
Mala política, mala guerra, mala paz
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Copio el título de un ensayo que publiqué en mi libro GUERRA, POLÌTICA Y DERECHO (Universidad El Bosque, 2017) para aplicarlo a las andaduras de la política de “Paz Total” formulada por el gobierno actual. La idea es presentar la secuencia y los condicionamientos implícitos en cada uno de los campos conceptuales sugeridos por el título.
El punto de partida es el aserto de Clausewitz sobre la naturaleza política de la guerra. La guerra es la política misma adelantada por medios violentos. Un ejemplo muestra de manera nítida la secuencia de los tres conceptos: es la primera guerra mundial. Una política torpe de los imperios germánico y austro-húngaro, produjo la hecatombe que durante cuatro años desangró a Europa. Una guerra mal conducida y más duradera de lo esperado, llevó a una paz tan mal diseñada que en veinte años condujo a otra guerra, más intensa que la primera.
El gobierno de Petro formuló una política que desde el principio mostró su inviabilidad. El voluntarismo, la idea del “nos queremos tanto” como fundamente (entre nosotros arreglamos esto en tres meses) dibujó el fracaso anticipado. En una columna anterior afirmé que la naturaleza del M-19 no se podía asimilar a la de las guerrillas revolucionarias como las FARC y el ELN y que, por lo tanto, la identidad pretendida no existía.
Otra falla de la política fue no haber entendido la mutación de esas guerrillas en los últimos treinta o más años de la historia. La hecatombe del socialismo real en el mundo, por una parte, y por otra, la tentación de la financiación de la guerra por medio de actividades criminales, cambiaban el panorama que debía ser diagnosticado. Sin entender la naturaleza nueva de los grupos armados, los juntó todos en una especie de salpicón político-ideológico.
Ese batido de organizaciones y de ideologías va desde organizaciones del tipo Crimen Organizado Internacional (COT) como el llamado Clan del Golfo, cuyo único barniz político es el nombre auto proclamado de “gaitanista”, hasta el ELN que todavía pretende ser la guerrilla guevarista de Simacota. La naturaleza de esta última organización ha cambiado tanto, que hoy no solo está en los negocios del COT, sino que es una organización binacional que cumple papeles políticos y económicos para el Estado venezolano.
La guerra, hecha bajo estos presupuestos, no puede ser eficaz. Los continuos ceses de fuego dan ventajas a los grupos ilegales en lo bélico y en lo político. El costo recae totalmente en el Estado: las fuerzas armadas se inmovilizan y los rebeldes ocupan el territorio y afirman su control de la población. Es de Perogrullo que un cese de fuego en un conflicto disperso como es típicamente el guerrillero, no puede funcionar, ni ser verificado, sin la concentración de las guerrillas en lugares claramente delimitados. Lo demás, es meterse mentiras, dejar de lado la realidad para instalarse en el reino de los buenos deseos.
Tras la mala política y la mala guerra, camina la mala paz. Camina para alejarse. Se aleja porque la confusión de la política y la disminución de los medios para mantener el control de territorios y población se esfuma. Las conversaciones se interrumpen más de lo que normalmente aguanta un proceso de paz y hay otro problema que el gobierno colombiano no ha asumido como tal, y es el carácter de las conversaciones con el ELN.
La negociación con el ELN es una negociación internacional. El gobierno colombiano conversa con el ELN (cuando se puede) pero el asunto con Venezuela no es solo de exigencia de garantías para que no crucen la frontera y operen con retaguardia protegida. Se trata de definir la naturaleza misma del grupo.
El ELN no solo está refugiado y es protegido por el Estado venezolano. Es una organización que cumple funciones políticas y económicas para el gobierno del vecino. Esa connotación lleva el ELN a otro nivel en una política de paz para Colombia. Es claro que no puede ser una espada de Damocles pendiente sobre el país. La realidad del Catatumbo es una confirmación de la necesidad de negociar también de Estado a Estado.
Una cosa lleva a otra. Tan poco avisado está el gobierno colombiano, que se negocia una zona común de control binacional. ¿Se trata de una trama concertada o de una inadvertencia? Lo segundo implicaría un nivel de ingenuidad que no cabe en las relaciones internacionales ¿qué busca el gobierno colombiano con ese arreglo? En el siglo pasado algo parecido a esa zona fue una aspiración de las gentes de la frontera. Hoy es un peligro para la seguridad nacional, en una frontera que de por sí, está fuera de control.
Las tareas pendientes no se pueden abordar sin una reformulación total de los fundamentos de la política de paz y al gobierno se le acabó el tiempo para hacerlo. Tampoco se ve voluntad para dar el timonazo. Las ilusiones se desvanecen y la paz seguirá como pendiente en el cuadro de la tragedia nacional.
Acerca del autor
Armando Borrero
Cofundador de Razón Pública.
Sociólogo, Especialista en Derecho Constitucional, Magíster en Defensa y Seguridad Nacional. Se ha desempeñado como Consejero Presidencial para la Defensa y Seguridad Nacional. Profesor de la Universidad Nacional de Colombia.
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