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El caso Arias: caudillo hay uno solo

Escrito por Boris Salazar
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De candidato presidencial a prófugo de la justicia. Más allá de los argumentos y vericuetos judiciales, están las marcas de un proyecto y un estilo político que se saltan los límites hasta devorar sus propios hijos. Andrés Felipe Arias era el hijo consentido.

Boris Salazar*

El hecho decisivo

Si Álvaro Uribe no hubiera sido elegido presidente en 2002, el destino de Andrés Felipe Arias habría sido el de un economista joven y brillante, con un doctorado de la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA): habría sido reclutado por la tecnocracia internacional, después de algunos años de servicio en el Ministerio de Hacienda o en el Departamento Nacional de Planeación (DNP).

Pero Uribe fue elegido presidente por una amplia mayoría y el destino de Arias cambió de modo irrevocable. En vez de ser otro tecnócrata en Washington, Arias fue ungido como el sucesor potencial de Uribe en la Presidencia de Colombia. Después de perder por unos  votos la nominación del Partido Conservador, y de un largo proceso judicial a raíz de su gestión como ministro de Agricultura, Arias dejó de ser  “la versión mejorada” del ex presidente, como lo dijo el propio Uribe, para convertirse en un prófugo de la justicia en búsqueda de asilo en Estados Unidos.

El juego donde todo le estaba permitido al caudillo, incluso estar por encima de la ley, sólo podía – y puede – ser jugado por un jugador: el caudillo. 

Las claves del drama del joven promisorio que en sólo cinco años pasó de héroe a villano pueden hallarse en las reglas del juego político que Uribe impuso en sus ochos años de gobierno: él y sus seguidores aspiraron a consolidar un régimen uribista que duraría varias décadas. Cuando la segunda reelección no fue aprobada, quedó abierta la lucha por la sucesión y el destino de Arias tomó el rumbo que todos conocemos.

Entre todos los aspirantes, Arias era el más cercano al caudillo: con rasgos físicos similares, y con un estilo político directo, agresivo y despiadado, propio de la lógica implacable de la oposición amigo/enemigo, el joven ex ministro parecía ser el sucesor elegido por el destino. Todo parecía estar a su favor. A su lado el ministro de Defensa Juan Manuel Santos parecía una caricatura desabrida y oportunista del líder máximo.

Pero la historia habría de confirmar una vez más que en ningún movimiento caudillista hay sucesión: Uribe sólo hay uno, y es él quien debía librar todas las batallas, hasta la victoria o la derrota fina.

El juego donde todo le estaba permitido al caudillo, incluso estar por encima de la ley, sólo podía – y puede – ser jugado por un jugador: el caudillo.

Arias creyó, con ingenuidad, que la posición del caudillo podía duplicarse y que él, como Uribe, podía estar por encima de la ley. Peor aún: creyó que podía estar por encima de los ataques de sus enemigos, tal como el caudillo lo había estado, y sigue estándolo, a pesar de todos los intentos que han sido realizados en su contra.


El Ex-presidente Uribe acompañado de Andrés
Felipe Arias, Juan Manuel Santos y Francisco
Santos.
Foto: Archivo Presidencia de la República

Amor a primera vista

Arias conoció a Uribe en el Club Campestre de Medellín en 2000 y desde entonces  tuvieron comunicación permanente por correo electrónico, hasta que Arias fue nombrado, en el primer gobierno de Uribe, director de Macroeconomía del Ministerio de Hacienda y Crédito Público. Al poco tiempo era claro para todos que Arias y el ministro de Hacienda, Alberto Carrasquilla, no cabían en el mismo ministerio.

Entonces Uribe envió a Arias al vice-ministerio de Agricultura. La historia se repitió, pero esta vez a favor de Arias: el joven promisorio fue promovido a ministro y Carlos Gustavo Sanz debió abandonar su cargo.

En el Ministerio de Agricultura siguió la política que dictaban sus convicciones: aumentar la competitividad del campo colombiano, mejorar el aseguramiento de los productores frente a todo tipo de riesgo (entre ellos la amenaza “terrorista”), y promover condiciones óptimas para la inversión en el sector agrícola. Su política encajaba a la perfección con la estrategia de guerra del gobierno de Uribe: la derrota militar de las FARC garantizaría las condiciones para que los productores más eficientes, y más grandes, dominaran el campo colombiano y la inversión nacional y extranjera alcanzara niveles no logrados hasta entonces.

En la búsqueda de esos objetivos, Arias aplicó la formación ortodoxa que recibió de la  UCLA: disciplina del equilibrio, mercados para todas las contingencias, seguros para los riesgos conocidos, cambio tecnológico. Era el descenso de la buena nueva de los mercados eficientes y el ciclo real de los negocios sobre el mundo maltrecho, por la guerra y la ineficiencia, del sector agrícola colombiano.

Arias, el apóstol del Uribismo, convertía en parte de este mundo al misterioso principio de la “confianza inversionista”, en el sector más golpeado por la guerra y más cercano, en términos sentimentales y simbólicos, a las creencias profundas del caudillo.

¿Podría pensarse en combinación más perfecta entre la técnica más depurada y el pensamiento político más radical? ¿Quién podría estar mejor equipado para suceder al caudillo? ¿Quién podía evocar, con su pura presencia física, la imagen del caudillo que no podía ser reelegido por un tecnicismo legal?


El Ex-presidente Álvaro Uribe, rodeado por su escolta.
Foto: Gustavo Moya

Agro ingreso seguro

Al revés de lo que muchos piensan, Agro Ingreso Seguro (AIS) no era un programa corrupto, diseñado por unos cuantos tecnócratas venales para favorecer a los más ricos.

AIS era la estrategia principal del gobierno de Uribe para desarrollar el sector agropecuario. Estaba “destinado a proteger los ingresos de los productores que resulten afectados, ante las distorsiones derivadas de los mercados externos y a mejorar la competitividad de todo el sector agropecuario nacional, con ocasión de la internacionalización de la economía”, como  dice la Pero era obvio también que sólo los empresarios más grandes, con más acceso al capital,  a las tecnologías modernas, y con mayor probabilidad de llenar los requisitos exigidos por la ley, podían aprovechar los recursos del programa. La evaluación de AIS, realizada en 2012, encontró que eso era lo que había ocurrido: para los pequeños productores no cayeron los costos de producción, ni aumentaron los niveles de inversión ni los ingresos netos. La asistencia técnica sólo fue efectiva para los productores grandes y para algunas empresas pequeñas y medianas. Tampoco mejoraron sus expectativas. En conjunto, un programa dirigido a los grandes productores agrícolas sólo los favoreció a ellos. Sus efectos fueron tan limitados como sus objetivos.

El Ministerio fue negligente en la adjudicación y ejecución de los subsidios y permitió que todo lo ocurrido ocurriera sin mayores obstáculos. Una conveniente división del trabajo parecía justificarlo todo: el Instituto Interamericano de Cooperación para la Agricultura (IICA) habría sido el único culpable de negligencia, mientras que los altos funcionarios del Ministerio aparecían por encima del bien y del mal.

Arias, además, no advirtió que la tecnología política colombiana, donde el verdadero Uribe es el maestro absoluto, puede ser una trampa mortal para un principiante con ambiciones desmedidas. Durante su campaña se dejó filmar con el después destituido gobernador del Valle, Juan Carlos Abadía, en una propiedad de un socio del  difunto capo del narcotráfico, Wílber Varela, en la calurosa tierra de Rozo, en un sancocho con alcaldes, cuando era pre candidato del partido Conservador. Lo que siguió ya es historia.

¿Podría pensarse en combinación más perfecta entre la técnica más depurada y el pensamiento político más radical?

En el juego político inventado por Uribe, y refrendado por millones de colombianos, Arias es una anécdota menor: el joven brillante y ambicioso que alguna vez soñó con suceder al líder máximo, y para lograrlo hizo lo que hacen todos los políticos colombianos –con costos legales  muy superiores.

* Profesor del Departamento de Economía de la Universidad del Valle.

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