
Destituir a Petro: ¿un favor para la izquierda?
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La decisión del procurador con respecto al alcalde de Bogotá cambió el panorama político. Y a la izquierda, comenzando por Petro, se le han abierto nuevas oportunidades y nuevos desafíos.

Ciudadanos apoyan al alcalde en la Plaza de Bolívar. Foto: Alexis López – SDIS
Todo por el poder
Gustavo Petro fue destituido de la Alcaldía de Bogotá y despojado de sus derechos políticos por un procurador que él ayudó a elegir en contravía de la opinión de su partido de entonces.
Este apoyo lo dio en nombre del respeto a la diferencia y a la libertad de ideas. Creyó que Ordóñez –como lo siguen creyendo la mayoría de sus críticos— era un hombre de ideas, una especie de Savoranola o Torquemada ingenuo, perdido en la selva oportunista de la política colombina.
Pero Ordóñez no es un hombre de ideas. Ni siquiera es un moralista iluso o un reaccionario recalcitrante que quisiera convertir a Colombia en una República Mariana. Las ideas que sus ingenuos críticos disfrutan destrozar, en inútiles ejercicios retóricos, no son más que argucias tácticas en su implacable estrategia de poder.
Aprovechando las grietas en el diseño del control administrativo en Colombia, y la debilidad de la protesta ciudadana y del debate público, Ordóñez disfruta hoy de un poder que limita con lo imperial
La imagen del fiscal tratando de discutir sobre temas de paz y justicia con quien ya actuaba como la suprema autoridad del Estado es un espectáculo que camina sobre la cuerda floja de la tragicomedia. El procurador, por supuesto, no estaba interesado en esa ocasión en discutir, sino en lanzar un ultimátum al presidente Santos, exhibir su figura imperial y advertir a los colombianos que casi nada fundamental puede hacerse sin su aprobación.
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Su único y verdadero objetivo es el poder. Quizás no hay en Colombia ningún otro político con una voluntad de poder tan temible y total. Y con seguridad no hay ninguno con el poder ilimitado que hoy detenta.
Aprovechando las grietas en el diseño del control administrativo en Colombia, y la debilidad de la protesta ciudadana y del debate público, Ordóñez disfruta hoy de un poder que limita con lo imperial
Su poder como máxima autoridad del control de lo público traspasó hace tiempo las fronteras legales para pasar al terreno de la vida o la muerte. Ante él, los ciudadanos están desnudos y sin protección alguna, como ocurre en los regímenes donde el líder alcanza el poder máximo y todo ocurre en un estado de excepción. Es él quien decide quién vive y quién muere en la política colombiana.
Si antes la derecha tenía que armar pájaros, sicarios, chulavitas, paramilitares y otras especies de asesinos, hoy basta con una resolución de la Procuraduría para eliminar de la política a sus adversarios potenciales o reales. Piedad Córdoba, Alonso Salazar y ahora Gustavo Petro hacen parte de la lista de políticos que Ordóñez sacó de la política a golpe de resoluciones.
Las razones parecen no importar, pues ¿qué proporcionalidad puede haber entre la forma equívoca (si así lo fue) en que Petro manejó el arreglo de la recolección de basura y su inhabilitación política por quince años?
El procurador dice que el alcalde violó los principios de la libre empresa y competencia, cuando lo que había antes de Petro en un mercado oligopólico que estaba manejado por cuatro empresas. Algo bien distinto a la libre empresa y competencia que Ordóñez aduce en su fallo.
![]() El Alcalde Mayor de Bogotá Gustavo Petro, con la candidata presidencial Aida Abella. Foto: Andrés Monroy Gómez – El Turbión |
Volver a la izquierda
No era casual que en el palco del Palacio de Liévano en la noche del lunes 9, Aída Abella –sobreviviente de un atentado que casi acaba con su vida en los tiempos en que la derecha colombiana eliminó a la UP— estuviera al lado de un Petro que enfrentaba su muerte política, y regresaba a un discurso de izquierda que había evitado durante años.
Es probable que de no haber ocurrido el fallo en su contra, Petro no hubiera invitado a la dirigente de la UP, ni hubiera convocado a organizaciones y partidos de izquierda y democráticos a sumarse a la movilización que despuntaban en la noche bogotana. Pero la bomba anunciada del procurador cambió todo.
Quizás un poco tarde Petro entendió que el conflicto con el procurador no podía ser resuelto ni en plano de las ideas, ni en el respeto por la diferencia, sino en el terreno de la lucha política. Para ello, debió recordar una larga historia que empezó, tal vez, con el asesinato de Gaitán -también destituido de la Alcaldía de Bogotá- y pasaba por la violencia de los años 50 y 60, el robo electoral de 1970, la represión a sangre y fuego del M-19, y la larga violencia paramilitar.
Una política bañada en sangre y guiada por el principio básico del antagonismo amigo/enemigo. Este descubrimiento no implica volver a las armas, sino saber que en la situación colombiana de hoy están emergiendo dos grandes bloques que determinarán la suerte de la nación: los que aún aspiran a una paz con igualdad y justicia y los que quieren continuar la guerra que les ha dado todo el poder que no podían soñar en un ambiente democrático.
Quizás un poco tarde Petro entendió que el conflicto con el procurador no podía ser resuelto ni en plano de las ideas, ni en el respeto por la diferencia, sino en el terreno de la lucha política.
Y aunque Petro estaba llamando a la defensa del mandato popular que lo eligió, su discurso fue más allá de la pura defensa de su proyecto, vislumbrando la posibilidad de la emergencia de una izquierda que, actuando más allá de la pura lógica electoral, tomara en serio la defensa de la paz, la democracia y la igualdad.
Algo que solo es posible con la movilización popular, como la que sucedió en la plaza de Bolívar en la noche del lunes: una multitud que estaba dispuesta a defender su decisión electoral y el proyecto urbano de la Bogotá Humana.
Además, Petro entendió el mensaje que enviaba el procurador a La Habana: nunca habrá ni reconciliación ni reintegración a la vida ciudadana y mucho menos derechos políticos para los antiguos alzados en armas. Un trabajo de años, y la suerte del país, pueden venirse abajo en los segundos que requiere al procurador firmar sus fallos.
Quizás por la rapidez de los acontecimientos, Petro llamó a la movilización del lunes el inicio del movimiento de los “indignados” en Colombia, y a la plaza de Bolívar, la plaza Tahrir del renacer de la izquierda y la movilización ciudadana en Colombia.
La destitución e inhabilitación política de Petro lo forzaron a reencontrar su identidad política perdida y a promover lo que desde hace tiempo debió haber sido intentado contra el poder ilimitado del procurador: la lucha política y la movilización popular.
Es muy probable que no lo sean y que tomen caminos distintos. Por una razón al menos: el antagonismo político en Colombia es mucho más claro que el ocurrido en Wall Street, en España o en el propio Egipto.
La destitución e inhabilitación política de Petro lo forzaron a reencontrar su identidad política perdida y a promover lo que desde hace tiempo debió haber sido intentado contra el poder ilimitado del procurador: la lucha política y la movilización popular.
*Profesor del Departamento de Economía de la Universidad del Valle.
Acerca del autor
Boris Salazar
* Profesor del Departamento de Economía de la Universidad del Valle.
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