto cercano con la población se impuso. Si quería mantener favorabilidad alta tenía que correr riesgos de fondo y de forma. Y en la forma tenía demasiadas desventajas. 

Entonces le apostaron a una fórmula edulcorada, en apariencia mejorada, de los Consejos Comunitarios. Pomposamente, los llamaron Acuerdos por la Prosperidad. También iban por televisión y también obligaban a muchos funcionarios a acompañar al presidente. Comenzaban los viernes con varios ejercicios de aparente participación organizada y modernamente gestionada por el “Buen Gobierno”, para parecerse pero diferenciarse y al menos cumplir con la mezcla viciada que mencioné atrás:  populismo, participación, presencia del gobierno nacional.

Pero, como una mala segunda parte, no tenía sabor, no atraían ni en vivo ni en televisión a los ciudadanos, tampoco a los medios. No pasaba nada. A lo sumo y de manera reiterativa el presidente saludaba a la gente de Sumapaz, pero estaba en el Tequendama. Y lo peor, y viceversa.

Un lánguido sustituto

Los Acuerdos se siguieron haciendo por deber y por cansancio. No alcanzaron a la mitad de los Consejos Comunitarios. Pero ya, para un segundo período, no parecían pertinentes. Entonces, desaparecieron con su logística y sus cerebros y sus recónditas maneras de hacer política. Después de varios meses, y ad portas de un proceso electoral local y regional, fueron reemplazados por pomposos consejos de ministros en diversas regiones. Y comenzaron por Guapi, en el Cauca y en Cúcuta, en la frontera con Venezuela.

Una fórmula edulcorada, en apariencia mejorada, de los Consejos Comunitarios. Pomposamente, los llamaron Acuerdos por la Prosperidad. 

Cabe preguntarse, ¿qué pretendían?, ¿comenzaron bien?, ¿servirán para algo? Indudablemente, al menos queda la constancia de que el presidente en su paso por Colombia estuvo en alguna región, recogió información acerca de los problemas e hizo un recuento pormenorizado de sus logros gubernamentales. También, ministros y funcionarios poco presentes en los territorios tienen alguna actividad y contacto con esas poblaciones.  Gobernadores y alcaldes cuentan con la oportunidad de tener interlocución con ellos. 

Pero en realidad se trata de otra estrategia momentánea para que el gobierno intente acercarse a lo regional, lo local, lo territorial. Prima la forma y una pretendida presencia que no alcanza a suplir un déficit añejo y estructural, pero tampoco las carencias evidentes de los gobiernos de Santos en tal sentido. Constituye un impulso eventual, atado a la preocupación por las elecciones de octubre y, eventualmente, puede traer algunos beneficios concretos para alguien (imposible que no). Mantiene los mismos problemas de las figuras previamente utilizadas. No resuelve las dificultades de articulación y coordinación intersectorial y por niveles de gobierno. Y posterga, oculta, suprime, la posibilidad de preguntarse mejor y más a fondo cómo revisar, plasmar, conseguir, corregir una adecuada descentralización y una mejor relación nación-territorios, centro-periferia. También, para resolver los dilemas de la hibridación entre representación y participación que nos legó la Constitución del 91. Y, con seguridad, no resuelve los problemas del gobierno para que su gestión y su contacto lleguen a estas poblaciones y se reflejen en las encuestas.

Hecho diciente, mientras el conjunto del gobierno andaba en estas, el Vicepresidente entregaba viviendas en el Magdalena…

 

* Politólogo de la Universidad de los Andes, maestro y doctor en Ciencias Sociales de la FLACSO, México,  profesor asociado y director del Departamento de Ciencia Política de la Facultad de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales de la Pontificia Universidad Javeriana.

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Acerca del autor

Andrés Dávila
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*Politólogo, maestro y doctor en ciencias sociales de la FLACSO, México, profesor titular de la Facultad de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales de la Universidad Javeriana.

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*Politólogo, maestro y doctor en ciencias sociales de la FLACSO, México, profesor titular de la Facultad de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales de la Universidad Javeriana.

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