De la Habana al Catatumbo: las mudanzas de la historia - Razón Pública

De la Habana al Catatumbo: las mudanzas de la historia

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El 4 de febrero de 1962 Fidel Castro Ruz entregaba a los jóvenes revolucionarios de América Latina el elíxir embriagador de la Segunda Declaración de la Habana ¡El deber de todo revolucionario es hacer la revolución! El acetato de 45 revoluciones por minuto (los giros del disco, no las revoluciones pedidas por Fidel) pasaba de mano en mano y más de un compañero soltó su furtiva lágrima de sentimiento cuando se llegaba al párrafo final. No fue una emoción transitoria para muchos: fue una realidad de nuestra generación en el tránsito de la adolescencia a la primera juventud. Se soñaba con la imagen de la entrada, muy próxima en el tiempo, a Bogotá, sentados en la nariz de un camión y con un fusil M-1 puesto amorosamente en las rodillas. Compromiso, entrega y honestidad, tres vocablos que no faltaron en los discursos de aquel año.

Van recorridos 63 años desde aquel día. Al mirar atrás, el hilo conductor más nítido es el del ELN. Las FARC venían de las luchas agrarias de los comienzos del siglo XX y de las autodefensas campesinas de la resistencia a la violencia conservadora del medio siglo. El ELN se hizo entre juventudes urbanas, campus universitarios y sindicatos petroleros. Se discutía con empeño y pasión la orientación de los objetivos revolucionarios: revolución agraria y anti-imperialista, dijeron unos; revolución socialista, dictaminaron otros. 63 años después se oyen voces confusas que hablan de “territorios”, de diálogos con las comunidades, de cogobiernos locales, de milicias campesinas, todo sin la aparente trama doctrinaria del marxismo-leninismo y sin la humanidad que ha dicho ¡basta! No hay grandilocuencia como la destilada por los revolucionarios de los años sesenta.

En el panorama de los grupos armados que prolongan el calvario colombiano vivido desde la caída de la Republica Liberal en 1946, se tiene un inventario que va de grupos claramente delincuenciales, pretendidamente políticos en gracia del nombre con el que se autodenominan, hasta los herederos de guerrillas del siglo anterior, con un pie en los negocios y otro en la política (o con los dos pies en los negocios y un dedo en la política)

La guerrilla clásica, la del primer molde, desapareció en los años ochenta. En paralelo al avance de la guerrilla, tomaba cuerpo el narcotráfico, primero el de la marihuana y después el de la coca. El encuentro y la simbiosis fue inevitable. Las guerrillas enriquecidas no tenían necesidad de buscar y obtener el apoyo de las comunidades campesinas. Las armas se encargaron de disciplinar el entorno. Si el orden impuesto era desafiado, el terror se encargaba de restablecer el control. El desafío del paramilitarismo incrementó la propensión al terror para asegurar la primacía en el control de territorios y poblaciones.

Hay cercanías y trasiegos que no perdonan el contagio. El abrazo de la guerrilla con los tráficos ilegales mató los sueños. La racionalización del fin que justifica los medios, impide ver que los medios perversos pervierten los fines. Si bien no se puede caer en la simplificación de reducir las guerrillas a solo crimen organizado, es evidente que el crimen organizado entra en simbiosis con la lucha armada de carácter político, la permea y la introduce en el mundo de los negocios prohibidos.

Mientras se daba el proceso de transformar las guerrillas políticas en guerrillas narcotraficantes y de minería ilegal, acumuladoras de tierras y ganados, y actoras del mundo de las finanzas, las guerrillas rurales de los años sesenta sucumbían a la urbanización creciente, al desplome del modelo socialista soviético, a las transformaciones del trabajo, al encogimiento de las clases sociales supuestamente revolucionarios, a la globalización y el avance científico-tecnológico. Hoy la propuesta de la Declaración de la Habana no encuentra asidero ni en la sociedad, ni en la cultura.

En medio de ese ambiente nuevo pero confuso, prospera un fenómeno nuevo. Por las venas y las arterias del mundo se extiende el Crimen Organizado Transnacional -COT- En el año de 2024 no se tuvo un discurso como el de la Habana: se tuvo, en cambio, un informe anual de riesgo político en América Latina (Sahd, Zovatto, Rojas, Riesgo Político América Latina, 2024) en el que se destaca el escalamiento del COT al primer lugar de los riesgos, con un grado de acuerdo entre los investigadores consultados cercano a la unanimidad.

El fenómeno no se parece a la guerrilla. Ahora se trata de redes mundiales que conectan las mafias euroasiáticas con las organizaciones nacidas en las cárceles al estilo del Primer Comando de la Capital (Brasil) o el Tren de Aragua (Venezuela) con movimientos políticos diseñados como fuerzas “proxy” de Estados injerencistas (p.e.Hezbollah) con organizaciones de contrabando y antiguas guerrillas transformadas en clanes delincuenciales. Ya no vienen las revoluciones: viene el crimen que coloniza la política, que construye legitimidades paralelas a los Estados e ingresa en las grandes ligas financieras del mundo. ¡Ojo pelao!

Acerca del autor

Armando Borrero
armandoborrero@razonpublica.org.co | + posts

Cofundador de Razón Pública.

Sociólogo, Especialista en Derecho Constitucional, Magíster en Defensa y Seguridad Nacional. Se ha desempeñado como Consejero Presidencial para la Defensa y Seguridad Nacional. Profesor de la Universidad Nacional de Colombia.

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Armando Borrero

Cofundador de Razón Pública. Sociólogo, Especialista en Derecho Constitucional, Magíster en Defensa y Seguridad Nacional. Se ha desempeñado como Consejero Presidencial para la Defensa y Seguridad Nacional. Profesor de la Universidad Nacional de Colombia.

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