COLOMBIA SIN POLÍTICA EXTERIOR

COLOMBIA SIN POLÍTICA EXTERIOR

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Hubo una vez una Colombia que tuvo política exterior bien definida, con objetivos claros y mecanismos diseñados para el efecto: fue durante el período presidencial de Alfonso López Michelsen. Durante ese cuatrienio se logró definir la soberanía marítima colombiana en su casi totalidad, apoyar con lujo de destreza diplomática los derechos de Panamá sobre el canal interoceánico y tener una presencia destacada en las instancias más altas de la institucionalidad global. No fue poco para el país.

En esos días el mundo estaba centrado en un orden bipolar, el conflicto disruptivo de la guerra de Vietnam estaba entrando en fase resolutiva, la economía mundial era jalonada por los Estados Unidos, la Comunidad Económica Europea y el Japón, el multilateralismo todavía funcionaba con Naciones Unidas al frente bajo el orden de las potencias vencedoras de 1945 y nada hacía presentir cambios trascendentales de los equilibrios existentes.

Bajo la superficie trabajaban fuerzas poderosas, pero ni los más perspicaces de los observadores hubieran podido pronosticar el fin de la era bipolar con la implosión de la Unión Soviética.  El final de esa era propició un cambio en el orden internacional. Los Estados Unidos se movieron al unilateralismo, premunidos de la sensación embriagadora que les produjo sentirse la superpotencia única.

Lo que siguió fue el debilitamiento de las Naciones Unidas, y del multilateralismo, hechos patentes por la guerra en Irak. Entre tanto, en el oriente comenzaba a parpadear un nuevo poder de balance, ya no en el sentido bipolar, sino en el de un mundo de poderes múltiples, hecho que no acaba de ser asimilado por los Estados Unidos.

Para las relaciones de un país como Colombia, que poco cuenta en las grandes decisiones de la política internacional, el contexto desordenado de hoy es más exigente que el de hace 50 años. Se puede hacer el símil de un mar picado para la navegación, en el que el oleaje es fuerte, pero al tiempo, hay oportunidades para buenos timoneles. Pero es precisamente cuando no hay ni timón ni timonel.

Colombia no tiene hoy brújula para navegar. La política exterior es una colección de disparates sobre disparates, de voluntarismo y de la sobrevaloración de un movimiento armado que solo dejó un recuerdo amargo. El desprecio por los instrumentos y la formación profesional de la diplomacia. El repentismo presidencial que atraviesa toda decisión. Así, un día acude al Brasil para proponer sobre el Amazonas lo que de antemano todo el mundo sabe que no quiere oír un gobernante brasileño. Otro día, con humor provinciano, le atribuye a la presidente Claudia Sheimbaun militancia en el M-19 (El M ¿qué?) A Pepe Mujica, ya sin fuerzas, lo deja de pie porque sin la bandera del M-19 no podía imponerle la Cruz de Boyacá.

Otra vez viaja a Alemania para ofender la memoria sagrada de la caída del muro de Berlín, porque el presidente de 50 millones de colombianos no se había enterado de la fecha, por lo menos del año, de cuando ocurrió el suceso que, según él, había sido la comadrona del neoliberalismo.

Las relaciones con los vecinos oscilan de manera espasmódica: un día el presidente electo del Ecuador es ilegítimo, pero al siguiente anuncia su viaje a la posesión. Con Venezuela ya ni se sabe dónde está Colombia. Con Panamá, pues ese tapón se tapa solo. Con la política antinarcóticos ¡uyuyuy! ajústense el cinturón. Le encanta viajar a los países del Golfo Pérsico para pedirles que vendan el petróleo y el gas que Colombia no debe producir. Eso sí, a todos les receta el “virus” (organismo que no tiene vida) propagador de la vida (?)

Para trabajar como supernumerario en la Cancillería, mejor que hoja de vida, es un prontuario que ojalá, no pase de la primera línea. En fin, para mencionar algo bueno, todavía quedan algunos embajadores que pueden mostrar la cara y funcionarios que intentan rescatar algo del naufragio.

El panorama desolador se produce cuando el mundo, sumido en un desorden monumental, no encuentra una salida apropiada por caminos institucionales, para los juegos de poder que se le plantean. El nombre del juego es “confusión”. Prima el aventurerismo en las relaciones exteriores, pero, hasta para eso es necesaria la calificación.

El mundo no recuerda en las últimas décadas, tener una suma de crisis graves en el número y el tamaño de las que hoy lo acosan: una guerra de conquista imperial en Europa, una tragedia infinita en el Medio Oriente, una paz pendiente de un hilo en el subcontinente indio, un superpoder en América que se baja del bus sin tener claro cuál es el rumbo y cuál el medio de viaje escogido. El multilateralismo está muerto y cada Estado depende ahora de sus recursos para sacar adelante los intereses que promueva. El orden de Westfalia hace agua. En el oriente, allá donde sale el sol por las mañanas, asoma un disco rojo que mira y sonríe, sonríe, sonríe…

Acerca del autor

Armando Borrero
armandoborrero@razonpublica.org.co | + posts

Cofundador de Razón Pública.

Sociólogo, Especialista en Derecho Constitucional, Magíster en Defensa y Seguridad Nacional. Se ha desempeñado como Consejero Presidencial para la Defensa y Seguridad Nacional. Profesor de la Universidad Nacional de Colombia.

1 comentarios

Armando Borrero

Escrito por:

Armando Borrero

Cofundador de Razón Pública. Sociólogo, Especialista en Derecho Constitucional, Magíster en Defensa y Seguridad Nacional. Se ha desempeñado como Consejero Presidencial para la Defensa y Seguridad Nacional. Profesor de la Universidad Nacional de Colombia.

Comentarios de “COLOMBIA SIN POLÍTICA EXTERIOR”

  1. Oportuno e interesante artículo, Armando. Pone sobre la mesa un punto clave. Urge un gran timonel para orientar y dirigir una política exterior ahora errática, improvisada, y caracterizada por una costosa” ambigüedad estratégica”. Como bien dices el mundo de Westfalia hace agua y se advierte un veloz transformación del orden liberal internacional y un tránsito hacia el multipolarismo. Necesitamos, ya pensando en el 2926, una política exterior de Estado para un orden global en transición que se apoye en la institucionalidad todavía existente, fortalezca la carrera diplomática y consular y dignifique el liderazgo en la Cancillería: probidad, competencia y coherencia que tanta falta nos hacen

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