Política, personas y personalismos | Armando Borrero Mansilla

Política, personas y personalismos

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La política colombiana no ha podido superar el papel primitivo del odio personal en el debate político. Que existan odios personales entre políticos es apenas esperable en el campo de una actividad que porta el sello de la controversia y lleva la competencia entre los actores al máximo posible. Lo inadmisible es interponer el odio personal como freno para la controversia entre adversaros en la arena de la política.

La referencia viene al caso por el incidente que se ha presentado alrededor de una invitación hecha por la Cámara Colombo-Americana de Comercio al candidato presidencial Iván Cepeda, para que expusiera sus propuestas ante una audiencia compuesta por empresarios. Para partidarios y adversarios de un candidato, es apenas lógico que este tipo de eventos se promuevan para propiciar la toma de posiciones informadas. En este caso, oír a un candidato de posiciones socialistas o similares, es de importancia para quienes representan los intereses y los valores de la iniciativa privada y la competencia libre en una economía de mercado.

¿Quién dijo miedo? Las reacciones de los altos dirigentes del Centro Democrático fueron de las siguientes proporciones: “Colombia no necesita empresas y gremios que vengan a apoyar el castro-chavismo… el invitado …está alineado con el socialismo… (¿es delito serlo?) …se legitiman posturas extremas (¿se legitiman cuando se oyen?) A la presidente de la Cámara le cayeron rayos y palos, por propiciar un debate de interés para sus empresarios afiliados. Si se instituyen las elecciones para materializar una voluntad política, es obvio que los candidatos puedan, y deban, hacer explícitas sus propuestas.

Se puede entender que entre Álvaro Uribe e Iván Cepeda haya odio personal. Es apenas normal dada la naturaleza de sus controversias judiciales. Nadie espera que, como Bolívar y Morillo en la aldea de Santa Ana, se abracen y hagan “locuras de contento”. Pero admitir la participación democrática en unas elecciones, implica controversia pacífica en el plano de las ideas y escenarios para llevarla a cabo. 

Colombia ha sufrido mucho por la magnitud e importancia de los odios personales llevados a la política. “El no habernos compuesto con Santander, nos ha perdido a todos” exclamó Bolívar con lucidez y gallardía, pero cuando el daño estaba hecho y era irreversible. Más adelante, Mosquera y Obando, Núñez y los radicales, y tantos más que aquí no caben, dejaron su huella de desastres. Hay tres ejemplos de la mayor magnitud.

Don Miguel Antonio Caro, quizás el presidente más nefasto de la historia colombiana, odiaba con pasión (se dice que se odiaba a si mismo) y sus odios personales en la política llevaron a desastres monumentales: dos guerras civiles (la segunda la más desastrosa de todas) y la pérdida de Panamá. Más adelante en la historia, la prédica cargada de odios y llamadas a la violencia de Laureano Gómez (competidor con Caro por el premio Atila) no fueron un factor menor en la peor violencia masiva que haya sufrido la nación. 

La historia tiende a repetirse. En las elecciones de 2022 la derecha extrema dividió lo que en una columna anterior denominé el Bloque Histórico (La Derecha Suicida, en: Razón Pública, agosto 28 de 2024) En ese escrito se afirma que la derecha extrema enajenó el centro y lo empujó a la irrelevancia electoral. Se llegó a la segunda vuelta de 2022 con una improvisación incomprensible.  Los extremismos de una derecha enceguecida por los odios, no permitieron que se entendiera y se aprovechara la oportunidad que se abría para Colombia en la década pasada y puso la nación en las manos del populismo ignaro que la desgobierna hoy.

La historia de la humanidad muestra un proceso de objetivación de la política desde e Renacimiento en adelante. Los tratados de Westfalia trazan un camino que saca la política de la religión, de la subjetividad y del buen o mal humor de los gobernantes. La política se abre paso al ejercicio racional. Maquiavelo, tan malentendido, anticipó ese proceso, que se junta a las revoluciones en la ciencia y en el arte. En el siglo XVII, Luis XIV, así fuera por prepotencia, popularizó aquella frase maestra “Ne se brouille pas avec moi qui veut” (no se pelea conmigo todo el que quiera) Se perfeccionó la diplomacia y el conflicto se definió por intereses objetivos y cálculo racional. Falta todavía, pero algo se avanzó en la evitación de los conflictos.

Pronto se cumplirán 70 años del paso que dio Alberto Lleras, cabeza fría y capacidad extraordinaria para leer realidades subyacentes a las apariencias de la política, cuando viajó a Cataluña para hablar con Laureano, el perseguidor implacable del liberalismo. En Sitges y en Benidorm, se forjaron unos acuerdos para detener la catástrofe. Independientemente de cómo se juzgue el Frente Nacional, las violencias masivas del enfrentamiento liberal-conservador fueron frenadas. Si ellos pudieron ¿por qué no ahora?

Acerca del autor

Armando Borrero
armandoborrero@razonpublica.org.co | + posts

Cofundador de Razón Pública.

Sociólogo, Especialista en Derecho Constitucional, Magíster en Defensa y Seguridad Nacional. Se ha desempeñado como Consejero Presidencial para la Defensa y Seguridad Nacional. Profesor de la Universidad Nacional de Colombia.

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Armando Borrero

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Armando Borrero

Cofundador de Razón Pública. Sociólogo, Especialista en Derecho Constitucional, Magíster en Defensa y Seguridad Nacional. Se ha desempeñado como Consejero Presidencial para la Defensa y Seguridad Nacional. Profesor de la Universidad Nacional de Colombia.

2 comentarios de “Política, personas y personalismos”

  1. TODO esto del odio y demás, lo originó Santos, engañando a Uribe. Nunca hubiera sido nadie si no traiciona a Uribe y al país, por un ególatra premio Nobel, de quién nadie se acuerda

  2. TODO esto del odio y demás, lo originó Santos, engañando a Uribe. Nunca hubiera sido nadie si no traiciona a Uribe y al país, por un ególatra premio Nobel, de quién nadie se acuerda . Es un tipo FALSO.!!

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