Liliana Gomez, autor en Razón Pública

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Para muchos sigue pareciendo extraño (por falta de costumbre) eso de que las derechas salgan a marchar al sentir que la democracia, con su apellido liberal (donde se reconocen los derechos de las minorías), no les está funcionando y se creen poco escuchados o invisibles.   Y entonces, una forma de movilización que históricamente le ha servido a los de abajo para reivindicar derechos, se va convirtiendo en marchas de los que sienten que “ese” gobierno de los que por primera vez llegan al poder, no está haciendo lo necesario, o lo hace mal, o no escucha, o no comunica.  Y una de las razones es tal vez que la izquierda, que era quien hacía visible la indignación en la movilización (y lo sigue haciendo), ha ido perdiendo espacios que una nueva derecha está “llenando” con una indignación que propone otras alternativas.

Y estas alternativas salen de un grupo con una alta organización, que se reúne, que se apoya, que se retuitea, que tiene un discurso homogéneo, que sabe usar la información para generar emociones que llaman creencias de personas cada vez más pérdidas entre propuestas y desinformación. Están allí para personas con una necesidad imperiosa de pertenecer que no necesariamente responden a temas ideológicos, pero que hacen lo necesario para llenar los espacios y para gritar lo que muchos están sintiendo sin encontrar las palabras.  Todo esto viene de alternativas que salen de reuniones llenas de líderes hipermediatizados como la de 2020 que tuvo lugar en el Grand Hotel Plaza de Roma a la que acudieron figuras como Viktor Orbán, primer ministro húngaro, Marion Maréchal-Le Pen, exdiputada y presidenta de ISSEP, Giorgia Meloni, presidenta de Fratelli d´Italia, Yoram Hazony, filósofo israelí y presidente del Instituto Herzl.

O como el evento organizado en estos últimos días (mayo de 2024) por VOX en España y al que asistieron entre otros Javier Milei, Marine Le Pen, José Antonio Kast y de nuevo Viktor Orbán y Giorgia Meloni (Actual presidenta del Consejo de ministros de Italia). Todos con sus voces que gritan, que (des)informan y que saben explicar de forma simple cualquier situación social, política o económica y que saben ofrecer soluciones que no importa si son ciertas o falsas (luego de ganar la elección se prometerá otra cosa que mantenga la atención fluctuando y cambiando de un lugar a otro).

Y estos nuevos líderes de esa nueva derecha se valen no sólo de lo digital, sino que también interpelan a ciudadanos desencantados y saben cómo hacerlo porque ellos leen lo que está pasando con los progresismos en el mundo, saben enmarcar discursos, saben decir eso que la gente quiere oír. Y, además, están tan a la derecha que obligan al otro lado del espectro a irse corriendo hacia un centro que en muchos casos los deja con un discurso que no logra emocionar, suena trillado y hace dudar. Y entonces, ideas que pueden parecer ridículas empiezan a tomarse los espacios en las agendas y así los racistas, desigualitarios, los que están en contra de avances en temas de libertades logradas por las mujeres empiezan a ser los más escuchados. Esos que son recibidos como estrellas de rock en distintos escenarios y a los que los también medios, periodistas e influenciadores de la nueva derecha siguen, retuitean y aplauden y mantienen allí en todas las conversaciones como la según muchos “menos mala de las opciones”.

Mientras tanto los progresistas entran al escenario sin escuchar con seriedad a ese otro lado que se va apoderando del espacio público (con movilizaciones llenas de insatisfechos con esos derechos ganados desde luchas diversas) y también de las agendas imponiendo temas que deben también ser escuchados y tenidos en cuenta. Y, entonces, los que ofrecen cambio ya no son una alternativa de revolución y tampoco son los que muestran insatisfacción frente a las instituciones por su falta de flexibilidad y de respuesta a las necesidades de esos que en estos tiempos se vuelven minoría, sino que son los que justamente no están de acuerdo con lo que se ha conseguido con años de luchas.

Los tiempos cambian, tal vez en la misma forma en la que cambiaron en los años 20 y 30 del siglo XX y la solución a los discursos extremos está en ciudadanías informadas, en partidos que hablen y formen en ideología, en discursos con compromisos reales, en información verdadera (en un tiempo en el que cualquier cosa puede pasar por cierta siempre y cuando vaya de acuerdo con eso que ya creemos).  El autor Pablo Stefanoni en su libro ¿la rebeldía se volvió de derecha? dice que ya ni siquiera el concepto de populismo alcanza para definir lo que está pasando con las nuevas derechas, pero lo que sí es claro es que ese discurso de amigos contra enemigos, ellos contra nosotros, los buenos contra los malos, las blancos contra los de cualquier otro color, los nacidos aquí contra los que llegan de otros lugares, los ricos contra los pobres, los anti sistema contra las instituciones… no puede seguir adelante porque está haciendo justo lo contrario de lo que busca la política, que es llegar a acuerdos y está destruyéndolo todo (sobre todo los derechos ya ganados y la posibilidad de acceder a otros nuevos) a partir de un discurso que sólo se ocupa en buscar la diferencia para desde allí lograr que gane el discurso (no importa si es verdadero o falso) que más rápido viaje por redes que viralizan no lo más importante o lo que más interese sino lo más retuiteado, compartido o visto.

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Liliana Gomez

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Liliana Gomez

*PhD. Directora de la Maestría en Comunicación, Tecnología y Sociedad de la Pontificia Universidad Javeriana.

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Como se muestra en casi todos los escritos sobre populismo, es un concepto de difícil definición y consenso porque para referirse al tema hay que hablar de política, de ideologías, de actitudes, de formas de llegar a acuerdos, de representación, de marcos de referencia discursivos que son influenciados según cada contexto.  Partiendo de lo anterior, se puede decir que las actitudes populistas se pueden dar en cualquier lugar del espectro ideológico, sobre todo en la izquierda y la derecha en donde se escoge un discurso maniqueo entre la gente buena y pura y la élite o los que ostentan el poder que son inmorales, corruptos, lejanos y/o sordos.

Entre otras cosas, el populismo se ha definido como un movimiento de masas o una forma distinta de movilización, como un discurso, una ideología, un marco, un estilo, una estrategia u organización, un conjunto de ideas, como una forma de representación política, o una concepción de la democracia.

No todos los populismos son iguales. Unos serían proyectos regeneradores o democratizadores, porque incorporarían a un pueblo excluido; y otros serían movimientos debilitadores de la democracia porque promoverían la exclusión (xenofobia y racismo). Los primeros serían “populismos de izquierdas” y los segundos “populismos de derechas”. Entre los rasgos a tener en cuenta, estarían: 1. los iguales, los míos, los virtuosos y los otros los malos; 2. la crítica a la democracia representativa desde un lenguaje antiliberal y soberanista; 3. el espacio político se estructura en bloques: arriba/abajo o izquierda/derecha; 4. un líder carismático que habla en nombre de la voluntad del pueblo; 5. un programa nacionalista y antiglobalización; 6. la sustitución del pluralismo por la búsqueda de un enemigo del pueblo contra el que desplegar un discurso político emocional, maniqueo y moralista (uno que acuda a la ira permanente).

Así entonces, de lo que se trata es de una lucha del amigo vs el enemigo o del bueno (en su mayoría el pueblo) vs el malo (la élite, los partidos o quien ostenta el poder).  Personas que, desde sus filtros exacerbados por el uso de las plataformas de comunicación digital, buscan a sus iguales para incluirlos o incluirse e identifican a los “otros”, a los diferentes para excluirlos. Todo dentro de una aproximación en la que el pueblo se piensa como una masa uniforme e indeterminada en la que un líder se atribuye el poder de representar y dar voz a aquellos que por largo tiempo han estado excluidos por aquellos que ostentan el poder y que han hecho las selecciones de quien es el elegido.

Si bien la política en una de sus múltiples definiciones es la búsqueda de acuerdos para que quepan los diversos, en el caso del populismo se ve reducida a aceptar sólo a esos que son iguales o que odian igual.  Se trata de buscar a los que creen lo mismo para construir unas cámaras de resonancia en las que sólo se oiga lo que se quiere oír, se deja por fuera todo lo que sea distinto y se construyen discursos llenos de simpleza para llegar a ese pueblo de “iguales” que no siempre cuenta con los suficientes conocimientos en política.  Un pueblo que no tiene un sistema de creencias lo suficientemente coherente para tomar decisiones acordes con sus intereses y entonces vota al que sepa capitalizar la ira, el acabar con lo que existe, el castigar a los que no hacen nada por los excluidos (esos del grupo de los buenos).

Los líderes populistas se saben adaptar y cambiar según las necesidades que les da el contexto (son pragmáticos), mientras que los seguidores de los líderes populistas le dan importancia sólo al mensajero (a ese líder que con carisma, gritos, con llamar la atención en los medios) dice representar a los sin voz.  En este caso lo importante es el mensajero y no tanto el mensaje, de hecho este puede ser incluso mentiroso o tener la intención de desinformar, pero eso no importa porque lo dice aquel que representa las quejas de ese pueblo descontento con la realidad del momento.

Candidatos que se atrincheran en sus redes sociales, que desinforman, que insultan, que hacen el papel (cierto o falso) de ser los anti sistema para ganar puntos frente a una audiencia cada vez más ávida de espectáculo, de insultos, del chisme del día. Las propuestas quedan a un lado o son tan absurdas que se centran en pensar un proyecto gigantesco y tan poco probable como hacer un muro que separe a un país de otro (que sólo los iguales queden de un lado y todos los distintos del otro).

Toda una crisis de representación política, en donde el que sepa como ocupar los espacios de los medios con un discurso llamativo, distinto, emocionante empieza a tener la oportunidad de ser seguido como el rockstar del momento.  No importan las actitudes sólo saber llegar a los medios con el discurso de moda, atacar al sistema y proponer acciones que en muchos casos no se podrán cumplir.

De lo anterior se puede ver cómo los populistas además de anti-élite o antisistema, son anti pluralistas y apelan a la idea de un solo pueblo (basado en la voluntad de ese pueblo) que, al final, busca apropiarse de todo el aparato estatal. El populismo es una respuesta iliberal (irrespeto de los derechos de las minorías) a la democracia liberal. Los populistas, en muchos casos, “atacan” la globalización y recurren constantemente al miedo y a la frustración para defender sus ideas y proyectos que se presentan como una corrección a la democracia a través de una “moralización” de la política.  En eso estamos y la pregunta es hasta dónde llegaremos en un mundo donde cada vez más ciudadanos están votando por estos perfiles que cada vez son más disruptivos e irrespetuosos del sistema democrático.

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Liliana Gomez

*PhD. Directora de la Maestría en Comunicación, Tecnología y Sociedad de la Pontificia Universidad Javeriana.

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Gustavo Petro hizo, para mi gusto, una de las mejores y más emocionantes campañas electorales.  Construyó una historia en la que supo unir y priorizar temas, enmarcar creencias e identificar emociones.  Supo conectar con sus votantes (y con los indecisos) a partir de discursos que conectaban desde la emoción del momento (el miedo) y logró convertirla en palabras de esperanza en una Colombia que él denominó por fin humana. Su familia y, sobre todo, su hija Sofía lo ayudaron a construir la narrativa de un hombre con el que se podía compartir la alegría de ser colombiano.  Su cuenta de Twitter (hoy X) le sirvió para hablarle a sus seguidores y emocionarlos, para estar en la agenda mediática y para sentar las bases de lo que sería su campaña (lo usó para y como era).

En su discurso de posesión la palabra clave fue cambio.  Veníamos de un modelo distinto y con él, en su gobierno todo iba a cambiar.  Se presentó como el presidente de la unión, el de la paz total, el de la igualdad… Un presidente para toda Colombia y para todos los colombianos y colombianas.  En términos de comunicación formuló las promesas que se necesitaban luego de un estallido social que llenó las calles de distintos repertorios que buscaban materializar y visibilizar las demandas y reivindicaciones de esos colombianos que ahora Petro decía representar.  Las calles fueron un espacio previo para pensar y soñar con el cambio. Fueron esos lugares de disputa en los que ciudadanos de distintas proveniencias se relacionaban de forma dinámica y fluida a partir de discursos que querían que al poder llegara un representante que pudiera mostrar otras formas de hacer política.

Y así, en un ambiente lleno de expectativas y con un plan de gobierno denominado: Colombia potencia mundial de la vida, se propusieron temas esenciales como una economía para la vida: del extractivismo a la producción (cambio climático, agua, territorios vitales, basura cero, democratización del espacio, de la tierra, del crédito, del saber), sociedad para la vida: de la desigualdad a la garantía de los derechos (amor cuidado y educación para niños, niñas y jóvenes; arte, cultura y patrimonio en el corazón de la vida y la paz; campesinado, pueblos indígenas y afrodescendientes, negros, raizales, palenqueros y rrom dignificados y liderando la defensa de la vida; diversidad de género, vida digna de adultos mayores, justicia tributaria); democratización del Estado y erradicación del régimen de corrupción y paz total (reparación integral de las víctimas).

Después de ser elegido suceden cosas, en el Congreso pasan proyectos que se convierten en Ley como el Plan Nacional de Desarrollo (ordenamiento territorial alrededor del agua, seguridad humana y justicia social, entre otros); la paz total (marco jurídico para su plan de paz en Colombia), Ley de presupuesto (405 billones de presupuesto para proyectos y planes del gobierno en 2023).  Pero también hay escándalos por un pésimo manejo en las comunicaciones.  Está el tema minero, fundamental dentro de los cambios propuestos en el gobierno, que se fue evaporando en escándalos mediáticos ligados a la entonces ministra que tuvo un pésimo manejo de las comunicaciones; la reforma a la salud que también se centró más en hablar de la personalidad de la entonces ministra que en los programas y proyectos.  Los titulares de los medios pasaron de las ideas a los chismes, al espectáculo y el presidente se fue con los medios a los que tanto critica al mismo lugar. Es decir, no se dio su lugar como jefe de Estado y siguió comunicando como un candidato de la oposición.  Petro, empezó a ser (desde su cuenta de Twitter) el principal opositor de su proyecto de Gobierno.  Algunos medios se aprovecharon de esta necesidad de estar en las agendas no importa cómo, ni con qué tema y azuzaron al presidente a defenderse, a pelear, a ser el centro de debates intrascendentes que no son los que quiere un gobierno, mucho menos uno del cambio.

Así, entre escándalos sobre plumones y electrodomésticos, las treguas decembrinas de cese al fuego, las amenazas al metro de Bogotá,  el llamado a un levantamiento desde el balcón presidencial, su hijo en la fiscalía, la primera dama bailando en España, los resonados remesones ministeriales, referirse a él mismo como el jefe del fiscal, anunciar antes de tiempo sin confirmar la aparición de los niños desaparecidos en el Guaviare, defender a capa y espada a Laura Saravia, mostrar a la prensa como su antagonista, sus llegadas tarde o sus no llegadas y un sin número de respuestas a tuiteros que sólo buscan tener más clics o estar en titulares aunque sea por un día, han hecho que las conversaciones y las agendas se centren en lo menos importante, haciendo que la desaprobación a su gestión ronde el 60%, que los ciudadanos no tengan claridad sobre qué significa una Colombia más humana y que esa promesa de cambio se sienta como un engaño.

Ojalá el presidente entendiera que hoy la política se juega en el campo de la comunicación y que no sólo son necesarios discursos brillantes sino también una estrategia clara con acciones definidas que lo lleven a estar en las agendas con mensajes tan claros como los de su campaña construidos de forma simple, corta, creíble, consistente, inspiradora… pero sobre todo, ojalá el presidente entienda que ya no necesita estar peleando en X con sus detractores para ser el titular del día.  Sólo necesita priorizar sus temas, enmarcarlos, emocionar dentro de una estrategia co-construida para llegar a ser eso que se comprometió, el gobierno del cambio más humano.

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Liliana Gomez

*PhD. Directora de la Maestría en Comunicación, Tecnología y Sociedad de la Pontificia Universidad Javeriana.

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Ver las campañas actuales a la alcaldía de Bogotá muestra a unos candidatos que se dedican especialmente a emocionar.  Para esto construyen discursos desde lo verbal (palabras que enmarcan creencias) y lo no verbal (posturas, colores, gestos…). Es la época del todo vale desde la comunicación para ser el tema del día.  Cada cosa cuenta en una época en la que los ciudadanos se ocupan poco o casi nada de los programas de gobierno.  El que gana es el que logra despertar más emociones (amor, esperanza, pasión, odio, miedo, ira, tristeza) y para esto hacen que todo pase por los sentidos.

Entonces, las campañas se convierten en un espectáculo en el que todo lo que emocione sirve, en el que mostrar ira al contrincante y sacarlo de casillas para que a su vez grite, pelee, se desdibuje, puede lograr más que tener el mejor programa de gobierno.  Además, se crean tendencias en plataformas de comunicación digital que sirven para ser entrevistados en el programa de radio por la mañana y si todo sale bien y se está en línea con los intereses de los medios, se puede ser titular en la televisión.

Los candidatos se lanzan, ya sea para ganar como Galán y Bolívar, o para que los conozcan en otros escenarios y campañas futuras como Oviedo.  Por su parte, los expertos asesores trabajan para saber y/o definir qué es lo que quieren los votantes que creen de forma similar, para identificar cuál es la emoción que vende, que convence, que hace que alguien se movilice a votar.  Con esa información se trata de identificar la campaña y de crear mensajes que enmarquen las creencias y emociones en una palabra o en una frase corta que sea fácil de leer, de recordar, de repetir.

Otro elemento es conocer al contrario y saber cosas sobre él, teniendo presente que cada uno busca su propia ganancia y que en muchas ocasiones esos secretos no se publicaran, sino que se usarán de forma estratégica para que el otro también guarde información. La política como un juego de estrategias en la que mientras más sé del otro y mientras más le hago saber que sé más poder tengo.

Otro es mostrarse en público con “amigos” que otros reconocen, o admiran. Siempre un candidato rodeado de gente. De personas que se vean diversas, que tengan contactos, que sepan hacer relaciones o que trabajen y caminen por los barrios para dar información, para entregar volantes, para hacer un trabajo que luego (probablemente) será pagado con un nombramiento si el candidato gana. Se trata de hacer campaña por alguien que luego devolverá el favor y por el que, por supuesto, se siente afinidad de espíritu.

El candidato, también debe ganar la mentalidad popular (seducir) y para esto debe conocer los nombres, halagar, frecuentar a sus amigos, mostrarse generoso en público y ganar renombre popular.  Todo envuelto en la propuesta de un proyecto que genere unión no importa si ese proyecto pueda realizarse.  Un ejemplo, el muro que propuso Trump, idea alocada pero gigantesca.  Generó titulares, amistades, enemistades y sobre todo emoción.

También está ganar a la opinión pública, hacerse conocido en las encuestas y para esto la campaña debe tener brillo, verse bien, estar llena de palabras escogidas con precisión.  Palabras que esconden emociones, que se refieren a identidades, que buscan mostrar un sentido de solidaridad y un grupo al cual pertenecer.

Candidatos que se autodenominan los buenos que nos defienden de los otros, de los distintos, de los malos.  Mensajes cada vez más cortos, simples, breves que buscan repetir y ser repetidos, mostrase como novedosos, aunque no lo sean, ser inspiradores (decir eso que el otro quiere oír) y buscar crear imágenes (aunque no todo sea real).

Campañas que como en Bogotá se presentan en tres o cuatro palabras:  Bogotá camina segura: Galán, Reescribamos la historia: Bolívar o Con toda por Bogotá: Oviedo.  Programas de gobierno que pocos leen, aunque cada vez tienen menos páginas y que van desde 56 páginas (Bolívar), 60 (Oviedo) y 87 (Galán).  Encuestas y sondeos que cada día muestra más diferencias y que en una semana definirán quién fue más capaz de emocionar, de convencer y sobre todo de lograr la mayor confianza de los bogotanos que salen a votar, muchas veces, no por el que sea mejor sino por el que es menos malo.

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Liliana Gomez

*PhD. Directora de la Maestría en Comunicación, Tecnología y Sociedad de la Pontificia Universidad Javeriana.

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En el mundo de hoy se reducen las posibilidades de escuchar y de ver al otro, sobre todo al diferente.  Muchos de los discursos que se escuchan se dividen entre los buenos y puros y aquellos otros inmorales, corruptos y/o sordos, los malos.  Desde allí se construye la política, si se es de izquierda (progresista) el discurso va con que los buenos son los excluidos por el sistema y se atacan las élites y si se es de derecha (conservador) se promueven los discursos nacionalistas que defienden el sistema.

Así, cada candidato dependiendo de su ideología (creencias desde las que se construyen marcos de referencia) edifica la imagen de que sus iguales son los virtuosos.  A partir de allí sólo queda un camino de soluciones simples a problemas complejos, con frases de cajón envueltas en un vertiginoso emocionar a como dé lugar para poder estar en las diversas agendas económicas, políticas y mediáticas.  También está una constante crítica a la democracia desde un lenguaje antiliberal (ese que se olvida del respeto a los derechos de las minorías).  El o la encargada de darle forma a este discurso ambiguo de lugares comunes es un líder carismático, que llena todas las pantallas, que se da el lugar de representar la voluntad única del pueblo, como si no hubiera más opciones.

Al final todo se convierte en una lucha permanente contra el distinto, una construcción del amigo (el que cree igual) contra un enemigo que va cambiando con los tiempos, pero que representa todo lo que está mal, lo que debería desaparecer o no existir.  De aquí que se viva en un constante deslegitimar al distinto (al enemigo, al adversario) y una aceptación acrítica por parte de los seguidores basada simplemente en esa necesidad de pertenecer a un grupo social que dé un valor particular y una forma de emocionarse desde la autoimagen, las necesidades, las creencias y los valores.  Soy en la medida en la que pertenezco a un grupo al que me parezco y se me parece y en cuanto soy diferente a los otros que son mis enemigos.

Cada día y dependiendo de esas creencias se descarta la información que sea conflictiva y se privilegia la que es confirmatoria.  Las ideas del enemigo, del opositor, son desvirtuadas y el único punto de vista que es válido es el propio.  Incluso dentro de una misma familia se vuelve un martirio hablar sobre opciones políticas porque no cabe lo diferente en esta época de ciudadanos desilusionados, impacientes, enfadados que no creen en la democracia, que se acogen a discursos simplistas en muchos casos en contra de la defensa de los derechos.

Ciudadanos impacientes con unas instituciones para las que cada vez es más difícil crear políticas públicas que dejen satisfechos a todos y élites económicas, políticas y mediáticas cada vez menos sensibles a la voluntad popular.  Todo sucediendo en un mundo en el que las relaciones de poder se construyen en el espacio de una comunicación usada como instrumento para deslegitimar la política como lugar de acuerdos para solucionar el caos, para permitir que todos quepamos.  La política no se transforma tan rápido como la comunicación y con sobreinformación, desinformación, cámaras de eco, filtros burbuja, bodegas, quedamos a merced de votar por aquel por el que se desconfía menos (aunque también se desconfíe) y esto se hace escogiendo al que es más mediático, al que tiene más clics, al que es más veces tendencia, al que sabe enmarcar esas creencias envolviéndolas en emociones que evocan los sentidos.

Una política que se vive en el escándalo, que busca destruir la confianza en el otro. Una batalla constante por el poder simbólico en donde están la credibilidad y la confianza.  Esto es lo que vemos en la comunicación política electoral y también en la comunicación política de gobierno, un espacio que nos enseña a no creer, a desconfiar del otro que sea distinto, a atacarlo, a buscar que desaparezca.

Una opción, dentro de muchas, para salir de estos círculos es la de pensar en otros mundos posibles, en otros discursos.  Construir formas de pensar diversas desde la escucha de los que son distintos, aprender a valorar la diferencia, soñar e imaginar futuros distintos, aprender el arte de vivir, buscar otros significados posibles, entender que somos siempre cambiantes, construir espacios de diálogo en los que también quepan el disenso, el respeto, la colaboración, la reciprocidad, eso que llamamos las inteligencias colectivas.  Se propone una comunicación en donde se estimulan la discusión, la toma de conciencia sobre la propia realidad, la recuperación de la identidad cultural, la confianza y el compromiso entre las personas.

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Liliana Gomez

*PhD. Directora de la Maestría en Comunicación, Tecnología y Sociedad de la Pontificia Universidad Javeriana.

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Usando la carta de la libertad de expresión sin límites las plataformas de comunicación digital se están convirtiendo en grandes editoras que, con algoritmos de los que no conocemos la fórmula, están organizando y priorizando la información con unas lógicas que la mayoría de los ciudadanos y usuarios de estas ni entendemos, ni conocemos.  Ellas tienen sus propias reglas (son empresas privadas con ánimo de lucro que al final de lo que están preocupadas es de tener ganancias).  Nosotros como sociedad civil no estamos interviniendo en lo que allí pasa y aceptamos unos términos y condiciones de uso que casi nunca leemos y que, si lo hacemos, son tan opacos y tan poco transparentes que nos vamos quedando en las mismas.

El resultado es que las nuevas esferas públicas (X, Facebook, TikTok…) funcionan con intereses puramente privados, nos lo ha mostrado con creces Elon Musk.  Él nos hizo saber a los usuarios de Twitter (hoy X), que era su empresa y podía hacer lo que quisiera, empezó por cambiar el nombre, jugar con el algoritmo, poner barreras para la consulta de los datos, cambiar las políticas de uso.  Además, cada vez más estos espacios se convierten en cámaras de eco en las que nos vemos y conversamos con los que son iguales a nosotros, con los que creen igual, o con lo que podríamos llamar un comité de aplausos.  El resultado en democracias (cada vez más desacreditadas) es que algunas personas empiezan a acostumbrarse a oír sólo eso que les gusta o comparten y a rechazar todo lo que sea diferente.

Pero, además, nos enfrentamos a una crisis de ciudadanos desilusionados, impacientes, enfadados que cada vez están menos dispuestos a escuchar al otro o a aceptarlo y entonces se presentan las posibilidades de pararnos en los extremos, de apoyar al que ofrezca las soluciones más simples.  Y entonces, se da un auge de populismos autoritarios, unas democracias iliberales (sin cuidado por los derechos o sin instituciones que los cuiden).  Y así se pueden ver ciudadanos impacientes con las instituciones que sienten que no traducen sus necesidades en políticas públicas y que están cada vez menos dispuestos a tolerar los derechos de las minorías étnicas, religiosas o sexuales.  Por su parte las élites se adueñan cada vez más del sistema político y son cada menos sensibles a la voluntad popular.  Aparece el discurso de ustedes los malos contra nosotros los buenos, los puros, los mejores.

Se desacreditan los discursos complejos que son los únicos que funcionan en política y además se piensa que el que habla de forma más simple con las soluciones más fáciles (sin interesarse en el cómo) debe ser el elegido.  Aparecen candidatos populistas que se caracterizan por la defensa de un pueblo con una voluntad única, la crítica de la democracia representativa desde un lenguaje antiderechos, la personificación de un líder carismático que habla en nombre de la libertad del pueblo, la sustitución de un pluralismo político por la búsqueda de un enemigo permanente que permite construir un discurso emocional.

Todo lo anterior se vive dentro de una opinión pública que cada vez tiene menos tiempo para dedicarse y/o profundizar en un tema debido a la gran vertiginosidad con la que cambian las agendas construidas por los poderosos que están en el sistema político (gobierno) o en los medios y que son los que constituyen las reglas de juego que cada vez se mueven más en lugares de desinformación y discursos de odio que se multiplican en unas redes sociales digitales que están regulando el discurso público bajo las reglas de conducta corporativas y a las que al final lo que les interesa es que cada usuario permanezca el mayor tiempo posible en la plataforma, haciendo clic y compartiendo contenidos.

Al final, lo que sucede es que en ese ejercicio permanente que imponen las redes sumadas al marketing político, sobre todo, en época de elecciones se vive en una constante deslegitimación del otro que a causa de vivir en permanentes cámaras de eco hace que se piense de manera acrítica, basándose sólo en un sentido de pertenencia con un grupo que cree y se emociona de la misma manera y con el que se siente que se comparten necesidades, carencias, valores (como ya se dijo un pequeño o grande comité de aplausos).  Entonces, nos quedamos con sociedades divididas en donde es importante que el otro se diferencie de mí y yo me diferencie de él y las posturas sobre un tema tienden a reducirse a dos esquemas opuestos y excluyentes, nos convertimos en nosotros versus ellos.

Así, se descarta cada vez más toda la información que se presenta como conflictiva y nos vamos quedando en esa que es confirmadora y se usa el discurso para invalidar al contrario y para generar un permanente clima de desconfianza, de descreimiento, de desafección.  ¿Qué hacer en estas sociedades que están tomando decisiones por Trump, por Bukele, por Milei? ¿Cómo lograr que los próximos no seamos nosotros?

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Liliana Gomez

*PhD. Directora de la Maestría en Comunicación, Tecnología y Sociedad de la Pontificia Universidad Javeriana.

Foto: Facebook: Presidencia de la República

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El presidente insiste en usar mal su cuenta en Twitter en lugar de la estrategia de comunicación que necesitaría su gobierno. Cuáles son sus errores y cómo podría remediarlos.

Liliana Gómez*

Respuestas inmediatas

El presidente de Colombia pasa sus días en Twitter, tal vez para no aburrirse de su nueva tarea como presidente o quizá porque añora su época como opositor.

En Twitter Petro da visibilidad a personas que nunca la han tenido, como es el caso del poco conocido coronel retirado del ejército.

Su afán por la respuesta rápida y sin reflexión no paró ahí: publicó un trino diciendo falsamente que habían aparecido  los niños desaparecidos en un accidente aéreo en la selva del Guaviare. Algunos medios ampliaron la historia diciendo, incluso, que habían visto a los niños a lo lejos.

Por otra parte, Petro ha defendido a funcionarios o personas cercanas sin esperar los resultados de las investigaciones o, más menudo, para atacar a sus críticos y sus opositores.

¿Pero vale la pena usar su cuenta de Twitter como un medio para la militancia, o debería usarla para cumplir el solemne compromiso que admitió en su discurso inaugural?: “Desde hoy, soy el presidente de toda Colombia y de todos los colombianos y colombianas. Es mi deseo y mi deber”.

Cuando el gobierno está empeñado en sacar adelante sus reformas sociales de fondo, es aún más necesario utilizar una estrategia de comunicación eficiente; en vez de esto Petro insiste en sus trinos que le restan credibilidad y hacen que sus propuestas sean desacreditadas ante la opinión pública.

Le recomendamos: A Petro se le olvidó que la televisión pública importa

¿Periodista o gobernante?

La Fundación para la Libertad de Prensa destaca la importancia del respeto y protección que merecen los comunicadores. La función del presidente no es decidir si lo que dice la prensa es cierto o falso, sino asegurar que los periodistas puedan hacer su trabajo de manera libre y segura, algo que no sucede cuando los periodistas y/o medios son atacados desde su cuenta de Twitter.

Gustavo Petro no es el censor del periodismo ni de ninguna otra profesión. Lograría más al ejecutar estrategias de comunicación claras para defender sus propuestas que atacando constantemente a quienes piensan de manera diferente.

Cuando el gobierno está empeñado en sacar adelante sus reformas sociales de fondo, es aún más necesario utilizar una estrategia de comunicación eficiente; en vez de esto Petro insiste en sus trinos que le restan credibilidad y hacen que sus propuestas sean desacreditadas ante la opinión pública.

Si el presidente sigue usando Twitter, debería hacerlo como una herramienta que forme parte de su estrategia de comunicaciones, y para esto sería necesario concebir la comunicación desde tres perspectivas:

  • Como lugar para construir relaciones entre personas, información y tecnología;
  • Como espacio de negociación, para llegar a acuerdos con los iguales y, lo más importante, con los distintos, y
  • Como instrumento para unir al país y construir visiones conjuntas de lo que quisiéramos ser.

El buen uso del Twitter

Laura Sarabia  dijo en una entrevista que el presidente no le prestaba oídos a sus sugerencias de dejar de usar Twitter.

Pero el uso de esta red social debería ser parte de una estrategia más amplia que construya espacios colectivos y convincentes. El deseo incesante de estar en la agenda diaria debería ser reemplazado por reflexiones sobre temas importantes (que no deberían ser más de tres o cuatro al año).

El presidente no debería desgastar su capital político discutiendo con periodistas, exmilitares, o con miembros de partidos contrarios; en su lugar debería dignificar su cargo a través de Twitter.

Gustavo Petro no es un candidato en campaña que deba usar su cuenta para posicionarse en la agenda digital diaria, es el presidente de la república. Como candidato le funcionaba muy bien porque lo mantenía vigente; como presidente, simplemente lo desprestigia.

Es importante disminuir la cantidad de mensajes y centrarlos en temas que le interesen al país, no apenas a él mismo, a su partido o a sus seguidores; ser consistente, no polarizar y, lo más importante, ser inspirador de un modelo de país distinto, eso que logró cuando era oposición antes de ser presidente.

Al final, se trata de encontrar un punto medio entre sus creencias y las ajenas para tener puntos de unión y compartir ideas fuera de espacios llenos de ataque, odio y polarización.

Mostrar las posturas es importante, pero ahora como presidente debería equilibrar su discurso y tratar temas que ayuden a disminuir el malestar sobre la situación del país, que las personas dejen de sentir, como dijo en un trino el hijo de un presidente anterior; “a qué hora tuitea tanto Petro con todo lo  que tiene que hacer un presidente.”

Cambio de ritmo

Yo invitaría entonces a que el gobierno piense en una estrategia de comunicación con objetivos claros, que se concentre en unos pocos contenidos (máximo tres o cuatro).

Foto: Facebook: Gustavo Petro - El presidente Petro debería construir una estrategia en la que Twitter le permita crear espacios para dialogar sobre los temas cruciales de su agenda y no sobre los temas del día.

Esa estrategia debería referirse a los temas centrales de su plan de gobierno en lugar de distraerse en pequeñas peleas o ataques que desvirtúan su imagen y hacen perder la dignidad del cargo.

Una estrategia comunicativa que incluya al otro, que se centre en las personas y las trate con respeto, que sea cuidadosa y tenga en cuenta el alcance que tiene al hablar sobre un tema o sobre una persona.

Esa estrategia debería referirse a los temas centrales de su plan de gobierno en lugar de distraerse en pequeñas peleas o ataques que desvirtúan su imagen y hacen perder la dignidad del cargo.

En cuanto al Twitter, es importante pensar cada trino en función de la importancia objetiva del asunto y de los efectos que pueda tener cada mensaje. Oír es más importante que hablar (sobre todo en un país donde la escucha y el silencio están desprestigiados).

Finalmente, quisiera recomendar el libro La Biografía del Silencio de Pablo D’Ors que muestra cómo el silencio, la escucha y la atención pueden cambiar la vida.

Puede leer: Gustavo Petro en Twitter, ¿la inmediatez o la reflexión?

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Liliana Gomez

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Liliana Gomez

*PhD. Directora de la Maestría en Comunicación, Tecnología y Sociedad de la Pontificia Universidad Javeriana.

Foto: Defensoría

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Las negociaciones entre el ELN y el gobierno atraviesan una serie de problemas de comunicación que afecta la credibilidad del proceso.

Liliana Gómez*

Renacen las negociaciones

En 2018, durante el gobierno de Iván Duque, las conversaciones con el ELN quedaron estancadas. Antes de eso, en 2017, bajo el mandato de Juan Manuel Santos, se habían reactivado estas conversaciones en Quito.

Así, en noviembre de 2022, Gustavo Petro, quien apoyó el proceso de paz de Santos, retomó los diálogos con el ELN. La actividad se llevó a cabo en Caracas, y contó con Cuba y Noruega como garantes.

El gobierno designó a Otty Patiño ─ex miembro del M-19─ como jefe del equipo negociador, acompañado por José Félix Lafaurie, presidente de la Federación Colombiana de Ganaderos (Fedegan), entre otros. Por parte del ELN, el encargado fue Israel Ramírez Pineda, también conocido como Pablo Beltrán, quien es el segundo al mando de esta guerrilla.

Esta guerrilla fue fundada en 1964 y se estima que cuenta con entre 4.000 y 5.000 combatientes.

Lea en Razón Pública: Cámaras de eco en un mundo de desinformación y polarización

Amenazas a periodistas

En un espacio de diálogo con una guerrilla con la que siempre ha sido difícil conversar, su líder Antonio García publicó una amenaza en su cuenta de Twitter.

Las periodistas María Alejandra Villamizar y Vicky Dávila fueron las destinatarias de esta amenaza. Esto sucedió después de que Villamizar escribiera una columna para el diario español El País: «A María Alejandra Villamizar se le subió Vicky Dávila a la cabeza. Los dolores duelen igual en ambas partes, por eso debemos respetarnos».

Es importante recordar que la comunicación transparente es clave para llegar a un acuerdo justo. El ELN debe mostrar un interés genuino en negociar con el gobierno para lograr la paz. Es hora de que comprendan que la paz también se alcanza a través del diálogo y el respeto mutuo.

La cuenta de García en Twitter fue suspendida como resultado de la amenaza que publicó contra las periodistas. El presidente Petro salió en defensa de las periodistas y la libertad de prensa. En un tuit publicado por él, expresó su apoyo a las periodistas y a la libertad de expresión: «Cualquier hombre que tenga control sobre armas y hable con periodistas desarmadas, sin su voluntad, debe saber que su sola presencia, su sola palabra puede representar una amenaza potencial. Es, de facto, una ruptura de la libertad».

La Fundación para la Libertad de Prensa (FLIP) rechazó las amenazas de Antonio García. La fundación destacó la actitud del presidente en este asunto y dijo que “En un proceso de negociación de paz, que congrega diversidad de actores, el ánimo democrático exige que se proteja y promueva el cubrimiento de la prensa, en todas sus formas y dimensiones, de este momento histórico”.

Esto sucede antes de celebrar el tercer ciclo de diálogos con la guerrilla del 27 de abril al 29 de mayo. Es importante recordar que la comunicación transparente es clave para llegar a un acuerdo justo. El ELN debe mostrar un interés genuino en negociar con el gobierno para lograr la paz. Es hora de que comprendan que la paz también se alcanza a través del diálogo y el respeto mutuo.

El papel de las comunicaciones

Es evidente que el proceso de negociación con el ELN es distinto del proceso con las FARC. En este caso, el grupo está conformado por pequeños frentes que operan con autonomía y debaten constantemente sobre sus acciones. Sin embargo, es esencial que se llegue a un acuerdo que beneficie a ambas partes y a la sociedad en general.

En este caso, el gobierno está interesado en llegar a un acuerdo, pero el ELN ha llevado a cabo atentados contra soldados, como el último que causó 9 muertes y varios heridos. Además, el grupo no muestra interés en crear un espacio de diálogo y participación que involucre a la opinión y haga posible llegar a un acuerdo.

En el pasado proceso de negociación del gobierno Santos, se cometió el error de pensar que la paz era apenas un tema de firmas entre unos pocos. Es importante que en esta ocasión el ELN comprenda que la paz se construye a través de la comunicación y los hechos. Sus redes sociales pueden ser usadas para difundir propuestas de manera pacífica y construir acuerdos sin atacar al otro.

Es esencial hablar para construir acuerdos y puentes en vez de atacar al otro. Esperamos que el ELN entienda la importancia de estas acciones y se comprometa a trabajar hacia la paz.

Las plataformas digitales

Los medios de comunicación y las redes sociales pueden ser usados para atacar al otro, como lo está haciendo el ELN, o para buscar diálogos con la población civil, que en su mayoría desea la paz. Por lo tanto, es importante usar las redes sociales para proponer temas que permitan cambios reales en vez de atacar a la vida o al buen nombre de otros.

En el siglo XXI, el camino hacia las negociaciones debe permitir que la opinión se entere de temas que lleven a la reflexión y no propicien más odio, desafección y descontento hacia el proceso de paz. Es necesario crear un espacio en el que la población pueda participar en el diálogo y ser parte de la construcción de la paz.

En un acuerdo de paz, las redes sociales deben ser espacios en los que se busque mejorar o al menos no empeorar las relaciones entre los involucrados. Es necesario tener en cuenta los intereses de la comunidad y construir un lenguaje que permita imaginar un espacio distinto de la guerra.

Por esto, los líderes de la guerrilla que negocian la paz y tienen cuentas en redes sociales como Twitter, deben tomar en cuenta lo siguiente:

  1. Separar a las personas del problema.
  2. Ponerse en el lugar de la opinión que no cree en los buenos resultados de la negociación.
  3. Analizar atentamente el contexto y contar historias que no propicien más miedo o, por lo menos, no den herramientas para que otros construyan un discurso de desafección y rechazo.
  4. Preguntarse siempre antes de publicar un tuit el por qué y el para qué del mismo.

En un proceso de paz con el ELN, es crucial crear mapas y posibilidades para contar diferentes historias. Cada vez que un líder de la guerrilla ataca a un soldado o amenaza a un periodista, se produce un mayor rechazo hacia el proceso de paz. Esto puede hacer que algunos piensen que la única solución posible es eliminar al otro por medio de la muerte o la cárcel.

Foto: Alto Comisionado para la Paz - Los líderes del ELN que usan redes sociales deben entender el contexto para no propiciar más miedo y rechazo.

En un acuerdo de paz, las redes sociales deben ser espacios en los que se busque mejorar o al menos no empeorar las relaciones entre los involucrados. Es necesario tener en cuenta los intereses de la comunidad y construir un lenguaje que permita imaginar un espacio distinto de la guerra.

Entonces, ¿por qué sentarse a negociar si no se tiene la opción de construir con el otro? Si las palabras no cambian y si los medios de comunicación y las redes sociales se siguen usando como lugares de confrontación, ataque o irrespeto hacia el otro, ¿para qué negociar? Es crucial trabajar juntos para construir soluciones sostenibles y pacíficas.

Las comunidades en los procesos de negociación

En su texto «Obtenga el Sí«, William Ury sugiere la importancia de involucrar a la comunidad como un tercer actor en un proceso de negociación. No son solo dos partes negociando, sino tres: las partes y la comunidad interesada en el resultado.

Para llegar a la comunidad, es importante desarmar el discurso y comprender que las plataformas digitales de comunicación pueden ser usadas para construir, si se respeta la diversidad, o para destruir y polarizar si se intensifican las burbujas y se habla solo con aquellos que comparten las mismas ideas.

Es común que los medios cambien o descarten el discurso de los guerrilleros, por eso es importante que estos grupos, como el ELN, eviten replicar la misma violencia simbólica en las plataformas. En su lugar, deben construir historias distintas que sean aceptadas por los ciudadanos, lo que permitiría tener conversaciones desde lugares diferentes con la intención de propiciar esperanza en vez de miedo.

Puede leer: Negociación con el ELN: nada acordado, todo por construirse

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Liliana Gomez

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Liliana Gomez

*PhD. Directora de la Maestría en Comunicación, Tecnología y Sociedad de la Pontificia Universidad Javeriana.

Foto: MinTic

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La educación digital es esencial en esta era de redes sociales, espacios digitales y algoritmos donde se imponen odios y falsa información. El caso de la ministra Vélez.

Liliana Gómez*

“Damos forma a nuestras herramientas,

luego ellas nos dan forma a nosotros”

Marshall McLuhan.

Las cámaras de eco 

Desde la primera década del siglo el término “cámaras de eco” ha sido usado para explicar los procesos de intercambio de información y discusión en Internet   entre comunidades que tienen valores, ideologías y orientaciones políticas homogéneas.

En este tipo de grupos las creencias se amplifican y refuerzan debido a que los participantes solo escuchan sus propias voces y valores, produciendo un efecto similar al del fenómeno acústico del eco.

El caso de la ministra Vélez

En los últimos días en Colombia ha revivido el tema de las cámaras de eco o “bodeguitas en Twitter”, con el caso de la ministra de Minas y Energía, Irene Vélez, quien empieza a ser halagada por su trabajo desde diversas cuentas.

Esto llama la atención de un medio masivo de comunicación que identifica el caso de un gran número de cuentas creadas  recientemente para  tuitear sobre temas similares, en horarios similares, con fines similares. Es decir, una estrategia de comunicación política (hablar bien de alguien en redes sociales) se usa para limpiar el nombre y, a veces, crear tendencias.

Le recomendamos: Gustavo Petro en Twitter, ¿la inmediatez o la reflexión?

Antecedentes

En 2020, la Liga Contra el Silencio identificó una bodeguita uribista que pretendía poner temas de interés en tiempos de Iván Duque. Se trataba de una estrategia de ubicación de contenidos donde participaban 88 personas con sus cuentas asociadas.

En este tipo de grupos las creencias se amplifican y refuerzan debido a que los participantes solo escuchan sus propias voces y valores, produciendo un efecto similar al del fenómeno acústico del eco.

Para entender este fenómeno, en el 2019, tuve la oportunidad de participar en una investigación con un grupo de profesores para identificar redes de desinformación en una campaña sub nacional: la alcaldía de Medellín. Descubrimos que los grupos que apoyaban a los dos candidatos principales intentaban crear espacios para difundir información falsa sobre sus rivales. Durante esta investigación, identificamos dos cámaras de eco bien construidas. Sin embargo, descubrimos que el partido de gobierno tenía una estrategia más clara y mejor organizada que la de sus oponentes.

Otro ejemplo se dio cuando la cadena FOX, a través de su presentador Tucker Carlson, retrató la toma del Capitolio de Estados Unidos el 6 de enero de 2021 por parte de los seguidores de Trump como un evento pacífico y tranquilo. Usaron imágenes editadas y seleccionadas para mostrar solo lo que querían que se viera. Tales imágenes fueron compartidas en las cámaras de eco de los seguidores del expresidente Trump, lo cual reforzó la falsa idea de que no estaba sucediendo nada alarmante.

Estos casos son apenas ejemplos de una forma de hacer comunicación política para establecer ciertos temas, mejorar la imagen de algunos candidatos y/o desprestigiar a sus oponentes. En períodos electorales, esta práctica se intensifica, polariza y crea discursos de odio, ataques organizados o la participación de ciudadanos que creen lo que se dice en las redes.

De hecho, un estudio de MIT en Twitter demostró que muchas personas que difunden información falsa no lo hacen por tener intereses políticos, sino para obtener clics, dinero o simplemente porque la información que ven o leen (sea verdadera o falsa) coincide con sus creencias.

Algoritmos y decisiones

El problema radica en que cuando estas prácticas se llevan a cabo en plataformas digitales como Facebook o Twitter, donde se vive un fenómeno de personalización que se intensifica con el uso de algoritmos que nos muestran cada vez más contenido similar, puede intensificar problemas en nuestra forma de percibir y comprender la democracia.

Como resultado, tenemos democracias cada vez más debilitadas y ciudadanos que experimentan profundas desconfianzas (en muchos casos basadas en información errónea) hacia las instituciones encargadas de traducir las necesidades de las mayorías y minorías en políticas públicas.

La pregunta es, ¿qué hacer frente a estos espacios digitales donde se encuentran (o llegan) aquellos que tienen valores, ideologías (creencias) u orientaciones políticas homogéneas? La respuesta es entender que es un fenómeno que seguirá pasando en estas o en otras redes online u offline.

Debo notar que esto no es exclusiva responsabilidad de las redes digitales (aunque allí se amplía), sino el resultado de estrategias de comunicación y marketing político que aprovechan la oportunidad de transmitir un mensaje específico a un grupo que, según sus creencias, se emocionará con el contenido y se sentirá impulsado a tomar acciones, como compartir o hacer clic en un enlace.

Por supuesto, el problema es que este simple “clic” hace que entremos en ese círculo vicioso donde lo que más clic tiene se convierte en tendencia, y lo que se convierte en tendencia llega a los líderes de opinión, medios de comunicación y políticos que en muchos casos hacen uso de esta información para su beneficio, porque creen en eso o porque les conviene en algún tema determinado.

Así, las plataformas de comunicación digital, aunque no representan a la mayoría en política, son cruciales para las campañas. En ellas están los principales sujetos de la comunicación política, es decir, políticos, periodistas, líderes de opinión y ciudadanos interesados en el tema.

Aunque estas campañas no necesariamente cambian el voto o la postura ideológica, pueden crear una burbuja que distorsione la realidad o llevar a comportamientos extremos en plataformas que quieren opiniones emocionales con poca o ninguna reflexión.

Importante recordar que las plataformas usan algoritmos que no son de dominio público y que pueden influir sobre la velocidad y el alcance de la información. Así, una misma noticia puede ser percibida de forma radicalmente diferente por individuos con posturas ideológicas opuestas, debido a que cada uno se estará informando de manera distinta y desde medios diferentes.

Foto: Twitter: MinEnergía - El tema de las “bodeguitas en Twitter” ha revivido debido a la aparición de diversas cuentas que halagan a la ministra Irene Vélez por su trabajo.

Como resultado, tenemos democracias cada vez más debilitadas y ciudadanos que experimentan profundas desconfianzas (en muchos casos basadas en información errónea) hacia las instituciones encargadas de traducir las necesidades de las mayorías y minorías en políticas públicas.

El resultado es una realidad más fragmentada que no permite establecer espacios de discusión, ni siquiera de escucha. Estos son lugares para no oír al otro, para cerrarse en los temas, para creerle o seguir al que uno cree igual.  Y de nuevo, el resultado cuando se trata del ejercicio de la política es una desafección frente a la democracia y lo que ella significa.

En resumen, las plataformas de comunicación digital (empresas privadas con intereses privados) no están allí para asegurar espacios de participación, ni de debate o argumentación. Por el contrario, ellos están interesados en el clic y la mayoría de las veces ese clic se da, en casos en los que se exacerban las emociones, se desinforma y se ataca.

Nosotros como ciudadanos debemos exigir conocer cómo están construidos los algoritmos de las plataformas y también buscar políticos que tengan, al menos, un uso respetuoso de las plataformas de comunicación digital (esto último cada vez más difícil, porque el trabajo sucio se hace desde otras cuentas —en algunos casos— con conocimientos del político interesado en el tema).

Puede leer: Los anfitriones de la cultura digital

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Liliana Gomez

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Liliana Gomez

*PhD. Directora de la Maestría en Comunicación, Tecnología y Sociedad de la Pontificia Universidad Javeriana.

Foto: Facebook: Gustavo Petro

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Buena parte del éxito político de Petro se debió al buen manejo de las redes sociales, y hoy tiene 2,6 millones de seguidores en Twitter. Pero una cosa es ser presidente y otra cosa deben ser las comunicaciones de la Presidencia.

Liliana Gómez*

El cargo tiene implicaciones

El presidente Petro sigue usando la misma cuenta personal de Twitter que había usado como alcalde de Bogotá y que fue abierta en junio de 2009.

Por esa época yo había escrito un análisis que titulé A Petro le sonó el pajarito, ¿o no? Allí decía que era un acierto saltarse los medios de comunicación. Pero ahora creo que el presidente hace un uso inadecuado de Twitter y que le falta una mejor relación con los medios.

Antes era un alcalde que quería llegar a ser presidente. Ahora es el presidente y debe ser mucho más respetuoso de las formas, lo cual incluye una relación más estrecha con los medios y un ejercicio que se está olvidando, cada vez más, en América Latina: un espacio de rueda de prensa donde los periodistas puedan preguntar con libertad sobre lo que quieran.

Reconocer el papel del periodista

Twitter debe ser parte de la estrategia de comunicación, pero no puede ser su principal herramienta.

Un presidente debe informar por el mayor número de medios posibles y con el mayor respeto por el libre ejercicio del periodismo.

Antes, cuando el hoy presidente estaba en la oposición, e incluso como alcalde, podía quejarse porque los medios le cerraban los espacios o lo atacaban. Pero esa no puede ser excusa cuando tiene a su disposición medios públicos y la posibilidad de pautar en los privados (lo que le da cierta ventaja a la hora de comunicar).

Es cierto que algunos periodistas (conocidos y/o seguidos en los medios) lo siguen atacando, pero también es cierto que él tiene la posibilidad de mostrar siempre el punto de vista del gobierno, y para eso debe abrir más espacios a los periodistas, no simplemente saltarse a los medios y/o a los editores de los medios con su cuenta de Twitter.

No debe ser una cuenta personal

De aquí se desprende la pregunta: ¿debería el presidente de la República usar su cuenta personal para comunicar asuntos de Estado?

Y la respuesta parece ser muy clara: al ejercer un cargo público (el más importante del país), el funcionario debe usar los canales oficiales que como son muchos y están allí. Inclusive debería usar una cuenta que como presidente fuera de uso público y que no se la llevara el mandatario de turno al acabarse su mandato.

Aunque Twitter sea la plataforma donde se encuentran los líderes de opinión no es el lugar donde están la mayoría de los colombianos y tampoco el lugar donde se puedan dar debates profundos sobre los temas importantes del país.

Foto: Facebook: Gustavo Petro - El presidente debe cambiar la inmediatez del compartir en Twitter por la reflexión que puede tomar un poco más de tiempo en la construcción de comunicados donde participen más personas (incluido un equipo de comunicación y prensa).
Lo anterior porque él ya no habla a título personal o partidario (algo que en ocasiones sigue olvidando) sino que lo hace en nombre de todo un país.  Aunque  las redes sociales (que en el caso de Petro funcionan como medio de comunicación) pueden ser fundamentales, hay que usarlas de acuerdo con el papel y el cargo que se desempeña y sin olvidar que la comunicación con la prensa sigue siendo la más importante (aún en momentos cuando la credibilidad de los medios sea baja).

Comunicar con más cuidado

Si bien es cierto que Petro está acostumbrado a comunicarse a través de Twitter (y sus 6, 2 millones de seguidores también los están), también es cierto que la seriedad y solemnidad de su cargo exigen que las comunicaciones sean mucho más pensadas y   cuidadas.

Por eso el presidente debe cambiar la inmediatez del compartir en Twitter por la reflexión que puede tomar un poco más de tiempo en la construcción de comunicados donde participen más personas (incluido un equipo de comunicación y prensa).

No es un momento para que él o personas de su equipo se den el lujo de informar sin medir bien las consecuencias o las repercusiones de cada uno de sus tuits tanto dentro como fuera del país.

Hablar para todo el país

Hay un hecho adicional e importante. Aunque Twitter sea la plataforma donde se encuentran los líderes de opinión (políticos, periodistas, ciudadanos interesados en la vida pública), no es el lugar donde están la mayoría de los colombianos y tampoco el lugar donde se puedan dar debates profundos sobre los temas importantes del país.

El presidente de la República tiene que utilizar una estrategia pensada para llegar a todos los lugares del país y para que la información oficial sea accesible de mamera fácil y certera, se tenga o no se tenga acceso a la Internet.

Aunque Twitter funciona como un medio de comunicación de nicho para actores políticos altamente mediatizados, el presidente de la República debe ir más allá y buscar el modo de llegar a todos.  Debe encontrar la forma de estar en las agendas políticas y mediáticas del país más allá de Twitter, sin olvidar que él y su cuenta personalizada de Twitter son el mensaje y que cualquier cosa que diga será repetida, acogida y atacada por muchos.

Twitter es para otra cosa

Como dije al principio, está bien usar Twitter dentro de una estrategia, pero los ciudadanos debemos ser conscientes que esta plataforma sirve para crear la impresión de cercanía entre los políticos y sus públicos o audiencias, aunque en realidad se trate de información unidireccional donde el político no se preocupa por lo que sucede al otro lado.

Los políticos, en general, pretenden informar directamente a sus seguidores, y para eso abren cuentas en medios de comunicación de nicho, que además les permiten atacar o criticar a sus opositores y producir contenidos que pueden ser capturados directamente por los medios tradicionales de comunicación.

En este caso, además, Twitter funciona como una plataforma de posicionamiento de agendas, porque a partir de la información que se convierte en tendencia, los medios de comunicación pueden organizar sus contenidos. Pero este no puede ser el caso de la  agenda presidencial, que por supuesto deber estar concentrada  en atender los problemas que en realidad afectan más la vida de los colombianos. La agenda del presidentes debe ser un proyecto de país y por eso su comunicación exige una estrategia mucho más amplia y bien pensada.

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Liliana Gomez

*PhD. Directora de la Maestría en Comunicación, Tecnología y Sociedad de la Pontificia Universidad Javeriana.

ISSN 2145-0439

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