
Cuando la conciencia política se vuelve humo
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Este escrito propone una mirada hacia nosotros mismos, hacia quiénes somos y hacia esa multitud que se deja arrastrar por los entornos. Muchos, aun habiendo leído, o sin haberlo hecho, los principios del Estado Social de Derecho, parecen no sentir la obligación de interrogar su propia conciencia.
Aún no hemos alcanzado la madurez democrática necesaria para aceptar, sin sobresaltos, que había que dejar entrar por la puerta grande a la izquierda. No obstante, se hizo. Tal vez lo que maduró no fue la democracia, sino el cansancio de una ciudadanía que lleva siglos reclamando igualdad, ese hastío profundo ante una injusticia que cargamos como una cicatriz en la frente y que el presidente Petro repite en cada discurso como una urgencia moral.
Hablar, una y otra vez, de la vida, del valor de la Amazonia, de una minería más sostenible, de los ríos que nos sostienen, el Magdalena, el Orinoco, o de la Sierra Nevada como patrimonio que debemos cuidar para que siga respirando, es un recordatorio de que la política debería servir, al menos, para proteger lo poco que nos queda. Cuestionar la vieja guerra contra las drogas, esa guerra que solo ha cosechado triunfos para la muerte, debería formar parte natural de ese mismo debate. Pero cierta inmadurez enquistada recibe todo esto con una mezcla desconcertante de esperanza y desconfianza, como si la polarización hubiera atrofiado la capacidad de escuchar incluso aquello que podría salvarnos.
De la esperanza política al desgaste democrático
Dentro de nosotros habitan viejos fantasmas que entienden la política como un campo de enemigos y amigos, no como un territorio de posibles acuerdos. Incluso los pensadores que deberían aportar luz terminan, muchas veces, por avivar incendios. Sus ideas, tan seductoras en el papel, chocan con una realidad en la que los excesos del poder, vengan de donde vengan, siempre terminan pareciéndose. Al final, es la libertad la que paga el costo de la igualdad mal entendida, y la igualdad la que paga el costo de las libertades dejadas a su suerte.
En este juego de extremos, el ingreso por la puerta grande de Gustavo Petro provocó un estremecimiento. El país se movió, se agitó, se preguntó. Pero tras esa sacudida, lo que vemos es la escena angustiosa de un país que no busca un presidente, sino un salvador. Y ese es el primer síntoma del extravío. Vivimos en una infantilización política, en una pérdida del sentido que empobrece la vida pública.
La banalización del debate y la ilusión del salvador
La política colombiana ha terminado por convertirse en una moda “kitsch”: una feria de etiquetas, de adjetivos prestados y poses momentáneas. Ahora cualquiera se proclama “centro”, “derecha”, “outsider”, “anti-esto” o “no-aquello”. Es la época de la política del prefijo , el “anti”, el “contra”, el “ex”, que sirve más para ocultar vacíos que para nombrar ideas. En medio de ese desfile, hasta el “centro” adopta formas extrañas, con políticos a la manera de Iván Name, esa mezcla de cálculo, clientelismo y sonrisa conveniente que desdibuja cualquier pretensión de equilibrio; o figuras como “Jota P” (Jonathan Ferney Pulido Hernández), el “influencer” que, más que argumentos, empuña un arma punzante destinada a ridiculizar y pordebajear a sus contradictores. Ahí no hay debate ni contraste de ideas, apenas una opinión envuelta en estridencia. Y es en ese vacío donde aparece el verdadero riesgo, cuando la palabra deja de construir y solo sirve para golpear, lo que queda es una fuerza que confunde, que divide y que nos obliga a preguntarnos hacia dónde estamos caminando.
Lo grave es que pocos hablan de lo que proponen, y prefieren decir lo que detestan. Por eso se sienten ráfagas de adjetivos, saliva gastada en opinar, pero nunca en argumentar. Una jauría de opinadores intentando ubicar en el mapa a candidatos sin geografía política, sin biografía y, para rematar, sin razón de ser.
No hay torpeza mayor que la de un pueblo que prefiera la voz vacía de opinadores iluminados que creen, erróneamente, que gobernar Colombia es un simple acto de revelación personal. “Es una estupidez perder el presente sólo por el miedo de no llegar a ganar el futuro” (José Saramago).
Nuestro sistema electoral no ha sido sostenible. Sigue lleno de orificios, atrapado en una maquinaria doméstica que sube y baja como una montaña rusa, pero nunca avanza. Una cultura política frágil dentro de un realismo del “dejar pasar”.
Se ha dicho que los entornos sociales moldean la política: nos enseñan a repetir gestos, heredar manías, movernos al ritmo de lo que otros ya hicieron. Sin embargo, en estas tierras donde la historia avanza a su propio compás, los patrones sociales parecen no cambiar, como si fuerzas de “lo mismo” se empeñaran en frenar cualquier intento de transformación.
Lo inquietante es que frente a la verdad que sostiene la democracia, muchos adoptan la misma indiferencia que cantó Héctor Lavoe en Juanito Alimaña: “ni pa allá voy a mirar”. Y esa actitud, tan evidente como preocupante, ha terminado por instalarse en nosotros, como si aferrarse a la indiferencia ya fuera una costumbre nacional.
Este escrito, más que un análisis, propone una mirada hacia nosotros mismos, hacia quiénes somos y hacia esa multitud que, sin darse cuenta, se deja arrastrar por los entornos. Muchos, aun habiendo leído, o sin haberlo hecho, los principios del Estado Social de Derecho, fundado en la dignidad humana, el trabajo, la solidaridad y la prevalencia del interés general, parecen no sentir la obligación de interrogar su propia conciencia.
Peor aún cuando la política se ejerce a puerta cerrada, en actuaciones poco éticas que afectan al país entero sin que a muchos les importe. Lo dicho aquí invita a reflexionar sobre el valor profundo de la democracia, que comienza por la dignidad: actuar con respeto, con uno mismo y con los demás. Esa, creo yo, es la única bandera que realmente vale la pena ondear en este ruidoso patio público, incluido el de las redes sociales, donde algunos medios insisten en ponerle vidrio polarizado a la realidad.
Al final, estas son las confusiones de nuestra política, un país que debería enfocarse en construir un proyecto colectivo y no delegar su destino en la figura de un supuesto salvador, ese candidato que presume vestiduras de emperador pero es hueco por dentro. Bajo el pretexto de “unir”, termina imponiendo el egocentrismo sin ideas claras. Cuando la política se reduce a esperar a un mesías vendedor de humo, lo que realmente se aplaza es la responsabilidad ciudadana. Mientras sigamos entregando la conducción del país a esa ilusión, seguiremos perdiendo el rumbo. La pregunta incómoda, pero necesaria, es si estamos dispuestos, de una vez por todas, a asumir el reto de gobernarnos con madurez y conciencia.
No tengo más que decir.
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Acerca del autor

Ricardo Miguel Arquez
*Escritor y periodista mompoxino, especializado en Derecho Administrativo y formado en resolución de conflictos. Ejerce el periodismo investigativo con enfoque en política pública, minería, energía, derechos humanos y medio ambiente.
1 comentarios





Este escrito es una invitación severa y necesaria a la introspección política. Más que señalar culpables, desnuda una cultura democrática inmadura, atrapada entre la esperanza legítima de cambio y la peligrosa tentación del salvador. Con un tono crítico y reflexivo, el texto cuestiona la banalización del debate público, la pobreza argumentativa y la indiferencia ciudadana, recordándonos que la democracia no se sostiene en mesianismos ni en consignas vacías, sino en conciencia, dignidad y responsabilidad colectiva. Es, en esencia, un llamado a dejar de delegar el rumbo del país y asumir, con madurez, el deber de pensarnos como sociedad.