Populismo, la ira de los que se autodenominan los salvadores
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Populismo, la ira de los que se autodenominan los salvadores

Escrito por Liliana Gomez

Como se muestra en casi todos los escritos sobre populismo, es un concepto de difícil definición y consenso porque para referirse al tema hay que hablar de política, de ideologías, de actitudes, de formas de llegar a acuerdos, de representación, de marcos de referencia discursivos que son influenciados según cada contexto.  Partiendo de lo anterior, se puede decir que las actitudes populistas se pueden dar en cualquier lugar del espectro ideológico, sobre todo en la izquierda y la derecha en donde se escoge un discurso maniqueo entre la gente buena y pura y la élite o los que ostentan el poder que son inmorales, corruptos, lejanos y/o sordos.

Entre otras cosas, el populismo se ha definido como un movimiento de masas o una forma distinta de movilización, como un discurso, una ideología, un marco, un estilo, una estrategia u organización, un conjunto de ideas, como una forma de representación política, o una concepción de la democracia.

No todos los populismos son iguales. Unos serían proyectos regeneradores o democratizadores, porque incorporarían a un pueblo excluido; y otros serían movimientos debilitadores de la democracia porque promoverían la exclusión (xenofobia y racismo). Los primeros serían “populismos de izquierdas” y los segundos “populismos de derechas”. Entre los rasgos a tener en cuenta, estarían: 1. los iguales, los míos, los virtuosos y los otros los malos; 2. la crítica a la democracia representativa desde un lenguaje antiliberal y soberanista; 3. el espacio político se estructura en bloques: arriba/abajo o izquierda/derecha; 4. un líder carismático que habla en nombre de la voluntad del pueblo; 5. un programa nacionalista y antiglobalización; 6. la sustitución del pluralismo por la búsqueda de un enemigo del pueblo contra el que desplegar un discurso político emocional, maniqueo y moralista (uno que acuda a la ira permanente).

Así entonces, de lo que se trata es de una lucha del amigo vs el enemigo o del bueno (en su mayoría el pueblo) vs el malo (la élite, los partidos o quien ostenta el poder).  Personas que, desde sus filtros exacerbados por el uso de las plataformas de comunicación digital, buscan a sus iguales para incluirlos o incluirse e identifican a los “otros”, a los diferentes para excluirlos. Todo dentro de una aproximación en la que el pueblo se piensa como una masa uniforme e indeterminada en la que un líder se atribuye el poder de representar y dar voz a aquellos que por largo tiempo han estado excluidos por aquellos que ostentan el poder y que han hecho las selecciones de quien es el elegido.

Si bien la política en una de sus múltiples definiciones es la búsqueda de acuerdos para que quepan los diversos, en el caso del populismo se ve reducida a aceptar sólo a esos que son iguales o que odian igual.  Se trata de buscar a los que creen lo mismo para construir unas cámaras de resonancia en las que sólo se oiga lo que se quiere oír, se deja por fuera todo lo que sea distinto y se construyen discursos llenos de simpleza para llegar a ese pueblo de “iguales” que no siempre cuenta con los suficientes conocimientos en política.  Un pueblo que no tiene un sistema de creencias lo suficientemente coherente para tomar decisiones acordes con sus intereses y entonces vota al que sepa capitalizar la ira, el acabar con lo que existe, el castigar a los que no hacen nada por los excluidos (esos del grupo de los buenos).

Los líderes populistas se saben adaptar y cambiar según las necesidades que les da el contexto (son pragmáticos), mientras que los seguidores de los líderes populistas le dan importancia sólo al mensajero (a ese líder que con carisma, gritos, con llamar la atención en los medios) dice representar a los sin voz.  En este caso lo importante es el mensajero y no tanto el mensaje, de hecho este puede ser incluso mentiroso o tener la intención de desinformar, pero eso no importa porque lo dice aquel que representa las quejas de ese pueblo descontento con la realidad del momento.

Candidatos que se atrincheran en sus redes sociales, que desinforman, que insultan, que hacen el papel (cierto o falso) de ser los anti sistema para ganar puntos frente a una audiencia cada vez más ávida de espectáculo, de insultos, del chisme del día. Las propuestas quedan a un lado o son tan absurdas que se centran en pensar un proyecto gigantesco y tan poco probable como hacer un muro que separe a un país de otro (que sólo los iguales queden de un lado y todos los distintos del otro).

Toda una crisis de representación política, en donde el que sepa como ocupar los espacios de los medios con un discurso llamativo, distinto, emocionante empieza a tener la oportunidad de ser seguido como el rockstar del momento.  No importan las actitudes sólo saber llegar a los medios con el discurso de moda, atacar al sistema y proponer acciones que en muchos casos no se podrán cumplir.

De lo anterior se puede ver cómo los populistas además de anti-élite o antisistema, son anti pluralistas y apelan a la idea de un solo pueblo (basado en la voluntad de ese pueblo) que, al final, busca apropiarse de todo el aparato estatal. El populismo es una respuesta iliberal (irrespeto de los derechos de las minorías) a la democracia liberal. Los populistas, en muchos casos, “atacan” la globalización y recurren constantemente al miedo y a la frustración para defender sus ideas y proyectos que se presentan como una corrección a la democracia a través de una “moralización” de la política.  En eso estamos y la pregunta es hasta dónde llegaremos en un mundo donde cada vez más ciudadanos están votando por estos perfiles que cada vez son más disruptivos e irrespetuosos del sistema democrático.

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