
Ecos de Montevideo
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La casa para el César fabricada ¡ay! yace de lagartos vil morada…
Un amigo uruguayo, vinculado a Colombia por los lazos del amor y los del enraizamiento, escribió en Uy.press, publicación virtual, su columna habitual con el título Colombia en tiempo de construir. Buen conocedor de nuestro país y de nuestra política, ve como en Colombia se mata la esperanza periódicamente, pero considera que siempre hubo expresidentes que se mantuvieron firmes y nunca rehuyeron entenderse cuando fue necesario para lograr el mejor destino del país. Evoca los pactos de Benidorm y Sitges como ejemplo de lo que hoy se le niega a la política y a la sociedad colombianas.
Textualmente escribe: “Es difícil imaginar agravios y enfrentamientos tan complejos como los que separaron a Lleras y a Gómez. Sin embargo, el acuerdo se hizo. ¿Por qué no ahora?”
En un artículo de hace años recordé en esta misma revista, los duros, durísimos debates de estos expresidentes en el Congreso de 1940, cuando Laureano Gómez comenzó su prédica insensata de la violencia con sus llamados al estilo de “… llegaremos hasta la acción intrépida y el atentado personal…y haremos invivible la república” En esa ocasión escribí: “Si midió el terrible alcance de sus palabras o no, ya no importa: la ética de la responsabilidad, tan necesaria en la vida pública, había sido violada irreparablemente”
Es cierto que fueron otros tiempos. Pero también que fueron otras personalidades y otras maneras de concebir la política. Para el temperamento racional, frío y ascético de Lleras es difícil encontrar comparación. Para la complejidad del alma encarnada en Gómez, ajena a la contención ante la mentira y la calumnia, tampoco es fácil encontrar parangón. Pero los egos de uno y otro se impusieron la misión de reconstruir la unidad nacional. El envite audaz de Lleras implicaba para Gómez una reivindicación necesaria: se le reconocía como jefe del conservatismo, un partido dividido irremediablemente y ese gesto lo reconcilió con la ética de la responsabilidad.
No es este el momento para debatir sobre si el Frente Nacional fue o no, la mejor solución para todo lo que había por sanar en la política colombiana: ¡pacificó la sociedad! Entre 1958 y 1962 se avanzó como nunca en el camino de la paz política. Pero a los acuerdos iniciales se les añadió la alternación de los partidos en la presidencia, una pésima idea, porque dado el peso del Ejecutivo, les restó continuidad a las políticas cada cuatro años.
Si se pone de ejemplo el Frente Nacional no es para calificarlo en uno u otro sentido. Se trata de resaltar que su origen fue el diálogo entre perseguidos y perseguidores en un período de violencia irracional. Se habló entre representantes de posiciones encontradas. Pero hoy, la personalización de la política en Colombia, dado el desbarajuste del sistema político expresado en fragmentación, en elecciones “fulanistas”, en clientelismo electoral y en corrupción, lleva a centrar el problema en la primacía de las voluntades individuales.
El imperio de los odios personales y de las malas maneras se pone por encima de los problemas nacionales. El provincianismo, la política entendida como matonería de barrio y algazara, y el debate ad hominen, no dejan afrontar lo esencial. Los partidos políticos que deberían hacerlo, son en nuestro país, meros nombres elegidos casi por azar para agrupar clientelas electorales. La crisis política es muy honda y el tinglado se debilita día a día, sin que se vea algo claro sobre lo más elemental que debe hacerse para afrontar las elecciones del año próximo: ¡hablar! Esto no lo resuelve la inteligencia artificial.
Alguna vez le oí decir al entonces expresidente Alfonso López Michelsen, que el oficio de la política exige tener cuero de cocodrilo. Es un ejercicio de contrastes entre el éxito del político y el éxito de la sociedad y del Estado; es, con frecuencia, una lucha entre la ética de los principios y la ética de la responsabilidad; es navegar en un medio impregnado por la amoralidad del dilema entre lo bueno y lo eficaz. Se puede hacer una parodia de lo afirmado por un general francés sobre los servicios inteligencia y aplicarla a la política: Este oficio es tan sucio, que debe encargársele a los más limpios.
No es extraño que el mensaje me haya llegado de Montevideo. Uruguay ha desarrollado una cultura exquisita de la tolerancia y de la convivencia. Allí se suceden los gobiernos de los partidos Blanco, Colorado y Frente Amplio con la mayor naturalidad posible. Al amigo que me envía sus columnas, más colorado que su propia sangre, le leí un par de columnas en las que hizo elogios del presidente saliente, militante del partido Blanco y del entrante, militante de la otra orilla en el Frente Amplio. Allí, el respeto por las reglas del juego y el acatamiento de la voluntad popular está tan arraigado como el “termo” bajo el brazo, pleno de la infusión de la yerba mate. Entonces, en nuestro suelo ¿por qué no compartimos un café?
Acerca del autor
Armando Borrero
Cofundador de Razón Pública.
Sociólogo, Especialista en Derecho Constitucional, Magíster en Defensa y Seguridad Nacional. Se ha desempeñado como Consejero Presidencial para la Defensa y Seguridad Nacional. Profesor de la Universidad Nacional de Colombia.
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