
La fiebre del litio
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Hay una transición energética en curso. El gobierno actual de los Estados Unidos está realizando una inversión inédita en sistemas renovables que llega a los 369.000 millones de dólares y que promete disminuir en un 40% sus emisiones de gases de efecto invernadero para el año 2030. Europa está avanzando rápidamente en la instalación de celdas solares y sistemas de generación eólica. La Comisión Europea planea que para el año 2030 el 45% de la energía consumida por los países del bloque provendrá de fuentes renovables. China duplicará su capacidad y producirá 1.200 gigavatios de energía eólica y solar de aquí a 2025, con lo que alcanzará su objetivo para 2030 cinco años antes de lo previsto. Las ventas de carros eléctricos constituyen ya un porcentaje significativo de las ventas totales, uno de cada 5 carros nuevos vendidos es eléctrico, aunque las ventas se han frenado un poco recientemente. Hay analistas que creen que el consumo de combustibles fósiles está por alcanzar su pico y solo decrecerá en el futuro.
La superación paulatina de la dependencia en los combustibles fósiles implicará una disminución de la contaminación del aire en amplias zonas del planeta, un logro importante si pensamos en que cerca del 90% de la población mundial está expuesta a altos niveles de contaminación atmosférica, especialmente en los países de bajos y medios ingresos. Estas son buenas noticias, aunque, como siempre la realidad es más compleja.
Ahora que no se necesitará tanto petróleo y carbón, la economía mundial está demandando otros materiales como el litio, el cobalto, el cobre y el aluminio, entre otros. La atención de las empresas manufactureras de carros eléctricos, turbinas eólicas y paneles solares se está desplazando a países donde dichos materiales son abundantes, en especial a aquellos donde hay un clima de negocios ‘favorable’ y menos regulaciones medioambientales. Los grandes beneficiarios de esta nueva era extractivista son por ahora Australia, Chile, Congo, China, Argentina, Bolivia y Brasil. El precio de una tonelada de carbonato de litio pasó de 3.800 dólares en el 2011 a 29.000 dólares en el 2023.
Ya circulan por los medios periodísticos noticias y controversias sobre este nuevo boom de materiales. Como ocurrió hace un siglo con la bonanza cauchera en la zona limítrofe entre Colombia y Perú o con la explotación de yacimientos petrolíferos en los llanos orientales, las poblaciones indígenas que habitan ancestralmente las áreas de explotación son impactadas de múltiples maneras. Llegan colonos, empresas, actores violentos, redes de corrupción y políticos ventajosos. Los pueblos originarios empiezan a ser desplazados o perseguidos. A finales del siglo XIX y comienzos del XX, la demanda de caucho de origen vegetal en los mercados mundiales resultó en la explotación masiva de zonas de la Amazonia y en el holocausto de numerosos pueblos indígenas. Las estimaciones van desde 50.000 hasta 100.000 indígenas asesinados. Hasta que el caucho sintético vino a reemplazar al de origen vegetal y terminó la bonanza. Un nuevo ciclo de devastación se dio en Colombia a finales del siglo XX cuando se encontró petróleo en territorios del pueblo U’wa. Hubo complejas negociaciones, pero finalmente la comunidad de indígena terminó oponiéndose a la multinacional que hacía la exploración. Tras décadas de resistencia y desplazamiento, según los indígenas, la actividad petrolera ha producido daños irreversibles en su pervivencia, se ha destruido su entorno vital y el medio natural que permitía su subsistencia y la vida de su cultura. Las secuelas de la explotación minera perduran durante décadas. Al impacto sobre los ecosistemas en la zona de extracción se suma el de las rutas de transporte de los minerales.
Algunos de los más grandes yacimientos de litio del mundo están en Suramérica, en una zona fronteriza entre Chile, Bolivia y Argentina, que se ha descrito precisamente como el triángulo del litio. El salar de Jujuy en Argentina alberga la segunda mayor reserva de litio del mundo. El procesamiento del mineral requiere de grandes cantidades de agua, la cual es muy escasa en la zona. Se calcula que producir una tonelada del oro blanco (como también se conoce al litio) exige la evaporación de dos millones de litros de agua. Ya las actividades agrícolas y ganaderas de los pueblos indígenas de la zona están siendo afectadas, así como los frágiles e inusuales ecosistemas de la región.
Las viejas excusas de promover el ‘desarrollo’, la inversión extranjera y el empleo, vuelven a circular en los discursos de los gobiernos de la región para justificar el nuevo ciclo extractivista, y se unen a los de ecologistas del primer mundo, que ansiosos de terminar con la era de los combustibles fósiles en sus países, pierden de vista el impacto terrible de esta fiebre del litio. Cómo le explicó una mujer de la región al canal Euronews: “No es que ellos van a salvar al planeta. Salvarán al planeta, pero nos tienen que sacrificar a nosotros… litio no comemos nosotros, la batería tampoco. El agua sí la tomamos”. Las comunidades indígenas y campesinas enfrentan poderes demasiado grandes. El diario inglés The Guardian reportó hace pocos meses que ya hay treinta multinacionales mineras operando en el triangulo del litio. El actual gobierno argentino las ha acogido, se están debilitando las normas de conservación ecológica y de consulta previa con las comunidades para beneficiar a las grandes compañías. Como ha sido habitual, el grueso de las ganancias económicas se va de los países donde se realiza la extracción.
El gobierno actual de Colombia ha propuesto descarbonizar la economía para contribuir a enfrentar el cambio climático, pero no tiene una posición muy lúcida con respecto al litio y a los otros minerales de este nuevo ciclo extractivista. El presidente Petro ha dicho que no se va a tocar lo que describe como ‘minería de transición’ y que va a impulsar la operación minera que busca yacimientos de cobre, litio, molibdeno y cobalto. Ya se han encontrado algunos en el Putumayo y Boyacá. Solo pensar lo que puede ocurrirles a lugares tan hermosos como Paipa y Tibasosa da escalofríos.
Estamos enfrenado un nuevo espejismo cíclico que resultará en devastación planetaria. ¿No hemos aprendido las lecciones del pasado minero? ¿Podemos encontrar otros caminos más benéficos para nuestros ecosistemas y nuestra gente?
Acerca del autor
Juan Carlos Valencia
*PhD, Profesor de la Universidad Javeriana de Bogotá, periodista cultural en 91.9 FM Javeriana Estéreo y Radio UNAL.
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