Doscientos años, el cuadriculado número redondo - Razón Pública
Medófilo Medina

Doscientos años, el cuadriculado número redondo

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Medófilo MedinaColombia asiste con los ojos cerrados a una contrarrevolución cultural. La nueva clase está al acecho. ¿Podríamos, a través del bicentenario, dar una mirada de largo alcance?

Medófilo Medina *

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Pesadilla y gloria

El mes que corre entre el 15 de julio y el 15 de agosto transcurre en Colombia bajo el apremio de la memoria colectiva. A los ejercicios de anamnesis se someten la corta duración del cuatrenio o la menos breve de los últimos ocho años. Una duración de pesadilla para campesinos, indígenas, trabajadores, estudiantes de universidades públicas, maestros, intelectuales, periodistas independientes, mujeres emancipadas, madres de Soacha… Pero años de gloria para los Sarmiento Angulo, los Ardila Lülle, los banqueros, los caballistas y ganaderos, los palmicultores, los inversionistas de las zonas francas, los parapolíticos, algunos altos jerarcas de la Iglesia, los miembros numerarios del Opus Dei, los militares gringos, el alto mando militar colombiano, y los ultragodos y autoritarios de todos los pelambres.

Al mismo tiempo la memoria se ha visto avocada a la reflexión, de cara a paisajes mayores.

Bicentenario, el ambiguo patriotismo

En la contabilidad decimal del tiempo histórico ciertos hitos (centenario, sesquicentenario, bicentenario), adquieren significación emblemática. Si se miran con algún cuidado esos nudos amarrados por decenas de años, se encontrará que ellos constituyen enormes pantallas en las que se proyectan, al tiempo que los motivos que se conmemoran, los temas que atraviesan y conmueven a las sociedades.

A raíz del bicentenario se han dado toda suerte de iniciativas oficiales, emanadas de los ministerios, de la Comisión de Honor y de las instancias departamentales y municipales. Hasta el más remoto rincón de la geografía colombiana llegaron las imágenes del ambiguo patriotismo. La festividad se regionalizó, aunque en una dirección folclórica. Los conciertos alegraron a las muchedumbres a partir del mediodía en diversas ciudades. El espectáculo visual de la noche en la Plaza de Bolívar de Bogotá, combinó sensibilidad histórica con pericia técnica.

El reinado de lo frívolo

El desfile militar del 20 de Julio, con la correspondiente revista aérea, tuvo particular resonancia tanto por el ambiente militarista que rodeó las administraciones Uribe Vélez como por el momento de tensión que vivía Colombia con los países vecinos. Al menos se tuvo la discreción de evitar el despliegue de alguna flotilla de las naves extranjeras que por acuerdo militar con Estados Unidos usan siete bases colombianas.

Pero en la profusión de imágenes y en la algarabía de las voces no se abrieron paso motivos que convoquen, nuevas interpretaciones, controversias relevantes. En el bicentenario, entendido como evento de la opinión pública, se impuso una celebración/ espectáculo escasamente sensible a la necesidad de los ejercicios de la memoria colectiva. En anteriores conmemoraciones de la Independencia predominó una atmósfera conmemorativa menos frívola.

¡Rompe ese florero!

En 1910, con ocasión del centenario, campeó una preocupación extendida sobre la afirmación nacional. La efemérides se asimiló como el advenimiento del Estado−Nación. Comprensible: la memoria de un primer siglo poblado de guerras civiles, la pérdida en 1903 de la integridad nacional, el bajo potencial demográfico, la precariedad de las vías de comunicación sobre una arrugada geografía, todo invitaba y conducía a una apuesta por la construcción nacional.

En el sesquicentenario, la diversificación de la sociedad, la influencia de los movimientos sociales y la ampliación de la matrícula universitaria condujeron a una celebración menos unánime, pero rica en contenidos. La derecha puso sombras de nostalgia sobre la monarquía y la colonia: “Con el Florero de Llorente se rompieron tres siglos de Paz colonial” anotó en uno de sus libros sobre la Independencia el periodista-historiador Arturo Abella.

Iberoamérica, Latinoamérica

Bajo el principio de que la Indias no eran colonias, el III Congreso Hispanoamericano de Historia celebrado en Cartagena en noviembre de 1961 concluyó “que la América con el descubrimiento realizado hace 400 años y con la obra de España, ha quedado definitivamente incorporada a la cultura occidental y al modo de vida del mundo cristiano”. Para las derechas iberoamericanas resultaba apremiante consignar tal conclusión cuando se acababa de producir el triunfo de la Revolución Cubana.

El marxismo aportó teorías para la ensayística sobre la Independencia, animada por la expresión entre nihilista y esperanzada de la segunda independencia. Una visión revisionista de tono populista pero con sensible resonancia en la opinión pública cerró los linderos de la controversia.

La contrarrevolución cultural

La necesidad de análisis de largo plazo se plantea hoy con aguda urgencia. Creo que el ciudadano corriente no se ha dado cuenta cabal de los azarosos cambios que ha experimentado el país en los últimos treinta años. Hace falta identificar los que han tenido lugar en el mediano plazo, establecer las necesarias relaciones con las ocurrencias de los últimos ocho años e insertar a unos y a otras en las curvas seculares.

En la actualidad los colombianos estamos sumergidos en las corrientes de una contrarrevolución cultural que se manifiesta en la aceptación de pautas de comportamiento y valores que podrían expresarse como “el fin justifica los medios”. Estamos inmersos en el pragmatismo amoral, en la grosera intrusión del poder político en la vida privada de los ciudadanos, en la militarización de la escena pública y de la relación entre la gente y los gobernantes, en la renovación de un catolicismo integrista y politizado, en la rutinización de un “patriotismo” que incorpora, sin contradicción aparente, la obsecuencia frente a los Estados Unidos, de un lado, y la arrogancia con los países hermanos, del otro.

Más allá de la política

Las expresiones anteriores no atañen únicamente a políticas. Ese sólo nivel descartaría el término de contrarrevolución cultural que he utilizado. Se trata de la correspondencia de políticas y de representaciones ampliamente compartidas por el público, que cubren a conjuntos sociopolíticos que no se alinderan necesariamente como partidarios o adversarios de la Seguridad Democrática. Nos encontramos con modelos mentales difundidos con amplitud.

Ahora bien, aunque las ciencias sociales no se han ocupado sistemáticamente del fenómeno, en cambio la literatura se ha mostrado muy perceptiva. Buenos ejemplos se encuentran en dos novelas, La virgen de los sicarios, de Fernando Vallejo, y Líbranos del bien, de Alonso Sánchez Baute, y en una larga crónica poética, que es el mismo tiempo un libro de memorias, El olvido que seremos, de Héctor Abad Faciolince. Estos escritores no construyen explicaciones, no formulan hipótesis. Tejen sagas que invitan a los historiadores, por ejemplo, a usar las herramientas de la disciplina en la construcción de narrativas de largo plazo que aporten competencias cognitivas con las que ayuden a superar el desconcierto, la desesperación o la indiferencia frente a las inquietantes realidades actuales.

Sin la columna vertebral

Quiero a guisa de ejemplo mencionar sólo dos temas que esperan un tratamiento de largo plazo. El primero de ellos es el del café.

Grfica
Por momentos el café se había ubicado por encima del 80 por ciento del total de las exportaciones. Pero, como muestra la gráfica anterior, desde mediados del decenio de 1980 perdió su condición de columna vertebral del sector externo tanto como la de variable estratégica de la economía nacional.

Todavía en 1970 el informe del Banco Mundial registraba que la participación del café en el PIB total llegaba por lo menos al 10 por ciento.

En el siglo XIX Colombia logró trasmontar con el café los breves ciclos exportadores de quina, algodón y tabaco, asociados a distritos geográficos restringidos, y conquistar una cierta estabilidad alejada de milagros económicos abruptos. Ahora bien, no hay campo para la nostalgia en la medida en que otros productos adquirieron preponderancia: banano, flores, azúcar… Sin embargo, se trata de bienes asociados a formas productivas y económicas distintas, con vocaciones radicalmente diferenciadas de incorporación de mano de obra. En este orden de ideas el café ha resultado irreemplazable.

Aguas que vienen de atrás

Pero también es preciso incorporar la significación de los cultivos ilícitos. En un país donde la frontera agrícola no se ha cerrado, ¿hasta dónde el trabajo que no puede seguir creciendo con el café es parcialmente absorbido por estos últimos?

No sobra recordar que las flores, el banano, el azúcar y la palma representan un volumen de empleo 3,7 veces menor que el correspondiente al café.

En un plano por ahora simplemente especulativo cabe plantearse las transformaciones de orden cultural que inducen estos cambios socioeconómicos. Una mutación de tendencias que mostraron cierta consistencia durante un siglo no se produce sin crear alteraciones profundas en la esfera de las representaciones y los modelos mentales. Al mirar las manifestaciones de la controversia pública, tengo la impresión de que como testigos y observadores nos fijamos obsesivamente en las fragorosas corrientes de superficie, sin penetrar en el curso profundo de las aguas que vienen de atrás.

Parábola del bipartidismo

Otro ejemplo entre los numerosos que podrían incorporarse al análisis es el trazado por la parábola del bipartidismo colombiano. Los dos partidos empiezan a formarse en 1827, se fraguan como redes políticas durante la Guerra de los Supremos (1839−1841), y se institucionalizan y dotan de programas explícitos en 1849. El ejercicio de poder se realiza en la sucesión de fases de enfrentamiento–rivalidad, seguidas por otras de acuerdo−coalición.

Durante el Frente Nacional (1958−1974) el acuerdo tiene características constitucionales compulsivas y se prolonga de tal manera que los dos partidos, unidos, tienden hacia la condición de partido dominante. En la era pos−frente nacionalista, se gestó la crisis del bipartidismo que en una primera manifestación se presentó como una asimetría electoral entre los dos socios. Desde comienzos del decenio de 1980 y hasta 2010, el Partido Conservador no pudo presentar candidato presidencial propio sino como parte de improvisados movimientos nacionales cuyas denominaciones excluyeron siempre el término “conservador”.

Los barones y la política

Al bipartidismo lo sucede un florecimiento de formaciones partidistas improvisadas, entre las cuales las mafias quieren crear sus propios nichos. Carlos Lehder promueve con éxito regional su partido, Movimiento Latino Nacional. Pablo Escobar busca su espacio en el Partido Liberal pero al tiempo impulsa su movimiento Civismo en Marcha. Iván Duque, que luego sería mejor conocido bajo el seudónimo de “Ernesto Báez” fundó gracias a la asociación de ganaderos y mafiosos del Magdalena Medio el partido político Morena.

Pero el establecimiento colombiano no estaba dispuesto a lidiar con las formaciones políticas abiertamente dirigidas por los barones del narcotráfico. Estos habían querido trasladar a la política la acogida que, en la sombra, le habían brindado a sus capitales tanto el Estado como sectores de la burguesía, mediante la reforma tributaria de 1983, la ventanilla siniestra del Banco de la República y toda una serie de amnistías tributarias. Pero luego se volvieron hacia un camino mucho más clásico de construcción de poder político, mediante la conquista de espacio e influencias en los partidos políticos viejos y nuevos.

La nueva clase está ahí

La mediación corrió por cuenta del paramilitarismo, que había creado mediante el terror y el dinero sus propios espacios de presencia y acción en la sociedad. En Colombia los sectores dirigentes condujeron la renovación de la clase política mediante el mecanismo de la cooptación. El poder conjugado de mafia y paramilitarismo convirtió a la parapolítica en un canal privilegiado de ascenso a la dirección política de la sociedad y del Estado. Un nuevo personal político rompió los diques e invalidó los filtros de la habilitación política tradicional. Si bien los años del doble período presidencial de Uribe Vélez marcaron un período muy favorable a esa tendencia, sería equivocado pensar que el proceso arrancó en el año 2002.

Tampoco sería realista asumir que el proceso ha quedado atrás. Es posible que venga un período de contención durante el cual el nuevo personal político acepte una cierta domesticación civilizada e incorpore unas mínimas pautas de conducta. Es ilusorio pensar que la narcopolítica está hoy por hoy en las cárceles. Allí están quienes pagan los costos de la domesticación para que en conjunto el nuevo personal se afiance en el establecimiento sin reproducir un permanente sobresalto, y la democracia colombiana avance como lo quería Alberto Lleras Camargo “a ritmo marítimo”.

Las notas anteriores, que tienen una intención polémica, sólo buscan plantear la necesidad y pertinencia de los análisis lanzados a largo plazo. No se pretende disminuir la importancia de la investigación coyuntural ni negar la pertinencia e inevitabilidad de los debates de momento. La apelación al largo plazo es un recurso que está llamado también a enriquecer las visiones de la historia de cada día.

 *Cofundador de Razón Pública. Para ver el perfil del autor, haga clic aquí. 

 

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