Elecciones en Brasil: ¿Habrá vida después de Lula? - Razón Pública
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Elecciones en Brasil: ¿Habrá vida después de Lula?

Escrito por Boris Salazar

Boris SalazarLula descubrió a los pobres. Por eso ganará su candidata pero también por eso se banalizó la campaña. Un análisis refrescante de las elecciones en el país vecino.

Boris Salazar*

El ausente

Aunque Luiz Ignacio Lula da Silva, Lula, no es candidato en estas elecciones presidenciales, todo conspiró para convertir la campaña en un enfrentamiento imaginario entre el más popular de los presidentes que el Brasil haya tenido en toda su historia y un candidato opositor inexistente.

José Serra,  candidato de una oposición que no ha podido encontrar su camino, ni siquiera ha intentado enfrentarlo. Por el contrario, siguiendo quizás los consejos de sus asesores políticos con doctorados anglosajones, ha intentado proponer las políticas más parecidas a las del gobierno de Lula, tomando modesta distancia en las cantidades: un mes adicional de Bolsa Familia, y de pensión de retiro para los jubilados, y un salario mínimo de 600 reales. Lula -estadista responsable- respondió con la pregunta obvia: ¿De dónde sacaría un eventual Serra presidente el dinero para pagar por estos regalos electorales? Aumentando el déficit y la deuda, por supuesto. En una extraña inversión del mundo, el antiguo tornero mecánico, y líder obrero, terminó dándole lecciones de responsabilidad fiscal  a un político neoliberal de Sao Paulo, a cuya diestra se sienta el antiguo presidente y único rival de Lula en el panteón de los grandes estadistas brasileros, Fernando Henrique Cardoso.

Más de lo mismo

La candidata del PT (partido de los Trabajadores del Brasil, creado por Lula), Dilma Roussef, no pretende reemplazar a Lula. Sólo continuar su obra, hasta dónde ello sea posible. El lema de su campaña lo dice todo: "Para que Brasil no deje de cambiar". Es decir, para que no abandone el camino trazado por Lula en los últimos ocho años. La letra menuda de sus promesas electorales está también definida por las cantidades: pobreza absoluta cero, más hospitales, más unidades de atención de emergencia, más educación, menos impuestos a la inversión y a las nóminas, más cárceles, más guardias en las fronteras para detener el flujo de drogas ilegales y de armas.

Desde una perspectiva más estructural, promete una reforma tributaria y una reforma política. La primera para asegurar el flujo de capital necesario para mantener el crecimiento de los últimos años. La segunda para fortalecer los partidos políticos y tratar de imponer la financiación pública de las campañas. En conjunto, cambios menores sobre una trayectoria que ha logrado lo que antes era considerado como la esquiva cuadratura del círculo: crecer con redistribución del ingreso. Como lo dice ella misma, con realismo, se trata de seguir el "rumbo correcto" de los dos gobierno de Lula.  

El descubrimiento de los pobres

La clave del éxito de Lula ha sido el descubrimiento de los pobres como fuerza política decisiva. En un país con una de las mayores desigualdades de un subcontinente muy desigual, como lo es Sur América, disminuir la desigualdad suponía no sólo integrar millones de personas al empleo, a los mercados y a la seguridad social, sino acercarlos a la política después de décadas de exclusión y de miseria. El programa Fome Zero (Hambre Cero), la Bolsa Familia, el aumento del salario mínimo, la extensión de la seguridad social a los trabajadores del campo, la ampliación de la educación superior, y la generación de las condiciones para sostener el crecimiento de la economía con aumento de la demanda y del gasto social, configuraron no sólo una nueva situación económica, sino política: los pobres,  que son la mayor parte de la población del país, entraron de lleno a la política de la mano de Lula.

Los números han impuesto su dictadura electoral: los pobres, que son más, y ahora son menos pobres que antes, votan mayoritariamente por Lula. Más que el pasado obrerista y sindical de Lula, lo que más hiere en lo profundo los sentimientos de la derecha brasileña tradicional ha sido el insuperable impacto electoral de los pobres que ya no son tan pobres: Son muchos más y no hay forma de cambiarlo en el futuro próximo.

¿Cuáles pobres?

Pero el PT no es Lula. Y la inmensa popularidad del presidente, su éxito incluso en el mundo del empresariado brasilero, no es transferible ni al partido ni a su candidata. De hecho, como lo planteaba en una entrevista reciente la economista Maria da Conceiçao Tavares, el partido olvidó renovar su relación con las masas populares porque todo quedó en manos de Lula y su indudable carisma y capacidad política.

La dirigencia del PT, proveniente de las clases medias urbanas y del proletariado tradicional, conoce muy poco los cambios ocurridos en su proletariado y en la enorme masa de trabajadores de los servicios y de cuenta propia que conforman la mayoría de la población trabajadora, y no tiene por tanto ninguna estrategia para enfrentarlos.

La expansión de las religiones protestantes está cambiando de forma acelerada el imaginario, las creencias y las opiniones de los brasileros más  pobres. Hasta ahora, gracias a Lula, ese fenómeno no ha tomado una expresión política de derecha, pero podría hacerlo en el futuro, tal como ha ocurrido en otros países.

Dilma no es Lula

Tampoco es un secreto para nadie que la candidata está muy lejos de poseer el carisma, la habilidad política y la intuición que distinguen a Lula como un político fuera de serie. Peor: amigos y enemigos reconocen en Dilma Rousseff una falta casi absoluta de carisma y le conceden una capacidad administrativa aceptable.

  • El ex presidente Cardoso la ha llamado fantoche y la ha acusado de representar lo peor de la sociedad brasilera (ex militante de un grupo armado, izquierdista, lulista).
  • La izquierda no la considera uno de los suyos y la ve, en palabras de José Arbex Jr., "más como una rehén de las fuerzas que están apoyando a Lula que de Lula".

Es evidente que no tendrá la absoluta libertad de maniobra que Lula consiguió gracias a su genio político y a su control del PT. De ganar, Rousseff tendrá que enfrentar las cuentas de cobro de sus aliados y el apoyo difícil de la maquinaria del PT-de la que sólo ha hecho parte desde 2002.

Estabilidad y banalización

La estabilidad económica y social lograda por los dos gobiernos de Lula se refleja en la banalidad que domina a la presente campaña electoral. Con la incertidumbre política en un mínimo histórico, los dos candidatos no han tenido otra opción que intentar parecerse lo más posible al actual mandatario y cortejar a los votantes con un poco más de lo mismo que nadie quiere perder -ni empresarios, ni multinacionales, ni clases medias, ni pobres. Por eso, las diferencias de las que vive toda campaña binaria han sido desplazadas al terreno resbaladizo de la manipulación mediática y judicial.

Siguiendo el viejo libreto de Watergate, la campaña de Serra ha tratado de encontrar el arma humeante (smoking gun) para probar, de una vez y para siempre, la conducta ilegal de la campaña de Dilma y del PT. No lo ha logrado.

  • Empezaron con las acusaciones normales de participación indebida en política contra Lula.
  • Continuaron con el descubrimiento de unos pagos que alguien conectado, a través de varios pasos, a la campaña de Dilma habría hecho para conseguir en forma ilegal unos documentos tributarios de una hija del candidato Serra. Después de mucho buscar encontraron a un mensajero que habría sido contratado por el periodista Amaury Ribeiro Jr. para conseguir documentos referentes a familiares y aliados de Serra. Después de ser acusado de cuatro delitos, Ribeiro negó todos los cargos y contraatacó ligando a dos ministros del gobierno de Cardoso, y asesores de Serra durante su intento fallido de llegar a la presidencia en 2002, de haber manejado cuentas en el exterior con dineros provenientes de las privatizaciones realizadas en ese gobierno. En este momento ni hay arma humeante ni está asegurada la probidad de los ministros de Cardoso y de la campaña de Serra.
  • Luego vino el intento de destruir legalmente a la candidata por su participación en la lucha armada contra la dictadura militar en los años setenta. Como es bien conocido, Rousseff estuvo presa y fue torturada por el régimen militar. La Folhia de Sao Paulo, principal diario de oposición, pidió el prontuario judicial de la entonces militante radical para probar, quizás, la ilegitimidad de sus aspiraciones políticas. Resultaba por lo menos extraño que un periódico tan poco inclinado a estudiar los desmanes y las torturas de la dictadura, estuviera de pronto tan interesado en el caso judicial de Dilma Rousseff -y no precisamente por motivaciones de respeto a los derechos humanos. Contrario a sus deseos, no han recibido hasta ahora el expediente judicial que ahorraría a los brasileros el viaje hasta las urnas el domingo próximo.

No mientas para ganar

El último episodio es el más espectacular de todos. Involucra todos los elementos que cuenta en la política de las emociones: acción en directo, agresión, verdad, mentira, honestidad.

El 22 de octubre, José Serra se encontraba haciendo campaña en Río de Janeiro, cuando su grupo coincidió con otro de activistas del PT. Siguió un enfrentamiento verbal y el candidato, protegido por su guardaespaldas, se retiró a un almacén. La versión oficial del Noticiero Nacional de Globo, de la Folhia de Sao Paulo y del reportero Ítalo Nogueira fue que el candidato había sido golpeado en la cabeza  por un objeto contundente, herido de cierta gravedad y transportado a un hospital para los exámenes y cuidados de rigor. Pero lo que las mismas escenas de Globo sólo mostraban una bolita de papel que tocaba la cabeza de Serra.

Ante la dificultad de mantener la información, la dirección del Noticiero decidió mostrar otra secuencia de escenas donde al parecer otro objeto, no la bolita de papel, golpeaba a Serra en la cabeza. Pero los telespectadores no pudimos ver el nuevo objeto, a pesar de los esfuerzos realizados, y como lo mostrara unas horas más tarde el profesor de periodismo gráfico, José Antonio Meira de Rocha, la repetición, cuadro por cuadro, de la filmación digital no permitía ver ningún objeto golpeando al candidato en la cabeza. Sólo dejaban ver que luego de recibir una llamada en su celular, Serra se llevaba la mano a la cabeza y se montaba a un microbús que lo esperaba a unos pocos metros.

La búsqueda del objeto inexistente consumió casi dos minutos del Noticiero Nacional, haciendo pensar en la repetición tragicómica de la famosa filmación aficionada del asesinato de Kennedy: 120 segundos que habrían podido develar el secreto del magnicidio. Con la diferencia de que en Rio no hubo crimen ni habrá presidente.

El presidente llegó más tarde: después de llamar "mentira" la historia de Serra, Lula lo comparó a Rojas, un arquero chileno que un partido en el Maracaná se hizo un pequeño corte en la frente y alegó que había sido golpeado por un objeto lanzado desde las tribunas. El fútbol es cosa seria -la más seria de todas- en Brasil, y tratar de ganar sin jugar y, sobre todo sin jugar bien, es la más despreciable de las conductas. La mentira de la bola de papel le costó a Serra cuatro puntos en las encuestas posteriores al incidente, terminando 16 puntos por debajo de Dilma en intención de voto. 

Más allá de quién llamó a Serra, y de cuán independiente sea frente a los consejos telefónicos de sus asesores mediáticos, el incidente refleja muy bien la tensión central de esta campaña y de la situación política del Brasil: una metáfora de Lula vale más que muchos minutos de juegos mediáticos de un candidato al borde de la desesperación. El juego de la verdad, tan propio de la política de las emociones, terminó muy mal para Serra.  

Los votos de Marina

Los veinte millones de votos que Marina Silva, la candidata del Partido Verde, obtuviera en la primera vuelta de las elecciones presidenciales le habrían dado el incómodo poder de decidir quién podría ser el próximo presidente de los brasileros. Pero Marina decidió no decidir. En lugar de ordenar a sus electores que votaran por alguno de los dos candidatos, les dio libertad para votar por el candidato de sus preferencias. Su decisión ha sido duramente criticada, entre otros, por politólogos que encuentran en esta indecisión una atroz falta de liderazgo de la candidata del Partido Verde.  

Sin embargo, la aparente indecisión de Marina es quizás la única decisión sensata que podía tomar en ese momento. Además del respeto al programa defendido y al libre albedrío de sus electores, Marina sabía que buena parte de los votos recibidos no venían del Partido Verde, sino de millones de brasileros que protestaron contra la falta de alternativas que implicaba una elección reducida a los dos candidatos más fuertes. No tenía mucho sentido endosar unos votos que no pertenecían al Partido Verde a un candidato, o una candidata, que muchos de esos votantes habían rechazado al votar por ella.  

En segundo lugar, las elecciones presidenciales, sobre todo en las segundas vueltas, no dependen de alianzas políticas de última hora. A diferencia de las elecciones locales, donde es posible cerrar alianzas alrededor de puntos muy concretos, las presidenciales son las elecciones más cercanas al voto de opinión en el sentido menos metafísico de la expresión. Ordenar a sus electores votar por uno de los candidatos implica arriesgar todo el prestigio ganado en un juego en el que hay muy poco para ganar. Para Marina Silva era mucho mejor mantener el respeto de sus 20 millones de votos y la posibilidad abierta de ser candidata y hasta presidente -si Lula no se presenta- en las elecciones de 2014.

Con una ventaja adicional a su favor: es la única política brasilera que ha tomado en serio, dentro de las limitaciones propias de la política electoral, el problema ambiental que coloca al Brasil en el centro del huracán en su doble condición de mayor reserva ecológica del planeta y mayor destructor de la Selva Amazónica -vía el desarrollo extremo de su agricultura comercial.

Las coaliciones

Lo más probable es que las alianzas de la primera vuelta se preserven en la segunda, con deslizamientos hacia Dilma de votantes que castigaron al PT votando por Marina en la primera vuelta, y definiendo la contienda a su favor.

  • En el apoyo a Dilma se mantendrán el PMdB (Partido Democrático Brasileiro), el PC de B (Partido Comunista del Brasil), y el tradicional PDT (Partido Democrático del Trabajo) de origen Varguista (por el antiguo presidente Getulio Vargas) y, por supuesto, el PT de Lula.
  • Serra contará con el apoyo de su partido, el PSdB (Partido Social Demócrata del Brasil), el partido Demócrata, el PTB (Partido de los Trabajadores del Brasil) y el PPS (Partido Popular Socialista, una escisión del PC del Brasil).

¿Habrá cambios?

Ni Dilma ni Serra, de ganar, cambiarán, en lo fundamental,  ni la economía ni el manejo de lo social ni la política brasilera en los próximos cuatro años. Podría cambiar, en cambio, el contexto económico mundial en el que Brasil debe moverse, poniendo a prueba al ganador en difícil terreno de lo desconocido. A pesar del notorio optimismo de casi todos, no es improbable que el crecimiento económico logrado en los últimos ocho años no pueda mantenerse  al mismo  ritmo en el futuro. La situación crítica de Europa, y la incapacidad de Estados Unidos para salir del todo de la crisis, no dejan de plantearlo como un futuro posible entre los muchos futuros optimistas que predominan en el Brasil. En ese caso, quién gane deberá enfrentar una situación inédita, para la que quizás ninguno esté preparado. Cómo lo haga resultará decisivo para Brasil y para el continente.  
 

* Escritor, profesor del departamento de Economía de la Universidad del Valle. Su último libro, escrito con María del Pilar Castillo y Boris Salazar, es ¿A dónde ir? Un análisis del desplazamiento forzado.

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