Decrecimiento económico: ¿ciencia o utopía? - Razón Pública
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Decrecimiento económico: ¿ciencia o utopía?

Escrito por Boris Salazar

Ahora que la ministra de Minas, Irene Vélez, fue ridiculizada por exigir a los países desarrollados un decrecimiento económico, necesitamos hablar de política energética a la luz de evidencia científica.

Boris Salazar*

Un escepticismo barato

La ministra de Minas y Energía, Irene Vélez, desató confusión y polémica al afirmar que Colombia debe: “exigir a los otros países que comiencen a decrecer en sus modelos económicos”.

La invitación fue bocado de cardenal para todos los que ven en la política energética del gobierno la mayor amenaza contra el mercado y el crecimiento.

Si bien muy pocos conocían o conocían muy mal la teoría del decrecimiento, todos refutaron con los clichés de siempre:

  • “no es científica”,
  • “no tiene bases empíricas”,
  • “es economía de ficción”,
  • “la verdadera economía se hace con modelos y cálculos”,
  • “sólo la defienden unos profesores en Europa”, o
  • “sin crecimiento no podríamos sacar de la pobreza al 86% de la humanidad que todavía vive en la pobreza”.

El mito del crecimiento económico

Pero la teoría del decrecimiento sí tiene bases científicas. Hace más de cincuenta años el economista rumano Nicholas Georgescu-Roegen demostró que, en un mundo con recursos naturales finitos, el crecimiento económico indefinido es imposible.

La capacidad de la tierra para sostener niveles crecientes de consumo, producción y explotación de recursos fósiles tiene un límite, el cual está definido por el acervo finito de recursos naturales. Es cuestión de tiempo saber cuándo llegaríamos a ese límite.

El profesor Georgescu-Roegen examinó el mito del crecimiento económico indefinido a la luz de la segunda ley de la termodinámica. Lo hizo con modelos, con cálculos, con evidencia empírica, tal como lo exigen hoy algunos columnistas.

No obstante, lo hizo con modelos, cálculos, y evidencia empírica distintos a los usados por la economía ortodoxa. Y, sobre todo, lo hizo con otros supuestos. Sólo de esta manera Georgescu-Roegen logró sacar a la economía del crecimiento de su ficción optimista.  Sí, es una ficción pensar en un mundo sin restricciones materiales, cuando vivimos en un mundo donde la economía debe sobrevivir con recursos finitos.

Sí. Los países ricos deben decrecer

Uno de los desarrollos posteriores a la intervención de Georgescu-Roegen fue el estudio del efecto ambiental de los países más ricos.

La hipótesis fundamental es que el crecimiento del consumo de prestigio en los países más ricos tiene un mayor efecto sobre el medio ambiente y el cambio climático.

Los efectos de este consumo de prestigio se extienden por todo el sistema económico y ambiental a través de la demanda creciente de energía fósil y el crecimiento incontrolado de la contaminación por CO2: movilidad automotriz y aérea; transporte naval de mercancías; la cría y sacrificio de animales, y la calefacción por calor proveniente de hidrocarburos.

Es esto a lo que se refería la ministra Vélez en su intervención ante el congreso minero. Un inocente bolso de Gucci puesto en París o Nueva York deja una huella ambiental gigantesca, acelera el cambio climático, y hace cada vez más ricos a los ya muy ricos oligarcas rusos y sauditas.

En 2020, Wiedmann, Lenzen, Keyber y Steinberg publican una perspectiva en Nature, donde muestran cuánto han avanzado, en los últimos diez años, los estudios sobre este tema, y cuáles son los enfoques de política que podrían revertir la tendencia dominante.

En lugar de una herejía moribunda, el estudio deja ver un vigoroso campo interdisciplinario en plena expansión, con al menos cuatro enfoques distintos compitiendo entre sí, y más de cien artículos en revistas científicas.

El pluralismo científico no es ideología

Sin duda, este campo no encaja bien en la visión de una ciencia única, que aplica una y otra vez el mismo método “científico”, y acepta un único tipo de evidencia empírica —como lo han reclamado una y otra vez algunos columnistas—.

No obstante, la teoría del decrecimiento es compatible con una visión plural, inter y transdisciplinaria de la práctica científica. Esta es capaz de integrar métodos diversos y de aceptar distintos tipos de evidencia empírica, experimentales o no experimentales, en ambientes reales o simulados.

El pluralismo científico no es ni una idea política ni un desvarío ideológico. Es un hecho real, bien afirmado en la evolución de las prácticas científicas desde los tiempos de Galileo.  Al final, “el consenso científico” es un acuerdo pasajero siempre reemplazable por nuevos consensos pasajeros, sometidos a la innovación y el cambio.

Es obvio que el pluralismo científico no fue el principio que animó el debate público sobre las implicaciones políticas y económicas de las afirmaciones de la ministra.  Sin duda, lo dicho por la ministra en el congreso minero invitaba a un debate en la difícil interfaz entre lo científico y lo político.

Además, lo que dijo afectaba los intereses económicos de poderosas organizaciones internacionales, y cuestionaba qué tanta verdad había en el axioma ortodoxo del crecimiento económico indefinido.

Foto: Ministerio de Ambiente - Este tipo de interacciones virtuosas entre las nuevas tecnologías energéticas, el sistema económico y el bienestar de los colombianos son posibles.

Algarabía mediática sin argumentos

Lo que ocurrió después de las sugerencias de la ministra, fue una algarabía mediática ausente de argumentos.

Los atacantes partieron del supuesto de que la funcionaria no tenía ni idea de lo que estaba hablando. El problema, según ellos, es que la ministra no se formó en el 95 % de programas de doctorado en economía del mundo donde sí saben lo que es el crecimiento y, en su lugar seguía teorías extrañas provenientes de oscuros programas europeos.

El argumento empírico “más fuerte” decía que “sin el crecimiento, el 86 % de la población del mundo que todavía vive con menos de siete dólares al día no podría salir nunca de la pobreza”.

Si tomáramos en serio esta afirmación, uno se pregunta por qué en los últimos doscientos años de aplicación ininterrumpida del modelo de crecimiento indefinido la pobreza no sólo no desapareció, sino que no dejó de crecer.

¿Qué evidencia empírica nos hará creer que ahora sí, después de doscientos años, el mismo modelo de crecimiento indefinido acabará con la pobreza para siempre?

Lo que está en el centro de la confrontación es si es viable seguir apostando a un modelo de crecimiento económico basado en el uso ilimitado de energías fósiles, apoyadas en tecnologías ineficientes, con rendimientos decrecientes, y con precios inestables y especulativos.

Más aún: sí es aconsejable hacerlo cuando ya están disponibles tecnologías que combinan energía solar y eólica, las cuales están revolucionando el transporte público y privado, la producción de alimentos y la misma producción de energía.

Ya no es, ni siquiera, considerable seguir un modelo de crecimiento económico indefinido, cuando ya hay tecnología que está ralentizando la aceleración del cambio climático, y transformando el sistema económico y ambiental en su conjunto.

Las virtudes del decrecimiento económico

La creación de un círculo virtuoso de transformación económica, social y ambiental en Colombia es posible, si desde ya se trabaja en la interacción sistémica entre:

  • la producción de nuevas energías y nuevos materiales;
  • la formación técnica y tecnológica para la producción, uso y aplicación de las nuevas energías;
  • la producción de bienes sin el uso de energías fósiles;
  • la investigación científica en los múltiples campos científicos interrelacionados;
  • la innovación, y
  • la aplicación de las nuevas energías al transporte, la producción de alimentos y la salud.

Nada de esto amenaza ni al mercado ni a la iniciativa privada. Por el contrario, abre inmensas e insospechadas posibilidades de inversión. Más aún, abre la posibilidad de mercados más democráticos donde los ciudadanos puedan producir su propia energía, y la intercambien en mercados transparentes —sin la interferencia de monopolios que se quedan con la mayor parte de las ganancias—.

Incluso, la transición energética debería comenzar por la aprobación de incentivos tributarios a:

  • la demanda de vehículos eléctricos y vehículos eléctricos autónomos para transporte privado y público,
  • la producción de pilas fotovoltaicas, y
  • la exploración y producción de los materiales requeridos para estos procesos.

El éxito del proceso dependerá del número de nuevos vehículos activados por electricidad, pues deben ser los suficientes para que la red nacional de recarga de pilas fotovoltaicas sea viable. Es la única forma de que el sistema en su conjunto mantenga su impulso.

Este tipo de interacciones virtuosas entre las nuevas tecnologías energéticas, el sistema económico y el bienestar de los colombianos son posibles. Las relaciones entre la economía y la transición energética, propuestas por el gobierno, no tienen el carácter antagónico que han querido darle los propagandistas del estatus quo.

Apenas estamos dando los primeros pasos para aprender, como nación, a sostener una conversación pública decente sobre las relaciones entre ciencia y política energética. Como siempre, el ruido del comienzo se irá desvaneciendo, y los argumentos científicos tomarán el lugar de la algarabía descalificadora.

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