LA GUERRA DESREGULADA | Armando Borrero Mansilla

LA GUERRA DESREGULADA

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Las guerras de la actualidad soltaron la cuerda que las ataba. Nunca fueron sujetadas del todo, pero algo se había avanzado en la modernidad. La segunda guerra mundial abrió las puertas al partisanismo y a la guerra aérea, cuyos objetivos fueron no sólo militares, sino civiles. La guerra aérea dio un paso adelante al separar al combatiente de las víctimas del fuego que bajaba del cielo. El blanco dejó de ser un ser humano visible, uniformado y encuadrado en una organización militar, para pasar a ser un accidente en los avatares del fuego indiscriminado. Los manuales del derecho de la guerra sucumbieron ante el desarrollo técnico.

La guerra fría fue relativamente pacífica, pero las guerras que nunca se desataron fueron producto del miedo antes que del derecho. Hoy el desorden de los poderes mundiales que no encuentran acomodo, bordea los límites de manera ominosa. Los tiempos que se viven son de transición: los poderes se alejan del modelo bipolar pero no encuentran acomodo en otro esquema de equilibrios. La tarea trabajosa de construir muros de contención se frenó.

Una de las características más visibles de los conflictos de hoy es la mezcla de métodos de hacer de daño, sean sujetos a normas o no. La violencia del terrorismo, que no fue pensada antes para derrotar militarmente a un contendor, sino usada como violencia extorsiva, como moneda de cambio en el juego de buscar concesiones para no practicarla, ha completado la marcha que comenzó de la mano de las ideologías extremas hacia la simbiosis total con la guerra regular, ya no como método auxiliar, sino como protagonista central.

La distinción fundamental entre combatiente y no combatiente fue sostén del derecho en el pasado. Una vez borrada, queda abierta la puerta al todo vale. La muerte viene del cielo, del cielo físico que habita la tecnología, para decidir victorias y derrotas. En medio de la carencia de reglas, la definición de blanco legítimo se reemplaza por el terror indiscriminado. Hoy, las imágenes de la televisión y el tráfico de las redes sociales, muestran las consecuencias de la tendencia a la desregulación total. 

El “papel mojado” para describir la violación del derecho que fue la invasión de una Bélgica neutral en 1914, se ha convertido en papeles quemados. Los tiempos de unos diplomáticos en traje gala que llevan la declaración de guerra en una bandeja de plata, quedaron para el cine en blanco y negro. La legalidad es inconveniente. Quien no use la sorpresa, está perdido. En ese escenario, los instrumentos desarrollados para contener los choques armados, pierden relevancia. Son como los trajes de los personajes de ópera, meras apariencias y formalismos inútiles.

No es casualidad que el desorden de la actualidad llegue de la mano con el declive de las democracias. El cuadro general es de rebasamiento de los marcos normativos, tanto los que rigen en el interior de los Estados, como de los que regulan las relaciones internacionales. Las fronteras entre la paz y la guerra se borran y son reemplazadas por la incertidumbre. En ese clima la paz se diluye.

Tampoco es casualidad que idea misma de la paz se diluya como concepto. El concepto de seguridad humana contribuyó a poner la idea de la paz en el limbo. Al extender la paz a cuanto campo disciplinario pudiera acudir el “buenismo” para definirla, se rompió la frontera entre paz y guerra. Ya no basta el silencio de las armas para saberse en paz. Ahora cualquier desajuste social o político, se considera causal de conflicto y enfrentamiento bélico. 

Si a lo anterior se suma el concepto de “guerra sin límites” (el de los coroneles chinos) popularizado en los finales del siglo pasado, se refuerza la idea de la guerra permanente como estado normal de la humanidad. El militarismo nacionalista del siglo XIX consideraba la paz como un mero interregno entre las guerras. El pensamiento del presente es más peligroso porque deja en el aire la distinción entre un estado de paz y otro de guerra. En cualquier momento y por cualquier motivo, se decide el uso de las armas, cada vez más letales, para avanzar en la promoción de intereses que se proclaman sin pudor alguno, porque hasta las buenas maneras sufren.

Hoy se ven las consecuencias de la desregulación. Por una parte, los intereses globales de las potencias mayores. Por otra, las consecuencias de mantener tensiones irresolutas por medio de aparatos militares para las guerras “proxy” o guerras por delegación. Al final, la cuerda se rompe. Hoy se rompió el Golfo Pérsico. El Medio Oriente ha sido campo de confrontación durante la segunda mitad del siglo XX y lo corrido de este siglo. La sabiduría popular diría que “tanto va el cántaro al agua, que al fin se rompe”. Mañana las noticias nos pueden traer una paz precaria y la puesta en marcha del siguiente conflicto.

Acerca del autor

Armando Borrero
armandoborrero@razonpublica.org.co | + posts

Cofundador de Razón Pública.

Sociólogo, Especialista en Derecho Constitucional, Magíster en Defensa y Seguridad Nacional. Se ha desempeñado como Consejero Presidencial para la Defensa y Seguridad Nacional. Profesor de la Universidad Nacional de Colombia.

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Armando Borrero

Cofundador de Razón Pública. Sociólogo, Especialista en Derecho Constitucional, Magíster en Defensa y Seguridad Nacional. Se ha desempeñado como Consejero Presidencial para la Defensa y Seguridad Nacional. Profesor de la Universidad Nacional de Colombia.

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