El miedo a la muerte | Tatiana Andia | Razón Pública
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El miedo a la muerte

Escrito por Tatiana Andia

A finales de enero de este año me subí a un avión rumbo a Cali para asistir al matrimonio de un amigo. Era el segundo viaje en avión que hacía sola desde mi diagnóstico de cáncer. Antes solía viajar sola con mucha frecuencia y con un placer profundamente liberador. Pero desde que estoy “enferma”, aunque sin síntomas, las cosas que antes eran naturales se han convertido en verdaderos peregrinajes existenciales.

Cada cosa que puedo hacer de nuevo y sin dolor, caminar, nadar, bailar, tener sexo, se sienten como la primera vez. Mejor aún, como una primera vez experimentada. Cada cosa que no puedo volver a hacer, como montañear, jugar tenis, correr, saltar, me producen nostalgia y admiración. Para esas cosas he tenido que aprender a ver imágenes y videos de amigos y profesionales, con la distancia de quien nunca aspiró a tal hazaña. Como se ven las imágenes y videos de patinaje artístico, nado sincronizado, gimnasia olímpica y la lista interminable de prácticas físicas impensables para mí.

En el avión a Cali, una pequeña turbulencia me petrificó. Sería muy irónico morir en un improbable accidente aéreo habiendo sobrevivido los primeros seis meses con cáncer, pensé. Sería un horror para Andrés Elías, por fin aliviado y tranquilo de dejarme andar sola en avión sin el temor inminente a que me le muriera fuera de su vista.

Pocos días después lo acompañé a él a un pequeño procedimiento ambulatorio. Sentada en la sala de espera por más de una hora, me comenzó a entrar la angustia. Si el procedimiento dura 10 minutos y el último paciente salió hace 40 minutos, ¿qué es lo que puede estar pasando? ¿Cuál es la probabilidad de que algo se haya complicado? ¿Estará asustado?

A los 50 minutos emergió uno de los pacientes. Lo miré fijamente, de arriba a abajo, para ver si tenía signos de venir del mismo procedimiento. Le reportó a su pareja sentirse mareado. Volví a hundir los ojos en el libro que estaba leyendo para disimular la ansiedad. Era uno más de los ya más de diez libros que he comprado o me han regalado sobre la muerte, el duelo, el fin de la vida. El tema me interesa literaria, académica y legalmente desde la muerte de mi madre, demasiado reciente aún.

En esa sala de espera, leo párrafos enteros sin leerlos. Caigo en cuenta cada cierto tiempo de mi distracción y vuelvo a empezar. Pasan otros 20 minutos y otro paciente emerge. Salen y entran enfermeras. Todo el mundo con cara relajada. Llaman a otros tres. Ya debe estar por salir, pienso. Vuelvo al libro.

El libro de ese momento es sobre el duelo. Más precisamente sobre el duelo de la pareja de toda la vida. “El año del pensamiento mágico” de Joan Didion. Llevaba leyéndolo buena parte de los dos meses anteriores. En varios pasajes de ese libro me había reconocido, en duelo y enamorada a la vez. Pero las páginas que me tocaron en la sala de espera, ansiando la salida de Andrés Elias, son las más lindas que había leído hasta ese momento. Los ojos se me llenaron repentinamente de lágrimas, lágrimas de puro amor.

Una de las cosas que había pasado por alto, hasta ese momento, es que la amenaza de la muerte propia le quita a uno el miedo de la muerte de los seres queridos. En esa sala de espera, ante un acontecimiento intrascendente, me di cuenta instantáneamente que la idea de morirme era bastante más tolerable que la de ver morir y sobrevivir a mis grandes amores. Empaticé instantáneamente con quienes, estoica y cómplicemente, me han acompañado todos estos meses con el temor anticipatorio de una vida sin mi presencia. El duelo se hace también en vida y es en gran medida lo que han estado haciendo, a punta de imaginación, los seres que más me quieren o me han querido.

Recientemente he tenido noches de desvelo. Más noches de desvelo que antes. Dando vueltas en la cama, en la penumbra, me he dado cuenta que le tengo miedo a la muerte. No le tengo miedo a morirme, le tengo miedo a morírmele a alguien y de que alguien se me muera. Somos las relaciones que construimos. Somos de quienes nos ven y vemos a quienes queremos que sean todo lo que quieren ser.

En medio de estas reflexiones, murieron Betto y Rodrigo Pardo, ambos anticipadamente y de cáncer. Del primero me quedó una caricatura de bar mamerto a mis 16 o 17 años. Nunca volvimos a hablar, pero lo recuerdo como un gocetas, algo que espero haber emulado con éxito rotundo. Al segundo nunca lo conocí, pero de la última entrevista que dio, me quedó lo siguiente: “Después de que me anunciaran la enfermedad, murió mi padre, y luego mi hermano. El que iba a morir era yo, no ellos. La muerte es inevitable, pero, además, ilógica”.

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5 Comentarios

JoseNEIRA marzo 4, 2024 - 9:56 am

Excelente relato, muy conmovedor y sobretodo muy realista… Me gusta mucho la tranquilidad con que lo narras !! ….

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Jorge Alberto Gil marzo 4, 2024 - 11:40 am

Un texto hermoso y profundo sobre el sentimiento tal vez más humano de todos, después del amor. Sigo leyéndola Profe.

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Nhor Jacome marzo 4, 2024 - 7:19 pm

Hermosa narración del momento por el que estás atravesando, el duelo anticipado es una sensación terrible, un desasosiego y un miedo a perder y que nos pierdan los seres que amamos. Comparto tu sentimiento, espero que mejores pronto. Un abrazo

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Manuel alzamora marzo 5, 2024 - 10:49 am

La gente muere cuando se olvida

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Silvia Paola Solano Camargo marzo 5, 2024 - 8:01 pm

La muerte es esa línea delgada que se transita diariamente y no percibimos tan de cerca sólo hasta cuando parece la horrible enfermedad

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