
Elecciones, reelección y negociaciones de paz: las certezas de la incertidumbre
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Las elecciones estarán marcadas por el proceso de paz, por el desbarajuste del sistema político que aún no se acomoda a la reelección inmediata, y por el triunfo cantado del presidente Santos. Solo un evento extraordinario alteraría estas certezas.

Nuevo ciclo electoral
Colombia está en plena campaña electoral. Aunque la lesión de Falcao García y la telenovela de Petro y el Procurador (“No tienes derecho a juzgarme”, Televisa 1979) le han quitado protagonismo esta semana a las noticias electorales, paulatinamente los temas de campaña y las campañas van copando la escena política.
A una década de la reforma, no hay una perspectiva clara de consolidación.
Como es normal en estos procesos, en un par de semanas, las encuestas, las listas, las alianzas, las propuestas no dejarán espacio sino para los escándalos del día a día. De allí que, antes de quedar inmersos en esa batahola, resulte interesante una mirada panorámica al proceso, con el ánimo de establecer algunos rasgos distintivos y unas preguntas básicas para entender lo que está pasando.
Esta mirada panorámica permite concluir que el nuevo ciclo electoral se enmarca en tres coordenadas: las negociaciones de paz, la reelección inmediata, y un sistema político difuso.
![]() FARC – EP Diálogos de Paz El Comandante Iván Márquez, jefe negociador de las FARC. |
Elecciones y negociaciones de paz
Vuelve y juega, la paz (o la guerra) se repite como asunto que ha definido elecciones en años previos: en 1982 jugó un papel central en el triunfo de Belisario Betancur, y en 1998 fue clave para que Andrés Pastrana le ganara a Horacio Serpa.
Solo que esta vez tiene una connotación específica por cuanto las elecciones se dan en el marco de un proceso de negociación entre el gobierno y las FARC, y otro que no acaba de despegar, con el ELN. Lo novedoso de las actuales negociaciones consiste en que se desarrollan en medio del proceso electoral y así lo decidieron las partes, sin importar las advertencias sobre los riesgos que ello implicaba.
Hasta hace unas semanas, parecía claro que la elección presidencial sería un plebiscito sobre la paz, y que las de Congreso serían una prueba del tamaño de las oposiciones a la coalición que tendrá la responsabilidad de darle viabilidad política e institucional a lo que surja de las negociaciones. Hoy, esa hipótesis ha perdido fuerza en tanto las encuestas, los sondeos e incluso la creciente posibilidad de un triunfo del presidente-candidato en primera vuelta harían que la elección presidencial equivaliese a una primera refrendación popular del proceso de paz – más no de los acuerdos, que por supuesto tendrían que ser ratificados después de que concluyan los diálogos en La Habana-.
La reelección inmediata: vuelve y juega
Por segunda vez desde su aprobación en 2005 Colombia se prepara para una reelección del presidente. Sobre la base de la experiencia de Estados Unidos y los países vecinos en la última década, solo una sucesión de eventos negativos podrían frustrar la reelección presidencial: un pésimo desempeño del gobernante o eventos desafortunados de la coyuntura, además del desgaste propio del ejercicio de un partido en el poder. Tendría que existir también un fuerte opositor.
Vuelve y juega, la paz (o la guerra) se repite como asunto que ha definido elecciones en años previos
Sin ser un gran candidato y pese a un creciente descontento social con su gobierno (del cual es necesario empezar a hacer los primeros balances), Juan Manuel Santos está muy cerca de su reelección. Aun con las complejidades e incertidumbres presentes en el escenario político, paulatinamente se ha venido imponiendo esta certidumbre. Las razones para ello se encuentran básicamente en los desequilibrios y ventajas innegables del gobernante en ejercicio durante la campaña. Aun con figuras como la Ley de Garantías, el presidente-candidato tiene el presupuesto, las políticas, los medios, la maquinaria. En un sistema político en recomposición, pero todavía bastante desbarajustado y con una coalición de gobierno que copa prácticamente la escena política, esta es una ventaja difícil de igualar y, mucho menos, de superar.
Cabe advertir, sin embargo, que las experiencias de las últimas elecciones- al menos desde 1998- obligan a la prudencia, pues es factible que en pocas semanas se desate algún fenómeno de opinión, como lo fue Noemí Sanín en 1998 o Antanas Mockus y la “Ola Verde” en 2010. Sin embargo, en ambos casos se trató de coyunturas donde los gobernantes traían desgastes importantes -Samper por el proceso 8000 y doce años de gobiernos liberales; Álvaro Uribe por el inevitable deterioro tras ocho años de gobierno-. No obstante, este año no se percibe ninguna fuerza que pudiese concitar el llamado “voto de opinión” y los temores por el ímpetu del uribismo y su reciclado “Centro Democrático” se han ido desvaneciendo ante la impotencia de un candidato elegido con las malas maneras que en su discurso el expresidente siempre dijo condenar.
Lo que si queda claro, al mencionar los impactos de la reelección sobre la campaña, es el profundo efecto de esta figura para los equilibrios y apuestas democratizadoras de nuestro entramado institucional. Sus efectos, obviamente, van mucho más allá y no han sido atendidos con una revisión de fondo del marco constitucional, que originalmente se organizó en torno de la prohibición absoluta de reelegir al jefe de Estado. Por lo pronto, la reelección inmediata nos ha legado tres figuras desconocidas en nuestra historia política: gobernantes que no gobiernan, candidaturas permanentes y expresidentes que no se jubilan. Sobre estas habrá que ahondar en próximos análisis.
![]() Presidencia de la República El Presidente Santos entrevistado por el diario El País de España, el pasado 22 de enero. |
Un sistema político difuso
Es cierto que luego de la paulatina pérdida de importancia del bipartidismo y de la azarosa y desordenada competencia política y electoral que se desarrolló a expensas de la apertura introducida por la Constitución de 1991, la reforma política de 2003 intentó introducir un nuevo orden; pero esto no se ha logrado y por eso sobreviven desajustes y desencuentros.
En el plano nacional, el esfuerzo por reducir el número de partidos parece exitoso, pero la fragilidad de los partidos de reciente creación y las dificultades de los tradicionales para recomponerse hacen todavía muy desestructurada su operación. Adicionalmente, hay una ruptura entre lo que sucede en los planos nacional, regional y local que no ha sido atendida ni se ha planteado algún mecanismo para resolverla. Así las cosas, pervive un sistema político en construcción en lo nacional, pero sin líneas claras de articulación con lo regional y local, y que no ha atendido el hecho de que, con la descentralización, los ejes de la política en tales niveles son los gobernadores y los alcaldes.
Ahora bien, el desbarajuste no es de hoy. Pero a una década de la reforma, no hay una perspectiva clara de consolidación. Por el contrario, entre el umbral, los avales, los controles a los tránsfugas y los propios dilemas de supervivencia, va quedando un clientelismo sin referentes como único articulador del sistema. En estas circunstancias, los impactos institucionales de la revocatoria, la destitución y la inhabilidad del alcalde mayor de la ciudad capital, operan como factores que aumentan el desconcierto y acentúan la sensación de incertidumbre. Y, eventualmente, le agregan dos ejercicios electorales a una agenda indudablemente cargada.
Sin ser un gran candidato y pese a un creciente descontento social con su gobierno (del cual es necesario empezar a hacer los primeros balances), Juan Manuel Santos está muy cerca de su reelección.
Un vidrio entre algodones
Para terminar, no sobra mencionar algunos asuntos que parecen no incidir de manera importante sobre el curso del proceso electoral.
- En primer lugar, con su tradicional “nadadito de perro”, la economía ofrece un marco de certidumbre que le permite a la política desenvolverse en sus propios entuertos y no se pone en juego como algo central en la definición de los ganadores.
- En segundo lugar, pese al auge de la movilización social en 2013, resulta interesante ver cómo, de manera incluso ritual, mientras se adelanta el proceso electoral se ponen en stand by toda la agitación, todas las demandas, todo el impulso para desafiar al gobierno o al sistema. Hay una desconexión entre el sistema político y la situación social, es innegable, pero también unos canales que propician lo planteado.
- Finalmente, el entorno internacional que, si bien tiene la situación novedosa de los impactos y reacciones frente al fallo de La Haya, resulta en conjunto favorable y muy distinto del aislamiento y las tensiones que acompañaron la campaña en el 2010.
El ciclo electoral tiene más certezas que incertidumbre. Salvo un evento extraordinario y ante la falta de un fuerte competidor, la reelección de Santos es previsible, en medio del desbarajuste institucional y con la esperanza del logro cercano de la paz.
* Politólogo de la Universidad de los Andes, maestro y doctor en Ciencias Sociales de la FLACSO, México, profesor asociado y director del Departamento de Ciencia Política de la Facultad de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales de la Pontificia Universidad Javeriana.
Acerca del autor
Andrés Dávila
*Politólogo, maestro y doctor en ciencias sociales de la FLACSO, México, profesor titular de la Facultad de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales de la Universidad Javeriana.
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