El cancerológico | Tatiana Andia | Fundación Razón Pública
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El cancerológico

Escrito por Tatiana Andia

Hace pocos días tuve el honor de inaugurar un ritual de celebración de hitos positivos en la trayectoria terapéutica de pacientes del Instituto Nacional de Cancerología, o como le decimos coloquialmente, el cancerológico. Me gustaría compartir con ustedes aquí las palabras que di ese día.

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Lesión en la columna y ganglios retroperitoneales, leía la primera resonancia magnética sin contraste que me hicieron en un hospital al norte de la ciudad.

No recuerdo que ese momento haya sido traumático, probablemente porque no lo podía creer, pero también porque en general me aproximo a la vida así. Si no se sabe bien de qué se trata algo no me preocupa. Solo cuando tengo la información completa paso a preocuparme y tiendo a pensar positivo.

Mi madre me solía decir: todo va a salir bien, ante cualquier situación. Tendía también a minimizar la gravedad de las cosas. Seguro heredé de ella esa despreocupación y esa seguridad.

Mi primera consulta oncológica sucedió aquí, en el cancerológico. El lugar me era familiar, porque me había reunido algunas veces con Carolina Wiesner, su directora, y su equipo en el edificio viejo, el clásico, que ahora tiene un ascensor que pocos usan. Entrar como paciente, sin embargo, se sintió completamente diferente. Se ingresa por otra puerta y hay que seguir otras reglas.

El día de esa primera consulta, recuerdo tener algo de ansiedad anticipatoria, pero no negativa, más parecida a la ansiedad antes de la defensa de tesis o de presentar alguno de los muchos exámenes de clasificación que he presentado en mi vida.

Eso sí, memoricé el trayecto del taxi, los cerros orientales a la altura del parque nacional, la vista de la ciudad al acercarnos a Monserrate, más cerros muy verdes, el Instituto Roosevelt, el desvío hacia Choachí, la iglesia del barrio Egipto, los grafitis de la calle 4a (o 5a), la Samaritana, la cárcel y finalmente la entrada al cancerológico, con los puestos de comercio ambulante y la fila de entrada para acompañantes.

Era muy temprano. Antes de salir de la casa pensé en tomarme una foto y enviarla al chat familiar. Una demostración más de que me sentía más yendo a una prueba académica que a lo que se convertiría en mi mayor prueba de vida. Pensé rápidamente que no tenía sentido y me abstuve de tomar la foto. Hoy pienso que habría sido un recuerdo significativo.

El cancerológico es un sitio fabuloso, de los pocos en Colombia en donde nos encontramos los diferentes. La gente viene de todas las clases sociales, de todas las regiones del país, de todas las edades. Todos atravesando el momento más difícil de sus vidas, con esa experiencia trágica pero especial en común.

Me formularon muchos exámenes. El residente que nos recibió fue muy simpático. Me gusta la gente joven, universitaria, con todas las ilusiones a medio armar. Por eso soy profesora universitaria, porque amo ese momento de la vida lleno de posibilismo.

Ya olvidé el nombre del residente, tal vez Santiago, pero recuerdo bien que le preguntamos en qué hacía su residencia y nos dijo que en cuidado paliativo. Pensé que tal vez eso explicaba su amabilidad y su empatía. Luego me sorprendió gratamente que todos los residentes que trabajan aquí son amables y empáticos, independientemente de su especialidad.

Los primeros exámenes me los hicieron ambulatorios. Los trayectos al instituto cada vez más frecuentes. El mapa del viaje en taxi cada vez más natural. La experiencia siendo naturalizada y mi ojo sociológico y mi carácter por naturaleza reflexivo luchando en contra de ese proceso.

Luego vinieron varios momentos de sufrimientos montados sobre sufrimientos. Tuve que ser hospitalizada de emergencia aquí, en la que considero una de mis nuevas casas. El primer TAC con contraste se montó sobre un temblor, aquí, en el cancerológico. La primera resonancia magnética de cuerpo y cráneo de aproximadamente 2 horas se montó sobre un apagón de luz que la hizo durar 3 horas, aquí, en el cancerológico.

Pero, a pesar de lo que parecía una serie de infortunios imposibles de resistir todos juntos, nunca sentí un maltrato. Con más o menos agotamiento por el volumen de trabajo, evidentemente abrumador, que todos los profesionales aquí enfrentan, la gente saca energía para conectar y explicar, para tramitar ansiedades e infortunios tan o más grandes que los míos.

Por esos días recuerdo haber descrito este hospital como un lugar al que no le cabe una gota más de sufrimiento. A pesar de todo ese sufrimiento colectivo y compartido entre diferentes, el piano que suena de vez en cuando, las sonrisas de los camilleros y enfermeras y en general la empatía de profesionales y pacientes, le hacen a uno el tránsito tolerable.

Solo recuerdo una experiencia negativa en los tantos días que he pasado aquí desde mi diagnóstico. La cita con el neurocirujano. Un personaje en extremo pedante y desdeñoso a quien, para superar la frustración del incidente, le hice un sticker de whatsapp que compartí por un tiempo con familiares y amigos.

Menciono esa única experiencia negativa porque hizo muy evidente para mí lo sutil y delicado que es el quehacer de cada una de las personas que trabajan en una institución como estas. Todos los días sosteniendo la vida y las emociones de pacientes vulnerables, desnudos y llenos de miedo.

Por fuera del instituto, todas las relaciones de mi vida se transformaron. Cada amistad, cada hermandad, cada paternidad, cobró un nuevo sentido. Así mismo, cobraron un nuevo sentido la existencia, las rutinas, el trabajo, las razones de ser y hacer.

Me reconecté con amigas y amigos que por primera vez vi en su esencia, transformados por la enfermedad y la muerte que les atropelló en la infancia. Me distancié de amigas y amigos a quienes, como a mi hasta este momento, la enfermedad y la muerte les había tocado de formas menos esenciales o menos procesadas, aunque significativas y diversas.

Todos redefiniéndonos y recomponiéndonos en la cotidianidad de una experiencia humana, cercana, conocida, pero inconmensurable hasta que no te toca en el fondo de tu alma, de tu humanidad.

El cáncer, como la vida bien vivida cuando se está acabando, me ha hecho revisitar cada momento, cada lugar, cada afecto. En ese sentido, el cáncer, la peor condena, me ha parecido la mayor fortuna.

Y sin embargo, no podría expresar nada de esto que he dicho sin que un diagnóstico esperanzador me hubiera permitido procesarlo.

Hace ocho días la oncóloga más empática que hubiera podido desear, nos dijo que el resultado del medicamento ha sido “espectacular”. Sí, dijo “espectacular”. Una oncóloga que no necesita saber nada de nosotros, mis familiares y amigos que estamos aquí hoy, para emocionarse por nuestra felicidad, gratitud y respiro.

Ante la noticia, uno de mis amigos más entrañables, mi compañero de vida desde la adolescencia bastante mamerta que compartimos, me dijo: esta es la mejor noticia que he escuchado en mi vida desde la del nacimiento de Bruno, su hijo de siete.

Creo que atinó porque se siente como un volver a nacer.

La inminencia de la muerte adolorida no deja alzar cabeza, pero la certeza de la muerte futura con el renovado bienestar físico que da esta cura temporal, sí. Muchos me han dicho que todos sabemos que nos vamos a morir algún día, pero les garantizo que solo quienes hemos visto la muerte propia de frente lo sentimos tan intensamente. De ahí la soledad íntima de los enfermos.

No sé cuánto va a durar esta sensación magnífica de renacimiento, lo que sí sé es que la vida, por corta o larga que sea, nunca será la misma.

Una de las preguntas inevitables es ¿de qué se va a tratar mi vida ahora? No tengo ni la más mínima idea, ¿no ven que acabo de nacer?

Lo que sí sé es a quién le debo todo lo que he sido en estos días difíciles, entrañables y definitivos de mi vida.

Se los debo a Andrés Elías, el amor de mi vida, mi compañero en cada trayecto de la historia que he contado, el compañero que nunca soñé que tendría.

Andrés Elías es la única persona que ha experimentado conmigo todas y cada una de las afugias, alegrías y reflexiones existenciales. A Andrés Elías le cuento mis sueños y mis más íntimos temores. A él le dedico mi amor infinito, mi vida, mis deseos, mi todo.

Le debo todo también a mi padre, Oscar Iván Andia, nuestro coequipero, el amor loco de mi madre, la razón de mi existencia, el artífice de mí misma como proyecto, la persona que me enseñó que la vida debía tener sentido y propósito. La persona con el propósito más claro y determinado que he conocido. El reflejo de mi madre, muerta, en vida.

Quiero agradecer también a todos mis familiares y amigues, presentes y ausentes hoy, por cada minuto de consideración y complicidad amorosa, por cada cena, cada fiesta, cada exorcismo de temores compartidos. Les amo con toda mi alma.

Finalmente agradezco al instituto, a Carolina, a Liliana, a Yolima, a Andrea, las doctoras de radioterapia, a cada residente, cada vigilante, cada enfermera/o, cada camillero, cada persona… ¡Gracias! Su trabajo es TODO para nosotros los pacientes.

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3 Comentarios

Daniel Flórez y Mariela Pacific febrero 4, 2024 - 2:39 pm

Ves que las oraciones de Mariela y mías si son oídas por Nuestro Señor.

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Carlos Daniel Pérez López febrero 4, 2024 - 3:43 pm

Esperaba un artículo mejor. Soy médico, y veo que como muchos miles de pacientes, com infinidad de tipos de cáncer, que han comentado su enfermedad, no solo han descrito al médico, equipos de punta tecnológicos, también lo han hecho con pacientes , fallecidos con similar tipo de cáncer en infraestructura hospitalaria.

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Carlos Daniel Pérez López febrero 4, 2024 - 3:45 pm

Esperaba un artículo mejor. Soy médico, y veo que como muchos miles de pacientes, con infinidad de tipos de cáncer, que han comentado su enfermedad, no solo han descrito al médico, equipos de punta tecnológicos, también lo han hecho con pacientes , fallecidos con similar tipo de cáncer e infraestructura hospitalaria.

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