Tecnocracia, una forma mimetizada de clasismo | Columna Especial del Día
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Tecnocracia, una forma mimetizada de clasismo

Escrito por Mauricio Jaramillo-Jassir

Detrás de la defensa a rajatabla de la tecnocracia y del ataque enardecido a la militancia se mimetiza el clasismo.  No es anodino que la misma semana en que aparece este debate, el hijo de la Senadora María Fernanda Cabal, conocida por sus posturas racistas y expresadas contra Francia Márquez, publique una foto en tono pendenciero porque la hoy vice lleva personal de seguridad. De poco sirve enseñar sobre racismo y discriminación, si cada vez que un afro asume un cargo se sobreentiende que llegó a robar. El racismo y el clasismo son, ante todo, presunciones de que quienes pertenecen a determinados grupos étnicos o clase social son mezquinos, perezosos, violentos o en este caso vividores de la “teta” del Estado.  

Casi todos los que opinan mesuradamente en esta discusión han dicho con acierto que la militancia o convencimiento político no son incompatibles con capacidades técnicas, o experticia para el desempeño de una labor en el sector público. Si bien es cierto que no son excluyentes, es indudable que quienes se identifican como técnicos suelen distanciarse de las causas ideológicas, muestra de honestidad intelectual. Buena parte de la mano de obra del Estado está compuesta por técnicos que tengan o no determinadas posiciones políticas, éstas en nada tienen que ver con su desempeño. En la otra orilla están quienes han dedicado su trabajo a una causa, partido, movimiento u organización política. De ninguna manera están impedidos para cargos como funcionarios o servidores públicos. Desde la pasada elección legislativa, la distancia entre técnicos y lo que peyorativamente llaman “activistas” se ha acentuado pues buena parte del establecimiento ve con desconfianza la llegada de personas que no tenían recorrido en el sector público (o no eran conocidos, aun teniendo experiencia valiosa) y gracias a las redes catapultaron sus aspiraciones. El problema no está en criticar a algunos de esos perfiles que sin duda fracasaron como Jota Pe Hernández, Luis Eduardo Díaz (el concejal embolador), Andrés Escobar, o Rodolfo Hernández siendo este caso el más grave pues la derecha y buena parte del centro, con tal de no dejar llegar a Petro, estuvieron a punto de imponerlo como presidente. Un segmento de quienes hoy le exigen al gobierno más técnicos y menos activistas, paradójicamente agitaron las banderas del “inge” que jamás dio muestras de tener asomo de técnica, experticia o siquiera sensibilidad por las cuestiones públicas. Esto último confirma que detrás de la discusión de técnicos versus militantes no hay sino una persecución contra líderes que de manera sincera se han reivindicado como progresistas, comunistas o de izquierda.  

Parte de los que critican despiadadamente el nombramiento de Carrillo, López Maya, Bolívar o Cancino lo hacen desde el desconocimiento de sus perfiles como del cargo. En el caso del Departamento Nacional de Planeación, es válido preguntarse si no es hora de renovar el perfil de quien asume esas riendas o si el país está condenado al mismo molde de los técnicos. ¿No es válido intentar una transformación con otro perfil? Lo anterior no demerita las intenciones ni capacidades de quienes hasta ahora han sido directores de esa entidad, pero si un gobierno llega con la divisa del cambio ¿no es apenas natural que apunte a romper con estos moldes? 

El caso de quien escribe esta columna es también relevador. He trabajado en una emisión semanal en RTVC desde el año pasado y participado como analista en medios desde hace al menos 10 años (el 16 de agosto de 2010 publiqué mi primera contribución para Razón Pública). Recuerdo que, sin haber mirado un segundo del programa en la televisión pública ni conocer mi formación, un concejal de Bogotá que por esa época era candidato con el aval del Centro Democrático y el periodista de La FM y RCN Santiago Ángel, de marcada línea conservadora y de animadversión expresa por el gobierno, me acusaron de trabajar como activista de la administración actual. Incluso La FLIP se comunicó con el hoy cabildante Daniel Briceño para pedir respeto a mi labor y no contribuir a la estigmatización. Importa poco mi trabajo universitario o mi perfil sustentado en producción académica, en el fondo no se trata de reparos justificados en lo que denuncian como “chambonadas” de los activistas, sino de una retaliación en contra de quienes de manera abierta y en un ejercicio de la honestidad intelectual se han reivindicado como progresistas. Es lo que mi colega Yann Basset denomina el “populismo de los antipopulistas”.  

He leído a defensores de la técnica pura y críticos de la militancia recurrir a una analogía, que se ha tornado en lugar común en boga: ubicar a militantes en puestos clave es como poner a un piloto de avión o a un médico a operar a corazón abierto no por capacidad, sino por simpatía ideológica. La analogía es un descache por donde se le mire. Basta entender que en democracia no se accede sólo por experticia sino por representatividad, sino para elegir a un presidente se someterían los candidatos a un examen. Sin representatividad no hay democracia. Ese “gobierno de los mejores” que pinta la tecnocracia criolla ha sido el de los privilegiados de clase, con ese sofisma nos tienen convencidos de una movilidad social que es tan excepcional en Colombia como la obtención de Copas América o Libertadores, sucede, pero una vez cada mil años… 

El Centro Democrático llevó al Concejo de Cali a quien disparó contra manifestantes en el estallido social y públicamente se arrepintió de haber pedido excusas por el hecho. Prefiero mil veces a un activista como Daniel Briceño, con quien seguramente no estaré en nada de acuerdo, pero está formado para la deliberación y el control político, así lo ha demostrado. El problema no está en el activismo, sino en las ideas incompatibles con la democracia. ¿Dónde están los críticos de ese activismo “a bala”?

No tiene nada de malo defender a los técnicos, el problema es que se haga bajo la presunción de que cualquier identificación ideológica sea equiparable con el fanatismo. Defender la tecnocracia a expensas de los renovados liderazgos es tan sólo una excusa, detrás se esconde el clasismo, peor enemigo de la movilidad social en un país donde la desigualdad ha sido regla.    

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