Arde Los Ángeles o el fin de la utopía urbana capitalista | Boris Salazar

Arde Los Ángeles o el fin de la utopía urbana capitalista

Compartir:

El martes 7 de enero de 2025 fuegos avivados por los potentes vientos de Santa Ana, las altas temperaturas y la sequedad ambiental se extendieron por las vecindarios suburbanos de Altadena, al noreste de Los Ángeles y de Pacific Palisades, al suroeste, destruyendo a su paso más de doce mil estructuras, devorando 68,000 km2, arrasando comunidades enteras, causando una gigantesca y no asegurable destrucción de valor económico, que ronda entre los 50 y los 100 billones de dólares, y la muerte, hasta hoy abril 9, de 30 personas.  En una región en la que temblores, sequías, incendios y terremotos han terminado haciendo parte de la vida cotidiana, los incendios de los últimos días son, sin embargo, la peor catástrofe de su historia. 

Pero no es ni una catástrofe natural, ni el resultado de la mala administración de los gobernantes demócratas, como gritan Trump y sus áulicos, ni  la acción de tenebrosos pirómanos que habrían aprovechado este enero sin lluvias para desencadenar el infierno que hoy está a punto de destruir dos de los más bellos y emblemáticos vecindarios de Los Ángeles.  

En realidad, es el resultado de la posición privilegiada de Los Ángeles como la última avanzada —física, tecnológica, estética, urbanística y capitalista— de un capitalismo global desfalleciente. Desde hace más de un siglo, Los Ángeles ha sido el laboratorio en vivo de lo que podría ser el futuro de la humanidad si siguiera la trayectoria expansiva desencadenada por la fiebre del oro y del petróleo y continuada por la combinatoria de universidades, ciencia, tecnología, fondos estatales ilimitados, industria militar, fuerza laboral no  organizada, expansión inmobiliario especulativa, y codicia ilimitada que ha caracterizado su desarrollo económico y espacial en el último siglo. 

Quienes imaginaron Los Ángeles renunciaron muy temprano a las ventajas de la densidad y de las economías de escala, tan celebradas por urbanistas y economistas, y tomaron el camino de la expansión ilimitada hacia el desierto y las montañas, localizando viviendas, servicios, manufacturas, industria automotriz, y las industrias nuclear, aeronáutica y espacial y sus proveedores, lo más lejos posible del centro administrativo. No tuvieron en cuenta ni la escasez evidente de agua, ni el carácter semi-desértico de buena parte de su territorio, ni la rica naturaleza y biodiversidad de sus montañas. Si habían conquistado el Lejano Oeste y aprendido a explotar la riqueza proveniente del oro y del petróleo, ¿por qué no podían crear la utopía suprema del capitalismo tardío? 

La utopía implicaba la localización cada vez más lejana del centro de los proyectos de vivienda para las clases medias y ricas bajo la conducción agresiva de la codicia ilimitada del capital inmobiliario especulativo. Así, como las fiebre del oro y del petróleo estuvieron conducidas por la búsqueda de ganancias extraordinarias, la fiebre inmobiliaria fue empujada por la búsqueda de las máximas ganancias especulativas basadas en el sueño de tenerlo todo al mismo tiempo, sin conflictos y sin costos: una vida idílica y rural en la más avanzada Tecnópolis del mundo. 

El desesperado viaje hacia desiertos y montañas nunca estuvo animado por la pasión de los Angelinos por la rusticidad de la vida en las fronteras, sino por la búsqueda de falsos refugios de privacidad alejados de la vida gris de los habitantes de las ciudades, como lo sugirió hace tres décadas el  gran historiador del futuro de Los Ángeles, Mike Davis. 

La interconexión entre los vecindarios de lujo que invadieron montañas y desiertos, los complejos industriales, cinematográficos y manufactureros, y de todos éstos con el centro de la “ciudad” precisó diseñar y crear el más intrincado sistema de autopistas conocido a mediados del siglo pasado. 

Millones de vehículos privados, movidos por combustibles de origen fósil, comenzaron a transitar por sus autopistas, emitiendo cantidades crecientes de carbono (CO2) y otros gases y partículas y  convirtiendo a la conurbación de Los Ángeles en una de las más contaminadas y congestionadas del planeta. 

Las malas noticias llegaron unas pocas décadas después de la mano de la ciencia interdisciplinaria del clima. Científicos que trabajaban en las universidades de Los Ángeles y de otras ciudades de California, establecieron que las emisiones de carbono y de otros gases aumentan la temperatura promedio global, generando condiciones más secas, inviernos más suaves, temporadas lluviosas más cortas, haciendo al clima más inestable, y aumentando la probabilidad de incendios espontáneos vía la coincidencia de altas temperaturas y vientos muy potentes. 

En las montañas y cerca de las playas de Malibú y Santa Mónica, las áreas quemadas hacen  más secos los microclimas, producen vegetación muerta que se convierte en madera que se hace, a su vez, combustible para extender cualquier chispa resultante de las altas temperaturas, conduciendo a incendios más prolongados y frecuentes. 

Incendios crecientes y más largos producen más gases que, a su vez, contribuyen al incremento de la temperatura global y nos llevan de regreso al punto inicial del bucle de retroalimentación positiva subyacente a los incendios que hoy siguen devorando dos vecindarios de Los Ángeles. 

¿Qué es, entonces, lo nuevo de lo que está ocurriendo hoy en Los Ángeles? Si bien es cierto que, desde la década de 1980, el número, el tamaño y la voracidad de los incendios en Los Ángeles no habían dejado de crecer, los voraces incendios iniciados el 7 de enero de 2025 ponen en cuestión la sostenibilidad de la utopía urbana de Los Ángeles.  

La utopía urbana de Los Ángeles es insostenible 

El punto crucial es que los incendios de hoy están reduciendo a cenizas la gigantesca valorización alcanzada por  propiedades y activos financieros en los procesos de acumulación de capital inmobiliario en el último siglo, desnudando la insostenibilidad económica y ecológica de los procesos de acumulación de capital basados en la depredación de la naturaleza y el uso de combustibles fósiles. 

Tanto los propietarios de las viviendas y negocios destruidos, como las compañías de seguros, están descubriendo que no es posible asegurar, a los precios que los propietarios están dispuestos a pagar, las propiedades amenazadas. Contrario a lo que supone la teoría ortodoxa de los seguros, no hay un precio que iguale la disponibilidad a pagar de los compradores con el precio mínimo al que proveerían el seguro las compañías aseguradoras. 

No se trata de un episodio más de codicia desmedida de las compañías de seguros. El precio al que están valorando el seguro contra incendios en el condado de Los Ángeles se acerca al precio correcto: aquel que cubriría el alto riesgo asociado al hecho casi cierto de que ocurran incendios de magnitud creciente, cuando coinciden temporadas de fuerte sequía, vientos potentes y alta combustión de materiales y energía fósiles en las montañas y playas de Los Ángeles.  

Las razones son claras: son regiones secas, con temporadas de lluvias cada vez más secas, en las que los vientos de altas velocidades y la vegetación interconectada y seca  facilitan los procesos de percolación del fuego a partir de eventos aleatorios como chispas o choques de líneas eléctricas debidas a los fuertes vientos. 

La naturaleza no puede responder a los efectos destructores de la toma de las montañas, bosques y playas de Los Ángeles, por parte de las más gentes más ricas de California, como lo haría un agente económico o político de libro de texto. No puede ni colocar precios, ni cobrar impuestos ni castigar las acciones violentas y dañinas de los más ricos del mundo. Tampoco puede negociar ni con los presidentes ni con los accionistas de las empresas contaminadoras que presiden sobre los procesos de acumulación de capital especulativo. 

Sólo puede dejar que los sistemas de vientos, calor, sequedad activados por la agresión sufrida sigan su curso hasta formar los infiernos que devoraron a Pacific Palisades y a Altadena-Pasadena y partes de Hurst y de Kenneth. 

¿Quién paga y quién ha pagado siempre por apagar y controlar los incendios generados por la expansión de la utopía californiana a las montañas y desiertos de Los Ángeles? Los ciudadanos pobres y de clase media que viven en la parte urbana de Los Ángeles y pagan los impuestos con los que el gobierno estatal de turno debe cubrir las cuentas derivadas de las  cada vez más costosas emergencias causadas por los habitantes más ricos y blancos de los suburbios que han invadido la zona de matorrales en las que los fuegos y su propagación son más probables. 

Los costos en almacenamiento de agua, bomberos, helicópteros, aviones, máquinas, y hasta en prisioneros estatales convertidos en bomberos de emergencia son gigantescos y lo son aún más por la escasez de agua estructural de la región de Los Ángeles. El estado de California y sus ciudadanos más pobres, que son quienes pagan impuestos, deben subsidiar el capricho cada vez más costoso de los más ricos y blancos de vivir en donde no deben vivir.  

Corresponde a los californianos, tanto a los que pagan impuestos y no agreden la naturaleza, como a los que no pagan impuestos, pero sí agreden la naturaleza, decidir si dejan que el futuro de Los Ángeles siga en manos de la codicia ciega de una acumulación desbordada de capital inmobiliario.  

Durante un siglo, Los Ángeles fue el futuro del capitalismo tardío. En ese siglo vivió en la ambigüedad de ser utopía o distopía. Como lo anunció Mike Davis en su profético clásico, La ciudad del cuarzo: excavando el futuro en in Los Angeles, terminó siendo lo segundo: una distopía arrasada hasta las cenizas por el fuego proveniente de una acumulación de capital soñada para no tener límites.  

Encontró, sin embargo, un límite en una naturaleza a la que nunca tuvo en cuenta en su relato de exceso y acumulación. Aun así, es apenas justo reconocer que, como en toda epopeya posmoderna, escribió su propio final. Sólo que lo escribió en fuego, de acuerdo a las leyes del mundo natural que nunca reconoció. 

Acerca del autor

Boris Salazar
borissalazar@razonpublica.org.co | + posts

* Profesor del Departamento de Economía de la Universidad del Valle.

0 comentarios

Boris Salazar

Escrito por:

Boris Salazar

* Profesor del Departamento de Economía de la Universidad del Valle.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

últimos artículos

COLUMNA DE OPINIÓN

Populismo, la ira de los que se autodenominan los salvadores

COLUMNA DE OPINIÓN

Reflexiones sobre Rumichaca: Aranceles, Tinto, y Pan de Maíz

COLUMNA DE OPINIÓN

LA VACA DE LLORENTE. EL REGIONALISMO COMO FACTOR DE DESINSTITUCIONALIZACIÓN

COLUMNA DE OPINIÓN

El populismo del M-19, el neopopulismo de Gustavo Petro, sus contradicciones y su deriva en un eventual gobierno de Iván Cepeda

ISSN 2145-0439

Razonpublica.com se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 3.0 Unported. Basada en una obra en razonpublica.com.

Click to listen highlighted text!