Jojoy y el que le sigue: ¿sólo queda la violencia? - Razón Pública

Jojoy y el que le sigue: ¿sólo queda la violencia?

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medofilo medinaLa guerra, igual que la paz, depende de decisiones humanas y por lo tanto no es inevitable. Así lo muestra la historia reciente de Colombia, y por eso hay que darle a “la utopía de la vida” una “segunda oportunidad sobre la tierra”.

Medófilo Medina *

Del otro lado de la ventanilla

Ahí, en la página 42 de Semana, en el número del 27 de septiembre de 2010, se encuentra el lector con una composición gráfica y tipográfica muy reveladora. Es la siguiente: en la mitad superior una imagen de Alfonso Cano, en la mitad inferior un texto. Los dos campos están separados y relacionados por los grandes caracteres del titular: "El que sigue". Y en el ángulo superior derecho una pequeña foto al lado de la fórmula: "La muerte del Mono Jojoy".

La anterior composición puede tomarse como la cristalización visual de un proceso inexorable: el programa de la guerra para superar la violencia o erradicar "el terrorismo" en Colombia.

Desde el punto de vista de la mayoría de los lectores de Semana, seguramente es una forma convencional de ambientación informativa de un informe especial. Pero si la mirada se dirige a la realidad, se advierte que estamos en medio de un proceso que involucra al país y no en la contemplación del movimiento de una fila de ciudadanos que adelantan un trámite y que se mueve al ritmo de la voz cansina que reitera del otro lado de la ventanilla: ¡el siguiente!

Primera razón de la redundancia

He querido redundar sobre temas apenas tocados en mi artículo anterior de Razón Pública por dos razones.

La primera, por el impacto de las imágenes de la celebración de la vida que el mundo vivió por el rescate de los 33 mineros en Chile.

La gente, como si estuviera al frente de una pantalla planetaria, siguió durante horas el retorno de los trabajadores a la superficie. Nadie adujo que los costos que exigió el prolongado proceso de rescate hubieran sido excesivos. Todos celebraron que el derroche tecnológico hubiera permitido una culminación feliz. Quizá no se pueda hablar de una "cápsula inteligente". Pero en la construcción y manejo del artefacto se incorporaron innumerables esfuerzos inteligentes y la conjunción unánime de voluntades.

Un país entero se unió más allá de diferencias políticas e ideológicas alrededor de las vidas de gente humilde y dio a la humanidad la oportunidad de asomarse a la posibilidad de un mundo distinto del actual, agobiado por la guerra, la injusticia, la discriminación, el terror, y el desastre ambiental. ¡Un episodio de confianza en medio de la azarosa marcha actual de la contradictoria raza humana!

Segunda razón de la redundancia

La segunda razón para mover de nuevo el trillo está en el alto número de comentarios que los lectores consignaron en relación con mi anterior artículo en esta revista (La Operación "Sodoma" o el golpe "al corazón de la maldad")

No tengo pretensión alguna de respuesta. Tomo los comentarios como estímulo del debate. A ello invitan tanto quienes presentan consideraciones críticas, duras, adversas, como los que comparten con el autor sus criterios, o algunos de ellos. Inclusive ofrecen motivo de reflexión aquellos comentarios que no entran en el examen de los argumentos, o si me apremian, de los prejuicios del autor, sino que consignan una felicitación a las Fuerzas Armadas por la eliminación de un criminal.

En este caso la imprecación desecha el argumento y se usa como conjuro para fortalecer los mecanismos de auto convicción. En tal sentido el comentario resulta altamente sintomático.

Mi proposición es sencilla: afirma que cada espiral del conflicto y de la guerra debe tomarse como eslabón para buscar la salida política negociada, que al menos hay necesidad de hacerlo en el plano del análisis, y que tal ejercicio es una apuesta cognitiva razonable y, en todo caso, para un intelectual, la única decorosamente posible.

Paradoja de un país católico

No obstante los múltiples exitosos golpes militares asestados por las Fuerzas Armadas a las guerrillas, hay suficiente base empírica para afirmar que la superación definitiva del conflicto no se muestra susceptible de ser alcanzada por la unilateral prolongación de la guerra.

Para comenzar puede constatarse que entre los muchos costos que la confrontación está acumulando, el de mayor impacto negativo es el de la profundización en la mentalidad y en la sensibilidad de los colombianos de las pautas del odio, de los sentimientos de revancha y de la celebración de la muerte. Y esto ocurre en medio de una paradoja que nadie pone en duda, según la cual Colombia continúa reclamándose como uno de los países más católicos de la tierra.

No sobraría anotar que esto último es válido en relación con los creyentes, pero también para agnósticos o ateos, por cuanto la naturaleza granular de las hegemonías culturales, en este caso de la cultura religiosa, establece sus propios fueros. Y es en este aspecto de los desarrollos psicogenéticos de los procesos de violencia en Colombia donde la investigación está en un estado desesperantemente embrionario.

¿Cómo y en qué dirección se han transformado en los últimos decenios, la mentalidad, la religiosidad y en general el mundo espiritual de los colombianos, al impulso de procesos violentos y de la influencia del narcotráfico?

Es cierto, la literatura ha entrado en esos campos con narrativas apasionantes. Pero esto sólo brinda un pequeño consuelo, si al tiempo, por ejemplo, no se cruzan los datos cualitativos con el comportamiento de los índices de lectura. Son diversos los acontecimientos impactantes muy próximos a los días que vivimos y que quedaron flotando sin que se les sometiera a un análisis que trascendiera la controversia episódica. Tal silencio en las ciencias sociales no puede tomarse como casual.

La muchedumbre política

Me refiero, por ejemplo, a la marcha del 4 de febrero de 2008 contra las FARC. Fue un evento en un país en cuya historia los capítulos de la muchedumbre política, desde el Motín Bogotano de 1893 hasta la marcha citada, han tenido una reiteración sorprendente e importante. Millones de personas salieron a las calles movidas por la justa indignación provocada por las acciones atroces de las FARC. Pero esa marcha y la muy asimétrica que tuvo lugar poco después convocada desde otra matriz político- emocional, invitan a la investigación profunda en un análisis que se inscriba en procesos.

En alguna mesa redonda realizada en la Universidad de los Andes por los días de la marcha del 4 de febrero y pensando en el horizonte de acontecimientos de morfología similar en la historia de Colombia de los siglos XX y XXI, me permití hacer, palabras más, palabras menos, unas pocas anotaciones.

La persistencia de las formas de la muchedumbre política -dije en esa ocasión- se explica en un país que no ha logrado aclimatar las pautas de una cultura democrática y que carece de canales efectivos de tramitación de las demandas. Así los comportamientos espasmódicos, la salida abrupta de las tensiones es funcional históricamente, al menos dentro del clima político emocional y la reproducción cultural de una sociedad atravesada por el autoritarismo.

El genocida en mi mundo

Los paramilitares son brutales pero son defensores del establecimiento, de un orden, han actuado para afianzar un modelo de acumulación, han fomentado la más impresionante operación de cambio del personal político nacional. Sus atrocidades pueden indignar, pero no sacan de casillas a grandes sectores sociales sumidos en la obediencia.

Las guerrillas son anti sistémicas, se remiten a otro orden. Son intolerables para la gente inscrita en pautas de aceptación, pero resultan insufribles porque la gente no vive feliz en ese mundo de redes de obediencia y jerarquía. Los motivos de la propia insatisfacción individual y la incapacidad de transformar ese mundo, desemboca con angustia en esos torrentes aluviales que condenan al diferente, al desobediente y que los pueden plasmar en personajes concretos de carne y hueso.

Por supuesto suscribo el hecho de que ese diferente concreto en este caso es condenable en sus actuaciones inhumanas y descabelladas. Pero no omito la pregunta inquietante: ¿Que convierte a un genocida en una cifra de mi mundo que me lleve a cubrirlo bajo el manto del silencio o de la complicidad moral?

Recuerdo que en algún momento el senador Enrique Gómez Hurtado se preguntaba en una controversia por la TV por qué se levantaba el escándalo por la existencia de los paramilitares al tiempo que se aceptaba sin problemas la necesidad de los paramédicos.

La primera violencia

Ahora bien, si se sale del orden de los modelos mentales pero se mantiene el análisis sobre el papel del factor subjetivo en los procesos históricos, se encontrará que cada uno de los nudos de la violencia en Colombia está asociado con acciones humanas,  con decisiones políticas que hubieran podido evitarse.

"La Violencia", entendida como el proceso que vivió el país entre 1946 y comienzos de los años sesenta, se desencadenó por un designio político: la voluntad del Partido Conservador, particularmente asociada con la actividad política y retórica de Laureano Gómez, de mantenerse en el poder, siendo así que las realidades electorales no respaldaban el intento.

Ni el Partido Liberal, con su respuesta sectaria, ni el presidente Ospina Pérez, que fue débil, pudieron construir un dique de contención de la violencia. Y luego esta última se transformó en un proceso muchísimo más complejo, que no se reconoció en las motivaciones iniciales y que, por tanto, resultó mucho más difícil de estudiar y por supuesto de resolver.

 

La segunda violencia

El nuevo período de violencia que empezó en los años sesenta, reconoce en la agitación sobre las "repúblicas independientes" un elemento decisivo para su desencadenamiento.

Álvaro Gómez Hurtado, en principio, buscaba construir un movimiento de oposición a la ley de Reforma Agraria impulsada por Carlos Lleras Restrepo y pensaba que su campaña podría sumarse, en favor de Estados Unidos, al desarrollo de la guerra fría que avanzaba en el mundo.

La campaña que él echó a andar culminó en la Presidencia de Guillermo León Valencia con el ataque a la zona de colonización de Marquetalia. En tal coyuntura, las Fuerzas Armadas y el bipartidismo lograron configurar un enemigo fabricado con los ingredientes de la contrarreforma agraria y la teoría de la Defensa Nacional.

Pierre Gilhodes aludió a esa coyuntura con la fórmula: "No es exagerado concluir que en Colombia, desde el punto de vista estrictamente militar, se inventó el enemigo en forma de una respuesta continental que explica el general Ayerbe Chaux, en 1965, de regreso de la Sexta Conferencia interamericana celebrada en Lima"[1].

El cuadro del origen de la violencia contemporánea lo cierran la creación de las FARC en 1965 y la "combinación de todas las formas de lucha" que adoptó como orientación estratégica el X Congreso del Partido Comunista en 1966. La violencia actual no se reconoce en las características que ella tuvo en su etapa inicial.

La violencia es evitable

Subrayo: los procesos de violencia pasan por decisiones humanas que generan procesos impredecibles, pero que podrían ofrecer principios de solución si la sociedad ganara una mínima distancia en el análisis de los mismos. A nadie se le oculta que la violencia se nutre de intereses de los sectores económicos y políticos y corporativos que resultan beneficiados por ella. Pero no es menos cierto que esos beneficios plantean interrogantes sobre la existencia decorosa de la sociedad en su conjunto.

Al mirar diversos momentos de la historia contemporánea de Colombia se puede advertir que ciertos acuerdos evitaron la precipitación de cadenas de violencia.

  • Mientras en 1952 campeaba en el país la llamada "Violencia", en la región del Tequendama, con epicentro en Viotá, se concertó un pacto entre dirigentes comunistas y hacendados que pudo evitar la precipitación de ese proceso en una zona que por entonces era la más roja de Colombia. Luego Rojas Pinilla planeó sobre la región una ofensiva como la que su gobierno desencadenó a comienzos de 1955 sobre Sumapaz y el oriente del Tolima, que no se llevó a cabo cuando fue disuadido por hacendados conservadores con intereses en la región.
  • Otro caso emblemático fue la parábola vivida por las autodefensas y guerrillas de Juan de La Cruz Varela, quien hizo entrega de sus armas en octubre de 1953, retornó luego a la guerra ante la ofensiva de los latifundistas, y después volvió a concertar la paz bajo el gobierno de la Junta Militar, en el período en que se establecieron las instituciones del Frente Nacional.
  • ¿Qué hizo viable que Sumapaz se preservara como una región de paz por largo tiempo sin que perdiera su condición de región de lealtades políticas no bipartidistas? O, ¿qué hizo posible que las negociaciones entre el M19 y el gobierno Barco, adelantadas en 1990, concluyeran en los acuerdos de paz de 1991, que involucraron al EPL (Ejército Popular de Liberación) al MAQL (Movimiento Armado Quintín Lame) y el PRT (Partido Revolucionario de los Trabajadores) y que ese propósito coincidiera con la opinión nacional de cambiar una Constitución que llevaba 105 años de vigencia?

    Pero al mismo tiempo campea otra intrigante pregunta. ¿En qué pensaban el presidente Cesar Gaviria y su ministro del Interior Rafael Pardo cuando el 9 de diciembre de 1990, que era el mismo día de las elecciones de la Constituyente que diseñaría la nueva carta de navegación del país, ordenaron la toma de Casa Verde, sede del Secretariado de las FARC? Como en el verso de Brecht: una pregunta para cada historia.

    No en un partido de fútbol

    Quizás en el ejercicio de esa mayéutica distanciadora de preguntas y respuestas, los ciudadanos encontremos maneras más fecundas de acción que las que suponen mirar la guerra y la violencia como los espectadores tranquilos de un partido de fútbol o, peor aún, acompañar las acciones de los jugadores con el incontenible frenesí de las barras bravas.

    Si este escrito se inició con la alusión al himno a la vida en las inhóspitas soledades del Atacama, quisiera concluir con las esperanzadoras imágenes de la poética de García Márquez: "Una nueva arrasadora utopía de la vida, donde nadie pueda decidir por otros hasta la forma de morir, donde de veras sea cierto el amor y sea posible la felicidad, y donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra".

    Pero esa "segunda oportunidad" no vendrá como promesa auto cumplida sino como la función de una apuesta explícita, racional y humana.

     *Cofundador de Razón Pública. Para ver el perfil del autor, haga clic aquí. 

    Nota de pie de página


    [1] Pierre Gilhodés, "El ejército colombiano analiza la violencia", Gonzalo Sánchez y Ricardo Peñaranda (com.) Pasado y presente de la violencia en Colombia, (La Carreta, Medellín:2007)307

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