“En agosto nos vemos” y la suspensión del juicio | Columna

“En agosto nos vemos” y la suspensión del juicio: ¿deben rendirse los críticos?

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Por Pedro Adrián Zuluaga

“[…] se sintió vista por ella desde la muerte, querida y llorada por ella, hasta que el cuerpo se desbarató en su propio polvo final y sólo quedó la osamenta carcomida que los sepultureros desempolvaron con una escoba y la guardaron sin misericordia en un saco de huesos.” Estas líneas hermosas, casi finales, son de En agosto nos vemos, la novela póstuma de Gabriel García Márquez que hace más de dos semanas nos mantiene ocupados en una conversación que tiende a considerarse extraliteraria, pero tal vez no lo es, pues la literatura se ocupa de todo lo posible, y también de lo imposible.

Los últimos párrafos de la novela son una magistral vuelta de tuerca que nos obliga a desandar los pasos de lo leído, para verlo bajo otra luz. La que ha sido promocionada como una obra sobre la infidelidad, de repente se convierte en una reflexión sobre el cuidado y la fidelidad, sobre la certeza de un vínculo: aquel que une a vivos y muertos, y, en este caso, a una madre y una hija. Un vínculo de secretos compartidos, verdades a medias, pactos de silencios y revelaciones póstumas.

A pesar de esa magia reservada para el final para mí fue difícil superar la frustración que la novela me produjo. Y esta insatisfacción, creo poderlo asegurar, no depende de haberla leído como la última novela del genio que escribió La hojarasca, El coronel no tiene quien le escriba, Cien años de soledad o El otoño del patriarca. Hay, en medio del arduo debate por la publicación de En agosto nos vemos, al menos un consenso de base: que esta novela postrera no está a la altura de los mejores textos del Nobel colombiano. La evidencia, más o menos reconocida por todos, ha servido, sin embargo, para afirmaciones sorprendentes.

Una de ellas fue la que hizo Felipe Ossa, director de la Librería Nacional, en el espacio radial Hora 20. Dijo Ossa que frente a la obra última de García Márquez lo conveniente sería suspender la severidad del juicio crítico y dejarse llevar por el placer de leer, muy en sintonía con lo expresado por los herederos del Nobel en el prólogo de En agosto nos vemos. Hace carrera así un falso dilema según el cual placer y crítica son irreconciliables y se lee mejor y se disfruta más cuando ocurre una especie de apertura y de entrega mística al acto de lectura.

Lo anterior es, al menos, discutible. Leer con intensidad en procura de un mayor placer es leer críticamente, con el uso pleno de los sentidos y de las facultades intelectivas que, además, no se pueden disociar. Por ejemplo, para sentir el esplendor de los párrafos finales de En agosto nos vemos hay que medirlos en la torpeza colegial de muchas frases previas de la novela, en su incipiente estructura narrativa y en el precario desarrollo de sus personajes secundarios y principal. Los personajes aquí son funciones, no verdades ni versiones.

Suspender el juicio crítico ante una novela escrita por un maestro en su crepúsculo no solo sería traicionar de fondo a la literatura (cuya salud depende de que sigan existiendo lectores y lecturas exigentes), sino al propio García Márquez. Para contradecir a Ossa y a todos los que piden condescendencia con un escritor en su senectud, el mejor argumento son los textos críticos que el Nobel escribió, y en los cuales vertió toda su vehemencia de intelectual y de ciudadano que buscaba remover el estado paralizante de la cultura frentenacionalista.

En 1959 y 1960, García Márquez escribió dos artículos feroces e inconformes. El primero se intitula “Dos o tres cosas sobre ‘La novela de La Violencia’” y fue publicado en La Calle, tribuna del MRL de Alfonso López Michelsen. Para descalificar la profusión de novelas con temáticas derivadas del fenómeno histórico de La Violencia, García Márquez repara en que estas obras desacertaron en el enfoque: “La novela no estaba en los muertos de tripas sacadas, sino en los vivos que debieron sudar hielo en su escondite, sabiendo que a cada latido del corazón corrían el riesgo de que les sacaran las tripas”.

El segundo, aun más celebre y encendido que el primero, fue “La literatura colombiana, un fraude a la nación”, que vio la luz en abril de 1960 en Acción liberal, una revista que dirigía un gran amigo de García Márquez: Plinio Apuleyo Mendoza. En ese artículo, que intelectuales como Carlos Rincón han calificado como un “parricidio literario”, el Nobel escribió, de manera temeraria, que la literatura colombiana se reducía “a tres o cuatro aciertos individuales, a través de una maraña de falsos prestigios”. Y se lamentaba de la inexistencia de escritores profesionales, lo que daba como corolario casi inevitable que la nuestra era una literatura de hombres cansados.

Sin duda, el joven García Márquez desbrozaba el camino que lo llevaría a su propia consagración. Estos textos de aquella época pueden ser leídos, entonces, como estrategias de autoafirmación, pero sería una ceguera verlos solo con ese prisma. Sin esas lecturas agudas, sin la posibilidad de revisar el pasado críticamente y de juzgar las obras del presente, quien pierde finalmente no solo es la literatura en abstracto, sino el lector, o el hoy enaltecido placer de leer. Porque todo placer se intensifica si la apuesta es mayor.

En una columna publicada en El Espectador en 2011, donde revisa, con cierta reserva, el texto garciamarquiano de 1960, el escritor William Ospina sugiere que tal vez nuestra literatura, más que mala, ha sido una literatura mal leída. Corregir esas lecturas deficientes, según el autor de Ursúa y Las auroras de sangre “exige no sólo un ejercicio de valoración de ese medio siglo de literatura nacional, en la creación, la crítica, el esfuerzo editorial y la formación de nuevos lectores, sino una mirada desde nuestra época y desde las convulsiones de la historia reciente al legado de esa tradición que Gabo necesitaba ver con ojos tan severos en el mediodía ensangrentado del siglo XX”.

En las dos últimas semanas me encontré en el camino con muchos lectores condescendientes y, valga decirlo, cansados. Quizá se trata de un asunto aún más complejo: estamos leyendo con los parámetros de una época en la que se considera indecoroso el criterio, y donde tácitamente se sugiere que el crítico debe claudicar. ¿Todo criterio es expresión de un privilegio o una asimetría? Un criterio, y por supuesto el criterio de un crítico, es falible. Pero la crítica es, a pesar de sus tropiezos, una barrera ante los dictámenes del mercado. Estos son, en realidad, los que pretenden ser infalibles. Yo prefiero a un crítico, con nombre y responsabilidad individual, al rostro del mercado, que juega pérfidamente a no tener rostro.

1 comentarios

Pedro Adrián Zuluaga

Escrito por:

Pedro Adrián Zuluaga

*Periodista y escritor

Comentarios de ““En agosto nos vemos” y la suspensión del juicio: ¿deben rendirse los críticos?

  1. Otro falso dilema en los que estamos acostumbrados a naufragar, no se trataría de leer sin pensar de forma critica lo que se está leyendo. Esa posibilidad no existe. Leer es un acto critico por naturaleza. La memoria, el análisis, la síntesis y la crítica son inseparables del pensar, del imaginar.
    Otra cosa es la crítica especializada o si se prefiere los profesionales de la crítica. De ellos se espera algo más que la opinión. No se espera un juicio descalificador, o condenatorio, tampoco un sobresaliente. Uno quisiera disfrutar de la critica como disfruto del libro. El lector sabe que aquel que juzga una obra maestra asume un riesgo de rechazo. Aquel que halaga una obra menor también.

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