
¿Seguridad Humana o seguridad a secas?
Compartir:
La seguridad humana amplió nuestra comprensión de la violencia y el sufrimiento. Pero cuando se aplica a las negociaciones de paz, un concepto demasiado amplio puede terminar dificultando aquello que pretende alcanzar: el fin de la guerra.
La ampliación del concepto de violencia
Comienzo con una advertencia. Este tema me ha ocupado en los últimos años y en la propia Razón Pública fue tema de mi columna habitual. Piso, por lo tanto, los terrenos del autoplagio, situación que provoca malos entendidos en quienes tienden emboscadas intelectuales. Este es mi octavo texto sobre el asunto desde 2022 y es inevitable la semejanza entre los escritos. Invito a los lectores a no escarbar mucho, porque vulneran “mi seguridad humana”.
“El concepto de seguridad humana comenzó sus andares en las últimas décadas del siglo pasado y tiene tanto raíces teóricas hincadas en la reflexión filosófica, como en las ciencias sociales. Implica una ampliación del inventario de las violencias. Estas no serán solamente las que impliquen laceración, herida y muerte por aplicación física de fuerza material, sino un conjunto variado de factores causantes de sufrimiento físico y moral. Más allá de las armas, otros factores y situaciones de constreñimiento en los campos del derecho a bienes materiales y a situaciones de ejercicio de libertades y promoción y defensa de la dignidad humana, han entrado a formar parte del inventario de lo que se concibe como seguridad.” (Razón Pública, Seguridad Humana y Paz Total, columna de julio 20 de 2024)
El concepto de seguridad humana empezó a conformarse en el campo de las ciencias sociales que han contribuido con investigación y generación de teoría sobre los temas de violencia y conflicto. En los años sesenta del siglo pasado aparece con nombre propio en la obra de Johan Galtung, quien propuso conceptos novedosos sobre la violencia y fue, en cierto modo, el inspirador de los movimientos por la paz, la seguridad compartida y los paradigmas no agresivos de la seguridad.
Galtung encontró una vía para la traducción de sus conceptos en activismo político y fue la proximidad de ideas e intereses entre él y Olof Palme, el recordado primer ministro sueco, adalid de la paz y promotor de paradigmas nuevos en el campo de la política internacional. En la suma del pensador y el político, se produjo una síntesis entre teoría y acción política que resultó en cambios fértiles de las ideas sobre la paz, los derechos humanos y el desarrollo económico. En esa década, se abrió la puerta a los conceptos básicos de la seguridad humana, concretados en los planteamientos de la ONU, a partir de 1994. Kofi Annan fue su impulsor y defensor cuando ejerció la Secretaría General de la ONU entre 1997 y 2006.
El camino abierto por Galtung se funda en los conceptos de violencia estructural y violencia cultural, que ampliaron el espectro, limitado antes a la violencia directa, esencialmente física. Al considerar la violencia más allá de la fuerza física, se posibilitó una ampliación del concepto de seguridad. La seguridad, también pudo verse como protección en un plano moral. La violencia estructural es una violencia indirecta, consecuencia de las estructuras sociales en las que están presentes la injusticia y la desigualdad. La violencia cultural se materializa en discriminación y persecución por motivos raciales, o de creencias religiosas, prejuicios, ideologías, sectarismos políticos y desigualdades sociales.
La violencia directa es un acontecimiento concreto. La violencia estructural tiene facetas múltiples y una de éstas, la violencia cultural, tiende a la permanencia, dada la lentitud y la complejidad de los procesos de cambio en la cultura. La seguridad, inscrita en la realidad o en la posibilidad de sufrimientos causados por las injusticias a las que son sometidos pueblos o grupos sociales, se convertiría en un ejercicio de transformación social. El poder y el honor social, entran a formar parte de la esfera de las amenazas. El primero, por la capacidad de imponer desigualdades en el tratamiento de los ciudadanos y en el acceso a los recursos vitales necesarios para una vida digna. El segundo, por los sufrimientos que causa la privación de reconocimiento, la segregación social y la negación de espacios para el ejercicio de derechos y libertades.
Un concepto que mucho abarca
Dos problemas serios se presentan en el andar del concepto de seguridad humana, tanto como concepto del acervo teórico de las ciencias sociales, como en su utilidad para definir lo que significa la paz.
En el campo metodológico, los conceptos amplios, los que abarcan una gran variedad de áreas problemáticas y de disciplinas de estudio, son conceptos con una capacidad analítica débil. Los conceptos sirven para acotar los problemas de investigación científica o de reflexión filosófica, es decir delimitarlos para su estudio, comprensión e inclusión en un acervo de conocimientos. Un concepto es una palabra más su definición. Significado y límites lo hacen una herramienta de análisis.
El concepto de seguridad humana invade muchas áreas disciplinares ya establecidas, algunas de muy larga tradición. Se mete en campos de la economía, por ejemplo, en el campo de la lucha contra la pobreza o en el análisis de los factores de productividad, para mencionar sólo dos. Se mete en campos de la política social y en el cuerpo conceptual del derecho. Invade campos de la filosofía, especialmente de la ética y de la moral. En fin, es un concepto que mucho abarca y, por lo tanto, poco aprieta.
En las condiciones mencionadas, la definición de paz queda al arbitrio de intereses, posiciones ideológicas, opiniones, programas de partido y hasta emociones. Desaparece la solidez conceptual de la paz como situación opuesta a la contienda bélica. La paz puede llegar a ser un imposible.

La paz y sus límites
Sin negar el valor ético de la seguridad humana, puede verse que el concepto no resulta práctico cuando se trata de conflictos armados, porque dificulta la precisión del concepto de paz e introduce confusión en las negociaciones eventuales que puedan darse en ese contexto. Al invadir tantos campos disciplinares, la definición de paz se hace muy compleja, como ya se anotó, y se entorpece la posibilidad de negociaciones esencialmente políticas.
Las negociaciones de paz más eficaces son las que ponen el acento en el diseño de un escenario político en el cual puedan integrarse los insurgentes. Un buen ejemplo es el de los Acuerdos del Viernes Santo que puso fin a los obstáculos para la participación política plena del IRA y en general de los católicos norirlandeses, en la política británica y en la política local de Irlanda del Norte. En Colombia las negociaciones toman con frecuencia el camino de la resolución de los factores de conflicto y de las condiciones que lo hacen posible. El ELN es tal vez, el mejor ejemplo de esta tendencia que prolonga y complica las negociaciones. Si a esa tendencia se le suma un concepto de paz lleno de condiciones y requisitos, la complicación se hace mayor.
Primero, el fin de la violencia
La paz entendida como el callar de las armas tiene un valor inmenso. En lo conceptual, deja en claro el par de oposición guerra-paz y expone el valor de no lidiar con la violencia extrema. Una definición distinta de paz, da pie para discutir sobre imponderables y abre la puerta para que se llegue a lo que Alfonso López Michelsen llamó con ironía hacer “la revolución por contrato”, es decir, tratar de obtener los objetivos del alzado en armas por la vía de la mesa de negociación.
La paz debe dejarse en la eliminación de la violencia física. Sin ese paso fundamental, es imposible avanzar en los cambios y reformas que demande el escenario nuevo de la política. Una concepción así tiene límites claros. El resto de condiciones de bienestar pasa a ser tarea de muchas disciplinas, inspiradoras de políticas y tareas, sean gubernamentales o privadas. Esta visión evita la sinrazón de no poder hacer la paz porque no existen las condiciones que la posibiliten y que la guerra no permite realizar. La serpiente que se muerde la cola.
El conjunto de políticas y acciones que atiendan las necesidades de desarrollo social puede tener la cobertura y dirección de la idea de seguridad humana, pero sin condicionar la definición de paz. La separación de los campos conceptuales resulta necesaria para no caer en indefiniciones y contradicciones que impidan trabajar en la consecución de un ambiente pacífico, entendido como libre de violencias físicas y escenario de preservación de la vida, por una parte y por otra la consecución del bienestar, la justicia, la participación política, la equidad y el reconocimiento social. En definitiva, como reza el dicho popular “primero, lo primero”.
Le recomendamos: Guerra sucia, violencia simbólica y fractura social
Acerca del autor
Armando Borrero
Cofundador de Razón Pública.
Sociólogo, Especialista en Derecho Constitucional, Magíster en Defensa y Seguridad Nacional. Se ha desempeñado como Consejero Presidencial para la Defensa y Seguridad Nacional. Profesor de la Universidad Nacional de Colombia.
0 comentarios





