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Santos, las protestas sociales y el regreso del pueblo

Escrito por Boris Salazar
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Boris SalazarEl presidente Santos abrió la compuerta… y se dejó sorprender por lo que siguió. ¿Será acaso que los campesinos decidieron entrar a la política, para mal del gobierno… y de las FARC?

Boris Salazar*

La sorpresa

El pueblo había sido el gran ausente de la política colombiana en las últimas décadas. Era un recuerdo mítico en la memoria de los mayores. Un recuerdo envuelto en sangre, incendios, saqueos y destrucción. Un recuerdo que no correspondía en realidad al pueblo, sino a todo lo que ocurrió después de que el pueblo fuera eliminado de la política nacional con la eliminación física de su líder el 9 de abril de 1948. Una eliminación que ha durado décadas y que era pensada como definitiva por la indefinible opinión pública. 

Los comentaristas más despiertos se preguntaban por qué en Colombia –con tantas justas causas—el pueblo no se lanzaba a las calles como había ocurrido en los países árabes, en Europa, en Estados Unidos, y estaba ocurriendo en ese momento en el Brasil del progreso y la inclusión. En sus especulaciones había un cierto orgullo por el carácter excéntrico de nuestra democracia electoral: todo podía ocurrir en Colombia, menos que el pueblo saliera las calles a protestar. 

Pero ocurrió y ocurrió en el presente de blogs, vídeos instantáneos, múltiples fuentes de información inmediata, y redes sociales. Empezó en las márgenes del país, o en los centros de la producción de alimentos, en la Colombia campesina que ha sobrevivido a pesar de la guerra irregular, los tratados internacionales, y la falta de una política agraria clara.  

Ocurrió incluso en las regiones más conservadoras del país, donde los políticos tradicionales tenían un dominio férreo de los electores. En Boyacá, en Nariño. O en las regiones de mayor confrontación armada y guerra irregular más cruel, como el Cauca. En las regiones cafeteras largo tiempo desprotegidas por unas instituciones que pertenecen a una elites ineptas.

Y ya había ocurrido en las márgenes del capitalismo salvaje y de la siembra ilegal de coca, en el Catatumbo, que sólo conoce al Estado por la fumigación de los cultivos de coca de los que mal viven una proporción muy alta de sus habitantes.

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Foto: El Turbión 
Manifestantes en el Catatumbo.

Abriendo la caja de Pandora

Después de ocho años de paternalismo despótico – y de varias décadas de violencia y silencio- parecía seguro abrir la caja de Pandora de la protesta y la participación ciudadana. Parecía que la promesa de paz con las FARC, la restitución de tierras, y la reparación que lograra hacerse de las víctimas serían suficientes. 

Pero Santos, sin darse cuenta, había abierto la puerta de la democracia liberal. Había dejado que su reforma de la Educación Superior fuera liquidada por un sorprendente movimiento estudiantil que había ganado las calles y comenzado una conversación que aun no llega a puerto seguro. Y había dejado entrever que la protesta social no sería tratada con tanques, fusiles y represión abierta. 

Más allá de la aceptación de la justeza de las causas del movimiento campesino en la que casi todos concuerdan, el punto era si la democracia colombiana estaba preparada para aceptar que la política podía hacerse en las calles y no en las urnas y a las balas, como había ocurrido en las últimas décadas. 

El idilio inicial se convirtió en conflicto creciente,  y luego, cuando los campesinos y sus aliados no marchaban a casa con la promesa de algunos millones adicionales, en satanización abierta. En una movida cargada de ironía no intencional, los críticos más duros del paro, y hasta el mismo presidente en sus peores momentos, le dieron todo el poder a las FARC y a sus aliados legales. No sólo eran infiltrados. Eran sus instigadores y creadores. Los que movían los hilos de las ruanas detrás de escena. 

La idea es tan antigua que ya no es una idea sino un tic: los campesinos y los más pobres no tienen por qué protestar. Son decentes, resignados, sin voz. Y si llegaran a hacerlo sólo podría ser el resultado de la presión de extraños con agendas políticas inconfesables. Esta vez, para hacer todo más confuso, los extraños eran de izquierda y derecha: las FARC y sus aliados, y Uribe y sus seguidores. 

Mientras las FARC negociaban en La Habana, conducían a los campesinos a la protesta violenta en las carreteras y más tarde en las calles de las ciudades de Colombia. ¿Sería posible que las FARC acorraladas, y a punto de firmar la paz, tuvieran la inmensa capacidad de movilizar a cientos de miles de campesinos por toda la geografía del país? Ni las mismas FARC podían creer en hazaña tan singular. 

No era sólo un problema ideológico o político. Era la imposibilidad de explicar lo que estaba pasando. La falta de un discurso que hiciera inteligible el paso del silencio, la intimidación y la obediencia a la protesta masiva. Peor: ¿Cómo entender el salto de la protesta a la rebeldía social? En los lugares en que la protesta se hizo más fuerte, a pesar del uso tradicional del Escuadrón Móvil Antidisturbios (ESMAD) y hasta del Ejército, había que explicar por qué la energía de  campesinos y ciudadanos no decaía como era previsible en tiempos normales. 

Había que explicar cómo, de los reclamos propios de una democracia liberal, habían saltado al plano incierto y cargado de potencialidad política de la rebeldía popular. Los campesinos que bloqueaban vías o resistían el ataque de las fuerzas del Estado se encontraron, de pronto, ejerciendo un poder momentáneo, descubriendo la posibilidad del poder. 

El propio presidente nunca entendió muy bien lo que estaba pasando. Después de preguntar, en forma casi poética, por la existencia del paro (¿pero de cuál paro hablan?), debió pasar a la conversación imposible con los voceros del movimiento, a la amenaza de militarización, a la militarización, al reconocimiento de problemas tan viejos como la República, y por último a las promesas de nuevas asignaciones presupuestales. 

Y sus silencios eran llenados por la gritería de su ministro de Defensa, empeñado en ser el ministro de propaganda de un régimen distinto al que le correspondió servir. En momentos de tensión, la vieja rutina del policía malo y el policía bueno deja de ser eficaz para tornar peligrosa. ¿Qué es lo que piensa realmente el presidente sobre la protesta social –lo que él no dice o lo que vocifera el ministro de Defensa?   

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Foto: SIG
Encuentro del Presidente Santos, ministros
y representantes de los transportadores
de carga.

Sin palabras

Cuando trató de conversar con los líderes agrarios, Santos no encontró las palabras. Mientras su predecesor gritaba, amenazaba, prometía y firmaba cheques con desparpajo, Santos no lograba terminar sus frases inciertas ante los líderes campesinos de Boyacá. 

Fue un descubrimiento traumático de un pueblo que ya no era el de las entregas de viviendas gratuitas, ni el que asistía, en perfecto orden, a las apariciones públicas en la Costa Atlántica o en otros lugares. Estos campesinos no sonreían y no estaban recibiendo nada. Y no escuchaban promesas. Y tampoco se dejaban intimidar fácilmente. 

El repentino cambio de libreto no sólo afectó al presidente. Las mismas FARC no pueden cantar victoria. A pesar de su obvia participación en las regiones en las que tienen influencia, el movimiento sobrepasó muy rápido los límites estrechos del paternalismo armado. El movimiento agrario ya no era de nadie en particular porque había mutado en forma espontánea hacia el descubrimiento del poder sin la protección de políticos o agrupaciones armadas. 

Santos descubrió que la política no se reduce a la repartición de cuotas burocráticas y a cerrar un acuerdo de paz con las FARC. Y los políticos tradicionales de todas las corrientes vieron que los acontecimientos ya no pasaban por ellos, y que el pueblo no era la masa informe y manipulable que los había ayudado a elegirse durante décadas. 

Pero no son cambios definitivos. Después del carnaval democrático viene el regreso a la dura realidad de un campo empobrecido y sin muchas posibilidades reales en un mundo globalizado, y en un país en el que ni siquiera se usan las medidas capitalistas más obvias  para suavizar la volatilidad de los precios agrícolas. 

Un país sin seguros agrícolas, sin mercados de futuros, sin vías, y sin investigación científica. La voracidad de la clase dominante colombiana ni siquiera le ha permitido ver que su propio futuro está en juego sino realiza reformas urgentes. Pero confían en la elasticidad infinita de las bonanzas mineras, en el cielo de los nuevos minerales estratégicos, y en el acaparamiento de las tierras y del subsuelo en los que se encuentran. 

¿Podrá Santos ver más allá de su reelección y jugar a las reformas estructurales que requiere el país? A pesar de la audacia de su negociación con las FARC, el presidente no ha querido ver que ese es sólo un paso en la transformación de un país que no puede seguir siendo gobernado como lo ha venido siendo en los últimos sesenta años. Su ambigüedad lo ha llevado a la quimera de complacerlos a todos y por esa vía hacia la mortal inacción.  

Ahora le corresponde actuar en una situación que él nunca esperó, pero propició a su manera. El audaz jugador de póker, tiene la oportunidad de devenir el reformador que nunca soñó.  De pronto, en un mundo poco probable, podría ser el presidente que iniciara el camino hacia una paz duradera. 

* Profesor del Departamento de Economía de la Universidad del Valle.

 

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