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El Rock y nosotros que lo queremos tanto

Escrito por Óscar Murillo
Oscar-Murillo

Oscar MurilloA propósito del festival “rock al parque”, un ensayo sugerente sobre lo que son y significan las culturas juveniles, sobre el estado y los problemas que enfrentan las y los jóvenes de Colombia, sobre las tímidas políticas que intentan atenderlos y sobre las falsas percepciones que por lo general albergan las personas mayores*.

Óscar Murillo Ramírez**

 

Tchaikovsky dijo: “Hágase el Rock” y se hizo el rock[1]

Era la década de los 60 en Colombia. El movimiento estudiantil había iniciado ya su ruptura con el bipartidismo luego de las jornadas de 1954, y con la independencia surgían también nuevas prácticas sociales y culturales. La revolución cubana y un mundo cambiante aparecieron para aquellos jóvenes como una alternativa cierta para materializar sus nacientes utopías.

Los cabellos largos crecieron en medio de la crítica a la guerra que se desataba en Vietnam y en medio de los sonidos propios y extraños que permitieron decir “Si la guerra es buen negocio, invierte a tus hijos”[2]. La píldora anticonceptiva y la minifalda fueron los accesorios complementarios de la música de Los Flippers, Los Yetis, y las moda Go-Go y Ye-Ye que surgían al lado de la cultura hippie.

La vorágine de aquellos años que incluyeron la eclosión cultural de mayo del 68, el surgimiento de nuevas organizaciones de izquierda compuestas en su gran mayoría por jóvenes, kilómetros de cinta que recorrieron los cine clubes del barrio San Fernando en Cali, entre otras ciudades como Bogotá y Medellín, y los primeros festivales públicos de rock and roll como La Caverna de Carolo, el Festival Ancón, y la calle 60 en Bogotá.

Por supuesto, aunque las generaciones cambiaron y la renovación generacional trajo nuevos sonidos de la mano de Darkness, Kraken, Las Pestilencia, Neurosis, 1280 Almas, Masacre, las articulaciones de sonidos y prácticas culturales parecen remitir a ciertos códigos comunes entre jóvenes de distintas épocas: críticas a la sociedad en la que se vive, la guerra y el poder, entre otros.

Cambian los sonidos y las formas de ser joven, los lugares desde donde se enuncia la política y el orden de articulación cultural. Por desgracia, cambian tan sólo los actores y denominaciones de la trágica espiral de destrucción humana.

Para Los Flippers los hijos de los capitalistas no asistían a la guerra y de hacerlo sólo sería porque es un “buen negocio”, y en las letras de Kilcrops aparecen los mal llamados “Falsos positivos”. Antes los referentes eran Vietnam y ahora pueden ser Irak, Afganistán y el “éxodo campesino en tierra de vándalos” que están presentes en las letras de la agrupación Masacre de la ciudad de Medellín.

Rock al Parque patrimonio público

Con cambios de identidades sociopolíticas y mutaciones generacionales y culturales, el festival al aire libre de rock más grande de América Latina ha logrado ubicarse como referente ineludible de las prácticas juveniles en Bogotá y el país. Y es natural, puesto que si “a los 15 uno ya es grande”[3], cada vez se está más cerca de llegar a la mayoría de edad.

Esta edición de Rock al Parque retornó a los habituales cuatro días con el que se inició el festival en 1995. Por los escenarios del Simón Bolívar y Media Torta desfilaron como una cita pactada para cada año 336.000 jóvenes dispuestos a vivir 560.00 vatios de sonidos cargados de la mejor música nacional e internacional[4].

Sin embargo, el festival es mucho más que un desfile de modas estrafalarias y peinados raros que no parecen adaptarse a convenciones preestablecidas. En cada agrupación y cada canción hay hábitos, prácticas y consumos culturales juveniles distintos.

El público varia tanto como escenarios hay. No son los mismos jóvenes los que nos encontramos frente a agrupaciones como Purulent, Kilcrops, Overkill, Destruction, que los asistentes a las presentaciones de Bomba Stereo, Chocquibtowm o Los Toreros Muertos.

Formas multicolor de ser joven

No se puede comprender lo anterior sin indagar sobre el significado de las culturas juveniles. De entrada, hay que decir que los mecanismos clásicos que la sociedad creó para integrar a sus individuos a un sentido de comunidad estaban referenciados por la familia, la escuela y la fábrica.

Condiciones históricas han cambiado estos referentes. Los y las jóvenes cada vez tienen menos la posibilidad de crecer en medio de un binomio familiar de padre-madre, hasta el punto que hoy existen movimientos sociales que reivindican la posibilidad de construir una “familia de mil colores”[5].

La fábrica es cada vez menos el lugar básico del trabajo. Reformas macroeconómicas neoliberales, un impulso importante de la rama de servicios y formas de relación laboral cambiantes como las cooperativas de trabajo asociado y una alta informalidad, son elementos que han desestructurado las formas clásicas del mundo del trabajo[6].

Estos elementos históricamente cambiantes han modificado también las formas y mecanismos de agrupamiento juvenil en la sociedad. Bajo una perspectiva sociocultural, como la adoptada por Rosana Reguillo, las culturas juveniles suponen formas cambiantes, no homogéneas e inserciones distintas de las planteadas previamente en la sociedad[7].

Así, las culturas juveniles son formas más inter-relacionales, con identidades no pre-construidas, en síntesis un conjunto heterogéneo de prácticas socioculturales: “(…) conjunto heterogéneo de expresiones y prácticas socioculturales juveniles (…) estas prácticas socioculturales incluyen una agregación juvenil, es decir, la pertenencia a un grupal social particular y un adscripción identitaria que lleva a los y las jóvenes hacia la apropiación y construcción de identidades, discursos y estéticas”(énfasis añadidos)[8].

Modificado históricamente el papel de inserción social de la escuela, la familia y la fábrica, nuevos dispositivos como los medios de comunicación, adaptación a nuevos contextos sociales, crecimiento urbano, entre otras, han hecho que los y las jóvenes tengan adscripciones identitarias y enunciaciones políticas distintas.

Esto de alguna manera está presente en el contexto mundial de los movimientos sociales que reclaman el reconocimiento de sus diversas identidades, más que apelar a nociones clásicas del poder político y a nociones no homogéneas del futuro.[9]

De acuerdo con lo anterior, hay que distanciarse de las visiones genéricas que consideran a la juventud como una etapa generacional intermedia entre la infancia y la edad adulta o que conciben la juventud bajo el eufemismo de “población vulnerable”. Insisto en que bajo una perspectiva más global que incluye lo cultural y lo social, la juventud es más un estadio cultural del desarrollo personal donde se esbozan los caracteres de un sujeto político que integra una comunidad en calidad de ciudadano.

No “Todo está bien”[10]

Sin embargo, el panorama cada vez muestra las dificultades que vive la población juvenil. El secretario general de la OEA señalaba recientemente que de los 150 millones de personas en la franja de edad entre 15 y 29 años, 38 millones no asisten a la escuela y no cuentan con ningún tipo de trabajo. De esos 150 millones, el 60 por ciento no ha completado la secundaria.

Agregaba que de cada 10 muertes producidas por arma de fuego en América Latina, 9 tienen como víctima a un joven. La tasa de homicidios juveniles por cada 100 mil habitantes es de 83,2, cuando el promedio mundial es de 11 por cada 100 mil habitantes[11]. Eso supone que América Latina es la región más peligrosa del mundo para los y las jóvenes.

Colombia por su parte no tiene un panorama más alentador. El pasado mes de mayo el DANE reveló las cifras del mercado laboral, que muestran una tasa de desempleo del 22,6 por ciento para la población entre 14 a 26 años. El caso se hace más preocupante entre las mujeres jóvenes, quienes tienen una tasa de desocupación del 30,5 por ciento sobre 17,1 por ciento para los hombres[12].

Valga decir que gran parte de las mujeres jóvenes desempleadas se encuentran en la franja de población de más bajos recursos, y muchas de las cuales son además madres cabeza de hogar. A estas condiciones se suma la falta de seguridad social, pues 4 de cada 10 jóvenes en Colombia no cuenta con servicio de salud alguno.

En Bogotá, particularmente, cifras del Centro de Estudios y Análisis en Convivencia y Seguridad Ciudadana (CEACSC), muestran que la tasa de homicidios en 2010 tenía a los y las jóvenes como sus principales víctimas. El 52,6 por ciento de los homicidios que se cometieron durante ese año corresponde a población entre los 15 y 29 años.

Avances, vacíos, retrocesos

Aunque un avance importante fue la expedición del Acuerdo 159 de 2005 y del Decreto Distrital 482 de 2006 que adoptaron la Política Pública de Juventud (PPJ), quedan muchas tareas por cumplir: realzar el enfoque preventivo, difundir y permitir la apropiación de la PPJ, generar empleo y dar más acceso a la educación superior, entre otras[13].

Este panorama implica que aquel 26,2 por ciento de la población total que representa la juventud en el país y que en el caso de Bogotá alcanza el 1.595.176 personas, está a la espera de políticas sociales y marcos jurídicos más integrales, preventivos, en clave de derechos, capaz de responder a las nuevas dinámicas, agregaciones e identidades juveniles que los conciban como sujetos políticos con nuevas articulaciones y enunciaciones de lo público, lo político, lo social.

Hasta el momento sólo encontramos una ley de juventud (375 de 1997) desactualizada y fuera de contexto respecto de la situación y prácticas reales de las juventudes contemporáneas, más un Congreso que con total desidia permitió el hundimiento del Proyecto de Ley Estatutaria de Ciudadanía Juvenil en la pasada legislatura, no sin antes haber suprimido importantes derechos juveniles consignados en el proyecto de ley.

En América Latina, por desgracia, sobresale la visión estigmatizadora sobre los y las jóvenes. Las políticas de “Mano Dura” y “Súper Mano Dura” que aplicó El Salvador para contrarrestar la acción de las maras, aunque fue electoralmente exitosa, demostró ser un fracaso como política de seguridad –ya que nunca fue una política social.

En Colombia, hechos recientes de violencia juvenil en Bogotá, Cali y Medellín, han impuesto nuevamente esta visión populista según la cual la seguridad mejora únicamente con el aumento del pie de fuerza. De acuerdo con esa visión, a más temprana edad de ingreso a la cárcel y mayor permanencia allí más seguridad habrá.

Con el paso del tiempo hasta las expresiones estéticas en los muros de nuestras ciudades serán un argumento suficiente para atiborrar las cárceles de jóvenes, y la violencia que se vive en los estadios –que no se puede explicar por fuera del clima generalizado de violencia del país- será la excusa precisa para violar los más elementales principios del derecho, e imponer lo punitivo por encima de lo preventivo.

La sociedad tiene que abrir espacios para que sea posible la crítica, para mirarse a sí misma y ver allí su propia capacidad depredadora. Las culturas juveniles son, por tanto, una fuente enorme de posibilidad -y no un peligro. Así el Estado, la sociedad civil y la ciudadanía general deben garantizar el goce efectivo de los derechos para las juventudes de Colombia y América Latina.

Aunque dentro de un año tendremos una nueva cita para disfrutar las estridencias del rock en sus múltiples estilos, y otra parte de los y las jóvenes se encontrarán en otros festivales que se realizan en el distrito, sea esta la mejor excusa para decir una vez más que no somos un “ladrillo en el muro”.

* El título se inspira en el libro de Daniel Cohn-Bendit: “La revolución, y nosotros que la quisimos tanto.”

 ** Historiador, Universidad Nacional de Colombia 

Notas de pie de página


[1] AC/DC. “Let there be rock”. 1977.

[2] Los Speakers. 1965 – 1968.

[3] Documental sobre Rock al Parque: “A los 15 uno ya es grande”. Director: Kliych López. Producción: Black Velvet.

[4] Una cifra un tanto superior se presentó en el año de 2004 cuando asistieron al festival de Rock al Parque 400.000 personas.

[5] En la pasada marcha del día del orgullo LGTB el 23 de junio se realizó bajo la consigna “Somos familia de mil colores”

[6] Dupas, Gilberto. “Pobreza, desigualdad y trabajo en el capitalismo global”. Nueva Sociedad, N 215, mayo-junio de 2008. P, 62 ss.

[7] Reguillo Cruz, Rossana. Emergencia de culturas juveniles. Estrategias del desencanto. Bogotá, Norma, 2000. P, 55 ss.

[8] Ibíd. p, 80.

[9] Moreno Gutiérrez Suang, Murillo Ramirez Óscar: “El espejismo de la innovación”, Prensa Vita. N 05, Marzo, 2011.

[10] Los Speakers.

[11] Agencia de noticias AFP. “Como víctimas o como ejecutores”. 28 Junio 2011.

[12] ADN. “Jóvenes, con mayor tasa de desempleo”. Martes 10 de mayo de 2011, p. 8.

[13] Silva, Diana Carolina. “Sumas y restas de la implementación de la Política Pública de Juventud en Bogotá”. Consulta en línea: www.carlosvicentederoux.org/apuestaporbogota.

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