El desorden de las elecciones: Adiós a los partidos, bienvenidas las coaliciones - Razón Pública
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El desorden de las elecciones: Adiós a los partidos, bienvenidas las coaliciones

Escrito por Boris Salazar
Boris Salazar

Boris SalazarUna mirada refrescante frente al cúmulo de análisis farragosos sobre las elecciones de hace dos semanas se enfoca en lo esencial: un gran desorden político, sin disciplina distinta de las dentelladas por el presupuesto y una lealtad condicionada a los puestos que reparte el caudillo, llámese Uribe o Santos.

Boris Salazar  *

Desorden político, pero Unidad Nacional  

Los resultados de las elecciones del 30 de octubre reflejan el desorden creciente de la democracia electoral colombiana, la debilidad de sus “partidos”, la fuerza creciente de coaliciones con fines puramente electorales y la evidente inutilidad de las reformas políticas intentadas en los últimos años.

En unas pocas décadas nuestra democracia pasó del predominio de los dos partidos tradicionales — conservador y liberal — a la emergencia de una fuerza electoral dominante conformada alrededor de un caudillo –Uribe o Santos—que no ha sido ni será un partido político.

Por eso, más que partidos ganadores o perdedores, lo que estas elecciones produjeron fue la sustitución de todos los partidos — nuevos y viejos — por coaliciones pasajeras con fines electorales y de control de los recursos públicos. 

Barren las coaliciones

Más allá de la virtual desaparición del Polo Democrático Alternativo (PDA), de la derrota de los candidatos de Uribe, y de la reducción del Partido Conservador y de Cambio Radical a pequeños partidos regionales, de la pérdida de votantes de la U y del aparente triunfo del Partido Liberal, la realidad es que la lucha tradicional entre partidos con programas, líneas ideológicas y clientelas diversas fue reemplazada por la formación de múltiples coaliciones locales y regionales, cuyo único fin era ganar las elecciones.

El espectáculo de las adhesiones entregadas sobre la marcha al candidato con más probabilidad de ganar no hizo más que confirmar la debilidad de las opciones partidistas y el predominio del cálculo electoral dirigido a la repartición de los recursos públicos.

Fueron tan veloces las coaliciones formadas al calor de las encuestas, y de las aspiraciones de los candidatos retirados, que en ocasiones sus propios seguidores decidieron desobedecerlos y votar por su candidato original.

  • Para las gobernaciones, por ejemplo, un 34,4 por ciento de los ganadores fueron apoyados por “movimientos y grupos significativos de ciudadanos, eufemismo que describe las coaliciones o alianzas entre diversos grupos y empresas electorales.
  • el Partido Liberal fue un lejano segundo con un 18,8 por ciento.
  • la U obtuvo el 12,5 por ciento.
  • el Partido Conservador y Cambio Radical sólo alcanzaron alrededor del 3 por ciento.
  • el PDA casi desapareció.

Siete de los nuevos alcaldes de las capitales fueron elegidos por el Partido Liberal, dos de las más importantes –Bogotá y Cali– por movimientos cívicos, es decir, por coaliciones electorales, sin definición partidista, seis fueron para la U, y tres para el Partido Verde.

Partidos de mentirillas

Pero ni siquiera los “partidos” clasificados como partidos en estas elecciones pueden considerarse como tales. El partido de la U es, en realidad, una confederación de parlamentarios cristalizada alrededor del gobernante de turno, guiada por intereses económicos y de control del presupuesto público.

De hecho, la coalición más grande que apoya a Juan Manuel Santos incluye a la U, al Partido Liberal, al Conservador, a Cambio Radical. El Partido Verde se unió a última hora. Sus propias fuerzas son de una absoluta precariedad frente al poder absoluto del presidente y del ejecutivo –como lo ha podido experimentar en carne propia el antes todopoderoso presidente Uribe.

Son organizaciones pasajeras que sobreviven dentro de la coalición, pero no tienen vida propia por fuera de ella. Los fracasos de fuerzas con pasados “ideológicos”, como el Partido Conservador y de Cambio Radical, muestran su falta de autonomía y su debilidad como organizaciones políticas.

El hundimiento casi total del PDA y el triunfo del disidente Gustavo Petro en Bogotá, confirman la debilidad de las confederaciones parlamentarias que se hacían llamar partidos.

Desorden creciente

En realidad, todos los “partidos” miembros de la coalición dominante reproducen el mismo modelo de coaliciones de parlamentarios y empresas electorales, sólo que son menos efectivos en elecciones locales y regionales que las rápidas coaliciones, que sobrepasan las imaginarias fronteras ideológicas y políticas y cumplen con el único objetivo de producir una mayoría que garantice el acceso a los recursos públicos y a los contratos estatales.

Todos, sin embargo, volverán a unirse para las elecciones presidenciales y se dividirán, apostando con distintas coaliciones ganadoras, en las elecciones parlamentarias y de gobernadores, alcaldes, asambleas y concejos.

Pensar que la proliferación de coaliciones cívicas, significativas o simplemente electorales, es un avance hacia la autonomía y la democracia es el peor de los espejismos. Sólo expresan el desorden creciente de la democracia electoral colombiana.

Un desorden que se combina con un orden sorprendente en las elecciones presidenciales, en las que la coalición ganadora incluye a casi todos los grupos y empresas electorales y que, con la virtual desaparición del Polo, va camino de convertirse en una especie de gigantesco PRI colombiano –sin revolución y sin instituciones, claro está.

La tan despreciada estrategia de las coaliciones con fines puramente coyunturales es hoy la estrategia dominante en nuestras elecciones locales y regionales. Los pequeños movimientos, empresas y alianzas que las conforman son la forma más efectiva de acceder al poder político y a la repartición de los recursos públicos. En las elecciones presidenciales la misma estrategia alcanza dimensiones globales alrededor del caudillo de turno. La democracia participativa nunca ha estado más lejana en Colombia.

Quizás los únicos eventos alentadores de las elecciones del 30 de octubre fueron el uso del voto en blanco como resistencia civil contra la imposición de un cacique electoral en Bello, Antioquia, y su crecimiento en departamentos como el Valle, donde casi una quinta parte de los electores decidió no apoyar a ninguno de los candidatos para la gobernación y la asamblea de diputados.

Escritor, profesor del departamento de Economía de la Universidad del Valle. Su último libro, escrito con María del Pilar Castillo y Boris Salazar, es ¿A dónde ir? Un análisis del desplazamiento forzado

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