Antanas Mockus y la política del siglo XXI - Razón Pública

Antanas Mockus y la política del siglo XXI

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Boris SalazarLa búsqueda de una nueva certidumbre, una conversación alternativa, el poder de Internet y la identificación profunda con Antanas explican la ola verde, según el lúcido análisis del profesor de la Universidad del Valle. 

Boris Salazar * 

Ni las nalgas como argumento de debate ante un auditorio hostil, ni las cebras, ni los mimos recorriendo la Capital con mensajes no siempre discernibles, ni la transparencia absoluta, ni la ambigüedad de su mensaje político explican el avance vertiginoso de la "ola verde" y la victoria -salvo eventos impredecibles- de Antanas Mockus en las próximas  elecciones presidenciales. Todos esos elementos cuentan, por supuesto. Hacen parte del imaginario que la relación entre Mockus y los colombianos ha generado en los últimos 16 años. Pero no explican la emergencia inesperada del movimiento espontáneo que está a punto de llevarlo a la Presidencia de la República.

Sugiero otra explicación. Detrás del éxito avasallador de la ola verde está la forma en que ha evolucionado la incertidumbre en la política colombiana durante los últimos diez años.

La certidumbre de Uribe

Un viaje en el tiempo hacia el último año del siglo pasado y los dos primeros de éste, permite ver mejor lo que quiero plantear. El proceso de paz entre el gobierno de Andrés Pastrana y las FARC abrió, de pronto, la caja de pandora de una nueva incertidumbre: después de muchos años de guerra de guerrillas y rebeldía armada de todas las tendencias, por primera vez no se sabía lo que iba ocurrir. No era claro si las FARC entregarían las armas y entrarían al Congreso, o si una constituyente les daría la posibilidad de compartir el poder con sus enemigos de siempre, o si habría un gran acuerdo de reconciliación entre los colombianos y un nuevo proyecto de nación comenzaría a desarrollarse, o si, en el peor de los casos, llegarían a tomarse el poder mediante una combinación de algunas de las anteriores. Agregue sus propias alternativas y tendrá lo que significa incertidumbre: el aumento súbito de las alternativas que podrían ocurrir en el futuro. O, para decirlo en otras palabras, es no saber lo que va a ocurrir.

El avance territorial de las FARC las situó muy cerca de las grandes ciudades donde vivía la mayoría de los colombianos, haciendo más apremiante aún el clima de incertidumbre.  De pronto, el enemigo, tan temido, estaba allí, muy cerca. Entonces apareció Uribe, que prometía disminuir de un golpe, con la fuerza de la guerra, la incertidumbre dominante.

Lo hacía, quizás sin saberlo, siguiendo una ley de hierro de la política: en situaciones de máxima incertidumbre la única salida efectiva es su disminución radical, a través de una revolución o de un movimiento de masas, que la haga retornar a un nivel aceptable. De no ser así, la incertidumbre se volvería insoportable y el sistema político dejaría de ser viable. Tarde o temprano, de acuerdo con las circunstancias y con las fuerzas existentes, la incertidumbre desbocada es reducida por un movimiento opuesto, que acaba por alcanzar niveles extremos de convergencia y certidumbre. En lugar de muchas alternativas, emerge una sola que sustituye antes por la seguridad y la certeza que aseguran un futuro "para la patria".  Piensen en Rusia en 1917, en Alemania en 1930, en los países del antiguo campo socialista en 1989, y en los giros, mucho menos radicales, ocurridos en Estados Unidos en 1980, con la llegada de Reagan al poder luego de la incertidumbre asociada con la debilidad de Jimmy Carter, o en 2008, con el triunfo de Obama en un contexto de incertidumbre creciente propiciada por ocho años de guerra inútil contra el terrorismo.   

Y en Colombia, en 2002, con la decisión de Uribe de proponer a los colombianos la apuesta más dura, y a la vez la más fácil, entre todas las que había en ese momento: apostarlo todo a la guerra contra las FARC. Fácil por una razón muy sencilla: en ese momento de excesos de las FARC y de negociaciones estancadas, la conversación predominante en Colombia era conservadora en el más estricto sentido de la palabra. En los marcos mentales de los electores del momento no contaban ni la reforma agraria ni la democratización del sistema político ni la integración de los alzados en armas a la democracia, sino el miedo a un mundo donde los fusiles de los comandantes guerrilleros decidieran su destino. Fue ese estado de miedo generalizado ante un futuro incierto lo que Álvaro Uribe capitalizó con precisión absoluta.

Como buen apostador, el capital político de Uribe era muy pequeño, casi irrisorio, cuando propuso su estrategia de "seguridad democrática" contra las FARC y el terrorismo. Pero lo que era sólo una promesa creció en forma acelerada con el éxito de aquella estrategia y con la magnitud de la incertidumbre que quería reducir. De allí el círculo virtuoso que está detrás del hasta ahora inmenso capital político de Uribe: entre más fiel a la estrategia más grande su capital político, y entre más grande su capital político más fuerte la aplicación de la estrategia. Un sistema recursivo perfecto. Para no abundar en información inútil, basta recordar un dato: su paso del 2% de favorabilidad en las encuestas preelectorales de 2002 al casi 80% de los mejores años de su mandato.

Regreso a la incertidumbre

Pero como bien lo hiciera notar Hernando Gómez Razón Pública, la Corte transformó el escenario político de un golpe al cerrar la posibilidad de un tercer mandato para Álvaro Uribe. La salida de Uribe, y de su capital político, del escenario aumentó, en forma súbita, la incertidumbre política. Al no estar Uribe, y al no ser endosable su capital político (aún con el deseo expreso de su dueño), la multiplicación de la incertidumbre alcanzó niveles extraños, casi radioactivos, para la muy predecible política colombiana de los últimos ocho años. La tragedia de los muchos candidatos con muy pocos votos era potenciada por la tragedia de los candidatos del campo Uribista, que naufragaban ante la imposibilidad absoluta de ser Uribe o, al menos, una copia creíble del líder, y debían ver cómo millones de votos se desvanecían en el aire.

Es en ese contexto donde aparece, o reaparece, Antanas Mockus. Descartado, casi declarado muerto, como miembro que era de una tripleta que causaba cierta risa en los expertos en encuestas y en predicciones, Mockus contaba con dos factores a su favor.

La otra conversación

El primero es que su nombre y actividad, como alcalde y como hombre público, habían generado una conversación que difería, en grado extremo, de las conversaciones políticas dominantes en Colombia. Era una conversación que no contaba votos, que no predecía alianzas, que no trataba de generar programas de largo aliento, que no reclamaba el auxilio de la patria. Centrada en lo simple, en unos cuantos principios, unos ejemplos, una heurística -no siempre de fácil comprensión- y unas reglas explícitas, no había dejado de estar presente, aunque no siempre visible, en las mentes de algunos colombianos. Era, además, la única conversación alternativa a la certeza absoluta que salía de la conversación que Uribe había mantenido con los colombianos en los ochos años de su mandato.

Los primeros efectos de esa conversación se hicieron tangibles en los resultados de la consulta interna del Partido Verde en marzo de este año. No eran muchos votos, pero sí anunciaban la presencia de una fuerza real que había conseguido su votación sin realizar ninguna de las acciones que distinguen a nuestros políticos profesionales, en el contexto de una de las elecciones más corruptas de los últimos tiempos.

El efecto Internet

El segundo factor viene de la mano del anterior: es la fuerza expansiva de las redes sociales que hoy están capitalizando la conversación que venía desarrollándose en ellas desde antes, y que alcanzó una magnitud inusitada con el evento del éxito del Partido Verde en su consulta interna. Las redes sociales per se no crearon el fenómeno Mockus y la ola verde. Fue la interacción entre el evento inesperado del éxito en la consulta interna y la conversación que ya comprometía a cientos de colombianos, en su mayoría jóvenes, con acceso a la Web, no comprometidos en la confrontación entre Uribistas y no Uribistas, lo que disparó la expansión del mensaje de Mockus como alternativa real en las elecciones presidenciales. Después de la consulta interna de los Verdes, las redes sociales alcanzaron el umbral a partir del cual el crecimiento del fenómeno Mockus se hizo irreversible: lo que era una mancha poco discernible en la Web, y en la política, se convirtió en una cascada global que ya tiene expresión concreta en las encuestas más diversas. El proceso de formación de la cascada no es ningún misterio: los primeros conectados vinculan a sus contactos que, a su vez, encuentran nuevos contactos hasta convertirse en una red de gran tamaño, sin ningún centro evidente y con muchos núcleos generando iniciativas propias.

Valores, emociones y elecciones

¿Por qué el fenómeno Verde no ha resultado tan pasajero como otras iniciativas políticas surgidas de las llamadas redes sociales? Porque ya había una conversación que había activado ciertos marcos mentales que hoy están teniendo un efecto crucial sobre las decisiones electorales de los candidatos. Contrario a lo que piensan los expertos, los  electores no se movilizan por los programas de los candidatos, ni por su posición frente a los grandes problemas del país, sino por sus valores básicos, su capacidad de comunicación, su autenticidad y su credibilidad. Los electores ven personas con las que podrían identificarse o no, y no vehículos para programas abstractos que no tienen tiempo ni de conocer ni de procesar. En lugar de la razón que saldría de compras buscando la mejor propuesta para  todos los problemas nacionales, la metáfora apropiada es la de unos cerebros que tratan de encontrar la persona con la que podrían identificarse más fácil, a la que podrían creer con mayor facilidad, a la que consideran más auténtica en sus posiciones y valores.

Es difícil competir con Mockus en el terreno de los valores básicos, de la autenticidad y de la confianza. Incluso su gestualidad exagerada -que pareciera denotar una lucha terrible con los conceptos y que lleva de hecho a la confusión con respecto a lo que quiere decir- terminó haciendo parte de su capital de autenticidad: Mockus es Mockus y poco importa que su posición en salud y economía sea tan conservadora como la de Uribe, o que reduzca toda la complejidad del país a una fórmula general de respeto a la ley,  o que no tenga nada qué decir con respecto a la desigualdad económica y social que divide a los colombianos.

Es la simplicidad de su posición frente a la ley y a la verdad lo que lo distingue de los otros candidatos. Mockus examinador, pillando en grave infracción a un Samuel Moreno que aceptaba comprar unos pocos votos si le aseguraban la victoria, representa bien la efectividad de su toma de distancia con respecto a los demás políticos colombianos. Frente a Santos, a Sanín, a Petro, a Pardo, o al casi desaparecido Vargas Lleras, Mockus representa un extremo de credibilidad y transparencia. Frente a Uribe representa un extremo de empatía y de ponerse en el lugar del otro, en lugar de intentar su destrucción a toda costa. El que el miedo ya no sea la emoción crucial de la coyuntura de hoy, explica por qué hoy es posible Mockus y por qué no lo era hace ocho años, cuando Uribe arrasó con una estrategia de guerra para aliviar la incertidumbre de los colombianos.

Lo que no quiere decir que Mockus no sea un político. Lo es, y en grado sumo. Sólo que, a diferencia de los demás candidatos, hace política teniendo en cuenta el papel de las emociones, del inconsciente y de los valores en las decisiones de los electores. Como diría George Lakoff, el gran teórico de la política de las emociones, Mockus piensa la política con un cerebro del siglo 21 y no con un cerebro del siglo 18, como lo hacen los expertos y los analistas que no han logrado descifrar el avance de un candidato y de un movimiento que ofrece muy poco, pero ha logrado generar la ola de confianza más fuerte de los últimos tiempos en Colombia.

*Escritor y profesor del Departamento de Economía de la Universidad del Valle.

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Boris Salazar

* Profesor del Departamento de Economía de la Universidad del Valle.

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