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Gobierno y oposición en la era uribista

Escrito por Medófilo Medina
Medófilo Medina

medofilo medinaNi el Partido Liberal ni el PDA ni los “tres tenores” le están haciendo contrapeso real al uso y al abuso del poder, avalados por una clase política emergente y por la contracultura del “todo vale” ¿Hay un lugar para la oposición en Colombia?

Medófilo Medina

Democracia y desbalance

La dicotomía gobierno-oposición es un prisma excelente para observar cómo funciona un sistema político que de verdad sea democrático. En el curso de esa contraposición, el poder extrae su autoconciencia, mientras que la oposición se construye, se proyecta y se convierte en elemento insustituible y definitivo para la definición del sistema.

En los días que corren, agobiados por el exhibicionismo procaz  del poder, algunos columnistas y figuras políticas han aludido al hecho de que el presidente Uribe y el uribismo colman el espacio político nacional. Si bien tal percepción no se corresponde del todo con la realidad, sí refleja acertadamente la crucial asimetría entre la amplitud del campo de maniobra y la magnitud de los recursos de los que dispone el gobierno, y el estrecho margen de acción en el que tiene que moverse la oposición.

¡Un poder enorme y sin reatos!

Hasta unas horas antes de la votación sobre la convocatoria al referendo para la reelección en la Cámara de Representantes, la senadora y precandidata liberal Cecilia López, auguraba confiada que la coalición uribista no lograría el número de votos necesario para la aprobación. El desenlace del episodio es conocido. Un tiempo antes, algunas gentes llamaban a la respetuosa discreción frente al combate formidable que se estaría librando en el alma del presidente, entre el lado oscuro de la reelección y el principio luminoso de la alternación. A la postre resultó claro que la imagen dramática había sido apenas el pañuelo que envolvió una broma de dudoso gusto.

Curados de espantos, no cabe esperar ahora que la Corte Constitucional declare inexequible la ley que convoca al referendo que le permitirá a Uribe Vélez presentarse para una segunda reelección: El magistrado elegido para elaborar la ponencia, Humberto Sierra Porto, ya había votado a favor del acto legislativo que aprobó la constitucionalidad de la  reelección presidencial en 2005. Es conocida su posición contraria a que la Corte examine la substancia de las decisiones del Congreso y que sólo contempla la posibilidad del examen del trámite. La decisión no está tomada pero la señal es clara.

De manera atropellada ya se barajan las posibilidades de modificación del censo electoral. Juegan hipótesis escandalosas, como aquella que ajustaría el censo electoral a partir de la eliminación de los abstencionistas. Al respecto es preciso atender el llamado de atención de Gómez Buendía en Razón Pública a no perder de vista cierta cifra y el surtido de sus posibles variaciones. Lo claro e insoslayable es que la reelección va y que el presidente Uribe no está dispuesto a bajar de ese tren que avanza raudo y que para lograr el objetivo se acudirá sin vacilación a cualquier método.

La historia de la reelección en la era uribista no es prolongada pero está erizada de sobornos, compra de votos, embajadas, notarías y transfuguismo. Luce  adornada por figuras de farsa, la han hecho viable carteras ministeriales dedicadas a cruces, cada cual más edificante. Pero podremos ver cosas, cuerdas y escenas aún peores que las vistas en la parte ya corrida del espectáculo.

Mucho más que la libidus imperandi de Uribe

El carisma de Uribe y su incontrolable apetito de poder son factores de primera importancia de la etapa histórica en la que se debate Colombia. El cuadro incorpora, sin embargo otros elementos decisivos. No querría ir más allá del campo de fenómenos que cubren aquella pregunta que tanto desveló a la sociología política norteamericana en los años sesenta y setenta del siglo pasado ¿Quién gobierna? (C. Wright Mills o Robert Dahl, por ejemplo).

Es la pregunta por las élites del poder político. A finales del decenio de 1970, por los tiempos de la campaña presidencial de Turbay Ayala, se habló de los sectores emergentes, para aludir al arribo de la política de medios sociales, involucrados en el contrabando y en los primeros avances del narcotráfico. El proceso fue azaroso, dado que por momentos los narcos aún sin experiencia política quisieron ser ellos mismos protagonistas.

Pero con el correr de los años y del dinero se decantó el camino de entrelazamiento de mafias, política y violencia. El paramilitarismo y la parapolítica crecieron como por ensalmo, ayudados y justificados por una insurgencia que no se quedó corta en el ensayo de la química de sus propias combinaciones. Las viejas élites que, vía cooptación, habían controlado con cicatería  la renovación de la clase política, se encontraron desbordadas por un nuevo personal político que pasó a controlar el mercado electoral y que hoy a su turno, y también por cooptación, decide las cifras de las viejas élites que pueden jugar en el nuevo tinglado.

Una contrarrevolución cultural

Ese personal político ha llegado con su propio estilo, sus convenciones e ideas, su estética. El fin justifica los medios, la política del todo vale y el cultivo de valores de muerte se han convertido en plataforma de ese personal político. Tales "valores" se habían aclimatado en la confrontación entre grupos mafiosos y en la guerra entre el Estado y la insurgencia. La novedad de esa contrarrevolución político-cultural puede desdibujarse un tanto, en la medida en que se ha envuelto en los tejidos del autoritarismo, que ha sido una constante en la comunicación entre élites y masas en la historia de Colombia y en los pliegues de un catolicismo de modelo hispano, al tiempo acomodaticio en las costumbres y rituales, fundamentalista e intransigente en las creencias.

Y aquí nos encontramos con modelos mentales que han entrado al mundo espiritual de grandes sectores de la opinión popular, preparados para ello por un sistema educativo, formalista y normativo, débil en la fundamentación cognitiva. Desde ese punto de vista no pueden desestimarse, ni las imprecaciones contra la oligarquía sabanera ni los intentos doctrinarios que encierra el enunciado del "Estado de opinión" ni el culto a la personalidad de una "inteligencia superior " ni los esfuerzos por ensamblar una intelectualidad orgánica del uribismo.

Tales realidades, cuya profundidad no puede advertirse sino en lecturas que remitan al largo plazo o al menos al mediano, representan un desafío decisivo para el desarrollo democrático del país. Y es ahí donde gravita un manto de dudas en torno a la preparación práctica y a la disposición mental de la oposición política para asumir los retos que se le están planteando. Sí, ¡la oposición política! dado que la militar está inmersa en el conato por la sobrevivencia y comprometida en las actividades económicas que la hagan posible, como para plantearse el asunto con una mínima distancia.

¿En qué anda el Partido Liberal?

Algunas glosas a las posiciones de la oposición y a sus comportamientos, muestran que las dudas no nacen del capricho. La oposición se encuentra cautiva de un orden de precedencias: primero es necesario poner orden en casa y ya veremos. El uribismo marcha a otro ritmo y se mueve con la cabal conciencia de que cada día cuenta.

Los siete precandidatos liberales se fatigan y agotan en un combate inútil, al tiempo que en la escena surrealista, el jefe único mira hacia otro lado como si jugara en otra cancha. No faltan ideas, incluso consignas interesantes como las formuladas por Gómez Méndez, Cecilia López e Iván Marulanda, pero son campañas con un partido ausente como colectividad.

El expresidente Gaviria se ha radicalizado en sus críticas al Presidente. En reciente reportaje señaló que éste busca la reelección mediante "compra de votos", habló de las "altísimas tasas de homicidios en las grandes ciudades", de que  "va a dejar el sistema de salud quebrado" y de "gente muriendo porque el sistema de salud no funciona", "hemos vivido una terrible contrarreforma agraria", "quiere derogar la Constitución del 91" "las tarifas de energía suben a tasas inverosímiles", "la estructura tributaria que Uribe diseñó es la más injusta que ha habido en la historia de Colombia", "es un gobierno en el que hay mucha corrupción". Por vía negativa están enunciados puntos centrales para una coalición alternativa.

Pero el expresidente Gaviria se descuelga cuando habla de la perspectiva: "Vamos a valorar el gobierno Uribe: en qué está fallando y donde hay aciertos"[1]. Porque entonces ¿Cuál es la contundencia de los enunciados que acabo de citar? ¿No contienen ellos una valoración del gobierno?  Y sobre todo ¿Cuál es la perspectiva que el jefe único del partido más importante de la oposición le señala al  país?  Por otra parte, Gaviria no tiene una alternativa a la política de guerra del Presidente Uribe y si se tiene en cuenta que ésta es la pieza fundamental de la propuesta de reelección, toda la arquitectura crítica de Gaviria se agrieta.

¿En qué anda el Polo Democrático Alternativo?

Gustavo Petro construye su programa alrededor de seis puntos entre los cuales se destaca su propuesta de Seguridad Democrática. ¿Acaso las políticas y códigos que las designan no tienen su propia historia? Si de Seguridad Democrática se trata, es la primera cuenta que haría un elector, "yo apoyo a quien ya la ha promovido y realizado". Establecido tal portal, la confusión campea en la entrada del programa de Petro y se constituye en un obstáculo para el estudio del conjunto de los seis puntos que lo componen[2]. Otra vez el equívoco refleja las dificultades en la construcción de una alternativa creíble y coherente, más allá de las astucias que pueden estar presentes en la idea de morderle votación al uribismo por el camino de la apropiación de códigos ajenos, si es que sólo de nombres se trata. Es preciso abonarle al senador que ha sido de los pocos, que aún en el trance de precandidato, ha señalado con claridad la necesidad de buscar desde ya un candidato de unidad de la oposición.         

Carlos Gaviria deja la impresión de estar obsedido por las preocupaciones de conquistar la hegemonía interna en el Polo, sin que se proyecte como la figura de coincidencia en un arco de fuerzas democráticas anti-reeleccionistas. Su consigna ético-sanitaria ¡Por un país decente! parece tener dificultades para que sea la divisa en que se refleje un vasto sector del pueblo. Antes, Gaitán había tenido éxito con su consigna que apelaba a la moral: ¡Por la restauración moral de la República, a la carga¡ Fue toda una composición que incorporó al tiempo emociones e información presentes en el ambiente, que él pudo convertir en una fuerza movilizadora.  

Para el Polo se plantea con mayor fuerza y urgencia que para cualquier otro sector de la oposición  la necesidad de elaborar una posición frente al hecho insurgente en Colombia. Se trata de una concepción que no puede condensarse en declaraciones simplemente reactivas, y tampoco en la reiteración ritual del la fórmula de "una salida política negociada al conflicto interno". Hace falta un modelo realista de superación de la guerra, que sirva de fundamento de discusión en relación con el Estado, las Fuerzas Armadas, la sociedad civil y la insurgencia; y que se lance desde una posición independiente, ajena a toda pretensión de asumir la vocería de las guerrillas.

¿En qué andan "los tres tenores"?

Antanas, Peñalosa y Lucho hasta ahora han entonado arias ligeras para solaz de las "almas bellas" pero quizá el país está esperando de ellos la organización del concierto. Amerita discusión la insistencia, en la que coincide Sergio Fajardo, en fungir como los dueños del centro. El presidente Uribe y sus ideólogos han redundado en la idea de que derecha e izquierda han desaparecido y por consiguiente sólo quedó el centro. Pero en la topografía política el centro existe con relación a la izquierda y la derecha. Entonces ¿Qué significa este juego de los tenores con las ocurrencias del Presidente? ¿Por qué no acuden a las propias, ya que a cada uno de ellos se le reconoce inteligencia y preparación?

Un recuerdo inspirador para la oposición

Si bien el campo uribista hace ostentación de recursos, soberbia y arrojo, la oposición cuenta con fortalezas potenciales que actuarán si se las pone en movimiento de manera coherente. Para ello es preciso que dirigentes y partidos se hagan cargo de la seriedad de las amenazas contra la democracia que hoy se le plantean al país. Que no se trata de echar globos, lo dice el antecedente de la derrota del Presidente Uribe en el referendo que en 2003, debería aprobar la reforma política y fiscal. En aquella ocasión jugó un papel importante la "Gran Coalición Democrática" integrada por el Partido Liberal, El Polo, las centrales obreras, los maestros y otras organizaciones sociales.

En todo caso, en el balance gobierno-oposición las asimetrías pueden reversarse. Tiene sentido recordar aquella formulación de Ebehard Richter del movimiento de Médicos sin Fronteras quien con optimismo habla de "la fuerza incontenible de los débiles".

 

Notas de pie de página

[1] Reportaje de Yamit Amad. 2009. Uribe no busca un tercer periodo, sino la perpetuación en el poder. Disponible en http://www.yamidamat.com.co/Contenido/contenido.asp?Entrevista=397 (Consultado el 6 de septiembre de 2009).

[2] Polo. 2009. La izquierda democrática debe construir una política de seguridad. Disponible en  http://www.polodemocratico.net (Consultado en junio 15 a 29 de 2009, pág.7)

 

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