Aviso clasificado: el mundo necesita un Bismark

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Los conflictos del mundo actual se están saliendo de madre. Los asuntos de la guerra y de la paz en los tiempos del nacimiento de los Estados nacionales, se reducían a un paradigma muy sencillo: Cada Estado cuida de su propia seguridad. Ya en el siglo XX y con el nacimiento del multilateralismo, la política dio un paso adelante y el paradigma se transformó: la seguridad propia no debe constituir amenaza para terceros. Más todavía, cuando aparecieron factores de disturbio supranacionales, se dio otro paso adelante con un tercer paradigma colaborativo: la seguridad del otro es, también, mi propia seguridad. Pero como dicen los paisas, de eso tan bueno, no dan tanto.

La arquitectura de la seguridad imaginada en San Francisco fue de la mano con la victoria aliada en 1945. Ese arreglo institucional logró imponer la paz, con éxito relativo, en conflictos que parecían desbordarse. Lentamente los equilibrios iniciales se fueron moviendo, en parte con la aparición de poderes nuevos con autonomía relativa y en parte por el aumento descomunal de poderes establecidos que dejaron atrás los mandamientos de la seguridad pactados con la creación de las Naciones Unidas.

El resultado ha sido la vuelta al paradigma inicial, el de “cada quien cuide de sí mismo”. En 1870 Francia y Prusia lo aplicaron, cuando cada uno de estos dos Estados se sintió amenazado por el otro. Bismark ya estaba al frente del gobierno prusiano desde 1862 e intuyó que cuanto más pronto Francia les declarara la guerra, más ventajoso sería para Prusia y rápidamente consiguió la alianza con los Estados alemanes del sur, distintos de los austríacos. La torpeza de Napoleón III facilitó las cosas y Bismark logró la unificación alemana. En 1871, Guillermo I fue coronado en Versalles como emperador de Alemania.

La historia viene a cuento porque, una vez lograda la unificación y constituido el imperio, Bismark no volvió a recurrir a la guerra. Hoy, la imagen más difundida de Bismark lo presenta de uniforme militar y con el casco prusiano apuntillado. El poder de la imagen contrasta con la poca afición del estadista por la guerra. Hizo las guerras con medida y para un propósito específico. 

En 1864 se alió con el imperio austro-húngaro para derrotar, en una guerra breve, a Dinamarca e incorporar Scheleswig-Holstein. En 1866 derrotó al imperio austro-húngaro, pero tras la batalla de Sadowa, frenó la marcha de sus ejércitos a una desguarnecida Viena, con la consiguiente furia de sus generales: no quería humillar al emperador porque lo necesitaría más adelante como aliado. Le bastaba con sacar al imperio vienés del norte alemán. 

Conseguida la unidad alemana, se opuso en 1871 a la anexión de Alsacia y Lorena al Imperio. En esa ocasión no pudo con las exigencias del rey y de la aristocracia prusiana que impusieron la conquista. En el largo plazo se demostró la razón de Bismarck: él no quería la enemistad irreconciliable con Francia.

Después de 1871 y hasta 1890 (cuando el joven Guillermo II, lleno de ideas de grandeza y gloria, lo sacó del juego) Bismark se dedicó a construir equilibrios de poder en Europa y a evitar guerras. También se propuso la paz social e inventó el Seguro Social. La Alemania siguiente, perdido el rumbo, condujo el mundo a la tragedia de la Gran Guerra en 1914. Fue un conservador clásico, pero con una claridad plena sobre los límites de las ambiciones imperiales y el principio de “contentarse con lo que se tiene”.

El mundo de hoy, en cambio, no conoce un liderazgo racional que ordene la política internacional. La destrucción del multilateralismo ha resultado en una especie de riña de mandamases y hoy se vislumbra un peligro inmenso: la necesidad de cuidar cada Estado de su seguridad, lleva a la tentación de muchos por obtener el poder atómico y entrar en el juego de las disuasiones por el terror. El peligro de guerras nucleares se multiplica y la imagen de la autodestrucción de la especie humana, se convierte en posibilidad ominosa. 

Los liderazgos se aproximan a un sistema distinto de los equilibrios de poder. El multilateralismo se apoyaba en modelos racionales de institucionalidad liberal y se avanzaba en proyectos de arquitectura gubernamental supranacional para alejar los conflictos armados. Esos instrumentos se han guardado en el cajón de los olvidados. La marcha a un mundo de múltiples poderes, dificulta la construcción de equilibrios.

En el pasado, un Bismark apodado por Kissinger como “el revolucionario blanco”, pudo dedicarse a construir equilibrios de poder. Hoy se han soltado las amarras y cada quien se aferra a sus posibilidades de poder para sobrevivir en la selva de la política exterior. El camino de 1914 sería hoy un viaje al abismo. Recuperar el ideal de la constitución de la Organización de las Naciones Unidas y recomponerla con los cambios que sean necesarios para garantizar la paz es la meta. Pero solo será posible tras pasar por turbulencias peligrosas y salir cuando se consolide el sistema de poderes múltiples.

Acerca del autor

Armando Borrero
armandoborrero@razonpublica.org.co | + posts

Cofundador de Razón Pública.

Sociólogo, Especialista en Derecho Constitucional, Magíster en Defensa y Seguridad Nacional. Se ha desempeñado como Consejero Presidencial para la Defensa y Seguridad Nacional. Profesor de la Universidad Nacional de Colombia.

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Armando Borrero

Cofundador de Razón Pública. Sociólogo, Especialista en Derecho Constitucional, Magíster en Defensa y Seguridad Nacional. Se ha desempeñado como Consejero Presidencial para la Defensa y Seguridad Nacional. Profesor de la Universidad Nacional de Colombia.

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