Carlos Andres Arias Orjuela, autor en Razón Pública

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En una investigación doctoral del 2023 sobre redes sociales digitales y psicología política de la Universidad Católica de Colombia se desarrolló un estudio que estableció las diferencias y usos lingüísticos expresados en emociones intergrupales en la comunicación política de gobierno de 14 gobernantes de América Latina. Se capturaron las publicaciones que en la red social X, en el momento de la investigación Twitter, hicieron los gobernantes en sus cuentas personales para afrontar la crisis generada por la pandemia del Covid 19. 

Las emociones intergrupales más relevantes y mayormente usadas, indistintamente por gobernantes de filiación ideológica o política de izquierda, derecha o centro en la comunicación política de gobierno, entre los 14 gobernantes, fueron: simpatía, empatía y esperanza. Mientras que ira, odio y culpa, si bien se usaron, no fueron reiteradas quizás por no tener la misma incidencia en las audiencias. 

Las reacciones emocionales suscitadas por el estado o la conducta del otro, encadenando una actitud de aceptación, de comprensión y la afinidad entre individuos sobre la base de sentimientos, inclinaciones o temperamentos similares que se asocia a la liviandad y al buen humor son las definiciones de emociones de empatía y simpatía, que priman en la comunicación política de gobierno y mucho más en momentos de crisis. 

En la revista de Análisis de Política Exterior de la Asociación de Estudios Internacionales de la Universidad de Oxford de abril de 2022 se encontró, después de revisar todas las encuestas presidenciales publicadas de 1953 a 2016, que un gobernante mejoró su índice de aprobación cuando además de resolver una crisis, mostró “camaradería” – lo que podría asociarse con empatía y simpatía. Por obviedad y también señala la investigación publicada en la revista, es que la aprobación del gobernante mejora cuando en lugar de generar las crisis o aumentarlas, las resuelve o por lo menos lidera su solución.

En las últimas semanas y a causa de alteraciones producidas por el cambio climático que afectaron, por lo menos en Bogotá, la vegetación, flora y fauna de aproximadamente 60 hectáreas en diferentes sectores de la ciudad, se ha puesto a prueba la comunicación de gobierno del recién posesionado alcalde de Bogotá, Carlos Fernando Galán. En contraste también se evidencia la de Gustavo Petro, que como presidente de Colombia y ex alcalde de la ciudad ha venido atendiendo múltiples y constantes crisis e incendios de toda índole. 

Las tácticas y narrativas que a través de emociones dejan ver en sus publicaciones los dos líderes en situaciones iguales muestran diferentes estilos de gobernanza y relacionamiento con las audiencias. Así mismo, podría traducirse en el corto plazo en el aumento de índices de favorabilidad y objetivos políticos de Galán y Petro a través del uso de la comunicación digital en gobierno y el manejo en situaciones de crisis. 

Petro aludió a señalar el rol y la asistencia del gobierno nacional, separándolo de la integralidad y el trabajo mancomunado de diferentes sectores y organizaciones que buscaron la solución. Aunque así funciona el sistema de atención de emergencias, lo que plantea el estudio de Oxford es que en la comunicación el gobernante manifieste “camaradería” y no delegue la solución de la crisis en otros. Más cuando los incendios, pasadas las primeras 36 horas, habían desbordado la capacidad de respuesta de varios mandatarios locales.

El presidente insiste en gobernar desde Twitter mediatizando sus declaraciones para plantear contrastes que abren la confrontación: “Las tanquetas que compró Duque para reprimir a los jóvenes ahora las utilizamos para apagar incendios”, publicación del 26 de enero, cuenta del presidente de la República de Colombia, Gustavo Petro. Establecer la culpa, emoción categorizada como negativa, se caracteriza por la dolorosa sensación de haber hecho o pensado algo malo y a menudo por la disposición a emprender la acción diseñada mitigar este mal. 

Petro emplea ocasionalmente su cuenta en la red social X para hacer afirmaciones de las que no presenta pruebas: “Queman cerros de Bogotá y la Sabana para urbanizar. Así sucedió en Sopó. La urbanización de los cerros orientales ha sido propiciada desde hace décadas”, publicación del 26 de enero, cuenta del presidente de la República de Colombia, Gustavo Petro. Si bien se confirmó que la mayoría de los incendios fueron provocados, no hay pruebas de que los autores materiales de ellos sean urbanizadores o empresas dedicadas a la construcción. Exacerbar emociones desde el odio, que es una emoción hostil que combina sentimientos intensos de aversión, detestación, enojo y, a menudo, un deseo de causar daño, destierra la esperanza y la empatía.  

Finalmente, y entre otros aspectos, Petro deja entrever en su narrativa que ha advertido el cambio climático, pero el gobierno que preside no ha implementado, ni gestionado de manera integral o eficiente todas las medidas para atener las crisis. Incluso el funcionario que Petro nombró para dirigir la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres no tiene la experiencia suficiente para asumir lo que ha sido su discurso en la agenda internacional.  

Por su parte Galán empleó su red personal digital X para explicar lo que estaba sucediendo en procura de llenar vacíos de información y evitar que los rumores se apoderarán de la opinión pública. Convirtió su red personal de X y ecosistema digital en un canal de información que con método y recurrencia transmitió lo que sucedía sin ocultar los hechos. Con ello generó confianza, tranquilidad y verosimilitud por la rigurosidad de los datos y exposición de los hechos que ocurrían y las acciones emprendidas para solucionar la crisis. 

En los contenidos publicados se cuidaron las formas y por esto Galán no necesito disfrazar su rol de alcalde Mayor con el personaje de bombero o personal de socorro para mostrar que coordinaba esfuerzos y guiaba desde el lugar de la crisis las acciones para atender la emergencia.

Reconoció el esfuerzo de diferentes instituciones y además de informar comunicó desde las emociones de simpatía y empatía quiénes fueron los verdaderos héroes y a ellos trasladó el agradecimiento de la opinión pública para deslegitimar a los atacantes, entre ellos Petro y los activistas que siguen su narrativa, que buscaron provocarlo. 

Mostró que se puede liderar informando y comunicando, pero evitando gobernar desde las redes sociales digitales. Aunque hasta ahora empieza y la luna de miel puede acabar pronto cuando se enfrente a los desafíos que implica gobernar, parecería que su interés es Gobernar, resolver y solucionar las crisis, antes de estructurar y perseguir un proyecto ideológico que transforme sistemas de creencias o radicalice posiciones. 

¿Cuál es el estilo y el líder político que los colombianos reclaman y necesitan? 

¿Qué tipo de comunicación es más deseable y posibilita más las transformaciones sociales que la mayoría reclama y que se necesitan para generar una sociedad más equitativa e incluyente?  El análisis de la comunicación política de gobierno da pistas para encontrar respuestas.

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Carlos Andres Arias Orjuela

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Carlos Andres Arias Orjuela

*Magíster en Psicología del Consumidor con énfasis en Consumo Ideológico y Político, candidato a Doctor en Psicología, docente universitario y consultor en Comunicación Política.

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Muchas hipótesis y temores ha despertado el fenómeno de Javier Miley en Argentina y lo que podría replicarse en Colombia para las elecciones de 2026.

Colombia puede vivir un escenario en que las fuerzas políticas e ideológicas vuelvan a oscilar y se trasladen al otro extremo del espectro ideológico dada la desfavorabilidad, cuestionamientos y errores cometidos en comunicación política y gestión del actual gobierno de Gustavo Petro. No obstante, la historia reciente de Colombia es diferente a la de Argentina y por ende nuestras dinámicas culturales, económicas y sociales, sin contar los fenómenos mediáticos que acompañan el manejo de la comunicación política de Javier Milei.

Colombia experimentará el fenómeno demagógico, peligroso y mediático de Milei en Argentina motivado por el rechazo creciente a la administración de Gustavo Petro, sus reformas, y el cómo exacerba odios y divisiones entre ricos y pobres e izquierda y derecha. Milei a la colombiana se alimenta de la indignación a la inactividad o el exceso de retórica del actual Gobierno.

Con seguridad tendremos candidatos que representen ese discurso emocional, radical y extremo de la derecha y otro que quiera refrendar la gestión, la victimización que aparentemente sufrió el gobierno de Petro y busque perpetuar un proceso que hasta hoy deja a un presidente que permanece más tiempo en redes sociales que gestionando soluciones tangibles a la ansiedad de los colombianos y que carga con un 64% de desfavorabilidad sin haber llegado a la mitad de su gobierno.

El voto castigo que se presentó en las recientes elecciones colombianas del 29 de octubre y que en algunos casos también fue un mensaje de rechazo a Petro, sería el caldo de cultivo para tener un Milei a la colombiana. Sin embargo, lo ocurrido en ciudades como Bogotá en donde la mesura, la ponderación y esquivar la polarización podría convertirse en la alternativa y la opción para una narrativa diferente.

Lo sucedido en la capital, es un hecho relevante, no solamente por lo que mediáticamente reflejó en la manera de hacer política para todo el país, sino por lo que representa en el peso electoral del pareto colombiano. Desestimar un discurso moderado en esencia y no solo en la forma podría convertirse en el error que algunos candidatos o estrategas, que solamente por querer tener un candidato de reflectores, optarán para llamar la atención.

Veremos entonces candidatos y candidatas con un discurso fanfarrón, gritón y de eco en la radicalización de soluciones a corto plazo, que trasgredirán a las instituciones para lograr el foco de los medios y las redes sociales digitales como lo sucedido en Argentina. La efectiva estrategia de contraste cargada de tácticas para etiquetar y construir un relato de buenos y malos será parte del devenir de la próxima campaña presidencial en Colombia, pero solo el análisis de la coyuntura electoral a partir de identificar las emociones políticas y sus correspondientes actitudes y comportamientos en imaginarios colectivos permitirán saber sí el camino allanado por Milei podrá ser usado en buena parte en Colombia.

Veremos al político influenciador y realizador de contenidos, así como hemos visto a presidentes y ex presidentes twitteros. Así como se ve en las redes sociales de la campaña Argentina se verán contenidos cortos y explosivos que buscan simplificar la complejidad de temas de estado y de política social y económica, por no mencionar otros temas como la salud, la educación, la paz y el conflicto armado interno por una paz total que fracasó.

Sin embargo, esto ya lo vivimos parcialmente y fracasó, de allí que no creo posible un Milei a la colombiana. La estrategia de viralizar contenido por intermedio de plataformas como TikTok tuvo su eco en el equipo adolescente y juvenil de Rodolfo Hernández, pero al final su falta de fondo y fragilidad en el discurso terminó siendo la causa de su derrota. No significa subestimar el poder que hoy tienen las plataformas de redes sociales digitales y las fakenews, que incluso con inteligencia artificial se puedan desarrollar para llegar con mensajes emocionales y atractivos a todo tipo de público, pero si entender qué esto ya lo conoce el elector colombiano y que al parecer su efecto viene disminuyendo para elecciones uninominales como será la del 2026.

Muchas similitudes en el cómo se hace la política y en las fórmulas para emocionar al electorado hay en los que consideran que es solo aplicar recetas de mercadeo político que son exitosas en el patio del vecino. Sin embargo, Colombia tiene un proceso de cultura política diferente que advierte que ya hay un precedente en medio de la batalla de las indignaciones y las emociones en elecciones que deja ver caminos diferentes a partir del estudio concienzudo de la coyuntura.

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Carlos Andres Arias Orjuela

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Carlos Andres Arias Orjuela

*Magíster en Psicología del Consumidor con énfasis en Consumo Ideológico y Político, candidato a Doctor en Psicología, docente universitario y consultor en Comunicación Política.

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En el caso de Cali y luego de la definitiva e importante adhesión de Diana Rojas a la campaña de Alejandro Eder, que le imprimió alegría y entusiasmo al debate que parecía ganado por Roberto Ortiz, se planteó una narrativa que se movió entre el miedo de volver a los desmanes del estallido social y las posibles alianzas de políticos que representaban a la izquierda y a la desfavorable gestión de Jorge Iván Ospina.

Fue fundamental la participación de Taliana Vargas, esposa de Alejandro Eder, para movilizar: amor, simpatía y pasión que jugaron a favor del candidato ganador. Las interacciones generadas alrededor de las publicaciones en redes sociales de Taliana, adicional a su contacto en la calle junto a su esposo, favorecieron la conversación positiva alrededor de la percepción que se tenía sobre Eder y le  dieron un empujón.

Roberto Ortiz no pudo superar los temas obvios de campaña y se quedó hablando de las problemáticas y propuestas sin asociarlas a algún relato que fortaleciera su vínculo emocional con el votante. Terminó perdiendo esa aura que lo presentaba como ganador y jugaron en su contra las campañas de desprestigio que se le atribuyeron a él o sus simpatizantes. La percepción y el rol de víctima que adquirió su adversario, le quitó solidaridad a la campaña de Ortiz y se la entregó a su rival. Declaraciones del representante a la cámara Alejandro Ocampo, del Pacto Histórico, que  solicitó investigar a Eder en procura de inhabilitarlo y que finalmente fue desmentido por el candidato y el Consejo Nacional Electoral, pudieron haber contribuido a ello.

En la ciudad de Medellín, en una elección cantada y en la que toda Colombia ya sabía que el candidato de Daniel Quintero, Juan Carlos Upegui sería el perdedor, se configuró una dinámica antinómica; de buenos y malos, izquierda versus derecha.

La rabia, odio e ira fueron predominantes en la campaña electoral en Medellín, a pesar de que el principal motivador para la aplastante derrota sufrida por Upegui, fuera la desfavorabilidad en imagen pública, señalamientos por mala gestión, escándalos de corrupción y posibles abusos de recursos públicos de Quintero, es evidente que la narrativa en la que el adversario muchas veces no fue Federico Gutiérrez, sino Álvaro Uribe Vélez falló. Federico Gutiérrez no tuvo que hacer mucho esfuerzo para ganar.

A pesar de que influenciadores reconocidos como: “Wally”, “Don Izquierdo” y “Celso Tete Crespo”, entre otros, que han sido asociados a campañas y estrategias de viralización del mensajes del gobierno del presidente Gustavo Petro, publicaron contenidos de descalificación desde el enojo y el rencor en contra de Fico Gutiérrez y a favor de Upegui, esto no fue suficiente para revertir el voto castigo a la administración del ex Alcalde Daniel Quintero y su candidato.

Al final Federico Gutiérrez ganó al sur de la ciudad, en estratos altos y en varios barrios populares. Además, logró elegir un Concejo mayoritariamente afiliado a partidos políticos y movimientos de representativos de la derecha en Colombia.

El proyecto político de Quintero y Upegui, que nació en la elaboración de contenidos emocionales y la aplicación indiscriminada de acciones de redes sociales, como la compra de seguidores, bodegas de replicadores e influenciadores como mecanismo de legitimación de su mensaje se truncó. Lo sucedido en la ciudad de Medellín confirma que el abuso de las redes sociales o la carencia de fondo en los contenidos políticos, buscando manipular a través de las emociones, es perjudicial para la construcción de un proyecto político.

Finalmente, el caso de la campaña de Bogotá mostró que si bien hay rabia por las condiciones en las que está la ciudad en temas como seguridad y movilidad,  la gente estaba identificada más con la desesperanza. Candidatos que optaron por revestir sus propuestas y narrativas con emociones diferentes, que pudieron ser determinantes en otras ciudades, se equivocaron.

El mensaje y estrategia de Jorge Robledo nunca se conoció; “Es Tiempo de Bogotá” no logró superar la imagen misma del candidato y por eso su relato de campaña no trascendió. Robledo representó la experiencia y solidez conceptual de propuestas y discurso, pero no enamoró al votante porque no entendió cómo comunicarse con él desde un lenguaje empático.

Rodrigo Lara, que se presentaba como un candidato serio, se desdibujó por culpa de un “batimovil” que ridiculizó su imagen de anclaje inicial. Lara se dejó llevar por un discurso de confrontación, en el que se advirtieron la rabia y el odio, que muchas veces parecía personal con Carlos Fernando Galán. Se desenfocó por momentos y perdió la oportunidad de dejar ver su gran fortaleza; el conocimiento experto sobre la ciudad y sus propuestas viables para los habitantes. Nunca tuvo una estrategia sólida y solamente presentó hechos de opinión tácticos.

La campaña de Molano utilizó fórmulas discursivas que se movieron en el miedo buscando contraste con Gustavo Bolívar a través de la antipatía. Estigmatizar la protesta social y al candidato que más la representaba en la ciudad fue lo que primó en su campaña, pero nunca logró involucrarse con otra emoción y se quedó hablándole a un nicho pequeño.

Más allá de la impronta gráfica de su apellido asociada al libertador Simón Bolívar, que quizás quiso alejarlo de Gustavo Petro, Bolívar pudo haberse enmarcado en el proyecto bolivariano, que solamente apasiona a un nicho de electores y que genera ansiedad en la mayoría. Ser el candidato de un presidente con alta desfavorabilidad y que recurrentemente se confronta con la opinión pública y los medios de comunicación le restó y no le sumó. “No te robaré o “Will educate your children”,  fueron propuestas huérfanas de una emoción transversal que recogiera sus declaraciones y discurso político.

Juan Daniel Oviedo conectó desde la calle con emociones como entusiasmo, alegría y pasión. Generó empatía y a pesar del desconocimiento de su imagen en muchos sectores de la ciudad logró conectar con los bogotanos. Equivocó la campaña de contraste y la dirigió al primero en las encuestas y no al que podría haber sido su antítesis, Gustavo Bolívar. Sin embargo, Oviedo finalizó su campaña con un sentimiento muy similar al de Galán y que lo llevaría a enfundar una emoción poderosa y envidiada por cualquier político, la esperanza.

Ponderar las buenas ejecuciones de alcaldes como: Gustavo Petro, lucho Garzón, Enrique Peñalosa y Claudia López, le permitieron a la campaña de Carlos Fernando Galán encontrar la llave emocional para identificarse con el elector aburrido de la polarización. El odio y la rabia sin soluciones más allá de la exhibición del ego fueron ajenos en la campaña de Galán, situación inusual para los estándares de las batallas políticas que se tejen para ganar las elecciones. La tranquilidad, en su discurso, comunicación no verbal y mensaje de concertación lograron la confianza para convencer al elector que era el momento de sumar y multiplicar en lugar de dividir y restar.

La comunicación política no es una receta que se aprende en cursos de redes sociales y que se aplica a destajo en cualquier contexto. Obedece al análisis, estudio y consideración de variables culturales, económicas, políticas y emocionales asociadas a las características de cada región y entorno político.

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Carlos Andres Arias Orjuela

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Carlos Andres Arias Orjuela

*Magíster en Psicología del Consumidor con énfasis en Consumo Ideológico y Político, candidato a Doctor en Psicología, docente universitario y consultor en Comunicación Política.

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La megalomanía o la obsesión por la grandeza asociada al poder sería el rasgo particular de los políticos en cualquier lugar del mundo. Por las recientes experiencias que se han experimentado en la coyuntura por el doloroso conflicto que deja víctimas inocentes en la franja de Gaza. Además, de la proximidad con las elecciones del 29 de octubre, es sustantivo hablar de megalomanía de los políticos colombianos.

La desmesurada y continua búsqueda de poder, ya sea porque no se quiere perder o se quiere adquirir, lleva a muchos políticos, gobiernos o campañas electorales a caer en lo que se podría conocer como la enfermedad del político moderno; la megalomanía, que está íntimamente ligada con el populismo y la demagogia. Estos dos últimos conceptos que a veces se equiparan, son diferentes y puestos en práctica indistintamente por políticos y regímenes de izquierda y derecha.

El megalómano puede, en su afán de buscar admiración entrar en estados de ira o emocionalidad desbordada, episodios en los que no advierte ningún tipo razón y más si los que lo rodean persisten en la adulación desmedida.

A continuación, se plantean varios rasgos característicos del político enfermo de megalomanía, que no es un mal menor, dado que es un estado psicopatológico que debería ser tratado en terapía y puede poner en riesgo a la democracia de cualquier país o debilitar sus instituciones.

  • Cuando un actor político se atribuye logros o situaciones a su gestión por encima de la realidad de los hechos mismos es un síntoma de megalomanía. Su imagen, su retórica y acciones está por encima de la gestión a la que se deben.
  • Construyen alrededor de su imagen pública una atmósfera que los haga ver indispensables para las transformaciones sociales o políticas. Suelen construir alrededor de ellos el mito de ser salvadores o portadores de un poder mágico para transformar y renovar prácticas políticas, que finalmente siguen realizadas por ellos mismos: burocracia, nepotismo y corrupción, entre otras.
  • Solamente ponderan y escuchan a aquellos que los admiran, aplauden o felicitan. Todo lo que sea crítica o una opinión en contra de lo que es su imagen o mensaje es considerado un ataque y es descalificada.
  • Las reacciones a la crítica están asociada a comportamiento en el que se detonan emociones categorizadas como negativas: ira, rabia, odio, enojo, resentimiento y miedo, entre otras.
  • Por intermedio de sus actitudes o comportamientos el político megalómano evidencia desprecio por todo lo que represente el cumplimiento por la Ley o la institucionalidad. Ejemplo de ello puede verse en renunciar a cargos de elección popular en donde se había contraído un compromiso con los electores que eligieron para un período de tiempo determinado.

La megalomanía de los políticos puede poner en riesgo campañas porque en muchos casos se genera una sobre representación del candidato o sus asesores, en relación a la capacidad de liderazgo o de convocatoria para lograr el triunfo electoral, entre otros aspectos. La constante exposición a la alabanza de los ciudadanos o incluso de su círculo cercano de colaboradores puede aumentar la visión de algo que no es real, pero que lo parece.

En el caso del megalómano que ya es gobernante es aún más grave porque el narcisismo puede traducirse en tomar decisiones impulsivas y sin mucha reflexión por buscar aumentar la figuración o generar una representación social de la realidad que no es cierta, pero que es necesaria para alimentar el ego del gobernante.

En general el político megalómano tiende a debilitar la democracia porque se hace a la representación de que es la salvación del pueblo. Construye el mito del salvador, que como Moíses, puede llevar al pueblo a la tierra prometida y se lo cree. En consideración a su delirio toma decisiones en aparente beneficio y en nombre del pueblo, pero que a su vez desconocen el cómo, cuándo y dónde se podrá ejecutar lo que promete y al enfrentarse a la realidad, la suplanta y rompe la institucionalidad en procura de hacer realidad su sueño de grandeza.

Aumenta la división a partir de su búsqueda de indulgencias y alabanzas. El político y gobernante megalómano está persiguiendo como un adicto el ser admirado y en ello su discurso se vuelve emocional. Simplifica lo complejo en búsqueda de ganar aceptación y el aplauso de la mayoría, sin importar que en ese tránsito abandone la argumentación y la razón. Su retórica se basa en las emociones y moraliza sus posiciones aumentando así la polarización.

La megalomanía es una enfermedad que nace del ego exacerbado y puede poner en riesgo la seguridad nacional, así como debilitar la reputación de las instituciones porque personaliza el mensaje político y lo reduce a la búsqueda de la admiración o destacar la imagen del gobernante y su visión de grandeza, por encima de a quiénes representa.

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Carlos Andres Arias Orjuela

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Carlos Andres Arias Orjuela

*Magíster en Psicología del Consumidor con énfasis en Consumo Ideológico y Político, candidato a Doctor en Psicología, docente universitario y consultor en Comunicación Política.

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¿Muy romántico y altruista pedir que los candidatos dejen de agredirse y que las audiencias abandonemos el morbo de informaciones en donde nada tiene que ver la viabilidad de las propuestas de los candidatos?

Hoy en la sociedad líquida, en donde reina la emoción que se transmite a través de contenidos en redes sociales digitales, es más significativo el cómo se va a comunicar lo que reclama el ciudadano del candidato, que el plan de gobierno que se presenta para la inscripción. Quizás por eso es que caemos en promesas vacías cómo túneles que conectan a la ciudades o trenes eléctricos que unirían poblaciones de un extremo a otro de la nación.

Es la retórica o ese conjunto de herramientas que desde el lenguaje y sus figuras permite que la narrativa del candidato y su campaña logre persuadir o manipular a los electores, recogiendo desde las emociones las propuestas que anhela escuchar el ciudadano para solucionar los problemas que percibe. No obstante, en esta narrativa hay una que ha venido tomando auge en procesos electorales y corresponde a la de deslegitimar al adversario

La deslegitimación del oponente, una estrategia sistemática que mediante tácticas busca debilitar la credibilidad, reputación e imagen del candidato, su familia o partido pareciera ser el único camino en la comunicación política digital. Este ejercicio se convirtió en la herramienta fundamental de los candidatos a elecciones uninominales como: Alcaldías, Gobernaciones o elecciones presidenciales porque en ellas, el que plantea la deslegitimación hiere la humanidad del oponente, mina el sistema de creencias y las cogniciones sociales que puedan tener los votantes para disminuir el respaldo que pudiera llegar a sumar.

El auge de esta práctica o estrategia de comunicación y acción en mercadeo político que se puede confundir fácilmente con contrastar las propuestas entre un candidato y otro, la experiencia y formación para el cargo entre los diferentes aspirantes, ha hecho que el debate político se degrade y que la discusión de las ideas y el cómo, cuándo, dónde se podrán realizar pase muchas veces a un segundo plano.

El por qué se ha vuelto tan relevante la práctica de deslegitimación del adversario en campañas políticas o en el diseño de estrategias de comunicación, se puede explicar por muchas variables, entre las que se encuentra la desesperada búsqueda del click por parte de portales de contenido informativo, medios de comunicación o los llamados influencer en redes sociales como: tik tok, twitter, instagram o youtube, que muchas veces y con limitada formación académica es prepagado para usar su efímera fama para presentar información en los que la mentira y el sesgo, se teje con puntadas de verosimilitud sobre un hecho.

También porque a través de los procesos de deslegitimación los hacedores de estas prácticas entienden que se llega a la humanidad e intimidad del oponente y por ella a los sentidos y emociones de la audiencia. A partir de contar situaciones y hechos que se alejan parcialmente de los ejes de propuesta de los candidatos o de temas exclusivamente políticos y que pueden entretejer aspectos emocionales, los contenidos deslegitimadores cautivan audiencias utilizando el rumor, el chisme y emociones categorizadas como negativas: el odio, la ira, el rencor y la rabia propias del melodrama.

La deslegitimación del oponente en campañas políticas y comunicación de gobierno es la exacerbación de emociones en una primera fase para buscar el entretenimiento de las audiencias y luego, en una segunda fase, la descalificación de los atributos del candidatos o exaltar sus debilidades, propias e inherentes a su humanidad.

Bogotá, Medellín, Cali, Bucaramanga y Barranquilla, las ciudades con mayor peso electoral en Colombia son más proclives a caer en este tipo de dinámicas de pugnacidad y violencia narrativa en comunicación política digital, pero no las únicas. Entre mayor penetración tengan las redes sociales digitales y más importante sea su incidencia en el cómo se da a conocer el candidato, mayor podrá ser el nivel de deslegitimación que se de entre las cuentas oficiales y no oficiales de las campañas.

Quizás el camino para diferenciarse en este ruido infernal que suponen las campañas políticas digitales y las tácticas de deslegitimación del oponente, sea concentrarse en proponer el mensaje sin atacar al contrario, su equipo o su pasado personal o familiar, quizás la forma para diferenciarse entre un candidato y una propuesta y otra sea el validarse ante el votante desde el cómo, cuándo y por qué de la viabilidad de la propuesta y evitar señalar al contrario buscando minimizarlo. Sin dejar de hacer el contraste entre propuestas y candidatos.

El camino en este sentido es singular y posible porque los ciudadanos estamos reclamando menos ataques personales entre los candidatos y sus campañas y más la verosimilitud de las propuestas. Que el debate sea sobre las ideas, la experiencia, la capacidad y la preparación del candidato y no sobre sus apellidos es hoy una estrategia que puede sonar tibia o romántica, pero que estaría en sintonía con lo que reclama la democracia.

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Carlos Andres Arias Orjuela

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Carlos Andres Arias Orjuela

*Magíster en Psicología del Consumidor con énfasis en Consumo Ideológico y Político, candidato a Doctor en Psicología, docente universitario y consultor en Comunicación Política.

Foto: Presidencia de la República

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Debajo del escándalo de las chuzadas a la exniñera de Laura Sarabia, hay también una estrategia de deslegitimación de un gobierno que despierta resistencias. ¿Cómo fue tratado el caso en los medios y en las redes?

Carlos Andrés Arias Orjuela*

El escándalo

La revista Semana publicó una entrevista de Marelbys Meza, exniñera de Laura Sarabia, donde ella afirma que se le había hecho una prueba de polígrafo en un edificio cercano a la Casa de Nariño por la pérdida de varios millones en efectivo. Aunque la exjefa de gabinete de la Presidencia asegura que se trata de 7.000 dólares americanos, la empleada doméstica señala que se trataba de 150 millones de pesos.

La entrevista sostiene que Marelbys Meza y su familia fueron víctimas de acoso y abuso de poder. Estas declaraciones dieron pie a pronunciamientos de los influenciadores y activistas de distintos sectores políticos, a la apertura de indagaciones disciplinarias y al llamamiento a declaración de miembros de la Policía (vale la pena notar que, a diferencia de otros casos, la respuesta institucional fue inmediata).

Días después, W Radio reveló que la exniñera ya había sido llevada al polígrafo por sospecha de robo en la casa de su antiguo empleador, Armando Benedetti. La prueba encontró “reacciones fisiológicas indicativas de engaño y de mentiras a las preguntas relevantes”. También se dijo que el embajador Benedetti había trasladado a la exniñera a Venezuela justo antes de que hablara con Semana.

El panorama se agrava cuando Cambio confirmó que la exniñera había sido  “chuzada” telefónicamente tras ser vinculada de manera ficticia a una investigación contra del Clan del Golfo.

Las demás teorías y explicaciones que circulan en redes solo pretenden ganar audiencia, clics, likes o se limitan a condenar a los exfuncionarios sin indagatoria, investigación o debido proceso.

¿Quién dio la orden de interceptar ilegalmente a Marelbys Meza? ¿Armando Benedetti filtró la noticia a Semana? ¿Laura Sarabia cometió algún delito? ¿Se están interceptando ilegalmente a más colombianos?

Las preguntas anteriores son fundamentales para saber lo que sucedió, pero hasta este momento no tenemos respuestas por parte de las autoridades.

Una táctica de deslegitimación

Las demás teorías y explicaciones que circulan en redes solo pretenden ganar audiencia, clics, likes o se limitan a condenar a los exfuncionarios sin indagatoria, investigación o debido proceso.

Y esto a su vez sugiere que estamos ante una estrategia con matices políticos y donde pesan la envidia, la rabia o el odio.

Por eso me es válido pensar que Laura Sarabia podría haber sido el blanco de ataques debido a su posición en el actual gobierno, y, por ende, su cercanía con el presidente Petro. En pocas palabras, su notoriedad pudo dar lugar a un plan para deslegitimarla.

La psicología y la teoría de la comunicación señalan que los medios fortalecen o debilitan un determinado sistema de creencias; por eso los escándalos se pueden presentar de una manera que confirme y refuerce los prejuicios de determinados sectores de opinión, sectores que a su vez arraigan sus creencias en su propios intereses políticos o económicos.

De esta manera los mensajes que circulan en las redes sociales y en los medios de comunicación corresponden a estrategias comunicativas que maximizan o minimizan el impacto emocional resultante de un suceso determinado.

Foto: Twitter: Laura Sarabia - Laura Sarabia representaba juventud, transparencia, idoneidad y mérito para el presidente Petro y para la narrativa del cambio.

Le recomendamos:  Petro, o un discurso entre imaginarios y realidades

El relato acerca de Marelbys Meza

Lejos de mí está negar la gravedad de lo ocurrido, y por lo mismo reclamar que se concluyan las investigaciones.

Como analista anoto sin embargo que los lectores se identificaron o simpatizaron con la exniñera —que hoy es simple o familiarmente conocida como “Mary” — gracias a la humanización de su relato y a la maximización de las emociones negativas alrededor del abuso de poder.

También fueron fundamentales la exaltación de los supuestos intereses políticos de Armando Benedetti y el ataque a los valores representados por Sarabia. Utilizar el caso para indicar que estos valores —juventud, transparencia, idoneidad y meritocracia— no correspondían a la realidad, es atentar contra uno de los pilares del gobierno del cambio.

La psicología y la teoría de la comunicación señalan que los medios fortalecen o debilitan un determinado sistema de creencias; por eso los escándalos se pueden presentar de una manera que confirme y refuerce los prejuicios de determinados sectores de opinión, sectores que a su vez arraigan sus creencias en su propios intereses políticos o económicos.

Estos principios son vitales porque el votante joven avivó el ciberactivismo durante la campaña del Pacto Histórico para el Congreso y la Presidencia. No obstante, según el Séptimo Estudio de Percepción de Jóvenes, financiado por la Universidad del Rosario y realizado por Cifras y Conceptos, de 2044 jóvenes encuestados en 12 ciudades del país, el 54% no votaría por un candidato cercano al gobierno de Petro.

Sumada a la anulación de la elección del contralor, el dificultoso avance de las reformas, los frenos al Plan Nacional de Desarrollo, las fallas en el proceso de paz con el ELN y el hostigamiento de los órganos de control a la bancada del Pacto Histórico, el presidente ahora debe lidiar con la pérdida de un miembro de su círculo más íntimo.

El caso de Laura Sarabia, sumando a otros acontecimientos desafortunados, pone en evidencia los errores en la comunicación política del gobierno. Sobre todo, teniendo en cuenta que Gustavo Petro es el líder político más mediático de los últimos veinte años en Colombia.

Por último, se puede afirmar que a través de los medios de comunicación y las redes sociales se maximizó una serie de emociones que promovían la deslegitimación política del proyecto del primer gobierno de izquierda en nuestro país.

Puede leer: Petro y la violencia colombiana según Petro

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Carlos Andres Arias Orjuela

*Magíster en Psicología del Consumidor con énfasis en Consumo Ideológico y Político, candidato a Doctor en Psicología, docente universitario y consultor en Comunicación Política.

ISSN 2145-0439

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