Lecciones no aprendidas: ¿Un desafío inmaduro? | Conflicto externo

LECCIONES NO APRENDIDAS: ¿UN DESAFÍO INMADURO?

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Aprender de la historia. Este llamado se repite por siglos sin que, al parecer, se cumpla alguna vez y en medida aceptable. El viejo truco de inventar, o exacerbar un conflicto externo para resolver uno interno, se ha practicado casi siempre por gobiernos no democráticos, cuando se ven en apuros para controlar su estabilidad y permanencia. Con frecuencia las estrategias y tácticas utilizadas para provocar enfrentamientos controlados, fracasan en el cometido, o algo peor, se salen de control y acaban provocando la autodestrucción de los aprendices de brujo y tragedias para los pueblos objeto de la manipulación.

En nuestra América se tiene el ejemplo perfecto de las consecuencias que produce el procedimiento de “pasarse de inteligentes”: el de los militares argentinos encabezados por el General Leopoldo Galtieri en 1982. En medio de sus delirios (según lenguas casi delirium tremens) construyeron un razonamiento de apariencia –valga la redundancia- “racional”, para auto-convencerse del éxito de la maniobra, nada menos que la recuperación de las islas Malvinas, y la seguridad de poner al Reino Unido ante una sola alternativa, la de negociar con una baza muy buena en manos de la Argentina.

Como en La Perrilla de Marroquín, en más de una ocasión sale lo que no se espera. Galtieri y su junta olvidaron en su cuidadoso razonamiento, algunas variables que no consideraron o les parecieron irrelevantes: el enorme interés geopolítico de las Malvinas para el Reino Unido y los Estados Unidos, la pertenencia de la potencia agredida a la OTAN y las bien almidonadas faldas de Margaret Thatcher. Al final, la situación de Argentina como parte del contencioso, acabó en mayor debilidad que antes de la aventura.

Ahora el presidente venezolano, acosado por el cúmulo de líos que enfrenta su gobierno, recurre a la fórmula incierta: ¿hay mejor factor de unidad nacional, que un conflicto externo? Pues hasta eso es incierto en la maniobra de Maduro. Convocó un plebiscito y la ciudadanía venezolana no acudió a votar. Con la desfachatez que caracteriza al régimen, se inventó una cifra de votos que nadie cree. El escrutinio televisivo no deja dudas.

Es cierto que el laudo arbitral de 1889 fue un juego con dados cargados contra Venezuela. Pero el gobierno venezolano de turno admitió el arbitraje diseñado por la contraparte y, más importante todavía, han pasado 135 años de vigencia del fallo. Hoy, Guyana lleva las de ganar. Es un Estado miembro de las Naciones Unidas con sus fronteras definidas. En el plano político y económico, cuenta con el respaldo del Reino Unido en tanto miembro de la Commonwealth, seguramente con la simpatía de la Comunidad de Naciones del Caribe y, lo más importante, con los intereses petroleros de los Estados Unidos, el Reino Unido, los Países Bajos y por supuesto, los intereses del Brasil que no pierde su talante pragmático en materia de geopolítica.

Ya las potencias mostraron, sutilmente y con medida, sin dramatizar, con quién se alineaban. Los Estados Unidos hicieron un ejercicio aéreo que, dado el escaso equipo aéreo militar de Guyana, debió ser algo muy sencillo. El gobierno venezolano puso el grito en el cielo. El Reino Unido hizo algo diciente, pero con sutileza. Escogió visitar el puerto de Georgetown con un OPV (Off Shore Patrol Vessel) Se trata de un buque militar, sí, pero no es una plataforma de armas destinada al combate naval. Los OPV hacen vigilancia y control en altamar, más allá de las áreas operativas típicas de los guardacostas, por lo general en la llamada zona económica exclusiva. Su armamento no es para batallas navales, pero debe parecer formidable ante un pesquero furtivo o una lancha de piratas. En resumen, el Reino Unido dijo ¡aquí estoy! sin hacer un despliegue amenazador.

Ante el toque sutil de los británicos, una visita de alto valor simbólico para comunicar apoyo, hecha con un equipo que no resultara amenazante, el gobierno venezolano armó la de Dios es Cristo con una operación de esas de nombre largo con palabras rimbombantes y despliegue, según la información oficial, de 5.600 soldados, equipos navales y aéreos. Todo para consumo interno, porque para afuera es claro que no representa un movimiento creíble en el juego por Guyana.

El pueblo venezolano no se merece el teatro de su gobierno. Son otros, y enormes, los problemas que piden remedio. Las salidas emocionales les sirven a los dueños del “coroto” para manipular, pero pueden tener consecuencias peligrosas y costos elevados. No solamente por el descontrol en que pueden caer (incidentes de efecto instantáneo, por ejemplo) sino porque terminan de llenar el vaso de las frustraciones populares.

Acerca del autor

Armando Borrero
armandoborrero@razonpublica.org.co | + posts

Cofundador de Razón Pública.

Sociólogo, Especialista en Derecho Constitucional, Magíster en Defensa y Seguridad Nacional. Se ha desempeñado como Consejero Presidencial para la Defensa y Seguridad Nacional. Profesor de la Universidad Nacional de Colombia.

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Armando Borrero

Cofundador de Razón Pública. Sociólogo, Especialista en Derecho Constitucional, Magíster en Defensa y Seguridad Nacional. Se ha desempeñado como Consejero Presidencial para la Defensa y Seguridad Nacional. Profesor de la Universidad Nacional de Colombia.

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