El camino de la paz. El momento de la verdad - Razón Pública
Inicio TemasConflicto, Drogas y Paz El camino de la paz. El momento de la verdad

El camino de la paz. El momento de la verdad

Escrito por Medófilo Medina
Medofilo_Medina_Proceso_RazonPublica

Medofilo_Medina_Proceso_RazonPublica

medofilo medinaDe las verdades a medias, a enfrentar la verdad. Una mirada penetrante sobre lo mucho que cambiaría en Colombia si el conflicto armado desaparece como pretexto y como referente básico de la política, la economía y la vida militar.

Medófilo Medina

Medofilo_Medina_verdad_elector
Las FARC han fungido como gran elector en cuatro elecciones presidenciales en el curso de 14 años.   Foto: Periodismo sin fronteras

La paradójica centralidad del conflicto

Cuando se habla de la verdad a propósito de las actuales conversaciones de paz entre el gobierno y las FARC, el concepto se utiliza en relación con asuntos tales como el esclarecimiento de los agentes de delitos de lesa humanidad, el estado real de los secuestros, la reparación de las víctimas, las garantías contra la impunidad… Esos ejercicios tienen validez, en tanto que responden a las necesidades de un proceso de negociación.

Hay sin embargo una relación que no se asume y es la que guarda la verdad con la realidad de Colombia y su pasado. Encuentro tal relación insoslayable. El conflicto interno, aunque no siempre se haya considerado lícito llamarlo así, ha gozado de una paradójica centralidad.

En el umbral más inmediato de los procesos políticos, las guerrillas – y en particular las FARC – han fungido como gran elector con relación a varios procesos electorales. Cumplieron tal papel bajo signos diametralmente opuestos en los debates que llevaron al poder a Andrés Pastrana, primero, y luego a Uribe y a Santos: cuatro elecciones presidenciales en el curso de 14 años.

En esa centralidad del conflicto interno se destacan aspectos desconcertantes. En su momento de apogeo (segunda mitad del decenio de 1990), las FARC contaban con unos 21.000 combatientes. En la actualidad — según estimaciones del Ministerio de Defensa — las integran unos 9.000 guerrilleros. Habría que adicionar otras 2.500 unidades del ELN.

Para combatir a esas agrupaciones armadas, las Fuerzas Armadas han experimentado un crecimiento continuo: el número de efectivos de la tropa hoy se acerca al medio millón. No se puede desconocer que las instituciones armadas tienen otras tareas. Pero también ha sido claro que la justificación -no discreta sino clamorosa- del crecimiento de las filas y del aumento incesante del gasto militar han sido las necesidades de la guerra contrainsurgente.

En días recientes, el presidente Santos se refería al hecho de que las Fuerzas Armadas habían pasado de 300.000 a 446.000 entre 2001 y 2012, de acuerdo con la agencia AFP. El desconcierto ante la colosal asimetría militar de las dos vertientes de la guerra no se atenúa, aún teniendo en cuenta la observación de León Valencia, director de la Corporación Nuevo Arco Iris: el número de guerrilleros es irrelevante… El mayor énfasis de las Farc ahora no es el reclutamiento, sino el apoyo social. Tienen una estructura de unas 30 mil personas muy cercanas, militantes activos de ese proyecto (AFP ).

En el tiempo de su existencia – que ya toca el medio siglo – las guerrillas existentes hoy, así como aquellas que se han reinsertado o extinguido nunca han alcanzado la condición de amenaza inminente para la supervivencia del sistema político dominante.

Sin embargo la centralidad del conflicto no ha cedido, antes bien se ha tornado más ostensible. En buena parte, tal centralidad ha sido un fenómeno construido al calor de intereses particulares, una invención política, pero no por ello menos real.

Pretexto de la derecha y la izquierda

Para la política, tal como se ha ejercido en Colombia, el conflicto interno ha adquirido la consistencia mineral de elemento estructurante.

  • ¿Puede alguien, por ejemplo, a estas alturas imaginarse el fenómeno del uribismo o de la reelección presidencial sin la existencia de las guerrillas?
  • ¿Podría entenderse el vértigo que sobrecoge a la extrema derecha colombiana cuando se plantea con ciertos visos de realismo la hipótesis de la salida al conflicto interno en el panorama nacional? ¡Es un paroxismo de orden existencial!

Tiene entonces mucho sentido el ejercicio intelectual de proyectar a Colombia en un escenario no ajeno a conflictos, pero libre de aquél que se expresa permanentemente por medio de las armas. La cesación de la guerra no puede pensarse como el advenimiento del reino de la “fraternidad democrática” abroquelado contra sobresaltos. Más aún, algunas formas de violencia asociadas con el conflicto interno simplemente mutarán.

Medofilo_Medina_verdad_farc
Las FARC contaban con unos 21.000 combatientes. En la actualidad — según estimaciones del Ministerio de Defensa — las integran unos 9.000 guerrilleros.
Foto: marxistleninist.wordpress.com

Pero muchas de las convenciones políticas actuales darán lugar a otras pautas más modernas y la cultura política dará lugar a protocolos diferentes de los prevalecientes hasta ahora. Es posible, por ejemplo, que sigan produciéndose secuestros perpetrados por la delincuencia común. Pero ese delito no podrá seguir extendiéndose como práctica a la sombra del conflicto armado. Más aún, no habrá sector alguno en condiciones de admitirlo asociándolo a la búsqueda de fines humanistas. ¡Será simplemente un crimen!

Si la salida acordada a la guerra es el resultado del proceso que en Oslo entrará en una nueva etapa a partir de la primera semana de octubre, uno de sus resultados será el de reducir substancialmente el espacio de maniobra de las corrientes políticas y de los liderazgos estimulados por la excitación a la revancha y las consignas de aniquilamiento.

Resultará mucho menos convincente la justificación de las alianzas entre políticos y mafia –vía paramilitarismo– cuando los primeros no puedan remitirse al recurso encubridor de la persecución a las guerrillas. A su vez, la parapolítica se verá seriamente obstruida como canal de ascenso de nuevo personal político: las nuevas élites políticas que se ha configurado en el curso de los tres últimos lustros.

Ningún sector de la izquierda podría ya alimentar la tramposa ilusión de contar para su acción con dispositivos y recursos privilegiados por la existencia de aparatos armados que, a su turno, quieren identificarse con plataformas avanzadas de cambio social y político.

Desaparecerán los referentes armados de la nefasta fórmula de la “combinación de todas las formas de lucha” que no podrá defenderse de manera abierta ni mantenerse en forma vergonzante.

Ningún político de la derecha o del centro podrá volver a responder en el debate parlamentario o en los medios de comunicación con señalamientos de “estafeta del terrorismo” o con la “acusación” supuestamente irrecusable de haber sido comandante guerrillero, cuando la argumentación del adversario lo ponga en dificultades dialécticas. El sistema político partidista colombiano entrará en una histórica prueba de sinceramiento y de verdad.

Empresarios de la guerra

En la economía dejarán de recibir oxígeno aquellos factores de violencia que han operado como mecanismos expeditos de acumulación de capital en sectores claves de la ganadería, la agricultura y la minería.

Medofilo_Medina_verdad_querrillaLas guerrillas nunca han alcanzado la condición de amenaza inminente para la supervivencia del sistema político dominante. 
Foto: semanario-alternativas.info

En las proyecciones de la tasa interna de retorno de la inversión, ya no se podrá contar con una variable escondida: la distorsión violenta de los precios de la tierra, fruto del desalojo y del desplazamiento de colonos y campesinos.

De momento, no entraña sorpresa alguna que sea justamente en los medios sociales y políticos asentados en tales actividades económicas donde se está articulando el bloque que se opone y denuncia la política de diálogo y en donde se originan las expresiones más crudas y desafiantes contra la salida concertada al conflicto interno.

Fuerzas Armadas y paz

El país en su conjunto se verá favorecido por la prueba de verdad a la que se comprometerán las Fuerzas Armadas, si hacen suya la búsqueda de una salida política al conflicto interno, búsqueda que parece haberse iniciado con su aquiescencia.

En una imaginada etapa de posconflicto, las ejecuciones extrajudiciales – si llegaran a repetirse – no podrán ya ser presentadas sino como crímenes, ni ser relativizadas por atenuante alguno, y los falsos positivos no podrán asociarse a terroristas eliminados en acciones de guerra, porque esta habrá quedado atrás.

Al mismo tiempo, los sectores militaristas no podrían seguir cohonestando la impunidad frente a la opinión pública, invocando elásticamente el principio de la obediencia debida y extendiendo el fuero militar, sin término ni límites precisos.

Del anillo que forman los columnistas alucinados no podrán seguir saliendo ocurrencias pretendidamente originales, según las cuales los militares no deben ser enredados por los agentes de la justicia, pues tal molestia los aparta de su misión primordial: hacer la guerra en las selvas y no malbaratar el tiempo respondiendo ante los tribunales.

La aspiración a consolidar el monopolio de la fuerza no podrá disociarse de la expresión completa: el monopolio legítimo de la fuerza. Las acciones armadas del Estado no podrán seguir sustituyendo los procesos de pacificación normativa, como se deben desarrollar en los Estados modernos: por caminos distintos de los de la coerción y mediante instancias diferentes de las instituciones armadas.

Inserto aquí una digresión que estimo necesaria. Algunos observadores han mostrado su preocupación frente a la presencia en el equipo de los negociadores del gobierno de los generales en uso de buen retiro Jorge Enrique Mora Rangel, del Ejército Nacional, y Oscar Naranjo, de la Policía Nacional, con la anotación que se trata de figuras de la línea dura. En verdad, la presencia de esos militares — quienes eran oficiales activos hasta hace muy poco tiempo — resulta a mi juicio un factor positivo, pues es preferible su presencia a que en la mesa se sienten personalidades poco representativas de las realidades militares actuales.

Para formular la observación anterior, me he guiado por lo expresado por el general Landazábal Reyes, en el curso de una entrevista que me concedió el 18 de febrero de 1998 y que he citado otras veces: "Siempre he dicho que la paz se hará el día que el gobierno autorice al mando militar para hacer la paz o hacer la guerra, cuando la guerrilla sepa que la paz depende del mando militar. Entonces, cuando se converse, la guerrilla sabe que el mando militar no la traiciona y que lo propuesto y aceptado se le va a cumplir". Y añadió: "Para eso está un Estado Mayor de las Fuerzas Militares que habla con la subversión. Si ésta pide diálogo, pues se oye… Hay dos situaciones muy claras: El mando militar jamás traicionará a la guerrilla y ella sabe que así será; y el Ejército sabe que lo prometido por la guerrilla se va a cumplir".

Momento de la verdad

En las conversaciones que se avecinan están en juego asuntos de suma importancia para el futuro del país, no tanto por lo que es y ha sido el conflicto interno en su realidad militar, sino por lo que el Estado, la sociedad, el sistema político mismo han construido en torno a las líneas de fuego, como el gran pretexto nacional.

Medofilo_Medina_verdad_militaresLa presencia de Jorge Enrique Mora Rangel y Oscar Naranjo: un factor positivo, pues es preferible a que se sienten personalidades poco representativas de los militares.
Foto: Presidencia

En este sentido las conversaciones — que pronto entrarán en una fase tan espinosa como decisiva — pueden llegar a constituirse en un acontecimiento que marcará toda una época, si culminan con la superación de la guerra.

Por el contrario, si las conversaciones terminasen en ruptura, el país entraría en un túnel de tinieblas y de degradación política y espiritual mucho más profundo y sangriento de lo que hasta ahora ha experimentado.

Muchos señalan alarmados los costos de la paz, ocultando bajo tal retórica los costos monstruosos e inútiles que ha tenido la guerra en vidas y sufrimientos humanos a lo largo de medio siglo.

Estamos aún en tiempos del Bicentenario de la Independencia —que dicho sea de paso ha sido conmemorado de forma notoriamente frívola—, pues bien, a 200 años del inicio de la existencia como Estado-nación resulta exaltante la idea de asumir la conquista de la paz como el histórico momento de la verdad.

* Profesor emérito de la Universidad Nacional.

Medofilo_Medina_Proceso_Anyelik

Artículos Relacionados

Dejar un comentario

Este sitio web utiliza cookies para mejorar tu experiencia. Leer políticas Aceptar

Política de privacidad y cookies