La historia del “Desalmado”: un capítulo para la cátedra de la paz - Razón Pública
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La historia del “Desalmado”: un capítulo para la cátedra de la paz

Escrito por Medófilo Medina
Sepelio de los niños Vanegas Grimaldo, asesinados el 4 de febrero en la vereda El Cóndor.

Sepelio de los niños Vanegas Grimaldo, asesinados el 4 de febrero en la vereda El Cóndor.

Medofilo MedinaLa confesión del asesino de cuatro niños en Caquetá es la demostración de que el conflicto interno ha permeado de muchas maneras las relaciones sociales en el país. Analizarla, más allá de la indignación pasajera, es una forma de entender nuestra guerra. 

Medófilo Medina*

La indignación

Como corriente eléctrica la noticia conmocionó al país. El 4 de febrero de 2015 habían sido asesinados cuatro niños, los hermanos Vanegas Grimaldo, en la vereda El Cóndor, municipio de Florencia, en el departamento del Caquetá. Inmediatamente se desgajó la catarata de palabras que transmitían asombro, indignación y rabia, y se sintió el clamor unánime de castigo.

El presidente Juan Manuel Santos se apersonó del caso, pidió a la Policía no cejar hasta poner a los criminales en manos de la justicia. El general Rodolfo Palomino voló a Florencia para dirigir la acción y allí recibió la orden del presidente de no retornar a Bogotá hasta que se produjeran resultados.

En Florencia la gente se precipitó a las calles en manifestación de repudio al crimen, de solidaridad con la familia devastada y de vigilancia de la gestión de las autoridades. El sepelio de los menores se llevó a cabo el sábado 7 febrero y tuvo un acompañamiento multitudinario.

Los asesinos fueron capturados, pero quedaron cabos sueltos de la red a la que pertenecían. 

La alcaldesa de Florencia declaró el lunes 9 de febrero jornada cívica. Ese día arrancó en el monumento a la paz la “Marcha Blanca”, con miles de personas que mostraron su solidaridad con los niños golpeados o amenazados por la violencia.

Fueron dos semanas de una formidable catarsis humanitaria cuyos efectos simbólicos fueron saludables y cuyas consecuencias prácticas no hay que relativizar. Pero tampoco resulta fecundo para la aclimatación de la paz dejar que estos hechos se agoten en sus límites singulares.

¿Ganaron “los buenos”?

Después de dos semanas, salvo la familia Vanegas Grimaldo, todos nos refugiamos en la tibia sensación de olvido que tonifica la disposición para soportar nuevos capítulos del horror. Los asesinos fueron capturados, pero quedaron cabos sueltos de la red a la que pertenecían.

El presidente mostró sensibilidad y ganó aprobación, El general Palomino pudo retornar a Bogotá, la Policía Nacional y el INPEC obtuvieron altas notas y la justicia logró cambiar un poco la percepción de impunidad que campea en la opinión.

Quizá la ciudadanía pudo sentirse espiritualmente reconfortada por pertenecer al lado bueno que condena a la pequeñísima minoría de los malos. Los buenos, una vez más, demandaron cadena perpetua y el establecimiento de la pena de muerte, ¡como si en Colombia faltaran muertos!

La Iglesia recabó de nuevo su pretensión de superioridad moral mediante un discurso olímpico que impide que alguna vez los altos jerarcas se planteen con seriedad y alguna modestia los interrogantes que se originan en la cruda realidad de un país de los más católicos de la tierra y que sin embargo ostenta por decenios las más altas tasas de violencia y de desprecio a la vida humana. Monseñor Omar de Jesús Mejía, obispo de Florencia, Llamó a “la conversión” ¿Acaso se ha sabido antes que ¿los asesinos hayan renunciado a la fe católica? Es probable que sean hombres devotos como aquellos sicarios que en las páginas de Fernando Vallejo humedecen sus dedos en la pila del agua bendita antes de ir a matar!

Catedral Florencia Caquetá

Catedral Nuestra Señora de Lourdes en la Plaza San Francisco de Florencia, Caquetá.
Foto: Wikimedia Commons

La escalofriante historia

Poco después se conoció en la revista Semana el relato de Crístofer Chávez Cuellar, alias “el Desalmado”, quien ya antes de ser el ejecutor del crimen de los hermanos Vanegas Grimaldo había perpetrado varios homicidios. Su narración, construida con gran economía de palabras, hace difícil a quien la lea enviar el caso a los rincones del olvido o tomarlo como la manifestación de patologías individuales.

El Desalmado empieza así su relato: “El 3 de febrero a las 8:30 de la noche recibo una llamada de Jáiner, donde me dice que suba a su casa porque me tiene un trabajito. Cuando llego me presenta al muchacho Edison”. Claramente se trata de una red que hace “trabajitos”, es decir, que opera para el mercado del crimen.

En este caso, Edison le ha dicho a Crístofer “que una viejita de nombre Luzmila paga 500.000 pesos para que amedrente y desplace (énfasis añadido) a Jairo Vanegas y su familia”. Los códigos que usan son los que emergen del conflicto de tierras que ha vivido el país. Precisamente mediante la amenaza y el desplazamiento se ha llegado a las 7 millones de hectáreas despojadas o abandonadas que tenemos hoy.

Si grandes latifundistas y ganaderos acudieron al paramilitarismo, ¿por qué esperar que el pequeño pretendiente a ocupar tierras se inhiba para contratar redes a su alcance, cuando las élites económicas y políticas han demostrado que se pueden usar instrumentos criminales para la realización de sus intereses?

“Al otro día Jáiner me pasa el revólver Smith & Wesson calibre 32 con 14 tiros para que con ese fierro fuera a cometer el hecho”. Los abastecedores de las armas pertenecen a otra red de la cual Jáiner recibe dos armas, pero la investigación no identificó a los miembros que suministraron estas armas.

Los delincuentes deciden sobre la vida del otro con la facilidad con la que escogen una u otra posibilidad que les ofrece el menú del día: “Me dijo que si no los notaba asustados o no se querían ir, que los matara para que no hubiera excusa de pagarnos”.

“Antes de llegar al sitio, Chencho (Énderson Ordóñez o el Enano) y yo, ya habíamos sacado los revólveres de la moto”. Luego, Crístofer cuenta la llegada al rancho de la familia Vanegas Grimaldo, donde encuentra a Samuel (17 años), el mayor de los hermanos. Este les explica que los padres se encuentran en casa de una tía a 7 kilómetros de distancia. Obligan al joven a acompañarlos.

Tierra y crimen

Samuel grita el nombre del padre cuando llegan, pero sale Juliana, la hermana de 14 años, quien les informa que sus padres están en Florencia. Con el arma en la mano, Chencho entra y registra la casa.

A la pregunta de los niños sobre el mensaje que tenían para sus padres “Chencho les manifestó que de parte de la guerrilla necesitaban a Jairo y a su esposa para arreglar un problema de tierras (énfasis añadidos) a lo que la niña nos responde que ese problema era con vecinos que querían adueñarse de sus terrenos y que no entendía por qué a la gente mala no les decían nada”.

De nuevo la muerte ronda la tierra, con toda su complejidad laberíntica. Según la Corporación Ambiental del Caquetá, el lote de 2.000 metros cuadrados sobre el cual se cierne el apetito de la “viejita Luzmila” está ubicado en terrenos baldíos y en una zona de reserva forestal que no puede ser objeto de transacción, pero cuya ocupación es objeto de disputa entre colonos.

Además, según afirmación de Juan de Dios Vergel, director de Corpoamazonia, esa es una zona de altísimo riesgo de erosión. La alusión a la guerrilla en el mensaje letal refleja el uso del conflicto interno para abrirle paso a intereses económicos particulares.

Panorámica del municipio de Florencia en Caquetá.

Panorámica del municipio de Florencia en Caquetá.
Foto: Wikimedia Commons

Momento culminante

El clímax de la confesión empieza con una imagen bucólica: “Chencho se puso a acariciar un ternero que los niños le dijeron que era muy mansito y después de un rato, susurrándome al oído me dijo que estaba haciendo mucho frío y que como los viejos no estaban, entonces matáramos a todos los muchachos para poder cobrarle la plata a la viejita Luzmila. Él los hizo entrar y les dijo que se acostaran boca abajo”.

“Ahí los maté, empezando por el mayor porque él estaba en la orilla, pegándoles yo de un tiro a cada uno así como estaban acomodados en el suelo”. Juliana estaba en otro cuarto. “Con Chencho trajimos a la niña de 14 años, ella intentó desnudarse y me dijo que hiciera con ella lo que quisiera, pero que no la matara”.

En muchas regiones de Colombia los niños han asimilado el hecho de que son el reducto final de la violencia, y las niñas saben que su cuerpo puede ser el único recurso, la hipoteca crucial de la vida. Para Juliana no fue así. “Finalmente se acostó encima de los otros niños y al hacerlo le movió la capucha de la chaqueta al más chiquito y le tapó la cara. Chencho me dijo “mátala”, mientras empacaba el computador que tenían”.

El relato del Desalmado increpa. Es una narración que debe ser asumida con reflexión profunda y autocrítica. 

Cada piedra de la narrativa del Desalmado cae sobre la epidermis como gotas de aceite hirviendo. Como en la novela de Joseph Conrad, El corazón de las tinieblas, cuando el protagonista mira el rostro torvo de la muerte no encuentra más palabras que: “Ah, el horror, el horror”.

La confesión también traza el perfil “profesional” del héroe-sicario: “Chencho es el novio de mi hijastra Yudi, le conozco desde finales del año pasado y le dije que me ayudara en la vuelta porque él hace de todo. También quiero decir que él tiene esa habilidad de liderazgo porque estuvo en las autodefensas de los Llanos Orientales y llegó a ser uno de los hombres de confianza de Cuchillo. Me dijo que él hacía las labores de caletero, cobraba vacunas y que mataba y despedazaba personas porque muchos de sus compañeros no eran capaces de hacerlo”. Este es el retrato de un “líder”, pero también una referencia a las escuelas de la contrainsurgencia en que se formó Chencho.

Conclusión ligera

La revista Semana remata el relato con ligereza: “Ahora, tal vez el desalmado y sus cómplices pagarán por el crimen que indignó a todo un país”. Pero no se trata solo del Desalmado. Todos deberíamos decir: de te fabula narratur (de ti habla esta historia). El verdadero aludido es este país que se quedó en la indignación.

El relato del Desalmado increpa. Es una narración que debe ser asumida con reflexión profunda y autocrítica. Es una pieza formidable para pensar la paz, la tierra, las creencias y las víctimas de una guerra que se ha jugado en los campos de la violencia intensiva de las formaciones militares al tiempo que en escenarios donde campea el terror, difuso pero no menos arrasador. Una y otro confluyen en un mismo y ominoso torrente.

 

* Cofundador de Razón Pública. Para ver el perfil del autor, haga click en este enlace

 

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