
EL TERRORISTA, UN EXTREMISTA DE LOS MEDIOS
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Los cuarenta años de la tragedia del Palacio de Justicia son un llamado a evocaciones y reflexiones. Manuel Castells escribió en su libro “El Terrorismo Contemporáneo. Escenarios Multidimensionales” que el terrorismo “denota no tanto un extremismo de los fines, cuanto de los medios”. Cuando en mis cursos tocaba este punto y proyectaba una ayuda visual con esta frase, se armaba la de Dios es Cristo: para los estudiantes era muy difícil sacar de la cabeza que el terrorismo político no estuviera fundado en una visión extrema. Es frecuente que el terrorista ponga la espectacularidad y la técnica como prioridades, así los fines no sean manifiestos o no existan con claridad.
Hoy, fuera del ámbito académico repaso mis apreciaciones sobre el M-19 y sobre sus primeros impulsores, Jaime Bateman, Luis Otero, Álvaro Fayad e Iván Marino Ospina, salidos de las filas de la Juventud Comunista. De la vertiente que provenía de la ANAPO no tengo referencias tan nítidas como las de conocimiento personal que tuve con tres de los cuatro mencionados.
En el tramo final de la vida es más fácil hacer la crítica de las experiencias vitales. Cicerón tuvo razón: los viejos somos peligrosos. Ya no tenemos miedo de las contingencias y tampoco de lo definitivo. En una columna de años atrás negué el carácter revolucionario del M-19 y sólo repetiré que este movimiento no tuvo ni programa ni definición ideológica. Se quedó en el “sancocho nacional”.
El populismo latinoamericano, Vargas, Perón, Gaitán, para no hacer listas largas y posteriormente, en los años setenta, los grupos armados nacidos en el seno de sectores católicos, como los Montoneros argentinos, los Tupamaros uruguayos o el ELN colombiano, mezcla del populismo castrista de los primeros años de la revolución y del extremismo moral del catolicismo rebelde, forman un cuadro por fuera de los moldes clásicos de la rebeldía política. Estas modalidades están a la espera de investigación histórica en profundidad.
Para nuestra pequeña historia, la cafetería central de la Universidad era un hervidero de fanfarronadas y fantasías. Pero algunos de esos excesos de la lengua no estaban fuera de la realidad. En la memoria está intacto el recuerdo de Jaime Bateman cuando hacia burla de los dirigentes del partido comunista que no querían oír, ni hablar, de la vía armada para llegar al poder. Se burlaba también de los debates intelectuales y de los eventos educativos que programaba la organización. Él veía su papel en el activismo armado. Al Comité Central del Partido lo veía paralizado por una visión burocrática de la vida política y perdido en la indecisión. Estaba en embrión la indefinición ideológica que sería el sello de su creación años después: el M-19. En sus relatos, de gracia innegable, trascendía su fascinación por las acciones bien publicitadas y ejecutadas con ingenio y técnica deslumbrantes.
De Luis Otero recuerdo su impavidez. Parecía no tener miedo bajo circunstancia alguna. Lo conocí antes que a Bateman y no tenía recato en relatar sus experiencias que tenían el mismo sello siempre: las “acciones intrépidas” en las que participaba para recabar fondos destinados a las autodefensas del partido. Su carcelazo, bien ganado en una situación cómica cuando se dirigía a una sucursal bancaria que iba a ser atracada, fue su relato estrella.
Lo volví a ver veinte años después cuándo se apareció en mi oficina trajeado con una elegancia que jamás hubiera imaginado al recordar, como en el verso de Machado, su “torpe aliño indumentario” de veintitantos años atrás. Aclaró que nadie se imaginaría a un comandante guerrillero con esa “hebra”. No necesitaba esconderse porque estaba vigente la amnistía de Betancur. Su visita tampoco tenía que ver con la lucha armada, sino con una situación familiar que él no podía atender por la naturaleza de su vida aventurera. Aprovechó para endilgarme una visión delirante del ejército que construían en el Cauca. Cuando lo interrumpí para objetar sus fantasías, me explicó que quienes vivíamos en la tranquilidad de la vida burguesa no teníamos la dimensión de lo que estaba por llegar.
De Álvaro Fayad tengo un recuerdo diferente. Era impenetrable. Poco verbalizaba sus convicciones y expectativas. Trascendía de él un resentimiento profundo por las tribulaciones de su familia en la violencia conservadora. Para quienes compartíamos recuerdos y experiencias infantiles de esa etapa, resultaba comprensible. Recuerdo su ingreso a la Universidad en 1965 y la dificultad que tenía para interactuar más allá de su pequeño grupo de correligionarios.
Meses después de la visita inesperada de Otero, fue la toma del Palacio de Justicia. En esa tragedia no hubo protagonista capaz de algo bien hecho. Una pregunta que ya no tendrá respuesta es el porqué de la exigencia desmesurada de pedirle al presidente su presencia para ser juzgado, una petición inaceptable en cualquier circunstancia ¿Era una manera de suprimir por anticipado toda posibilidad de diálogo? ¿Se trataría de un recurso para hacer una concesión de entrada sin perder mayor cosa? Son preguntas que ya no tendrán respuesta. En nuestras vidas, la de la generación que hoy está en la última etapa, solo vivirá la vergüenza de toda una nación.
Acerca del autor
Armando Borrero
Cofundador de Razón Pública.
Sociólogo, Especialista en Derecho Constitucional, Magíster en Defensa y Seguridad Nacional. Se ha desempeñado como Consejero Presidencial para la Defensa y Seguridad Nacional. Profesor de la Universidad Nacional de Colombia.
8 comentarios





Un análisis interesante sobre cómo se construyen ciertos términos en los medios. Es un tema complejo y vale la pena reflexionar sobre el impacto que tiene el lenguaje en la percepción pública. fnaf
I like your points you shared
Su reflexión personal y matizada sobre la tragedia del Palacio de Justicia y los líderes del M-19 ofrece una perspectiva valiosa, combinando memoria, crítica e historia. Un testimonio que enriquece el entendimiento de aquella época.
nice post
Este artículo ofrece una perspectiva muy esclarecedora sobre cómo los medios de comunicación influyen en la percepción del terrorismo. ¿Qué opinas sobre el papel de la tecnología en la promoción o mitigación del extremismo?
La forma en que este texto analiza los detalles del pasado me recuerda a cómo los fans de fnaf estudian cada pista para entender una historia más grande. Los pequeños elementos también pueden revelar mucho.
Su reflexión personal y matizada sobre la tragedia del Palacio de Justicia y los líderes del M-19 ofrece una perspectiva valiosa, combinando memoria, crítica e historia. Un testimonio que enriquece el entendimiento de aquella época the baby in yellow free.
Me parece interesante la idea de analizar el terrorismo no solo por sus objetivos, sino también por los medios que utiliza y por la forma en que los medios de comunicación construyen esa imagen. En temas tan sensibles, la manera de presentar los hechos puede influir bastante en cómo el público entiende el conflicto y a sus protagonistas. También creo que distinguir entre información, interpretación y lenguaje emocional es especialmente importante cuando se habla de violencia política.