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Narrativas breves y relatos largos

Escrito por Medófilo Medina

Medofilo medina

El profesor de la Universidad Nacional de Colombia se pone en el lugar de un futuro maestro de historia patria para contarnos lo que hoy está pasando.

Medófilo Medina

Primera breve historia

Un hombre mató a otro. ¡Nada extraordinario! En aquel país hacía decenios la tasa de homicidios por cada cien mil habitantes, se había mantenido en altísimo nivel. Pero el asesino actuó en la noche mientras su victima dormía, máximo estado de indefensión. El homicida corrió a una guarnición militar a entregarse porque era un guerrillero. Llevaba  una bolsa. De  ella extrajo una macabra prueba que exhibió como un trofeo: una mano de su jefe. El ministro de Defensa apremió para que no se vacilara en pagar al asesino una multimillonaria recompensa. De lo contrario se pondría en peligro una de las estrategias de la guerra que estaba casi ganada.  Los altos jerarcas de la Iglesia católica, institución que se atribuía el papel de  tutora moral del país, callaron. Como un pez también permanecieron en silencio los intelectuales. Los periodistas no creyeron digno de sus plumas dedicarle unas líneas al episodio, más allá del umbral noticioso. Los partidarios del gobierno, y eran muchos, aplaudieron. Quien contaba muchos años después esa pequeña historia la presentaba como ilustración del pragmatismo amoral que anestesiaba la sensibilidad ética colectiva de una sociedad. En aquel tiempo todo lo que tocara con las Farc bien fuera real o supuesto creaba un campo minado con respecto al cual se relativizaban las normas jurídicas, los valores éticos y religiosos y por supuesto el respeto a los derechos humanos.

El relato de Fair

Se iniciaba el año 2008 cuando se produjo la siguiente pequeña historia. El joven Fair Leonardo Torres mataba su tiempo en un parque de Soacha. Era un desempleado a quien ni siquiera se le ocurría buscar trabajo. El muchacho era analfabeta y además tenía problemas psicomotores. Un día un hombre le ofreció trabajo "bien pago". Eso sí, fuera de Bogotá. A Fair no le atraía la idea de abandonar Bogotá. Las dudas no le duraron. Aceptó seducido por el dinero que se le prometía. Al día siguiente de la conversación lo recogió un hombre joven, lo llevó a la ciudad de Ocaña y lo alojó en un pequeño hotel. Allí lo recogió un individuo que tenía el encargo de conducirlo al lugar de trabajo. En un retén falso  los retuvo la Fuerza Pública. Fair fue conducido a un paraje apartado y oscuro. Allí se le asesinó. Se lo reportó como una baja producida en el curso de un supuesto enfrentamiento de un destacamento de la fuerza pública con una peligrosa banda que operaba en la vereda La Soledad  y que extorsionaba a la población. Eso se habría sucedido dentro de la operación Soberanía. El cadáver se exhibió para las fotos. El muerto portaba aún una pistola en su mano derecha. ¡¡ Fair era zurdo!!

Esa pequeña historia era apenas una cifra de una secuencia de miles de crímenes de Estado que se había iniciado cuatro años antes y a los que se les terminaría  cubriendo bajo la denominación inadecuada de  falsos positivos. Quien reconstruía el episodio de Fair lo tomaba como un botón para ilustrar la hipótesis de que una guerra interna se descompone y envilece en proporción directa a su prolongación. Pero la degradación, añadía el narrador, no se refugiaba en el ámbito más directo de los protagonistas de ambos lados de la guerra  sino que su honda alcanzaba al conjunto de la sociedad que no acertaba a distinguir entre el desarrollo de valores legítimos con valores de muerte.

El dolor por los caminos de Colombia

Una narrativa más. En verdad resultaban innumerables. El 16 de abril de 2009 las Farc anunciaron la decisión de liberar de manera unilateral a un militar secuestrado 11 años antes. Mucha gente respiró aliviada: Otro, así sea solo uno, que regresa a la libertad, vale decir a la vida. El 16 de abril se inició un camino aún más tortuoso y de mayor angustia para el cabo Pablo Emilio Moncayo y para su familia que ya habían recorrido uno muy largo. También para los familiares de los secuestrados por las Farc  que ponían en cada liberación el corazón y la esperanza  El padre del cautivo que había visto por última vez a su hijo cuando tenía 19 años, en el 2009 el militar sobrepasaba los treinta, había recorrido a pie la geografía colombiana clamando por la liberación de su hijo. El "profe Moncayo" se convirtió en una figura nacional e internacional. Su rostro tostado por los soles y los vientos fue una de las imágenes que han quedado en la memoria que hoy guardamos del atormentado comienzo del siglo XXI en Colombia. Pero también ha sido emblema que marcó con fuego la mezquindad extrema y la insensibilidad pasmosa del Presidente Uribe Vélez frente al dolor humano y la voluntad de mucha gente que incluso apoyando al gobernante no podía hacerse cargo de su atroz tozudez.

Pero…. ¿ por qué acudir a relatos singulares, al registro de esas huellas limitadas, argumentaba el maestro, para estudiar una etapa histórica de Colombia, cuando al tiempo se articulaban relatos enormes, escándalos de dimensiones mayores? Él se justificaba su recurso expositivo en aquella idea de Plutarco según la cual la historia humana se comprende mejor en los detalles  antes que la escena de las grandes batallas. Es el mismo aserto con apoyo del cual un historiador notable  construyó su propuesta de historia indicial, el italiano Carlo Ginzburg. Había afirmado Plutarco: …. Ni es en las acciones más ruidosas en las que se manifiestan la virtud o el vicio, sino que muchas veces un hecho de un momento, un dicho agudo y una niñería ( "el gustico" M.M ) sirve más para pintar un carácter que batallas en que mueren millares de hombres, numerosos ejércitos y sitios de ciudades. (Plutarco, Vidas ParalelasAlejandro y Cesar, Edic. Aguilar, pág, 705). Cuántas historias de dolor en cada pesca milagrosa de las Farc. Qué de narrativas de crueldad encierra cada masacre de los Paras.

Los "culebrones"

Por supuesto esos relatos no llevaron al maestro a evadir las "historias agregadas" o culebrones como los llamaba, acudiendo al  término del argot de los televidentes. Tomó entonces la historia de la parapolítica. Para comienzos de mayo de 2009 llegaba a unos 98 políticos involucrados en la parapolítica: senadores, exsenadores, representantes diputados, gobernadores, alcaldes, concejales. Esos 98 dirigentes políticos habían sido involucrados por la Justicia y figuraban en etapas diversas de la investigación. Condenadosllamadoa juiciodetenidos, en indagatoriaen versión libreen indagación preliminar. En este conjunto no estaban los nombres del subconjunto de los mencionados con los cuales la lista general subía significativamente. Tales políticos en una proporción del 80 habían apoyado al Presidente Uribe en las elecciones de 2002 y 2006. En el ardor de las controversias decía el narrador pocos eran los colombianos dispuestos a mirar la más antigua gestación de la parapolítica. Bajo la era uribista se expandió esa modalidad de hacer política y en cierto modo culminó una de sus etapas pero, agregaba el narrador, ni allí se había gestado el fenómeno ni los procesos jurídicos lo agotarían.

En la campaña electoral 1977- 1978 se  había aludido por adversarios de uno de los candidatos, el liberal Turbay Ayala, a los sectores emergentes como un factor del juego proselitista. Por aquellos años avanzaba la primera de las bonanzas, la de la marimba. Había entrado por los mismos senderos del contrabando y  floreció en la costa norte del país. La economía colombiana nunca había sido sacudida por milagros. El café que por cerca de un siglo fungió como la vértebra no tuvo nada de milagroso: descansó sobre la incorporación masiva del trabajo familiar o de inversiones calculadas. A la marimba siguieron otras bonazas. Fue un regalo envenenado de los dioses a Colombia. La economía o economías subterráneas  generaron una mandrágora que alcanzó de múltiples formas a la economía formal y no ciertamente "a las malas". Banqueros, comerciantes e industriales no se detuvieron a preguntar de dónde venían ciertos capitales que pugnaban por entrar al torrente de la economía legal. Pero no fue la exclusiva responsabilidad de la gente de negocios. En las decisiones de la politica económica se reflejaba esa danza feliz de un "respetable" capitalismo salvaje: la ventanilla siniestra del Banco de la República, las frecuentes amnistías tributarias, la indiferencia frente al monto de remesas de los colombianos en el exterior, por ejemplo. 

El negocio de las drogas llegó a la guerrilla y le cambió su guerra. De contera los colonos no eran únicamente aquellos del Davis, Marquetalia, el Pato o Guayabero, es decir aquellos de los cultivos de pancoger,  sino también los raspachines.  Había llegado un momento de elección definitiva  para los revolucionarios en armas: o se paraba la guerra en aras de la política o se optaba por los recursos para ponerse en condiciones de librar una contienda que inevitablemente resultaba muy costosa. En la elección, concluyó el narrador, triunfó aquí también el pragmatismo amoral, al que ya me referí  a propósito de otro referente.

El maestro preguntaba ¿Quién medianamente sensato podría esperar que los señores de las drogas se avinieran a alimentar la economía y se resignaran a un bajo perfil social y al mutismo político?  Ese relato se entreveró con otro, el de la antigua historia de la subversión. En ese encuentro y en el matrimonio tradicional entre ganaderos, terratenientes y gamonales nació el paramilitarismo y se fortaleció la parapolítica. Era preciso convenir que una reelección del entonces Presidente Uribe Vélez fortalecería la subsiguiente profundización de esa vasta renovación del personal político vía narcopolítica pero pocos estaban dispuestos a admitir que el país necesitaba una inmersión en un análisis más profundo que el que implicaban las controversias ruidosas entre los antireeleccionistas y los personajes del primer cordón uribista de columnistas delirantes.

Solo en el cruce de muy diversas narrativas singulares y de muy diversos relatos largos podría componerse la cartografía histórica de la Colombia de la segunda mitad del siglo XX y de los primeros decenios del XXI. Esa fue la última conclusión de quien contaba esas historias muchos años después de que hubieran tenido ocurrencia.

 

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