
Caminar ult
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Llegaron los vecinos, tienen 5 perros y ladran cada vez que entra o sale alguien de su apartamento. Pueden llegar a molestar, pero yo ya estoy acostumbrada y no los noto. Así como pasa con el ruido de la nevera vieja que me regaló mi papá y el tic tac del reloj de la cocina. El edificio ya no parece fantasma. El sábado vino la señora y barrió la entrada y las escaleras. Las bolas de pelos de perros en las esquinas se deshicieron y en las escaleras los chorriones blancos de las bolsas del mercado se desvanecieron. Comenzó el año, un año impar.
Las calles empiezan a llenarse de carros, motos, bicicletas y patinetas. Las astromelias miniatura han durado en los floreros. Los poemas leídos pierden su ritmo y caen sosos en el letargo del lector, como si los arrastrara por su esófago hasta la lengua. La barra de flor de la orquídea está cargada de nuevo, mientras la violeta dejó pétalos secos hasta quedar enjuta.
Una mujer muy valiosa se ha ido, trato de recordar la última visita con ella, fue una charla corta pero muy profunda. Conectada a un tanque de oxígeno, nos habló de su proceso actual, mientras nosotros tratábamos de poner temas insulsos – como el clima y esas cosas – ella sabia magnífica, en una frase nos hizo ver cómo; hacia el final de la vida la mirada cambia; se concentra en las cosas más importantes, cosas que antes no parecían relevantes, de repente tienen mucho sentido. Supe que había dejado de salir, recibir visitas y me sentí honrada por haber tenido esa última conversación. Hoy la pienso y la siento libre e infinita.
Los paraderos de los buses, están llenos de gente que no se queda ahí. Yo me imagino alguien sentado viendo pasar el día y los buses. Esa sensación de querer ser invisible para verlo todo y no ser observada, cuestionada como alguien que mira en silencio y toma notas escritas o graba audios para recordarlo todo. Esa obsesión por no olvidar y poder describir con el mayor número de detalles lo que se vive o se deja de vivir. Ser casi un espectador de su propia vida. Poder estar desde la distancia sin temor a perderse fuera de sí, en el silencio del tiempo.
Caminar es como un grito de independencia, más allá del estrés del tráfico, un encuentro con historias imaginadas de transeúntes que jamás conoceré, pero que de manera absurda me confrontan con las mías. Un paseo por el universo, casi como estar en una película del lado de la silletería, o sentada en un café oyendo alrededor toda clase de conversaciones en diferentes idiomas sin conectarme con ninguna, como si fueran solo ruido de fondo, como pasa a veces con la música después de un rato.
Salgo para conectarme con la ciudad y su diversidad. Las personas en las calles, la velocidad de los buses, los perros en el parque, los sonidos del agua corriendo debajo de los andenes, personas caminando pescando un buenos días, las casas abandonadas esperando quien las compre para tumbarlas y yo me siento bajo un sauce llorón en el parque. No tengo lágrimas, como las ramas del sauce que parecen secas, yo no lloro tampoco. Me expuse a una serie de televisión que retrata historias en un hospital, a ver si algo me conmovía. Lloré con algunos personajes, su autenticidad su belleza manifiesta en un ser sin retoques ni efectos, perfectamente imperfecto y conmovedor.
Todos tenemos ese objeto que nos hace sentir en casa, como la cobija rosa de mi amiga, mi almohada y la tela africana que tiene pintada una reunión alrededor de un baobab, mujeres hilando, hombres fumando, un perro y varios niños, y yo parte de ese momento que me cubre.
Enfermos con sus folders plásticos transparentes, para mirar y estar seguros que trajeron lo necesario para la cita médica, en zapatos tenis, con chaqueta impermeable y paraguas por si llueve más tarde.
Una hoja enorme y seca, pende de la rama de una palma, como si fuera un móvil. La costumbre de ver lo artificial por todos lados, esto era natural y parecía preparado minuciosamente.
La gente con sus bolsas de tela para hacer mercado, pasan las horas entre las góndolas de los supermercados y las luces blancas de los almacenes, a veces atendidos por personas ausentes otras veces ignorados simplemente, salen con sus bolsas vacías. Buscan la conversación con el cajero y el mesero: “gracias estaba muy bien todo” 5 palabras que pueden llegar a ser las únicas pronunciadas en voz alta ese día.
Ahora que tengo el tiempo y no tengo que pedirle a ningún jefe de recursos humanos días de descanso, me levanto cuando me levanto y camino para inspirarme y volver a escribir aunque sea una línea. Tengo tiempo para coser el bolsillo interno de la chaqueta y poner el botón de la camisa. Tiempo para probar tortas sin azúcar – cerca de donde vivo- buscar excusas para salir a caminar. Tiempo para perderlo y volverlo a encontrar, para ahorrarlo y gastarlo o invertirlo. Para estar con uno mismo hasta el punto de cansarse y querer perderse entre una multitud de desconocidos.
La visita a las minas de Nemocón, nos introdujo al mundo de José Maximiliano Chuy Gómez, quien en protesta al trato inhumano hacia los mineros, cargó una gran piedra a cuestas, el relato me acordó de Sísifo por la piedra que cargaban ambos, por motivos diferentes.
Alexa es la más invitada a casas y negocios, Alexa haz esto, Alexa haz esto otro, ella obedece cuando entiende, nunca se queja. Según el origen o la causa que genera la risa, ésta se ve diferente en el microscopio… ¡Quien hubiera pensado en esto! Que cantidad de bobadas en las que me fijo, bueno eso es lo que hay por ahora.
Acerca del autor
Ana Maria Cadena Silva
Actriz, artista plástica y máster en docencia. Escribo y trabajo sobre el cuerpo en la vida.
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