Las revoluciones del norte de África: no es la tecnología, es la conectividad - Razón Pública
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Las revoluciones del norte de África: no es la tecnología, es la conectividad

Escrito por Boris Salazar
Boris Salazar

Boris SalazarToda revolución implica una eclosión o un florecer de solidaridades entre personas descontentas e indignadas que se unen para derrocar al régimen. El celular, el Internet y el Twitter facilitan la activación de esas redes, pero no pueden operar en el vacío. Un análisis alternativo de la conmoción que sacude al mundo árabe -y de cómo funcionará la política de hoy en adelante.

Boris Salazar*

¿Tecnología, conectividad y revolución…sin sociedades ni pasado?

La ola revolucionaria que sacude al norte de África ha sido atribuida a la acción providencial de las nuevas tecnologías virtuales de comunicación. Facebook, Twitter, los mensajes de texto, la telefonía móvil, el correo electrónico, de pronto han sido elevados a la categoría de armas irresistibles de la revolución. 

Las epifanías urdidas en Occidente cuentan las hazañas de hombres y mujeres jóvenes -sobre todo mujeres- que armados de sus celulares y de una cuenta de Facebook habrían derribado tiranos de varias décadas, y devuelto el deseo de luchar a las masas silenciadas por muchos años de opresión. 

De un solo golpe narrativo -recubierto a veces de una modesta capa de análisis político urgente-han desaparecido las sociedades del norte de África, sus activistas, organizaciones y grupos, y los lazos que los unen con el pasado y con los muchos futuros posibles, y hasta las fracturas que las han dividido durante siglos. No es una conspiración. Ni siquiera otra forma del imperialismo cultural que ha filtrado, a través de los colores benignos de Occidente, los claroscuros de la cultura del medio Oriente y del norte de África. 

Es, más bien -como lo planteó en otro contexto Edward Said- una nueva reencarnación del Oriente que los occidentales crearon, a su imagen y semejanza, para tratar de entender lo que no entendían o no querían entender. Sólo que esta vez la reencarnación es tecnológica y tiene implicaciones profundas para la comprensión de las relaciones entre tecnología, conectividad y revolución. 

El poder limitado de la tecnología

La tesis más común postula que las nuevas tecnologías digitales permitieron la casi instantánea conexión de activistas y ciudadanos, desatando una oleada de protestas que devinieron revoluciones, y aun siguen en proceso de serlo. Conexión antes imposible debido al carácter opresivo de los regímenes despóticos del norte de África. 

En ese mundo, las nuevas tecnologías serían el atajo, a través del cual la interferencia y la vigilancia de los Estados policivos fueron burladas, sin sangre y sin terror, con consecuencias decisivas para las relaciones de poder en esas sociedades. 

No es una tesis falsa del todo. Las nuevas tecnologías sí tuvieron, y siguen teniendo, un papel en lo que está ocurriendo en el norte de África. Y fueron también un atajo para unir activistas, ciudadanos, grupos y grupúsculos, que habrían permanecido aislados, o con vínculos muy inciertos y proclives a la interferencia gubernamental, de no haber mediado las tecnologías virtuales. 

Pero no fueron ellas las que desataron las protestas y las condujeron por el camino de la revolución. Y tampoco fueron las que sostuvieron las protestas y el momento revolucionario más allá del umbral crítico impuesto por la grotesca represión de los regímenes amenazados, y el cansancio y el pesimismo propios de los humanos. 

Lo que la hace, en cambio, un poco falsa es su desdén por entender lo que ocurrió, y por encontrar los puntos, o las bisagras, en los que las tecnologías virtuales sí cambiaron el curso y la velocidad de las revoluciones en marcha, y aquellos en los que las viejas relaciones "físicas" tuvieron un papel fundamental. 

La línea analítica que separa a unos y otros no pasa, entonces, por la fácil oposición entre lo virtual y lo real, o entre las tecnologías virtuales y las relaciones sociales. Ni siquiera entre los vínculos débiles de las redes virtuales y los vínculos fuertes de las redes físicas. Está en otro lugar: en el papel de la conectividad en el desarrollo de esta oleada revolucionaria y en el de todas las revoluciones modernas. Las tecnologías pasan; la conectividad permanece, cambiando. 

Una confluencia de fuerzas

Mi conjetura es que toda revolución tiene un pie en el pasado y otro en un futuro incierto. Lo que hoy está ocurriendo en el norte de África no es el resultado causal de unas cuantas interacciones virtuales. Es el producto de largos y silenciosos procesos de construcción de pequeños núcleos de oposición a los regímenes de Egipto, Túnez y Yemen, y de otros países de la región, que habían comenzado con el milenio, y cuyas raíces se pierden en pasados todavía más lejanos. Allí podrían encontrarse los orígenes comunes de la dignidad y el honor, claves en los levantamientos en curso. 

Esos núcleos estaban compuestos por activistas islámicos y seculares que lograron, en ciertas coyunturas, unir sus esfuerzos y comunicarse a través de medios virtuales y reales. En Egipto, por ejemplo, extrañas alianzas entre abogados y activistas de derechos humanos musulmanes y seculares abrieron el camino para una comunicación permanente a través de la acción legal y de la publicación de blogs que permitieron la emergencia de un lenguaje común, impensable unos años antes. 

Asmaa Mafouz

Consideren el caso de Asmaa Mafouz, la activista considerada en Occidente como una de las heroínas de la revolución egipcia. La imagen inicial difundida en la web era la de una activista virtual que había tenido la idea genial -o desesperada- de lanzar un video en Youtube, en el que invitaba con indignación a sus compatriotas a rebelarse contra el régimen de Mubarak. Pero su actividad revolucionaria no había empezado con ese video. 

Mafouz había sido una de las fundadoras del movimiento Seis de Abril, un grupo de Facebook creado para apoyar una huelga real de trabajadores en El-Mahalla El-Kubra, una ciudad industrial al norte de El Cairo. La huelga fue un fracaso, pero las conexiones entre obreros y estudiantes y activistas ocurrieron para ser reactivadas más tarde. 

En enero de este año, Mafouz llamó a sus compatriotas a la acción contra el gobierno y fracasó de nuevo: sólo cuatro personas aparecieron en la después gloriosa Plaza Tahrir. Había más tanques, policías y soldados que manifestantes, como lo dijo ella misma. Pero la inmolación de Mohamed Bouazizi en Túnez, el movimiento de protesta que despertó, y la rápida caída de su dictador, Ben Ali, cambiaron el régimen de expectativas de activistas y ciudadanos a lo largo del norte de África. 

Sólo entonces apareció el célebre video en Youtube, el 18 de enero de 2011. El 25 de enero, por primera vez en muchos años, miles de personas acudieron a la Plaza Tahrir, iniciando lo que habría de convertirse en la revolución Egipcia. 

La prueba ácida del poder de las redes virtuales

El régimen, que conocía de los poderes milagrosos derivados de las tecnologías virtuales, puso fuera de servicio la telefonía celular, inhabilitó el Internet, y dejó a los egipcios desconectados, y solos, en apariencia. La apuesta de Mubarak era simple: la incomunicación llevaría la revuelta al fracaso inmediato. 

En lo que sería una de las primeras pruebas ácidas de la importancia de la conectividad virtual, los manifestantes de la plaza Tahrir se mantuvieron en sus puestos de combate y resistieron con coraje los ataques -montados en camellos y caballos, golpeando con sables y espadas- de las fuerzas de choque del régimen. 

¿Qué hizo a los manifestantes, desconectados, resistir y permanecer hasta vencer al régimen? Dos razones básicas:

  • La primera es que la rebelión superó el momento crítico en el que todo podía desinflarse o el que ya no había marcha atrás. Como ha ocurrido en otras revoluciones, el miedo inicial ante un ataque injusto y violento, se transformó en indignación, en rabia y en acción. La resistencia se consolidó y nuevos manifestantes llegaron a la plaza Tahrir, y en lugar de la huída esperada ocurrió el milagro de la resistencia colectiva. Pero este milagro estaba limitado a la Plaza Tahrir.
  • ¿Cómo podía ser suficiente para garantizar que la revolución fuera irreversible? Aquí aparece el papel de otros medios de comunicación, tradicionales y no tradicionales, para multiplicar en forma instantánea lo que estaba ocurriendo en la Plaza de la Libertad. Las imágenes que Al-Jazira y la propia televisión estatal enviaban a todo el mundo y a todo Egipto multiplicaban en forma instantánea el fracaso del régimen, sus intentos desesperados de detener la revolución, el uso inútil de las peores armas del repertorio regresivo que siempre había usado. La diferencia decisiva era que todo ocurría ahora en vivo y en directo.

No era una derrota en particular lo que el régimen de Mubarak sufrió en la Plaza Tahrir. Eran miles, millones de derrotas que se repetían en todo el mundo. Por eso todo ocurrió allí, y en todo el mundo y en todo Egipto al mismo tiempo. Los muchos eventos que conforman cualquier revolución, ocurrieron en Egipto en un único lugar, convirtiéndose en muchos eventos en los cerebros de las millones de personas que veían la resistencia de los manifestantes en tiempo real. La plaza Tahrir concentró en un único lugar toda la energía revolucionaria y las redes multimodales la multiplicaron en forma instantánea. 

Esta multiplicación instantánea no dependió de las nuevas tecnologías virtuales. Los medios tradicionales, con la cooperación de algunos medios virtuales, lograron la multiplicación milagrosa de las redes multimodales que la revolución ya había puesto en marcha. Lo que la televisión repetía, era vivido en la Plaza, difundido en las conversaciones cotidianas, procesado en encuentros casuales, transformado en los cafés y en las calles. 

Es el milagro de la activación súbita y masiva de la vida social que ocurre en toda revolución. Es lo que Mubarak debió percibir, muy a su pesar, antes de aceptar su derrota inevitable. 

Túnez

No es difícil encontrar en Túnez trayectorias similares hacia la revolución. Trabajadores de las minas de fosfato y de la agricultura se rebelaron contra las condiciones de trabajo, y se levantaron en Gafsa en 2008. Y en el mismo lugar donde Mohamed Bouazizi se inmolara tres años más tarde, los granjeros de la región habían realizado una "sentada" de protesta contra el gobierno local. 

El camino hacia la rabia y la acción en Túnez difiere de las ideas occidentales sobre su conducta. Bouazizi no se inmoló por una particular pulsión suicida, o por seguir la línea radical de los militantes fundamentalistas. En realidad fue un acto de dignidad ante las humillaciones sufridas a manos de los agentes del régimen. La indignación tenía que ver con la imposibilidad de trabajar. Bouazizi, un desempleado con estudios de secundaria, ni siquiera podía vender las frutas con las que ayudaba a su hermana. Muchos, miles de tunecinos estaban en la situación de Bouazizi. 

Así lo percibieron sus compatriotas y así lo percibió un abogado, Nasuer Laoumi, que protestó, solo, ante el palacio del Ministerio del Interior después de la inmolación de Bouazizi. Frente a él estaban cientos de soldados en perfecta formación y el gigantesco edificio. Su protesta fue grabada en un video que se difundió masivamente a través de múltiples redes virtuales. 

Después vinieron las grandes manifestaciones, los intentos de cambiar de imagen de Ben Ali, su salida del país, y el renacimiento de la revolución en la plaza de la Casbah, el barrio antiguo de Túnez. Y aunque la revolución Tunecina empezó la oleada de revoluciones, la elección de la plaza de la Casbah como el lugar donde se definirían las conquistas de la revolución siguió la trayectoria egipcia de concentrar el esfuerzo revolucionario en la plaza Tahrir. 

Otra vez, el milagro no fue obra de las tecnologías virtuales. Lo milagroso es lo que ocurre una vez que las revoluciones logran desatar las fuerzas de la conectividad y de la rebeldía antes en hibernación. Así ocurrió en Francia, en Rusia, en Irán, y en todos los lugares en los que la revolución ha cambiado el mundo de repente. 

Lo que las une

¿Qué tienen en común Egipto, Túnez, Yemen, Bahréin, Marruecos, Siria y Libia? Décadas de dictaduras más o menos despóticas, basadas en el poder del ejército, con altos niveles de corrupción y de exclusión, tasas dramáticas de desempleo y la irrupción de juventudes activas, conectadas -a través de medios virtuales y tradicionales- a núcleos de activistas con por lo menos una década de protesta intermitente contra sus respectivos déspotas. 

Si la inmolación de Mohamed Bouazizi, el 17 de diciembre de 2010, fue el evento que desencadenó la revolución tunecina, la huida de Ben Ali el 15 de enero de 2011 fue el evento que catalizó la reacción en cadena hoy en pleno desarrollo en el norte de África:

  • Fue el 15 de enero cuando los primeros manifestantes se reunieron en la plaza de la Universidad en Sanaa, la capital de Yemen, para exigir la renuncia de Abdullah Saleh, su dictador durante 33 años.
  • Y fue el 18 de enero del mismo año que Asmaa Mafouz colocó su video llamando a la revuelta en contra el régimen de Mubarak. En él contaba el fracaso de un intento anterior suyo y llamaba a la rebelión.
  • El 25 de enero la plaza Tahrir se había convertido en el centro de la revolución y todo el mundo observaba cómo caía una de las dictaduras más antiguas y estables del Oriente Medio.
  • El proceso revolucionario continúa. En Yemen, Saleh aceptó marcharse una vez elegido su sustituto, pero lo más probable es que deba despedirse mucho antes del poder. En Libia, Gaddafi desató una guerra civil que tiene el país al borde del desastre humanitario, en un horizonte incierto.
  • Y en Siria, el régimen de Assad sigue aferrándose con desesperación al poder asesinando casi todos los días decenas de manifestantes, pero sin lograr mayores resultados: la determinación de los que protestan no ha dejado de crecer con la brutal represión ejercida por un régimen que intentó mostrar una cara amable y conciliadora y terminó dejando ver sus verdaderos colores.

Indignación en cadena y medios virtuales

¿Tuvieron las tecnologías virtuales un papel en la oleada revolucionaria del norte de África? Sí: aceleraron los procesos de coordinación de las acciones y permitieron la emergencia de vínculos entre seculares y musulmanes, superando la interferencia de los regímenes dictatoriales de la región. Lo hicieron uniendo y activando núcleos, vínculos, grupos y sentimientos "reales" ya existentes. La combinación entre indignación real y medios virtuales resultó explosiva en una región en la que el honor y la dignidad todavía tienen valor práctico. 

Como toda revolución, las revoluciones del norte de África crearon sobre la marcha nuevos vínculos y generaron explosiones de solidaridad y cooperación impensables unos meses atrás. Y como ocurrió también en revoluciones del pasado, los eventos más impactantes produjeron nuevos vínculos colectivos y desencadenaron acciones aun más fuertes, llevando a mineros desempleados de Yemen a "invocar conceptos constitucionales de la Ilustración", como anota Steve Coll, en la revista New Yorker.  [1]

La Plaza Tahrir dejó de ser un lugar para convertirse en una fuente de nuevos eventos. Ahora está en todas partes. Como estuvo en millones de cerebros cuando garantizó el derrocamiento de Mubarak y el inicio de la marcha de Egipto y del norte de África hacia un futuro desconocido.

Escritor, profesor del departamento de Economía de la Universidad del Valle. Su último libro, escrito con María del Pilar Castillo y Boris Salazar, es ¿A dónde ir? Un análisis del desplazamiento forzado.

Notas de pie de página 


[1] Steve Coll, The Casbah Coalition, The New Yorker, 11 de abril de 2011, p. 36.

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