
La Habana: los tabúes que se desvirtúan
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La presencia de militares activos en la mesa de negociación significa que la cosa es en serio. Un análisis histórico, político y jurídico sobre el sentido de esta participación, la reacción del uribismo y el papel de las Fuerza Pública en nuestra democracia.
Por Medófilo Medina*

Un hecho decisivo
Le dijo el presidente Santos a Yamid Amat al comenzar el reportaje publicado en El Tiempo del pasado 17 de agosto: “Oficiales activos del más alto nivel serán quienes comiencen a dialogar con las FARC sobre el cese bilateral del fuego”.
El anuncio resultó sorprendente. No hubo tiempo para desmenuzar la sorpresa. Cinco días después, el 22 de agosto, esos militares activos estaban sentados a puerta cerrada mirando a los ojos a sus enemigos en los campos de la guerra, en la Mesa de La Habana.
Siempre he dicho que la paz se hará el día que el gobierno autorice al mando militar para hacer la paz o hacer la guerra.
La segunda figura del mando de las Fuerzas Militares preside la comisión. Hombre que ha hecho la guerra en los escenarios reales, general Javier Alberto Flórez Aristizabal, jefe del Estado Mayor Conjunto.
Hoy la opinión conoce los nombres y rangos de los demás oficiales: los coroneles del Ejército Vicente Sarmiento Vargas y Saúl Rojas Huertas, el capitán de fragata Ómar Cortés Reyes, el teniente coronel de la Policía, Edwin Chavarro Rojas, el mayor de la Fuerza Aérea Rodrigo Mezú Mina y la teniente de navío Juanita Millán Fernández. Todas las armas. Los acompañan en la subcomisión tres funcionarios civiles.
El grupo estará coordinado por los generales (R) Jorge Enrique Mora y Óscar Naranjo, plenipotenciarios del gobierno nacional para el proceso de negociación. Estos últimos no fueron sacados de antiguas reservas, son oficiales retirados pero con vínculos efectivos y con prestigio reconocido dentro de la Fuerza Pública.
Las declaraciones a la salida de la sesión donde se estrenó la subcomisión de los militares activos fueron al tiempo lacónicas y positivas.
Foto: Ministerio de Defensa |
De la guerra a la paz
Desde los tiempos del proceso de paz de la Uribe en la primera mitad de los ochenta, cualquiera que analizara aquellas negociaciones tenía que concluir que el factor negativo clave fue la oposición de las instituciones armadas del Estado. Lo digo como una constatación empírica. Es cierto que la posición de las Fuerzas Armadas debe situarse en el contexto de otros factores, como las reticencias de los empresarios y los partidos políticos, o la incomprensión por parte de las FARC acerca de valor que tenía en aquel momento la apuesta por la paz para el futuro de Colombia.
En mi caso esa visión resultó afianzada en el curso de dos largas entrevistas que me concedió el general Fernando Landazábal Reyes a mediados de febrero de 1998(1) , dos meses antes de que el ministro de Defensa de Belisario Betancur cayera víctima de las balas de sicarios. Reproduzco dos fragmentos de la exposición de Landazábal: “Por esas propuestas de paz no se ha podido lograr nada, porque los dos elementos fundamentales, los alzados en armas y quienes los combaten no han sido tenidos en cuenta en forma debida”. Habría que decir que estas apreciaciones tenían una evidente dimensión autocrítica, por cuanto el general había hecho pública su hostilidad hacia la política de paz del presidente Betancur.
Señaló además Landazábal: “Siempre he dicho que la paz se hará el día que el gobierno autorice al mando militar para hacer la paz o hacer la guerra, cuando la guerrilla sepa que la paz depende del mando militar. Entonces cuando se converse, la guerrilla sabe que el mando militar no la traiciona y que lo propuesto y aceptado se le va a cumplir”
Ya en febrero de 1986, en sendas entrevistas, yo había podido oír de labios de los comandantes de las FARC Manuel Marulanda Vélez y Jacobo Arenas sobre la conveniencia que tendrían encuentros directos entre ellos y altos oficiales de la Fuerzas Armadas sobre el tema de la paz. Hoy resulta de interés leer las cartas que dirigió en 2004 Marulanda “a los generales de la República”.
El sentido común no es tan común
En cierto modo resulta de sentido común la idea de que quienes se enfrentan en la guerra se encuentren cuando se quiere concertar la paz.
Y quizá sea esa la idea que reflejan las declaraciones de Fabrizio Hochschild, coordinador residente y humanitario de las Naciones Unidas en Colombia: “… me parece completamente normal y esencial que haya participación de activos de las Fuerzas Armadas, porque son ellos quienes conocen el terreno, donde están desplegadas las fuerzas que ahora están en conflicto y son ellos quienes tienen que opinar sobre metodologías de verificación (énfasis añadido).”
Y por supuesto se han hecho y seguirán haciéndose sentir las voces de los adversarios del proceso de paz, que no ven salida de “la amenaza terrorista” distinta de la victoria militar. El senador Uribe Vélez calificó de ilegal la visita de militares activos a la mesa de negociación: “La sola presencia en la isla viola tajantemente la Constitución Nacional”, acotó. Oscar Iván Zuluaga anunció la oposición a la decisión, en tanto el senador del Centro Democrático Alfredo Rangel encontró “humillante” para las Fuerzas Armadas la participación en La Habana.
![]() El Ministro de Defensa, Juan Carlos Pinzón. Foto: Policía Nacional de los Colombianos |
La condición de no deliberantes
Formalmente la extrema derecha invoca el carácter no deliberante de quienes integran la Fuerza Pública en Colombia.
Esa condición está consagrada en el artículo 219 de la Constitución, así: “Los miembros de la Fuerza Pública no podrán ejercer la función del sufragio mientras permanezcan en servicio activo, ni intervenir en actividades o debates de partidos o en movimientos políticos”.
Pero participar en el desarrollo de una política de Estado – como es la paz- no puede confundirse con tomar posición en controversias de partido o con cualquiera otra manifestación de facción. La Constitución establece taxativamente en su artículo 22: “La paz es un derecho y un deber de obligatorio cumplimiento” De ese derecho nadie queda excluido y de tal deber nadie resulta dispensado.
Prolongación de la Guerra Fría
Pero no es el celo constitucional el que inspira a los voceros del campo uribista: los inspira su interés en prolongar una situación que ha mantenido a las Fuerzas Armadas en una especie de ambigua minoría de edad en relación con los grandes asuntos del Estado y de la sociedad.
Por fuerza de su propia historia -por lo menos desde la participación militar de Colombia en la Guerra de Corea- las Fuerzas Armadas se acogieron al encuadramiento ideológico al lado de las potencias capitalistas en el contexto de la Guerra Fría. Desde el comienzo del Frente Nacional este encuadramiento se reforzó al consagrar la autonomía de los militares para el manejo del orden público y la seguridad a cambio de su apoyo a una orientación crudamente regresiva en materia social y de completa lealtad a las orientaciones estratégicas de Estados Unidos.
La prolongación del conflicto interno ha contribuido a mantener esos esquemas, que nunca se justificaron en el autentico interés nacional, y que además hoy resultan clamorosamente anacrónicos tras el derrumbe del campo socialista.
Instituciones para un país democrático y plural
Ha mantenido a las Fuerzas Armadas en una especie de ambigua minoría de edad en relación con los grandes asuntos del Estado y de la sociedad.
La extrema derecha muestra su disposición de prolongar las coordenadas de la Guerra Fría y quiere fungir como el gran tutor político de las Fuerzas Armadas. Con desesperación busca proyectarse como la defensora del “prestigio” de las Fuerzas Armadas, ocultando situaciones en las que sectores de ellas han incurrido. Situaciones ajenas del todo a la construcción inaplazable para un país moderno del monopolio legítimo de la Fuerza. Por supuesto tal designio de la reacción pasa por el supuesto de que prolongar la guerra es la única garantía para mantener los intereses corporativos de los militares.
Una visión democrática tiene que derrotar las doctrinas del tutelaje que propugnan por una vinculación “natural” de las Fuerzas Armadas con las versiones ideológicas y políticas de la derecha extrema. A su vez las corriente alternativas y de izquierda deben elaborar conceptos y propuestas que despejen el camino para una comprensión de una fuerza pública garantía del Estado moderno, con sensibilidad nacional y compromiso pluralista.
La ronda 27 de las negociaciones de paz de La Habana concluye con un muy positivo balance. Cuando en la noche del 6 de junio las partes firmaron “La declaración de principios para la discusión del punto quinto de la agenda: Victimas”, se dio comienzo a una etapa decisiva del proceso de paz. Se han desarmado fantasmas y de esa operación comienzan a emerger fuerzas fecundas que vuelven más cierta una culminación exitosa de las conversaciones y el inicio de la construcciónde de la paz. En plazo razonable la opinión nacional recibirá valiosos insumos sobre las causas iniciales del conflicto, los factores que han determinado que se prolongue hasta ahora y los senderos que el país debe transitar para cancelarlo duraderamente. Ese es el cometido de la Comisión de la Verdad Histórica que con buenos auspicios ya ha iniciado su trabajo.
Notas
(1) Medófilo Medina, “Las tropas siguen al líder si se compromete con ellas. Entrevista con el general Fernado Landazábal Reyes”, Análisis Político, IEPRI, Universidad Nacional, Abril 2000. Pp.83 – 94
*Cofundador de Razón Pública. Para ver el perfil de la autora, haga clic en este enlace.
Acerca del autor

Medófilo Medina
*Cofundador de Razón Pública.
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