
LA DEFENSA NACIONAL EN LA CAMPAÑA ELECTORAL
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Los temas de las columnas parecen, a veces, tener vida propia y tendencias a la resurrección. La proximidad de las elecciones presidenciales obliga al escrutinio de las propuestas en las campañas de los candidatos. Se advierte que el tema de la defensa nacional no ocupa un lugar de preferencia. Salvo en el programa de Sergio Fajardo, no aparecen propuestas bien configuradas y coherentes con las necesidades. Las propuestas que tocan con la fuerza del Estado están copadas por la seguridad interna y hay razones de peso para entender el porqué de esa preeminencia. El nivel de la defensa nacional en todo el espectro que este concepto ocupa, no se ve tratado de manera integral.
Hace pocos días unas declaraciones de la candidata Paloma Valencia referidas a la revisión del contrato de compra pactado con Suecia para la provisión de un escuadrón de cazabombarderos Gripen, sacaron a la luz el viejo problema colombiano de la desconexión histórica de las élites sociales y políticas con los temas de la defensa y los asuntos militares. Esas declaraciones, como la propuesta de revertir el contrato y poner el acento de las propuestas en la compra de equipos más ligeros, vistos como más adecuados para los conflictos internos, suenan bien y parecen sensatos en la mentalidad colectiva, pero para una conciencia histórica bien cimentada, es un equívoco tremendo.
Hace un poco más de dos años escribí en este mismo espacio, que acostumbraba decir en mis cursos sobre la defensa nacional que “el gasto en defensa es una inversión cuyos rendimientos mayores se producen cuando no es necesario aplicarla en la práctica”. El estar capacitado para defenderse puede verse como una manera de evitar conflictos y cimentar la paz. Es la cara disuasiva de la fuerza, la que rinde frutos de estabilidad y de convivencia pacífica. El mayor éxito de las armas reposa en la evitación de su uso.
El contrato de los aviones puede ser revisado y es posible que haya causas para hacerlo. Lo que no se puede hacer es dejar al país sin capacidades de defensa de su espacio aéreo. Los Gripen son, en principio, uno de los cazabombarderos de cuarta generación plus más adecuados para las condiciones colombianas. Pero, plantearse en estos tiempos la compra de un equipo pensado para un horizonte de 30 a 40 años de uso, me suena a argumento del siglo XX. El combate aéreo evoluciona tan velozmente en la actualidad, que un horizonte de 20 años parece más adecuado. En ese caso, un equipo de segunda mano, pero puesto al día, como el lote de aviones F-16 vendido por Dinamarca a la Argentina por un precio considerablemente menor a los de un equipo nuevo, pero con capacidades similares para un horizonte de 20 años, hubiera cumplido con las necesidades colombianas sin embarcar el país en una deuda considerable (más en las condiciones que sumen a Colombia en un endeudamiento externo ampliado de manera irresponsable por el gobierno actual)
Para abundar en argumentos a favor de reconstituir la defensa nacional con equipos de superioridad aérea, debe anotarse que esos equipos también son utilizables en el conflicto interno, como se ha hecho en el pasado. Pero lo principal es asegurar la defensa de los intereses nacionales en un mundo convulsionado por la destrucción de las instituciones multilaterales capaces de defender la paz. El regreso a un escenario hobbesiano, como el de antes de la primera guerra mundial, obliga a tomar precauciones.
Cunado un Estado Nacional con intereses de tamaño medio en el ámbito mundial y grandes en la escala regional, es percibido como inerme, se desatan procesos que a veces son inerciales, y a veces voluntarios desde centros de poder externos, que ejercen presiones contra el mismo. Un Estado así, pierde capacidad de negociación y puede verse inmerso en coyunturas no previstas que pongan en peligro la autonomía o la integridad. En un pasado no tan lejano, un Estado vecino hizo amenazas y demostraciones de fuerza contra Colombia, que seguramente no hubiera hecho si Colombia no fuera percibida entonces como indefensa. La historia está llena de ejemplos aleccionadores.
No se trata de convertir a Colombia en un Estado super armado y militarizado en el entorno regional. Se trata de contar con unas capacidades que cumplan con el paradigma de “que mi seguridad propia no cause inseguridad en terceros” o, mejor todavía, con el paradigma cooperativo de “que mi seguridad propia, sea también la seguridad del otro”.
Los tiempos que corren están llenos de peligros. En el entorno regional, para no ir más lejos se mueven fuerzas muy complejas que requieren atención, así no sean percibidas en el plazo corto. La geopolítica del Caribe, por ejemplo, cobra una dinámica que no existía en el pasado. Hay peligros que requieren colaboración con los vecinos para enfrentarlos y Colombia debe tener como contribuir a las acciones colectivas que se requieran para superarlos. El siglo XXI se muestra proceloso. En el discurrir histórico, el azar ronda agazapado en el tiempo. Un Estado no puede dejar de lado los imprevistos que depara el futuro.
Acerca del autor
Armando Borrero
Cofundador de Razón Pública.
Sociólogo, Especialista en Derecho Constitucional, Magíster en Defensa y Seguridad Nacional. Se ha desempeñado como Consejero Presidencial para la Defensa y Seguridad Nacional. Profesor de la Universidad Nacional de Colombia.
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