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Carta abierta al general Luis Mendieta

Escrito por Medófilo Medina
Medófilo Medina

medofilo medinaEn medio de la exaltación que provocó la acción militar que liberó a cuatro de los secuestrados por las FARC, se oyó una voz mesurada: la del general de la Policía, rehén de los subversivos durante doce años.

Medófilo Medina *

Bogotá, 19 de junio de 2010

Señor General:

Experimenté viva emoción el pasado domingo 13 de junio cuando los medios de comunicación informaron a Colombia y al mundo sobre el final de su ignominioso cautiverio. Ese sentimiento inundó a millones de personas que llevan como herida abierta la permanencia en las selvas de los secuestrados por las guerrillas colombianas. En feliz secuencia, pronto se confirmó la noticia de la liberación de otros tres de sus compañeros: los coroneles William Donato y Luis Enrique Murillo y el sargento Arbey Delgado.

Más que nadie, usted, general, sabe que doce años son un tiempo largo para una vida. A quien está por fuera de esa experiencia le resulta difícil representarse una cotidianidad marcada por dolorosas y paralizantes rutinas, pero a la vez obsedida por la angustiosa y omnipresente conciencia de saberse el constreñido habitante de un territorio en el que la línea que traza la frontera entre la vida y la muerte serpentea de manera incesante.

Usted y sus compañeros fueron rescatados mediante una acción militar: la operación Camaleón. En los ajetreos clínicos e institucionales y en el remolino de los reencuentros del amor y la amistad, habrá tenido usted ocasión de escuchar los juicios y comentarios de quienes celebran, sin matices, la azarosa bondad del rescate militar, pero también la opinión de quienes expresan sus temores frente a ese camino, por el riesgo innegable que corre la vida de los secuestrados. Entre las voces de estos últimos habrá reconocido las dolorosamente familiares, para usted, de algunos de sus compañeros temporales en las rudas viceversas de los pasados doce años.

Al repasar sus declaraciones, me impactaron el tono humano y el sentido de apelación reflexiva de sus referencias a quienes hasta ayer lo mantuvieron en cautiverio. Ha hablado usted sin pulsar las cuerdas del odio, y a distancia de las airadas convocatorias a la revancha. Seguramente es así porque usted no olvida a quienes han quedado atrapados en la manigua. Usted, como comandante, puede llamarlos por sus nombres, comenzando por el sargento del Ejército José Olivio Pérez quien fue secuestrado un año antes que usted, y siguiendo con Wilson Rojas Medina, José Libardo Forero, Jorge Humberto Romero, Luis Alfredo Moreno, Javier Solórzano, Robinson Salcedo, Luis Alfonso Beltrán, Salín Antonio Sanmiguel, César Augusto Lasso, Luis Arturo Arcia, Jorge Trujillo, Yesid Duarte, Álvaro Moreno, Elkin Hernández, Carlos José Duarte y Luis Alberto Erazo.

Pero también su mirada sobre el futuro del país inspira sus opiniones. Días después de su liberación, el 16 de junio, el diario El Tiempo destacó en su primera página: "General Mendieta pide no descartar el canje". El código sugiere a quienes en las cárceles purgan el delito de rebelión. A nadie se le oculta, general, el valor y la independencia de criterio que reflejan ese tipo de opiniones. Seguramente usted habrá advertido que en la campaña electoral se vetó el tema de la paz, y si se mencionó el intercambio humanitario fue para anatematizarlo. En tales condiciones sorprende y alienta la esperanza el párrafo con el que usted finalizó su entrevista: "Tiene que haber una salida política. El espacio tiene que quedar abierto, si no una puerta por lo menos una ranura. El Gobierno tiene que dejar un espacio para que los otros secuestrados recobren la libertad. Y las FARC tienen que cambiar su posición, propiciar un acuerdo político, hablar. Se tienen que dar unas condiciones, las FARC tienen que aceptar que esos hombres tienen derecho a recuperar su vida".

En el reportaje, usted ofrece sus propios indicadores del retroceso militar de las FARC en los últimos años y sin embargo señaló de manera inequívoca: "Tiene que haber una salida política". Seguramente usted sabe o presiente que la derrota de las guerrillas en Colombia nunca llegará a ser completa. Bien sabe usted que el tema no puede atribuirse a una supuesta incompetencia de las Fuerzas Armadas, sino que corresponde a las características de una guerra irregular. Y es justamente ahí donde probablemente usted ubica la necesidad de una salida política en este momento cuando los avances militares del Estado harían más realista tal alternativa. Desde luego usted ha querido tocar los elementos de racionalidad política que la dirigencia guerrillera aún puede albergar: "Y las FARC tienen que cambiar su posición, propiciar un acuerdo político, hablar".

General Mendieta, a propósito de su liberación los medios de comunicación han recordado en tono ritual los sucesivos golpes que las Fuerzas Armadas han asestado a las FARC y que han sido valorados como decisivos: bombardeo y muerte del "Negro Acacio" el 2 de septiembre de 2007; muerte en combate de "Martín Caballero", el 24 de octubre de 2007; bombardeo de un campamento de las FARC en Angostura ( Ecuador) y baja de "Raúl Reyes", marzo 1 de 2008; "Operación Jaque", 2 de julio de 2008; captura de alias Chucho, "Jefe Nacional de Milicias de las FARC", 29 de octubre de 2008: captura del "Negro Antonio", "el principal secuestrador de las FARC"[1].

A propósito del golpe de las FARC en Caquetá el 23 de mayo pasado, cuando murieron nueve infantes de marina, también se repasaron las cuentas de un rosario de muerte: cinco soldados muertos en combate con las FARC en Piendamó, el 10 de febrero de 2009; ocho soldados muertos en combates en Villanueva, Guajira, el 30 de abril de 2010; siete policías muertos en Timba, Cauca, en junio de 2009; tres muertos y dieciocho heridos en Corinto, Cauca, el 19 de julio de 2009; nueve militares muertos en Toribío, Cauca, en noviembre de 2009; secuestro y asesinato del gobernador de Caquetá, en diciembre de 2009: cinco militares muertos en combates con las FARC en Puerto Asís (Putumayo) el primero de mayo de 2010.

Esas numerosas cruces clavadas en buena parte de la geografía nacional han sido plantadas en el curso de una guerra que continúa sin tregua. Las dos curvas que ellas trazan, lo sabe usted de sobra, no dibujan los contornos de lo que alguna vez se denominó como un empate, y que hoy no puede ser esgrimido ni como amenaza ni como meta. Simplemente prologan un interminable desangre y un extravagante y cruel derroche de vidas humanas y de recursos de todo orden. Es en tal perspectiva en la que cobra cabal significado su apelación a la cordura política, que a su vez es un llamado a la reflexión de los colombianos. De otro lado, la experiencia muestra palmariamente que el tipo de conflicto como el que vive el país no se prolonga sin que al mismo tiempo ahonde de manera inevitable su degradación.

Pero es imposible, general Mendieta, separar sus palabras de su condición de general de la Policía Nacional. El con frecuencia ambiguo civilismo de nuestro establecimiento, ha impedido que la opinión pública estudie a fondo el tema de las responsabilidades políticas de las instituciones llamadas a ejercer el monopolio legítimo de la fuerza. Hace años mis búsquedas de investigador de la historia contemporánea de Colombia me llevaron al oficina-estudio del general Fernando Landazábal Reyes. Me impactaron varias de las observaciones de quien se desempeñara como Ministro de la Defensa en el gobierno de Belisario Betancur, que fueron formuladas en una de las dos entrevistas que tuve con él tres meses antes de su execrable asesinato a manos de sicarios. La primera de ellas tuvo lugar el 18 de febrero de 1998. Transcribo algunos apartes: "Siempre he dicho que la paz se hará el día que el gobierno autorice al mando militar para hacer la paz o hacer la guerra, cuando la guerrilla sepa que la paz depende del mando militar. Entonces, cuando se converse, la guerrilla sabe que el mando militar no la traiciona y que lo propuesto y aceptado se le va a cumplir". Y añadió: "Para eso está un estado mayor de las fuerzas militares que habla con la subversión. Si ésta pide diálogo, pues se oye… Hay dos situaciones muy claras: El mando militar jamás traicionará a la guerrilla y ella sabe que así será; y el Ejército sabe que lo prometido por la guerrilla se va a cumplir".

Me pareció, general Mendieta que la lógica que subyace a la afirmación según la cual quienes hacen la guerra tienen una responsabilidad política en la construcción de la paz, resulta incuestionable. Pero desde la otra orilla se pueden recoger palabras que podrían ir al encuentro de las anteriores, contenidas en la carta que el entonces comandante de las FARC, Manuel Marulanda Vélez, dirigió el 31 de marzo de 2003 a los "Señores generales de la República". El presidente Uribe respondió en forma airada a la ocurrencia epistolar de Marulanda. Este, en días posteriores, volvió sobre su carta y después de un coloquial "Más sin embargo…", anotó que "a pesar del silencio de los generales, dejo mi planteamiento de diálogo con ellos, en sus oficinas como una propuesta de solución a la problemática nacional por la que atraviesa la sociedad colombiana, para cuando lo estimen conveniente".

General Mendieta, advierto en sus declaraciones de estos días que usted es un hombre de acendradas creencias católicas. Aunque me cuento entre aquellos a quienes les fue arrebatado el don de la fe, quiero culminar mi carta con una imagen con la que intento subrayar la fuerza de sentimientos que comparten creyentes y no creyentes. En su bella y breve biografía de Juana de Arco, el gran historiador Jules Michelet describe a aquella campesina trémula que, envuelta en su timidez, no acierta a responder a los torvos jueces que la apremian con preguntas sobre las razones que la llevaron a emprender, a ella, doncella vacilante, hazañas impresionantes y a dirigir a una muchedumbre de hombres rudos. Juana solo acierta a decir: "La piedad que me produjo el Reino de Francia". Quizás a estas alturas es lo que Colombia demanda de todos: ¡Piedad!

General, bienvenido a la libertad y, esta es apenas la expresión de un deseo, a la lucha por la paz de Colombia.

 *Miembro fundador de Razón Pública. Para ver el perfil del autor, haga clic aquí. 

Nota de pie de página


[1] Recuento tomado de El Tiempo del 14 de julio de 2010.

 

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