
Un delirante peligroso: Trump contra Los Ángeles
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El viernes 6 de junio la memoria colectiva fue activada por las redadas de las tropas de asalto de Trump. La reacción popular fue inmediata, espontánea y firme. Los agentes de ICE tuvieron que pedir la ayuda de la policía local, que con dificultad pudo mantener a raya a una multitud que reclama la libertad de sus familiares y amigos.
Todo comenzó el viernes 6 de junio de 2025 cuando cientos de agentes de la muy temida ICE, la fuerza de asalto del servicio de Inmigración y Aduanas, descendieron sobre el Home Depot de Paramount, las ceremonias de grado de los niños y niñas latinas del sector y la tienda Ambiance Apparel en el distrito de la moda al este de Los Ángeles. Armados hasta los dientes, cubiertos los rostros con máscaras, protegidos los cuerpos con chalecos antibalas, las tropas de asalto de Trump iniciaron la brutal cacería de los hombres y las mujeres a quienes un tono de piel un poco más oscuro que el blanco, muy blanco, que es el único orgullo los seguidores de Trump, convertía en criminales indeseables que debían ser lanzados al suelo, esposados y enviados a cárceles locales y, si la suerte no estaba de su lado, al gigantesco centro de tortura de Bukele en El Salvador.
La escena recordaba las cacerías de las mujeres y los hombres africanos realizadas por hombres blancos, similares a los que asaltaban a los latinos al este de Los Ángeles. Los métodos no han cambiado mucho: el castigo físico, la humillación, los bastones o las culatas de las armas convertidas en herramientas para golpear y herir, las esposas o las cadenas para inmovilizarlos y la desaparición final en un vehículo que los conduce a un lugar desconocido.
Como ocurría hace unos siglos en África, hombres y mujeres fueron esposados en Los Ángeles delante de sus hijos, nietos y esposas. Al igual que los hombres y mujeres africanos del pasado, los perseguidos de Los Ángeles son trabajadores honorables —vendedores, cocineros, cocineras, enfermeras, aseadores, cajeras— ligados al territorio por intrincados tejidos de ancestros que se remontan varios siglos atrás de la llegada de los verdaderos inmigrantes ilegales: los hombres blancos que hoy los golpean, apalean y encadenan.
En todas las grandes operaciones punitivas de Trump hay algo que no logra hacer bien, algo que escapa a su supuesta sagacidad. Una falla que lo ha conducido al error, al ridículo y a la humillación. Trump olvida que las víctimas de sus agresiones pueden reaccionar ante ellas. Que pueden unirse y organizarse y responder con la fuerza suprema de la dignidad a los ataques mezquinos del aspirante a monarca. Que lo pueden hacer de manera inmediata y espontánea, como si hubieran estado preparándose para hacerlo durante siglos.
Debido a la soberbia ignorancia que lo define, Trump olvidó algo fundamental: que los mexicanos, chicanos, salvadoreños, guatemaltecos y demás habitantes del este de Los Ángeles tienen una muy larga y rica experiencia de lucha por sus derechos políticos, humanos y económicos; que los estudiantes de secundaria chicanos ganaron el derecho a entrar a las universidades públicas de Los Ángeles, como la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA), forjando un movimiento construido desde muy abajo, desde el silencio y la exclusión en la que habían vivido bajo regímenes escolares militarizados, en el que la reivindicación del derecho a hablar y aprender español en las escuelas jugó un papel fundamental.
Fueron los tiempos de la construcción de La Raza y de El Plan y de la adopción de la identidad chicana: mexicana, popular, trabajadora, mestiza y de color. En lugar de integrarse a la cultura anglosajona en condiciones de inferioridad social y racial, querían recuperar lo que consideraban sus territorios originales y ser “el pueblo pródigo que regresa a la vieja casa de nuestros ancestros”.
A finales de los años 1960 y principios de los años 1970 los y las jóvenes chicanas ganaron el ingreso a UCLA y a las demás universidades del sistema de educación superior pública de California. El encuentro de los estudiantes chicanos y el departamento de Planeación Urbana de UCLA propició una situación única en el mundo: un departamento del más alto nivel académico cuyo objetivo era la formación de activistas urbanos. La alianza entre académicos, comunidades y trabajadores locales condujo a la formación de comunidades autónomas muy fuertes que aprendieron a luchar por el derecho a la ciudad y han sido un elemento decisivo en la construcción de una Los Ángeles más diversa e igualitaria.
No fue un proceso ni fácil ni pacífico. La mayoría de edad de la comunidad chicana fue ganada al precio de una represión feroz por parte de la Policía de Los Ángeles (LAPD). Aprendieron a confrontar fuerzas policiales bien armadas y entrenadas en la “lucha contra el comunismo” con la fuerza de la razón y de una comunidad que se movilizaba toda, desde los niños hasta los abuelos, para reclamar sus derechos.

El despertar
Ese viernes 6 de junio la memoria colectiva fue activada por las redadas de las tropas de asalto de Trump. La reacción popular fue inmediata, espontánea y firme. Los agentes de ICE tuvieron que protegerse en un edificio federal en el centro de la ciudad y pedir la ayuda de la policía local, que con dificultad pudo mantener a raya a una multitud que reclama la libertad de sus familiares y amigos.
Lo que parecía un fácil ejercicio de cacería de mestizos indefensos se convirtió en una pesadilla para los agentes de la ya no tan temida ICE. De fuerza amenazante terminaron convertidos en refugiados protegidos por la policía de un estado que no seguía las órdenes de su patrón.
Como de costumbre, Trump lanzó primero una frase insultante, digna de pertenecer en la historia universal de la infamia: “Si nos escupen, les vamos a dar duro”. Y luego recurrió, como siempre, a los militares: puso 2.000 miembros de la Guarda Nacional de California bajo el control del gobierno federal, y el martes 9 de junio envió a setecientos marines entrenados para la guerra a reprimir una manifestación pacífica de jóvenes, mujeres, señoras y trabajadores.
El gran organizador de la revuelta contra el Capitolio y las autoridades federales el 6 de enero de 2021 acusaba ahora de “insurrección” a quienes reclamaban a sus familiares, secuestrados por las tropas de asalto de ICE. Pero ni la llegada de la Guardia Nacional ni la aparición de los marines con sus armas y vehículos de guerra hicieron que la multitud se moviera y dejara de reclamar a los suyos.
Tampoco lo lograron los gases lacrimógenos, los drones de vigilancia que volaban muy bajo, ni los carros blindados ni las camionetas SUV de la LAPD, ni los camiones, ni las motocicletas, ni siquiera los caballos –sí, los mismos caballos que atropellaban esclavos en Django, la película de Tarantino.
El gobernador de California, Gavin Newsom, que sufría un nuevo asalto político y verbal de Trump, respondió con la dureza que no tuvo cuando el presidente lo insultó con ocasión de los fuegos devastadores de enero de este año. Le recordó a Trump que California es un estado independiente en el que los inmigrantes son siempre bienvenidos y en el que ICE no decide quién puede o no puede vivir bajo su cielo. Le recordó que sólo los débiles recurren a la violencia cuando no pueden convencer.
Y, por último, le recordó que el jefe de la Guardia Nacional de California era el gobernador del Estado de California y no el señor de Washington que en sus delirios de poder actuaba como un “rey”.
El delirio monárquico
¿Querían los estadounidenses seguirle la corriente a un señor bastante mayor y delirante que se autoproclama su rey?, se preguntaba Newsom. La pregunta de Newsom prendió de inmediato y las casi 2.000 marchas y los millones de personas que recorrieron el sábado 14 de junio las calles de muchas ciudades de Estados Unidos tenían una sola consigna: “No a los reyes”.
El aspirante a rey se comportó como un rey en el desfile conmemorativo del Ejército de los Estados Unidos, que milagrosamente coincidía con su cumpleaños número 79: era el ejército el que lo celebraba a él en su cumpleaños, y no el presidente quien celebraba al ejército, a un costo de varias centenas de millones de dólares para el erario.
Los delirios monárquicos continuaron el jueves 19 de junio: las tropas de asalto de ICE quisieron entrar al parqueadero del estadio de los Dodgers de Los Ángeles. Un portavoz del equipo les negó la entrada y algunos hinchas de los Dodgers enfrentaron a los agentes enmascarados de ICE. En otros lugares de Los Ángeles las redadas continúan. Para ocultar su fracaso en el cumplimiento de la cuota de detenidos y deportados que exige el presidente con delirios de monarca, un vocero del departamento de Seguridad Interior aseguró que los agentes se encontraban en otra misión secreta no relacionada con la cacería de inmigrantes. Qué tipo de contrabando pensaban encontrar en un área tan aislada y boscosa, nunca quedó claro.
El delirio monárquico de Trump no es una fantasía inocente. Es algo mucho más serio: como todo monarca, Trump cree tener el poder de hacer morir y dejar vivir. Le perdona por unos días, sólo por unos días, la vida al líder de Irán, el ayatola Khameini. “Es un blanco fácil, pero está seguro”. Por ahora, claro. Cuando el rey así lo desee, el líder iraní caerá.
Mientras tanto los cohetes y misiles iraníes siguen respondiendo al ataque israelí. Y el pueblo de Los Ángeles, a pesar del temor, sigue repeliendo las redadas de las tropas de asalto de ICE. El rey, en cambio, sigue delirando y acercando al mundo a la tercera guerra mundial.
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Acerca del autor
Boris Salazar
* Profesor del Departamento de Economía de la Universidad del Valle.
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