
NUESTRA BANDERA EN EL GALEÓN SAN JOSÉ
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Tres Estados y una compañía privada se disputan derechos sobre el pecio. El más relevante es el que atañe a la propiedad de los tesoros que transportaba. El derecho dicta que la propiedad se establece por la bandera del buque que yace en los fondos oceánicos. España funda su reclamo en el abanderamiento. El Perú proclama que los metales preciosos transportados fueron extraídos de su suelo. Colombia, hasta ahora, se basa en la soberanía sobre las aguas y el lecho marino donde reposan los restos del naufragio. Pero Colombia, hasta donde recuerde, no ha esgrimido un argumento clave en el derecho internacional, el mismo que esgrime España: LA BANDERA BORBÓNICA, ROJA Y GUALDA, ERA TAMBIÉN NUESTRA BANDERA.
Las tierras americanas de España no fueron colonias, ni protectorados, ni mandatos, ni algo por el estilo. Fueron parte orgánica del reino de Castilla desde el comienzo, tierras realengas bajo la misma soberanía que cobijaba las españolas peninsulares pertenecientes al reino de Castilla. Así como había un Gran Consejo de Castilla, bajo la potestad de Isabel La Católica, hubo también un Real y Supremo Consejo de Las Indias, con la misma jerarquía. Castilla y Las Indias fueron constituyentes de la misma Corona. Así fue bajo las dinastías de los Trastámaras, los Austrias y los Borbones. El soberano era el vínculo de unión entre España y Las Indias.
En 1708 cuando ocurre la tragedia del San José, ya no estaban los Habsburgo en el trono. Con Felipe V del bando vencedor en la disputa por la sucesión (lento el tiempo, hasta ahora van en Felipe VI) comenzó la era borbónica. Los Borbones tuvieron una mirada diferente sobre las posesiones americanas, pero no cambiaron el estatuto que las incluía como parte orgánica del Reino de España.
La conclusión de las consideraciones anteriores es que la bandera roja y gualda era también la bandera de la Nueva Granada, hoy guardada celosamente, con esos colores, por la ciudad de Bogotá heredera de la Santa Fe del Virreinato. Llegada la independencia, las repúblicas hispanoamericanas se reparten la herencia del Imperio. El pecio que reposa en los fondos del Caribe es parte de esa hijuela que le tocó a la República de Colombia. Se hundió con los colores de la Nueva Granada, vale decir, se hundió con la bandera común, hecho que le da a Colombia el argumento más sólido en derecho, el del abanderamiento, para sustentar el derecho sobre el tesoro que fue enviado a la profundidad por los cañones británicos.
Problema distinto es la reclamación peruana, basada en el origen de los metales preciosos. Se supone que los medios de transporte llevan de un lado para otros bienes que son objeto de intercambios comerciales. En 1708 el derecho vigente atribuía la propiedad de las minas a la Corona Española, independientemente de si esas minas estuvieran en una determinada entidad territorial administrativa. Para todo efecto, el reclamo peruano queda incluido en el mismo argumento que se opone al reclamo español.
Las palabras “colonia” y “colonial” solamente se comenzaron a usar a finales del siglo XVIII por influencia francesa. Es cierto que la mirada borbónica sobre los territorios americanos fue colonialista, pero el entramado jurídico heredado de los Austrias no fue destruido. Esa mirada colonialista tuvo consecuencias para España: puso a los americanos en el partidor para la independencia. Las reformas borbónicas orientadas a hacer el inventario económico del enorme imperio abrieron puertas a la modernidad. El gobierno “por consenso” como algunos historiadores llaman a la modalidad de los Austrias en su trato con los americanos, se perdió. Los Borbón, sin la intención de provocarlo, generaron en los criollos el sentimiento de ser diferentes y relegados. Por otra parte, la visión más cosmopolita hizo soplar vientos de curiosidad sobre el mundo. Las transformaciones de Europa en el siglo XVII se recogieron como cosecha en el siglo siguiente.
Estas últimas consideraciones son tema para otro cuento. En 1708, cuando el galeón fue hundido por los británicos, España estaba envuelta en la guerra de sucesión que oponía, en la herencia de la Corona española, a Felipe de Borbón y a Carlos de Austria. Inglaterra estuvo de parte de los Habsburgo, pero al final prevaleció el francés y el San José se fue con su bandera a los abismos marítimos frente a Cartagena, la ciudad fortaleza, la llave hispana del Caribe.
Acerca del autor
Armando Borrero
Cofundador de Razón Pública.
Sociólogo, Especialista en Derecho Constitucional, Magíster en Defensa y Seguridad Nacional. Se ha desempeñado como Consejero Presidencial para la Defensa y Seguridad Nacional. Profesor de la Universidad Nacional de Colombia.
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