Los enemigos del hombre: el mundo, el demonio y la carne - Razón Pública

Los enemigos del hombre: el mundo, el demonio y la carne

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Con seguridad, somos ya muy pocos en el mundo de habla hispana los que tuvimos como manual de doctrina cristiana el viejo catecismo Astete. Si hay algo que evoque el concepto de lavado de cerebro con precisión, es ese librillo escrito para la memorización de una doctrina por la vía de la repetición al infinito de fórmulas hechas para el efecto. Una de esas fórmulas, imposibles de olvidar, es la tríada de los enemigos del hombre, que son, a saber: el mundo, el demonio y la carne.

A los siete años de edad el único enemigo reconocible era el demonio. El mismísimo “patas”. Pero el mundo era una incógnita indescifrable y la carne, tan apetecida ¿me miraba desde el plato para hacerme daño? Pasada ya la octava década de la vida, el misterio sigue sin solución porque no han aparecido los anunciados en otra fórmula sacra: ¡doctores tiene la iglesia que os sabrán responder!

En el lanzamiento de un libro de Eduardo Pizarro sobre las FARC, hace más años de los que estoy dispuesto a confesar, usé el recuerdo del Astete para jugar con el cuento: los enemigos de las FARC eran el mundo que, con la caída del imperio soviético les quitaba un puntal de politización. El demonio era la criminalización en la que había caído la guerrilla y el tercero, la carne, y perdonen la redundancia, se encarnaba en el dinero. Este último, con su poder cuasi mágico, reemplazaba la política para crecer y fortalecerse. 

Hoy vuelven a la memoria los enemigos malos (¿habrá alguno bueno?) y llegan un paso adelante. Los grupos y movimientos que intentaron imitar a los barbudos de la Sierra Maestra, pasaron y murieron como modalidad de lucha. Han sido sucedidos por sus respectivos “enemigos del hombre” 

de nueva generación. La guerrilla clásica con su horizonte de revolución, ahora sin la mística de los primeros tiempos, se asomó a la trinchera de los enemigos corruptores, mundo, demonio y carne, para transformarse y dar lugar al nuevo protagonista de las historias de violencia. Hoy caen en la modalidad de Crimen Organizado Transnacional. 

Ya no son grupos con definición y objetivos de política. Pero la política, como el gringo de Jaime Garzón, está ahí, presente por su lado más oscuro. El Crimen Organizado Transnacional crea legitimidades paralelas a los Estados por la vía de la satisfacción de necesidades, negocia en campos muy variados de la economía sin superintendencias que lo vigilen, genera gobernanzas también paralelas, tiene un servicio de relaciones exteriores con su respectivo cuerpo diplomático para negociar con estructuras similares, borra y se apropia de vías de comunicación y para estos grupos, las fronteras de los Estados dejan de existir. 

El Crimen Organizado es importador y exportador. Crea mercados alternativos. Desarrolla ejércitos y policías propios. Se legitima ante grupos sociales que sobreviven bajo sus alas. La informalidad laboral, donde la haya, lo provee de mano de obra (en nuestro caso abundante) para asumir las tareas de distribución en los mercados paralelos y para formar en los cuerpos de control.

Junto a los grandes negocios como la minería ilegal y el narcotráfico, aparece el mundo. La cara mundana la da la propensión de estas organizaciones a tomar el comercio ilegal de artículos de lujo como uno de sus renglones más fuertes. Relojes y joyas, armas y servicios financieros muy rentables, al estilo del “gota a gota” colombiano, la

prostitución, con su corolario de tráfico de personas, y todo cuanto sea rentable en el mundo de las economías desreguladas.

La cara demoníaca cobra la forma de prácticas violentas, que en los submundos del crimen son la forma más eficiente de ejercer el control de masas de población y de mantener la disciplina dentro de las estructuras organizativas. Las confrontaciones con el Estado se hacen con aparatos armados clandestinos y han dado lugar a choques que alcanzan dimensiones de combate tan elevadas como los recientes enfrentamientos que tuvieron lugar en las favelas de Río de Janeiro.

La carne, es la captura o construcción de redes de distribución de productos de todo tipo y la extorsión para succionar rentas de las economías legales. Las redes del narcotráfico son las más nombradas, pero con frecuencia, se trata de productos que no son ilegales, pero que se comercian por fuera de las regulaciones estatales. Una muestra es la venta de cigarrillos de contrabando y la de teléfonos celulares.

El peligro no es solamente el deterioro de las rentas del Estado, sino la dimensión política que alcanzan. En América Latina ya se ve la lucha por el control de puertos marítimos y fluviales, la corrupción de instituciones estatales y la generación de cuadros capacitados para infiltrar, también, las organizaciones de sectores privados como la banca, el transporte y las comunicaciones. No es una hipótesis, sino una realidad, la calificación que les dan los Informes de Riesgo Político, al presentarlos como la mayor amenaza para la democracia en América Latina.

Acerca del autor

Armando Borrero
armandoborrero@razonpublica.org.co | + posts

Cofundador de Razón Pública.

Sociólogo, Especialista en Derecho Constitucional, Magíster en Defensa y Seguridad Nacional. Se ha desempeñado como Consejero Presidencial para la Defensa y Seguridad Nacional. Profesor de la Universidad Nacional de Colombia.

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Armando Borrero

Cofundador de Razón Pública. Sociólogo, Especialista en Derecho Constitucional, Magíster en Defensa y Seguridad Nacional. Se ha desempeñado como Consejero Presidencial para la Defensa y Seguridad Nacional. Profesor de la Universidad Nacional de Colombia.

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