Los niños y el ejército - Razón Pública
Boris Salazar

Los niños y el ejército

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Boris SalazarDetrás de los soldados que violan y asesinan a las niñas y los niños de Colombia hay una cultura promovida desde lo alto.

Boris Salazar*

Horror en Tame 

soledad1Nadie podrá saber nunca si los tres niños jugaban, o si estaban recogiendo los pocos platos del almuerzo en una vereda de Tame, Arauca, cuando todo acabó para ellos en unos cuantos minutos de horror.  El almuerzo no había sido mucho más que el desayuno de yuca, plátanos y agua de panela que habían tenido en la mañana. Quizás un poco de arroz.

Mientras esperaban el regreso de su padre que trabajaba en una finca vecina, tenían que aprovechar la luz del día antes de que cayera la oscuridad sobre la vereda. Un día igual a todos, salvo que esa semana era de receso escolar y desde hacía unos días una patrulla del ejército estaba acampando a trescientos metros de la casa. Algunos de los soldados habían venido a preguntar por su padre en dos ocasiones.

Los militares saben que el padre no está. Ha salido y ha regresado y ha vuelto a salir. Otro hombre, un vecino, ha entrado a la casa y ha partido de inmediato. Todo está listo. El perímetro asegurado. El subteniente Raúl Muñoz actúa sobre seguro. Ya lo ha hecho antes. No tiene pierde. El uniforme. La amenaza. Los movimientos felinos. La seguridad que le da el no tener que hablar, o hablar muy poco, para no tener que pronunciar la letra "r". Matar la tiene, sí, ¿pero quién puede acordarse de una letra en el momento de morir?

Ha coronado en todas partes. Es irresistible. Todas tienen "relaciones" con él. Con su consentimiento, claro. No podría ser de otra forma. Lo ha dicho mi general, aunque después haya hablado de "violación" y otras cosas complicadas que él no entiende. 

El subteniente Muñoz es un "lanza" de acción. Nadie le madruga. Cuando quisieron dañarle el rato, respondió como debía. Sin desperdiciar la munición del ejército. A cuchillo puro como en las operaciones de tropas especiales. En silencio, sin dejar rastro. ¿O acaso oyeron algo los que andaban por ahí?

Lo que han dicho después es puro invento. Nunca ha violado a nadie. No ha asesinado tampoco. En la guerra no hay asesinatos. Hay operaciones. Hay bajas y hay positivos. No le perdonan su éxito. No entienden que es un hombre de acción. Un soldado. Un conquistador.

La historia se repite

No es la primera vez que efectivos del ejército de Colombia asesinan niños. Ya había ocurrido, con crueldad extrema, en San José de Apartadó, donde tres niños y ocho adultos fueron asesinados por hombres de la Brigada XVII del Ejército, en asocio con paramilitares, el 21 de febrero de 2005. Una niña de cinco años fue decapitada y mutilada. Otro niño fue abierto en canal.

En abril de 2004 dos niños y tres adultos fueron muertos por el Ejército en la carretera principal de Colombia, en el Alto de la Línea, municipio de Cajamarca. Iban a llevar un bebé enfermo a un puesto de salud y fueron confundidos con guerrilleros que irían a montar un retén sobre esa vía. Extraños guerrilleros que iban a pie y sin armas, a medianoche, por la carretera de mayor tráfico del país.

Uribe da la espalda

En ambos casos el presidente Uribe procedió a actuar como juez y, sin mediar investigación alguna, exoneró de cualquier culpa a los militares involucrados. En el episodio de la Comunidad de Paz de San José de Apartadó fue un poco más lejos: les prometió a sus habitantes, que pedían protección para sus vidas, enviarles más unidades del ejército para que aprendieran a respetar a las autoridades de la nación. Cuando la Fiscalía declaró culpables a 15 militares por el crimen de San José de Apartadó, el presidente de la época nunca reconoció su error, ni mostró el menor pesar por la suerte de sus compatriotas asesinados en las condiciones más extremas de indefensión y crueldad.

Tampoco lo hizo con motivo del asesinato de miles de jóvenes a manos de unidades del ejército, en el episodio bautizado con el eufemismo de los "falsos positivos". Ni siquiera quiso recibir a las madres de las víctimas para escuchar sus reclamos.

Los gajes de la guerra

La consistencia del presidente Uribe frente a esos crímenes de guerra siempre fue incuestionable: un ejército en guerra debe respetar los derechos humanos dentro de los límites trazados por la división amigo/enemigo. Por eso, en los territorios considerados en manos del enemigo la conducta del Ejército ha sido la de una fuerza de ocupación. Cada civil podría ser un guerrillero encubierto, a menos que participara en forma directa de la política de seguridad democrática, aceptando sus incentivos y convirtiéndose en objetivo militar de la guerrilla.

El excelente artículo de Martha Ruiz, en Semana, sobre la vida de los colombianos que viven bajo la sombra de la guerra en el Guainía, muestra con precisión lo que le ocurre a los civiles en las zonas donde la guerra, el tráfico de coca y la pobreza se mezclan en tramas difíciles de romper.

Dentro del ejército los incentivos económicos -que tanto han contribuido a fomentar  deserciones en la guerrilla- tuvieron su lado oscuro: cada baja adicional -civil o guerrillero- era premiada con ascensos y permisos. Los resultados no se hicieron esperar y redes completas de paramilitares y unidades del ejército llevaron a la muerte a jóvenes pertenecientes a los más frágiles entre los más pobres de Colombia.

Una cultura enferma

Es difícil creer que lo ocurrido en Tame sea sólo la obra de "un hampón infiltrado en el Ejército de Colombia", como dijo una senadora que vela por la niñez. Por supuesto, el violador confeso es un criminal. Y, claro, sus acciones son injustificables y nadie se las ordenó. Pero lo que hizo no es independiente de un clima cultural y político donde todo se vale siempre y cuando contribuya a la derrota del enemigo. De décadas de actuar como un ejército de ocupación y de enfrentar a una guerrilla que recluta niños a la fuerza. De una cultura cuyos dominios van mucho más allá del Ejército y de la guerra: basta ver la cantidad de niños que son violados y mueren a manos de padres, padrastros, madrastras, madres y extraños.

Contrario a lo que sostiene el  pensamiento convencional colombiano, las ideas sí importan. Mucho más si se convierten en propaganda permanente, en fórmulas para el consumo inmediato. Valorar la aniquilación del enemigo como la más alta meta, celebrarla sin pudor en todos los medios de comunicación, repetirlo sin descanso hasta convertirlo en la única verdad profunda de los colombianos, conquistar mayorías políticas a través de esa vía espuria, ha tenido consecuencias terribles. Ahí están los resultados.

¿Y dónde está Colombia?

Es de celebrar que el presidente Juan Manuel Santos haya pedido perdón al padre de los niños asesinados. Y que altos oficiales del Ejército lo hayan escuchado a él y a los familiares de la otra niña violada, y hayan ofrecido ayuda para su recuperación psicológica.

No es de celebrar, en cambio, que el comandante del Ejército haya repetido, sin dudar un segundo, la fórmula de la "violación con consentimiento" inventada por el subteniente Muñoz. Y mucho menos que los grandes medios colombianos la hayan aceptado como algo lógico o creíble.

Habría mucho que celebrar si el presidente Santos y los colombianos todos saliéramos,  por un momento, de la pesadilla demagógica en la que hemos vivido en los últimos años, y pensáramos en lo costosas que han resultado las mayorías electorales mantenidas  a cambio de la infinita desvalorización de la vida y de nuestras posibilidades como nación.

Escritor, profesor del departamento de Economía de la Universidad del Valle. Su último libro, escrito con María del Pilar Castillo y Boris Salazar, es ¿A dónde ir? Un análisis del desplazamiento forzado.

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Boris Salazar

* Profesor del Departamento de Economía de la Universidad del Valle.

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