Reforma de la educación superior: calidad versus ánimo de lucro - Razón Pública
Inicio TemasPolítica y Gobierno Reforma de la educación superior: calidad versus ánimo de lucro

Reforma de la educación superior: calidad versus ánimo de lucro

Escrito por Boris Salazar
Boris Salazar

Boris SalazarLa propuesta del gobierno está basada en verdades parciales que resultan en una gran mentira y en no entender el ejemplo de los países que invoca. Su resultado no podrá ser sino bajar la calidad, agravar la inequidad y confirmar nuestro subdesarrollo. Pero hay otro camino.

Boris Salazar*

El desatino 

Los gobiernos colombianos han tratado a la educación pública como a la loca de la casa: hay que mantenerla viva, escondida, vestirla de gala para ocasiones especiales y, si la oportunidad lo permite, salir de ella lo más pronto posible. 

Durante años la educación pública superior ha sido una carga soportada con molestia por gobiernos que nunca han encontrado en ella rendimientos -ni electorales ni económicos. La reforma, lanzada con pompa y sitio virtual por el gobierno Santos, es un paso más en el camino que lleva hacia el abandono definitivo de esta molesta loca de la casa. 

La reforma es una mezcla curiosa de mediocridad, arrogancia y obediencia[1]. Parece suponer que sus destinatarios son personas ignorantes a quienes será posible convencer con pedazos de verdades que sumadas terminan siendo una mentira gigantesca. Como dijo el rector de la Universidad Nacional, los autores del proyecto se parecen a esos pacientes que "por lesión en el hemisferio derecho del cerebro, pierden la capacidad para captar lo que se sitúa al lado izquierdo de ellos. La mitad del horizonte deja de existir. Aunque lo vean, lo ignoran como si estuviera en otra dimensión del mundo real"[2]. 

La estrategia elegida no es nueva ni es eficiente. Es incluso ilusa en suponer que, gracias a los incentivos pertinentes, la codicia privada hará por la educación lo que dos siglos de olvido gubernamental y social no han logrado. 

Malos ejemplos 

Cuando muchos países del Tercer Mundo asumen sus propios caminos hacia el conocimiento y el desarrollo, los documentos del gobierno colombiano se ufanan de copiar lo que equivocadamente creen que han hecho otros países. 

Pretendiendo estar al día, presentan a Estados Unidos como modelo a imitar, pero olvidan que es el mejor caso en contra de la educación superior con ánimo de lucro, y el mejor a favor de una educación de alta calidad sin ánimo de lucro. Ninguna de las universidades privadas de calidad de los Estados Unidos habrían sido las instituciones de alto nivel de hoy, si hubieran seguido los consejos de los asesores a la penúltima moda del Banco Mundial y sus imitadores locales. 

Al buscar ejemplos en la región, optan por el modelo educativo del Brasil, pero olvidan que este país ya incorporó a 35 millones de personas a la economía mediante empleos formales y mejoras de salario. Olvidan que la inversión estatal en las universidades públicas de élite ha crecido muy por encima del crecimiento del PIB. Y olvidan, por último, que la calidad de la educación con ánimo de lucro en Brasil es tan mala como lo puede ser en cualquier lugar del mundo. 

Por supuesto, dejan por fuera la estrategia educativa de Singapur y los llamados "tigres asiáticos". En esos otros países, los Estados tomaron en serio la idea de que sería imposible competir sin una educación del más alto nivel. Cambiaron no sólo la educación superior, sino todo el sistema educativo, con altísimas inversiones estatales. 

Los resultados están a la vista: basta recordar el lugar de Colombia en las pruebas internacionales, y los de Singapur, Hong Kong, Corea del Sur y otros países que optaron por jugársela toda alrededor de la educación. 

Piratas y negociantes 

La vieja "nueva" estrategia del gobierno consiste básicamente en atraer la inversión privada a la educación superior, con el propósito de elevar la cobertura a un 50 por ciento en 2014, con 650,000 cupos nuevos, disminuir el desempleo juvenil, bajar en cuatro o cinco puntos porcentuales la tasa de desempleo global, y promover la innovación con calidad. 

El primer punto supone una inversión privada adicional en educación que ningún país del mundo ha visto jamás. 

En la versión colombiana, ya podemos sospechar de dónde vendrá esa inversión, a qué intereses servirá y qué efectos tendrá sobre el sistema de educación superior. Como se trata de multiplicar el número de centros, facultades, institutos y universidades de enseñanza, sin investigación, todos los caminos conducen a esos modelos insuperables de creatividad educativa que han sido y son Carlos Moreno de Caro, con su universidad recién inaugurada en Bogotá, César Pérez García[3], con su modelo antioqueño de educación superior para la política, o más cerca, aquí en Cali, el modelo de la Universidad Santiago de Cali, antes del movimiento estudiantil y profesoral que en este mismo momento está intentando poner orden en casa. 

No todos los empresarios educativos responden por supuesto a este perfil. Muchos de ellos aspiran a mejorar la oferta educativa, aportar nuevos programas y en el proceso obtener algunos excedentes; pero la mayoría de los innovadores carece del capital necesario para poner en marcha un centro de educación superior. 

La otra fuente de financiación y de ideas empresariales vendrá del exterior. No vendrán, como sueñan algunos, las mejores universidades del mundo, pero sí aquellas que ya han desarrollado ventajas en la educación masiva y a distancia, sin investigación, como podría ser, por ejemplo, la Universidad de Phoenix, en Arizona. Las franquicias y alianzas de negocios ya deben estar listas para hacer uso de las nuevas oportunidades abiertas. 

Es obvio que las ventajas de estas universidades no están ni en la investigación ni en la innovación, sino en la educación superior masiva y con costos decrecientes. No abundaré aquí en las inmensas posibilidades que abren las nuevas instituciones en materia de préstamos, contratos, y fondos estatales al pasar a manos privadas en proyectos imposibles de vigilar y de auditar. Además del ingreso y la legitimación de capitales poco santos al mundo más blanco de la educación superior. 

¿Cuál universidad? 

Ya Jorge Iván González y Edna Bonilla (Razón Pública, marzo 21 de 2011 link) han alertado sobre el error conceptual -cometido por este gobierno y por el anterior- de suponer que los costos de la educación superior de calidad son decrecientes. Doblar el número de estudiantes no permite disminuir el costo por estudiante de la misma forma que decrece el costo de reproducir un video, un cd o una vacuna. 

Pero el error conceptual de los asesores económicos de estos gobiernos va más allá de no comprender el carácter creciente de los costos en una educación superior de calidad. En realidad, esos asesores están pensando en otro tipo de educación superior. Tienen en mente una educación basada en la docencia sin investigación, con alta carga de enseñanza a distancia, y una limitada fracción de profesores de tiempo completo obligados a enseñar, digamos, seis cursos por semestre. 

Sólo así puede explicarse que haya instituciones de educación superior con ánimo de lucro. Ganancias y educación superior sólo podrían ir de la mano si renunciaran a todas las funciones distintas a la docencia elemental y a la administración de las ganancias. 

En Colombia ni siquiera las universidades privadas de calidad más dudosa habrían podido sobrevivir sin el apalancamiento financiero proveniente de fundaciones, empresas privadas, ciudadanos y del mismo Estado. La idea fundamental de que la educación es un bien público no es un principio abstracto, producto de las elucubraciones teóricas de economistas liberales. 

En general, la educación superior está condenada a ser pública -no importa por qué vía o mediante qué tipo de arreglo económico o administrativo. Sin embargo, el gobierno nacional ha apostado todas sus cartas y el futuro de la educación, la igualdad y el desarrollo a la más inocua de las alternativas: aumentar cupos mediante la inversión privada en educación de dudosa calidad. 

El ejemplo de Brasil 

Lo ha hecho mirando hacia el Sur, hacia Brasil, cuya estrategia de expansión de la oferta en educación superior es la más citada en los documentos del gobierno. Vale la pena, entonces, averiguar hasta dónde el ejemplo del Brasil es tan bueno como el gobierno intenta hacernos creer. 

En efecto, la estrategia brasileña de crecimiento por la vía de la inversión privada y de la ampliación de las oportunidades de acceso ha tenido éxito: entre 1996 y 2007 la matrícula pasó de 1.868.529 a casi 5.000.000, los cupos pasaron de 610.355, en 1995, a 2.429.737, en 2005, y un 92 por ciento del total de 2.398 instituciones corresponde a pequeñas universidades dedicadas en forma exclusiva a la formación profesional [4]. 

Al mismo tiempo, el 34,4 por ciento de los alumnos de las universidades públicas pertenecen al 10 por ciento más rico de la población, mientras que este porcentaje crece a un 50 por ciento en las privadas. En el otro extremo, el 12 por ciento de los estudiantes de las públicas viene de los sectores más pobres, y sólo un 5 por ciento en las privadas[5]. 

¿Qué indican estos datos? Que incluso suponiendo que la calidad fuera igual en todas las instituciones de educación superior, de no haber un cambio en el empleo y en la distribución del ingreso, sólo una muy pequeña proporción de los aspirantes de los sectores más pobres podría ir a la universidad y terminar sus estudios. 

Aún más: la población más rica, mejor educada y formada, se queda con más de la tercera parte de los cupos de las universidades públicas, sugiriendo que sólo los que han tenido buena educación primaria y secundaria pueden acceder a la educación brindada por las mejores universidades públicas. 

Pero la calidad, por supuesto, no es igual a lo largo de todo el sistema de educación superior brasilero, que por el contrario está en extremo estratificada, concentrándose en las universidades públicas y privadas de elite la mayor parte de los doctores, de los fondos de investigación y de la mejor docencia, mientras que facultades, centros de enseñanza e institutos privados con ánimo de lucro, imparten docencia profesional a los estudiantes de menores recursos y de formación académica más débil. 

En un mundo globalizado y competitivo en extremo, la formación profesional, sin fundamentos científicos y sin acceso a la cultura, conduce a empleos mal remunerados y sin perspectivas de disminuir la desigualdad. 

En últimas, la gran reforma educativa brasilera ni ha cambiado la desigualdad ni ha mejorado la calidad de la educación en su conjunto. Su efecto más visible es una profundización de la ya apreciable brecha que separa a los más ricos de los más pobres. Ha creado nuevas oportunidades de acceso a una educación que reproduce y amplía la desigualdad y cierra el camino hacia el desarrollo de las capacidades indispensables para competir y disfrutar en un mundo más complejo. 

Pero esto es sólo una verdad a medias. Desde el primer gobierno de Lula, Brasil está apostando por una estrategia distinta de desarrollo. El Estado brasilero está invirtiendo en alternativas educativas de alto costo, basadas en dar la mejor educación científica a los más pobres, integrándolos en procesos investigativos reales del más alto nivel. 

Con una inversión de 25 millones de dólares, y bajo la dirección del científico Miguel Nicolelis, ya se adelanta el plan para el desarrollo de la Educación (PDE) en la ciudad nordestina de Natal. Prevé la creación de 354 institutos para dar a niños y jóvenes de menores recursos una educación basada en la ciencia. La versión colombiana de lo que ocurre en Brasil está tejida con muchas verdades a medias, que se convierten en una mentira muy grande. 

Modelo de educación, modelo de desarrollo 

Tal como ocurrió en Brasil, la decisión de Colombia tiene que ver, por supuesto, con apuestas más profundas. Está relacionada con el modelo de desarrollo elegido por este gobierno y sus vínculos con la estrategia de su predecesor. El desarrollo especulativo basado en la minería y en los servicios, y la carga inercial del gasto militar, han conducido al país a una senda de desarrollo inferior, sin espacio ni para la innovación ni para la igualdad. 

Santos habría podido elegir una ruta distinta. Habría podido apostar por un gran salto educativo, una inversión de largo plazo en capital humano, restringiendo el presupuesto de guerra y controlando el riesgo de negocios inciertos y de alto costo ambiental -como es la minería. Eligió continuar por la vía inercial, con una novedad en materia educativa, que no por inocua deja de ser peligrosa. 

¿Cuál es el peligro, entonces? La propuesta educativa del gobierno podría propiciar una falla sistémica del conjunto de la educación colombiana. No se trata ni de la destrucción ni del ahogo financiero de la universidad pública -que no dejará de sobrevivir, entre otras porque el gobierno las requiere para mostrar que todavía hay educación superior de cierta calidad en el país. 

La amenaza es más profunda y afecta no sólo a la educación superior, sino a la primaria y secundaria. Dada la muy pobre calidad de la educación primaria y secundaria colombianas -pública y privada-, la expansión de la educación superior por la vía de la baja calidad y de la inversión privada conducirá a ampliar y reforzar aún más la brecha que separa a los pobres de los ricos. 

Los que vienen de los peores colegios, públicos y privados, terminarán estudiando, con préstamos del gobierno, en instituciones de dudosa calidad, porque no podrán aspirar a las universidades privadas y públicas de calidad, ni por formación ni por ingresos. 

Si, como lo plantea la reforma, la mayor parte de los nuevos cupos provendrá de las nuevas instituciones con ánimo de lucro, no es difícil entrever el destino de las muchachas y muchachos que ingresen a esas instituciones. Educados desde la primaria para la inferioridad y la exclusión, reafirmarán su lugar en la sociedad con una educación superior que ni cambiará su perspectiva intelectual ni los acercará a un ingreso mejor. 

La interacción entre una educación básica de pésima calidad y una educación superior que crecerá por la vía del menor esfuerzo al costo más bajo, dará lugar a un círculo vicioso del aumento en el número de cupos, las diferencias crecientes entre la mejor educación y la peor, la mayor proporción de estudiantes en las peores instituciones, y una concentración cada vez más fuerte de los mejor formados y más capaces en unas pocas universidades de elite, públicas y privadas. 

El pecado original 

Ese círculo vicioso tiene su base en el desprecio por la educación primaria y secundaria que han tenido los gobiernos y que éste también tiene. Doscientos o trescientos mil cupos nuevos en la educación superior no resolverán el problema fundamental de un sistema que desde muy temprano mata las posibilidades de nuestros niños. 

La magnitud del esfuerzo por realizar en la educación básica es tan grande que puede resultar intimidante. El problema, sin embargo, radica en que este gobierno ni siquiera ha intentado enfrentar la situación y plantear a sus ciudadanos cuál sería el esfuerzo a realizar si estuviéramos de acuerdo en dar un salto educativo, a todos los niveles. 

Por supuesto, hay alternativas distintas de esta torpe privatización. Todas pasan por transformaciones globales en el sistema educativo. Todas suponen altísimas inversiones de parte del Estado, incluyendo la creación de nuevas universidades públicas, y la transformación de la enseñanza, de los modelos pedagógicos y de las exigencias para los profesores de educación básica. Todas, también, requerirían de un cambio en el modelo de desarrollo, y la adopción de una estrategia que apostara al salto educativo y a la inversión en capital humano, en la perspectiva de una sociedad más igualitaria. 

Y requieren, también, que las universidades públicas se transformen profundamente. Comenzando por dar el paso obligado del silencio a la reflexión y a la acción sobre su propio destino. No olvidemos que la arrogancia y la mediocridad de esta reforma están a la altura de la resignación y pobreza intelectual que nos ha dominado por varias décadas. 

* Escritor, profesor del departamento de Economía de la Universidad del Valle. Su último libro, escrito con María del Pilar Castillo y Boris Salazar, es ¿A dónde ir? Un análisis del desplazamiento forzado.

 

Notas de pie de página 


[1] Y hasta de humor: anuncia que podría poner impuestos a los empresarios privados que inviertan en el sector educativo. Con tantos incentivos, no hay ninguna duda acerca de la magnitud de la inversión por llegar. 

[2] El Espectador.com, 24 de marzo de 2011 

[3] ¿Qué es lo que lleva a estos ejemplares de la casta política colombiana a lanzarse a la aventura educativa? Que ellos, a diferencia de los empresarios y educadores que están interesados en la educación, no sólo buscan educar a miles de jóvenes y obtener unas ganancias en el proceso, sino convertir a esos jóvenes, a sus familias, y asociados en parte de sus rebaños electorales. 

[4] Dias Sobrinho y De Brito. 2008 

[5] Dias Sobrinho y De Brito, Op. cit. 

Artículos Relacionados

Dejar un comentario

*Al usar este formulario de comentarios, usted acepta el almacenamiento y manejo de sus datos por este sitio web, según nuestro Aviso de privacidad

Este sitio web utiliza cookies para mejorar tu experiencia. Leer políticas Aceptar

Política de privacidad y cookies