
Reflexiones sobre Rumichaca: Aranceles, Tinto, y Pan de Maíz
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No estábamos conscientes en qué momento habíamos cruzado la frontera. Sin embargo, cuando vimos los cuatro policías en sus chalecos antibalas de verde oliva, tomando tinto alrededor de una mesita fuera de la lluvia, supimos que estábamos en Colombia. Habíamos cruzado la frontera en Rumichaca entrando a Ipiales para una visita rápida, para ver a una vieja amiga de la familia de mi esposa y hacer algunas compras.
Llegamos en un momento curioso. Un conflicto comercial se cocinaba a fuego lento durante semanas entre Ecuador y Colombia. Los medios reportaron que todo empezó en enero cuando el presidente de Ecuador, Daniel Noboa, tal vez inspirado por la cruzada mundial de aranceles de Donald Trump, alzó aranceles en productos colombianos al 30%. La lógica de presidente Noboa era que Colombia había hecho poco para parar el flujo de cocaína hacia Ecuador, llamando a los aranceles, una “tasa de seguridad.” Colombia reciprocó. Retorciendo el cuchillo un poquito, funcionarios colombianos también anunciaron que cortarían ventas de electricidad al Ecuador—una clave para la economía ecuatoriana en tiempos de sequía cuando los embalses que alimentan las plantas hidroeléctricas se secan. Hasta el momento, la situación se ha deteriorado: Ecuador ha alzado aranceles hasta el 50% y el presidente colombiano Gustavo Petro ha acusado a Ecuador de bombardear dentro de Colombia mientras persigue a contrabandistas de cocaína.
Temprano la mañana siguiente, atravesamos las calles montañosas de Ipiales para comprar el famoso pan de maíz. Nos pusimos en la fila en una puerta sin letrero, uniéndonos a los clientes somnámbulos y silenciosos mientras la fila avanzaba poco a poco en un corredor estrecho. Nuestra orden de 50 panes frenó las cosas considerablemente mientras los panaderos sacaban nuestros panes de los hornos vastos de ladrillo. La gente en la fila, media despierta, vieron nuestras cajas grandes de panes de reojo mientras regresábamos a la calle.
El comercio es la más natural de las tendencias humanas. Queremos lo novedoso, lo barato, y lo que sea mejor de lo que tenemos en casa. Puede ser tan cotidiano como ecuatorianos buscando la gran variedad de calzado colombiano, la evidencia del cual se ve en ciertas calles de Ipiales, con tienda tras tienda mostrando lo último en calzado. O colombianos buscando cobijas peludas ecuatorianas para protegerse contra el frio constante que satura Ipiales. Nuestro comportamiento de buscar panes de maíz, a pesar de la hora temprana, para sorprender vecinos y familiares en Quito, era solamente una manifestación de este impulso anciano humano.

Acercándonos a la frontera el día siguiente, nos unimos a una fila de carros y camiones que se aumentaba rápidamente, sin moverse y con los motores apagados. Bajándonos del auto, caminamos la colina para abajo para investigar. En contraste al día anterior, no se veía ningún policía. Huelguistas colombianos había cerrado la frontera protestando los aranceles, que había parado la mayoría del comercio. Esposas y novias se arrimaban contra carros y camiones estacionados atravesados, bloqueando los carriles. Los hombres, algunos puestos ponchos y gorras del Che, fumaban y charlaban amablemente, pasando las horas.
Escuché a escondidas una conversación entre un huelguista colombiano y un chofer ecuatoriano de una tractomula. Se conectaron rápidamente por un deseo compartido de que las cosas se volvieran a la normalidad. “Nuestro asno de presidente quiere mostrar lo duro que es,” dijo el ecuatoriano, refiriéndose de Daniel Noboa de 38 años. “A Bogotá nunca le importamos nosotros y como sus acciones nos afectan,” replicó el colombiano.
Este gran reparto en la frontera aquella tarde, los huelguistas y sus familiares, los choferes de tractomulas, los choferes sentados en la fila larga de carros, y nosotros, con nuestro baúl lleno de compras colombianas, queremos que la frontera se reabra como era. Todos somos proponentes del comercio libre.
Pero el comercio no puede ser demasiado libre. La cocaína que pasa por esta misma frontera, de Colombia a Ecuador y de allí a mercados del norte, destruye a ambos países por igual. Según presidente Noboa, el 70% de la cocaína del mundo pasa por puertos ecuatorianos, una situación que se ha aumentado rápidamente en los últimos cinco años. La gran mayoría de la cocaína es colombiana, fuente del 84% de la cocaína en Estados Unidos, según la DEA. Entretanto, la tasa de homicidio en el Ecuador se ha quintuplicado durante los últimos cinco años. El departamento de Nariño, donde se ubica Ipiales, está en el medio de todo, como un “hotspot” de cultivación de coca, junto a Putumayo, un segundo departamento que comparte la frontera con Ecuador, dice la ONU.
Queremos la libertad para comprar y comerciar, pero para que eso funcione, necesitamos un Estado eficaz. De capturar a los narcotraficantes, a proporcionar funcionarios para puestos fronterizos y, sí, llevar a cabo esas inspecciones aduaneras que todos amamos odiar. El comercio es el motor precioso del crecimiento, visto muy claramente en pequeñas ciudades fronterizas como Ipiales, donde todos tienen un interés en que las cosas vuelvan a la normalidad. No se debe tomar el comercio como rehén en una competencia de egos. Después de todo, ¿el mundo no es mejor cuando todos podamos compartir los panes de maíz, calientitos y húmedos recién salidos de los hornos de Ipiales?
Acerca del autor

Jeremiah Carew
*Arquitecto de la Universidad de Yale y Maestro en Estudios Latinoamericanos y Planeación Regional y Comunitaria de la Universidad de Texas. Fue oficial senior del servicio exterior del Gobierno de Estados Unidos. Subdirector de la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID/Colombia) y ha estado en varias misiones de USAID en el mundo: En Sudán del Sur, Vietnam, Afganistán, Uganda y Perú. También fue consultor y voluntario en el Cuerpo de Paz, en República Dominicana y Ecuador.
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