Jojoy y la “guerra perversa” de Colombia - Razón Pública

Jojoy y la “guerra perversa” de Colombia

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Boris SalazarPor qué y cómo el gran invento de Jojoy acabó por destruirlo. Una interpretación aguda y novedosa de esta guerra que nunca se resuelve.

Boris Salazar*

Noticia que se repite

mono JojoyColombia sabe matar a sus bandidos. Con espectáculo y fervor patriótico. Lo ha hecho durante décadas. Hace cuarenta o cincuenta años, Sangrenegra, Desquite, Tarzán, Efraín González. Hoy, Raúl Reyes y el Mono Jojoy. Nada parece haber cambiado. Las mismas fotos en primer plano en los periódicos, los mismos discursos anunciando, por fin, el arribo de la paz.

Tanto la guerra como el espectáculo producido a su alrededor parecieran ser los mismos. Con unos pocos cambios. Ha cambiado, sin duda, la tecnología de la guerra: Jojoy cayó por el efecto combinado de bombas inteligentes, aviones modernos, incentivos a la delación y tropas de élite. El Estado logró llenar, con tecnología de punta, la brecha de conocimiento geográfico que lo separaba de las incipientes FARC, que evadieron el cerco a Marquetalia en 1964.

Han cambiado, pues, los medios, pero no han cambiado ni los resultados ni la situación. El sistema político y social de que ha hecho parte la guerra durante sesenta años sigue produciendo la cantidad suficiente de conflicto para garantizar su reproducción sin mayores problemas.

La "guerra mínima estable"

Mi hipótesis es que la guerra colombiana es perversa porque no ha contribuido a resolver los conflictos básicos de la nación. Y no lo ha hecho porque está integrada al sistema político y social dominante, produciendo la cantidad mínima de incertidumbre necesaria para reproducirlo.

No es un problema de incapacidad militar, o de falta de voluntad política del Estado. Es algo más profundo. Colombia es la única sociedad donde la guerra no ha contribuido a resolver los conflictos a través de la destrucción de los recursos materiales y humanos de una de las partes. Mientras que la Europa de Hitler, Churchill y Stalin sacrificó 65 millones de seres humanos para alcanzar una paz estable, la Unión Europea y la desaparición de los conflictos armados entre sus países, en Colombia 60 años de matanza fluctuante han conducido no a una paz estable sino a una guerra mínima estable.

La guerra no ha tenido el mismo éxito en Latinoamérica.

  • En Centroamérica, parecía haber resuelto los conflictos entre Estados frágiles -conducidos por alianzas de terratenientes y militares- y guerrillas izquierdistas, hasta que la actividad incontrolable de las bandas y maras organizadas terminó con el idilio de la paz y del llamado post conflicto.
  • En México, la guerra contra las drogas, lanzada por un presidente muy débil, ha enfrentado al Estado con los límites de su propio poder y capacidad de control, haciendo que aquella deje de ser una guerra menor contra bandas de narcotraficantes para convertirse en una confrontación de vida o muerte por la supervivencia del Estado.
  • Sólo en Cuba[1] la guerra de guerrillas, elegida por Fidel Castro como un atajo más rápido hacia la revolución, dirimió efectivamente el problema del poder político.

La diferencia con Colombia radica en que la guerra mexicana fue una elección deliberada de un presidente débil, y lleva apenas un par de años, y las guerras centroamericanas produjeron resultados dentro de los límites producidos por sus conflictos sociales, mientras que en Colombia no produce resultados definitivos.

¿Para qué es la guerra?

¿Por qué en lugar de resolver las contradicciones que han llevado a las armas, la guerra no deja de reproducirse? Intentaré bosquejar una respuesta rápida.

La guerra es la forma superior de disminuir la incertidumbre en las relaciones de poder entre Estados, o entre los Estados y sus ciudadanos. En los procesos revolucionarios, la guerra aparece como la salida natural ante la terrible incertidumbre que domina la situación.

Al llevar la apuesta por la supervivencia a su punto más alto, la guerra resuelve la incertidumbre al comprometer en la lucha todos los recursos disponibles, uniendo a la nación contra un enemigo común y produciendo, por último, un vencedor y un vencido.

Ocurrió en la Revolución Francesa con el lanzamiento de la guerra revolucionaria contra la Europa monárquica, en 1792, que habría de terminar, 20 años y más de un millón de muertos más tarde, con la derrota de Napoleón.

Ocurrió también en la Revolución Bolchevique de 1917, con la guerra civil que resolvió las tensiones internas entre revolución y contrarrevolución.

Y ocurrió, para no ir tan lejos, en las guerras de independencia que ahora celebramos, y cuyo gran resultado fue resolver la incertidumbre de las relaciones entre las élites criollas y la corona Española.

Cuando la guerra falla en resolver las contradicciones básicas y disminuir la incertidumbre, conduce a guerras mayores, como ocurrió en Europa después de la primera guerra mundial, con el surgimiento del nazismo y de la confrontación total que comprometió al mundo entero en la segunda guerra.

Nuestro uso perverso de la guerra

¿Qué es lo que ha ocurrido en Colombia? En Colombia la guerra no ha sido la apuesta superior que podría resolver las tensiones políticas y la incertidumbre en las relaciones de poder, porque siempre ha estado bajo el control de élites o de coaliciones que la han usado para fines políticos inmediatos.

En el mundo anterior al arribo de Uribe al poder, las élites concentraron sus apuestas en los dos partidos tradicionales, excluyendo del juego a otras fuerzas y configuraciones políticas. En ese mundo, la guerra sólo fue un medio más dentro de un repertorio más amplio:

  • Los hacendados que enviaban a sus peones a los frentes de batalla para asegurar su poder regional o para detener el avance del partido contrario, sabían que no todo estaba en juego y que era posible regresar a un arreglo social y político aceptable para sus intereses.
  • Los líderes de los partidos que promovían guerras civiles para prevalecer en las urnas, no pensaban que la guerra resolvería las tensiones políticas y sociales: sólo la usaban para obtener ventajas, más o menos grandes, en la competencia electoral.

"La Violencia"

El resultado de la terrible guerra civil que se libraba en los campos, veredas y ciudades seguía siendo medido en votos, en ventajas exiguas ante un rival que ni siquiera podía presentarse a las urnas, y en cambios en la propiedad territorial. Ese extraño control político y económico de la guerra tuvo su apoteosis y su punto de quiebre en la llamada Violencia.

Los bandidos y bandoleros -que actuaban bajo las órdenes de jefes políticos regionales y no eran considerados todavía ni bandidos ni bandoleros –  terminaron independizándose, haciendo más de lo que se les pedía, actuando cuando ya no debían actuar, superando el control de los directorios, creyendo en la ilusión de su poder, incluso soñando con la posibilidad del cambio social a través de las armas.

Por eso, la tensión entre el uso político de la guerra y el conflicto social profundizado por la primera ha estado en el centro de la evolución histórica de Colombia en el último siglo.

Los campesinos que pelearon en la Violencia fueron desplazados, despojados y castigados, y terminaron siendo los pobres entre los pobres de las ciudades. Los que no murieron no dejaron de percibir las tensiones sociales que dominaban los procesos que habían cambiado su vida, ni las posibilidades de cambio en las relaciones de poder que la guerra les abría. Como tampoco dejaron de hacerlo políticos, terratenientes, empresarios, intermediarios y comerciantes. Ambos bloques conformaron, con variaciones y desplazamientos, las dos grandes fuerzas que han dominado la confrontación social en Colombia en los últimos cincuenta años.  

La guerra tiene otros usos

En diversas escalas la guerra comenzó a ser usada como una forma de mejorar las posibilidades económicas y políticas de grupos, coaliciones y partidos. Grupos minúsculos han usado las armas para amedrentar rivales, ganar elecciones, acceder a los fondos estatales, adjudicar y explotar contratos, apropiarse de regalías y territorios. Incluso ya no tienen que organizar sus propias bandas armadas: basta con contratarlas en el mercado. Y grupos más grandes, y mejor financiados, pusieron en jaque la autoridad del Estado y condujeron a confrontaciones, como la librada con el concurso de fuerzas ilegales contra Pablo Escobar. Otros han llegado a cooptar partes importantes del Estado, sin haberlo enfrentado nunca, como lo lograron los paramilitares y sus aliados en algunas regiones del país. Y otros llegaron a controlar territorios completos del país y alcanzaron  a ser considerados como una amenaza real para la continuidad del estado colombiano.

Sin embargo, cuando la guerra misma alcanzó una escala mayor y parecía avanzar hacia una decisión, un giro negociador, motivado por objetivos electorales, reintrodujo la política al escenario de la confrontación y puso en marcha el proceso del Caguán, con todas sus consecuencias para la política nacional.

En todos esos episodios los políticos regionales y nacionales han jugado el papel de intermediarios entre las élites dominantes y las clases populares o emergentes. Han demostrado una ductilidad impresionante, canalizando los reclamos, agravios y esperanzas de las nuevas clases emergentes y de las élites tradicionales, a través de arreglos complejos y de cambios estratégicos en sus lealtades y acciones. Lo han hecho durante muchas generaciones, demostrando una inmensa capacidad de renovación y adaptación, cooptando nuevos miembros y sustituyendo a los que no podían adaptarse al rápido cambio en las reglas del juego.

A pesar de los intentos de personajes y agrupaciones radicales, todo el que ha intentado jugar por fuera de sus reglas ha sido derrotado. Las FARC, por ejemplo, intentaron usar las negociaciones de paz para fortalecer su posición militar y avanzar hacia el poder, y terminaron unos pocos años después en una situación inferior a la que disfrutaban antes de comenzar el episodio de las conversaciones.

La apuesta de Jojoy

La caída del Mono Jojoy permite ilustrar la relación perversa entre la política y la guerra en Colombia. El antiguo jefe de las FARC nació, creció y murió en la guerrilla. Nunca conoció otro mundo. Fueron más de cincuenta años, marcados por la confrontación contra el Estado, y las coaliciones políticas que lo han dominado durante décadas. Era, pues, un hijo directo de la Violencia y de la política que la generó.

En el momento de mayor poder militar de las FARC en su historia, en 2001, Jojoy ideó la estrategia de secuestrar políticos para llevar al Estado a la mesa de diálogo en condiciones ventajosas para la guerrilla. Era un gambito de alto riesgo, basado en la idea de que los políticos -por sus conexiones económicas y su control del Estado-  eran una pieza clave en el poder regional en Colombia, y que el Estado no podría sino negociar su regreso.

Dado el descrédito de la "clase política", la idea parecía tener garantizado el favor de la opinión pública. En un comienzo, la estrategia pareció funcionar: las FARC podían llegar a cualquier político, en cualquier ciudad del país, en cualquier momento, y secuestrarlo. El despliegue que le daban los medios de comunicación y la aparente incapacidad del Estado para proteger a sus ciudadanos parecían darle la razón a Jojoy.

Pero la estrategia comenzó a desmoronarse ante un giro inesperado de la situación política. El gobierno de Uribe nunca accedió a negociar con las FARC. El valor de cambio de los políticos y de los militares en poder de la guerrilla cayó de repente a cero. Lo que había sido un activo político, se fue convirtiendo en un costo creciente en términos militares, morales, y políticos.

El gran error de Jojoy

Las FARC terminaron en el peor de los mundos posibles: convirtiendo a sus combatientes en carceleros, atando sus mejores recursos al cuidado de unos políticos sin valor y dilapidando el poco capital político que les quedaba. Peor aún: los políticos corruptos pasaron de villanos a víctimas, humanizados de repente por su largo cautiverio en las selvas de Colombia. Lo que había sido la idea más audaz para combinar política y guerra terminó siendo el mayor fiasco en la historia del movimiento insurgente.

A través de la larga espera causada por los secuestros, las fuerzas militares fueron acercándose a la geografía interna de los territorios dominados por la guerrilla y a sus secretos. Por esa vía llegaron los incentivos a la deserción y a la delación, la penetración de sus comunicaciones internas, y el comienzo de fracturas antes impensables. Y por esa misma vía llegó el fin de quien era considerado el jefe militar de la organización.

En contra de lo que siempre se dice después de estos hechos de guerra, con la muerte de Jojoy no seguirá la paz. Seguirá una dosis mínima de guerra, la necesaria para mantener la incertidumbre básica en el ambiente y reproducir las coaliciones políticas y sociales que controlan los excedentes económicos. Las mismas que, con algunos cambios menores en su composición, lo han hecho en los últimos cincuenta años, convirtiendo a Colombia en la única sociedad donde la guerra, lejos de resolver la incertidumbre, es el mecanismo que la reproduce dentro de un potente sistema de control social y político.

* Escritor, profesor del departamento de Economía de la Universidad del Valle. Su último libro, escrito con María del Pilar Castillo y Boris Salazar, es ¿A dónde ir? Un análisis del desplazamiento forzado.

Notas de pie de página


[1] Es necesario anotar que los revolucionarios cubanos contaron con la ventaja de la sorpresa: era el primer intento de llegar al poder mediante una guerra revolucionario en un país con un gobierno en extremo frágil.

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Boris Salazar

* Profesor del Departamento de Economía de la Universidad del Valle.

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