Falsos positivos: Lo negativo del positivo - Razón Pública

Falsos positivos: Lo negativo del positivo

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​Armando Borrero El caso de los  jóvenes de Soacha revela seis problemas de fondo en la organización y educación de nuestras Fuerzas Armadas, pero esos problemas deben debatirse y pueden corregirse, según el reconocido especialista en sociología militar.

Armando Borrero Mansilla *

El episodio espeluznante de los jóvenes reclutados en Soacha para morir como trofeos valiosos de guerra en Ocaña, revela una de las caras peores de los conflictos armados y sobre todo, de los conflictos prolongados. En los caminos del horror, los colombianos hemos visto de todo. En los más de sesenta años de violencias sucesivas, se ha cocido la indiferencia por la vida, el ensañamiento contra las víctimas, la fiesta de los victimarios y eso que Hanna Arendt llamó "la banalidad del mal" : El mal hecho como rutina cotidiana, tan poco emocionante como realizar un inventario o llenar asientos de contabilidad. Asusta más el episodio, cuando se descubre que en el mismo están implicados miembros de la institución en la que los colombianos ponen sus esperanzas de pacificación y seguridad. ¿Cómo se llega a estos extremos de degradación?

Para que una institución estatal, que es parte clave de la misión moralizadora del Estado, vea caer a miembros suyos en ese clima espiritual pervertido, en el que nada se sabe de la significación de la vida ni se sufre por la ausencia de tal significado, en el que la muerte y el dolor son problemas técnicos y productos de éxito en una feria de recompensas, se debe haber pasado por experiencias terribles y haber experimentado también ese sentimiento negativo de la "identificación con el enemigo": "Cuando se combate contra dragones, uno mismo se convierte también en dragón" escribió Nietzsche. Cuando el espejo es la motosierra del paramilitar, la imagen propia es la del nihilismo moral.

Lo primero que se echa por la borda en una lucha bestializada es el Estado de derecho. Es el consenso político que confiere a un combatiente el status de soldado. Son las instituciones que controlan a quienes portan las armas de la República. Es la fuerza atada al derecho y ejercida con medida. Son la legalidad y la legitimidad que hacen del soldado lo opuesto del sicario en el uso de las armas. Muchas causas pueden ser invocadas para explicar el tráfico de humanos destinados a satisfacer las exigencias de una burocracia en movimiento inercial. Entre las que se pueden considerar, con fines de debate público, que buena falta hace, están las siguientes:

1. La ausencia de crítica y autocrítica

La cultura política colombiana sataniza la crítica. Desde el poder se la descalifica. No se le concede el papel de control y de motor de innovaciones. Se la ve como obstáculo incómodo que debe ser removido. Cuando, además, los militares vienen de una autonomía frentenacionalista prolongada, y cuando deben cerrarse frente a la sociedad por razones de seguridad, la sensibilidad a la crítica externa se torna enfermiza. La meta institucional reemplaza los fines del Estado y cualquier contestación es tomada como enemistad.

La autocrítica es más difícil todavía. Las organizaciones militares no tienen en su seno mecanismos de discusión democrática y el Estado colombiano no les ha construido arenas de crítica representadas en un Ministerio de corte moderno y en un control parlamentario ejercido cabalmente. Este último se hace bajo la forma de debate-escándalo ocasional, y no como trabajo técnico cotidiano en el campo del llamado "control civil". Tampoco pueden los militares entrar en el debate político por su cuenta, so pena de debilitarse internamente. Su defensa y la responsabilidad por lo que hagan, o dejen de hacer, deben ser asumidas por el Estado en su conjunto. Finalmente, la agenda de los partidos no puede seguir ajena a los problemas de la seguridad y de la defensa.

2. Las Fuerzas Militares  y la Policía Nacional han tenido que crecer a marchas forzadas, y esto ha provocado una crisis de cuadros de mando

El tamaño de los cuerpos de oficiales y suboficiales no puede crecer al ritmo del aumento de las tropas y es, proporcionalmente, más pequeño de lo aconsejado por la experiencia internacional. Necesariamente se dificulta el control y se siente el peso de la falta de experiencia en los recién promovidos a responsabilidades que les hubieran demandado mucho más tiempo en épocas pasadas. Esto es especialmente sensible en los escalones inferiores.

3. La profesionalización creciente de las tropas

Este es un punto delicado para debatir, pero juega su papel en el conjunto de factores causales. La profesionalización es una necesidad y en ese sentido no se puede devolver el establecimiento militar a la sola conscripción como fuente de tropa. Pero la tropa profesional, si no tiene estímulos que atraigan al servicio a los mejores jóvenes, corre el peligro de ser refugio de desprotegidos y aventureros. Por otra parte, los soldados profesionales, a diferencia de los conscriptos, establecen lazos con los mandos que semejan vínculos contractuales, antes que el vínculo político de los soldados de reemplazo o servicio militar (fenómeno observado mundialmente). Además, el soldado profesional permanece más tiempo en servicio que el conscripto y, por lo tanto, se expone, en el caso colombiano, a experiencias de combate prolongado y a una larga desconexión de la sociedad por causa de una vida institucional muy absorbente. La posibilidad de que se formen "roscas" se incrementa y la experiencia de estar haciendo una carrera acrecienta la necesidad de los méritos para competir y ascender.

4. Los estímulos y la competencia pueden ser positivos o negativos

 La competencia orientada a promover la excelencia, si no se pone en vigilancia permanente, cae fácilmente en competencia destructiva: la zancadilla, el empequeñecimiento del otro, la falsedad para obtener el premio y la confabulación para ocultarla, son enfermedades de cualquier organismo social que se oriente por méritos. Una fuerza militar no escapa a estos peligros. Cierto es que se debe premiar el éxito en combate, pero cierto es también que no puede ser el único rasero. En las fuerzas se ha exagerado el énfasis en los litros de sangre y se han dejado de lado otros méritos. Este tipo de estímulos, dirigidos a personas sujetas a una presión emocional sumamente fuerte, muchas veces en escenarios geográficos dejados de la mano del control institucional, fácilmente se transforman en factores de perversión. Si se le suman cercanías a grupos armados ilegales, el peligro crece de manera exponencial.

5. La orientación al éxito en el combate ha generado una cultura de desprecio por las tareas intelectuales, como las de planeación y educación

Hacer una carrera militar en lo académico y en los estados mayores, es una posibilidad válida en muchos ejércitos del mundo, no en Colombia. No es un chiste, sino una realidad, decir que el general Eisenhower no hubiera ascendido más allá de teniente coronel en el ejército colombiano: no hizo mando de tropa en el grado. El general Colin Powell, con suerte -pero con mucha suerte – habría podido llegar a sargento mayor. Un general en servicio activo, al frente de una Escuela de Guerra por doce años consecutivos, como lo fue el general Golbery Da Couto e Silva en el Brasil, sería pieza de museo en Colombia.

6. La educación militar tiene que ser puesta en primer plano

Hay en marcha una iniciativa del Ministerio de Defensa para reformarla y fortalecerla. Pero los cambios no llegarán lejos si no se elimina la mentalidad de ver en los destinos académicos un obstáculo para llegar a la cima. Los militares no pueden perder de vista que toda actividad compleja del mundo moderno, y la milicia es compleja en grado sumo, necesita guía intelectual, investigación y desarrollo, evaluación permanente y formación ética. En materia de conducción de fuerzas no se esconde que un buen capitán no es necesariamente un buen general. La tarea del mando es también una tarea política y una tarea científica. Hoy es claro que un soldado educado es un mejor soldado, no solamente por la complejidad de los elementos técnicos que debe manejar, sino por la comprensión de las motivaciones que lo llevan al combate. Si alguien lo duda, que estudie las guerras del Medio Oriente.

Soldados, no delincuentes

Lo sucedido en materia de "falsos positivos" debe ser una campanada de alerta, no sólo para los mandos militares y para el gobierno, sino también para la sociedad. Es necesario hacer conciencia sobre los peligros morales de las guerras. En todo el mundo ha sido difícil el control de ejércitos comprometidos en conflictos armados. Se ve de continuo en las noticias. Incidentes en fuerzas como las norteamericanas, las israelíes o las europeas, en teatros de guerra, no son tan infrecuentes como se pensaría de unas fuerzas de países del primer mundo. Nunca una fuerza militar desplegada para la guerra ha sido un desfile de hermanas carmelitas. Pero los Estados pueden controlarlas, educarlas y sujetarlas a derecho.

La idea del soldado regular debe sobrevivir a la crisis del derecho de la guerra, manifiesta en los conflictos confusos de la segunda mitad del siglo veinte en adelante. Cierto es que hay enemigos que utilizan métodos bárbaros y no se sujetan a derecho alguno. Pero el "honor del guerrero" (en el feliz título de Ignatieff) y la formidable tarea de Occidente para construir un derecho capaz de sujetar el fenómeno más antinómico del ese mismo derecho, que es la guerra, todavía capturan la imaginación. La idea del soldado debe prevalecer. En la historia colombiana perdura el recuerdo del guerrillero de los mil días, el "negro Marín" del Tolima, cuando exclamó, ante la propuesta de fusilar prisioneros porque el enemigo lo hacía, el razonamiento lapidario de: "…y si nosotros hacemos lo mismo ¿en donde está la diferencia?"

 *Miembro fundador de Razón Pública. Para ver el perfil del autor, haga clic aquí. 

Acerca del autor

Armando Borrero
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Cofundador de Razón Pública.

Sociólogo, Especialista en Derecho Constitucional, Magíster en Defensa y Seguridad Nacional. Se ha desempeñado como Consejero Presidencial para la Defensa y Seguridad Nacional. Profesor de la Universidad Nacional de Colombia.

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Cofundador de Razón Pública. Sociólogo, Especialista en Derecho Constitucional, Magíster en Defensa y Seguridad Nacional. Se ha desempeñado como Consejero Presidencial para la Defensa y Seguridad Nacional. Profesor de la Universidad Nacional de Colombia.

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