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Elecciones en Perú: el posible retorno del autoritarismo

Escrito por Óscar Murillo
Oscar-Murillo

Todo indica que, en la segunda vuelta del 6 de junio, Keiko Fujimori saldrá victoriosa. ¿Qué significa esto para Perú?

Óscar Murillo Ramírez*

Pandemia y ausentismo

Este 11 de abril los peruanos acudieron a las urnas para elegir presidente, congresistas y parlamentarios andinos.

La jornada estuvo marcada por un ausentismo generalizado, en medio de una pandemia que ha dejado un promedio de 300 fallecimientos diarios. De las 24.403.874 personas habilitadas para votar, 7.270.029 dejaron de acudir a las urnas: el 29,7% del total y un poco más del número de personas habilitadas que podían ejercer este derecho en Lima.

Esto resulta sorpresivo. De acuerdo con una encuesta que se llevó a cabo en marzo, el 15% de los votantes tenía la intención de votar en blanco y el 12% aún no tenía candidato. De manera comparada, en las elecciones de 2016 el ausentismo en las urnas tuvo el 18,20%, un aumento considerable para esta nueva jornada electoral en un país en el que, de acuerdo con la Ley Orgánica de Elecciones, es obligatorio el voto para toda la ciudadanía mayor del 18 años y menor de 70 años.

El 19,08% de los votos respaldaron a Pedro Castillo y el 13,3% a Keiko Fujimori, por lo que ambos candidatos competirán en la segunda vuelta del 6 de junio.

Una democracia con saldo negativo

Perú retornó a la democracia en 1980, tras once años y diez meses de un gobierno militar que empezó en 1968.

A comienzos de los ochenta, Fernando Belaúnde Terry (1980-1985) fue elegido presidente, pero ese retorno a las elecciones no implicó la estabilidad del régimen democrático. Ese mismo año, en el pueblo de Chuschi, departamento de Ayacucho, comenzó la confrontación armada irregular que emprendió Sendero Luminoso.

Entre 1985 y 1990, bajo la presidencia de Alan García, la inflación se disparó, la pobreza aumentó de forma sustancial, y la corrupción y el narcotráfico tuvieron un auge. Aunque otros países de la región pasaron por experiencias similares en esos mismos años, en Perú se sumaron para impedir la consolidación de la democracia.

El 19,08% de los votos respaldaron a Pedro Castillo y el 13,3% a Keiko Fujimori, por lo que ambos candidatos competirán en la segunda vuelta del 6 de junio

Aún hoy, Perú no ha logrado integrar las regiones más apartadas. La brecha entre la costa, la sierra y la selva es enorme, lo que causa una atomización social que lleva al electorado a buscar entre quienes se presenten como opciones contra el centralismo que ejerce Lima.

En 1990, era evidente que los partidos políticos no tenían capacidad para presentarse como opciones viables, lo que llevó al colapso del sistema partidista que aún persiste. Por eso, Alberto Fujimori llegó a la presidencia y, por una lenta capacidad para reconstruir este sistema, en las elecciones de la semana pasada se presentaron 18 candidatos “personalistas, sin rótulos, plataformas o identidades partidarias estables” como advierte Steven Levitsky.

Foto: Oficina Nacional de Procesos Electorales - Las elecciones se llevaron a cabo el 11 de abril con una abstención importante.

La tradición autoritaria

La debilidad de las instituciones democráticas y su baja capacidad de resolución de los problemas sociales ha hecho que la promesa de un Estado más fuerte sea llamativa entre los votantes.

Después del periodo de la independencia del régimen colonial en el siglo XIX, Perú ha tenido enormes dificultades para encontrar un régimen político que les permita a las instituciones actuar con unos mínimos consensos.

El fujimorismo, según Yusuke Murakami, es la expresión histórica de esa inestabilidad institucional: la materialización de una tradición política que ha llevado a no aceptar las normas. El efecto, es la inexistencia de espacios de negociación y objetivos compartidos que permitan configurar un espacio democrático, más allá de lo inmediato.

Esto desata enconadas luchas por el poder, donde las prácticas autoritarias son consideradas válidas. Esa amenaza antidemocrática asedia permanentemente y se expresa, justamente, en la capacidad del fujimorismo para mantenerse entre las opciones que compiten en segunda vuelta.

La seguidilla de presidentes

Como muestra de la inestabilidad democrática, en apenas cuatro años, Perú ha tenido cuatro presidentes.

En marzo de 2018, el presidente Pedro Pablo Kucynski renunció en medio del escándalo de corrupción de Odebrecht. Lo reemplazó su vicepresidente, Martín Vizcarra, quien fue destituido por el Congreso e inhabilitado por diez años, aunque fue uno de los presidentes con mayor aprobación ciudadana: 87% en su punto más alto y 35% en su punto más bajo.

En su lugar asumió Manuel Merino, quien gobernó durante cinco días y fue forzado a renunciar por una ola de protestas ciudadanas en Lima y al menos ocho departamentos. Y, finalmente, lo reemplazó Francisco Sagasti, quien continúa gobernando hasta hoy.

En ese contexto histórico y político, los resultados de las elecciones muestran que ninguna de las opciones en contienda logró canalizar el descontento ciudadano. La movilización social no se tradujo en una renovación mayoritaria del Congreso: mientras que Perú Libre, de Castillo, obtuvo el 14,07% de la votación, Fuerza popular, por el fujimorismo, obtuvo el 11,12%.

Pedro Castillo

Maestro desde 1995 y líder sindical en el departamento de Cajamarca, Pedro Castillo obtuvo la mayor votación en 16 de los 26 departamentos del Perú. En cinco departamentos, precisamente los más vulnerables, Castillo obtuvo más del 40% de los votos.

En el marco de la campaña electoral se le ha tratado de vincular al Movimiento por la Amnistía y Derechos Fundamentales (MOVADEF), una organización que surgió para solicitar la amnistía de quienes combatieron en la guerra interna, entre ellos Abimael Guzmán, líder de Sendero Luminoso.

En realidad, Castillo entró a la política en 2002 con el apoyo de Perú Posible, el partido del expresidente Alejandro Toledo. En 2017, alcanzó notoriedad pública a raíz del paro de maestros organizado por el Sindicato Único de Trabajadores de la Educación del Perú (Sutep).

Este liderazgo y su apariencia campesina le granjearon el respaldo de las regiones apartadas de la sierra y parte de la selva peruana. Castillo promete una reforma agraria, la nacionalización de los recursos estratégicos y la convocatoria de una asamblea constituyente.

Los resultados de las elecciones muestran que ninguna de las opciones en contienda logró canalizar el descontento ciudadano

Keiko Fujimori

Hija del expresidente Alberto Fujimori, enfrenta un proceso penal por lavado de activos y otros delitos, y esta es su tercera campaña presidencial.

Promete aumentar el tamaño del Estado a través de la defensa del legado de su padre, es decir, un modelo económico neoliberal con una fuerte agenda de seguridad. Esta idea resulta atractiva para un sector del electorado que considera la derrota de Sendero Luminoso como su principal legado.

Pero el legado de Fujimori no deja de ser controversial: fue condenado por violaciones a los derechos humanos y aún es investigado por la esterilización sin consentimiento de 270.000 mujeres indígenas.

Ninguna de las encuestadoras ubicaba a Keiko Fujimori más allá de la cuarta posición, con un promedio del 7% de intención de voto. Llegar por tercera vez a la segunda vuelta presidencial es un logro que sugiere que el fujimorismo logró estabilidad organizativa y bases relativamente sólidas.

El posible retorno autoritario

Aunque es común afirmar que, una vez superada la primera vuelta, arranca una nueva campaña electoral, varios elementos hacen prever una victoria de Keiko Fujimori:

  • Se ha tratado de asociar a Pedro Castillo con Sendero Luminoso. En ese escenario, aunque un sector del electorado no simpatice con Fujimori, la preferirá a ella como un mal menor.
  • Lima, con más de 9 millones habitantes, representa el 29,8% del total de la población del Perú. En primera vuelta, Lima votó mayoritariamente por un candidato de derecha: Hernando de Soto, asesor de Fujimori a comienzos de los noventa, seguido por Rafael López Aliaga, de Renovación Popular, también conservador. Estos resultados sugieren una inclinación de este electorado por una opción conservadora.
  • A diferencia de lo que ha ocurrido en otras elecciones, esta vez el fujimorismo tiene un nuevo aire, producto de un nuevo contexto en América Latina: la crisis venezolana y, en general, el revés que tuvieron los gobiernos progresistas de la región abrió paso una narrativa política que asocia cualquier agenda de transformación o cambio con el comunismo.
  • Las derrotas anteriores del fujimorismo se produjeron gracias a dos condiciones que no se encuentran hoy: (i) la moderación del discurso del candidato que lo enfrente y (ii) la capacidad de formar alianzas diversas. Pedro Castillo es visto como un candidato radical, que tiene muy pocas posibilidades de atraer a sectores de derecha moderada, como lo logró Ollanta Humala. Un ejemplo de ello es el respaldo público de Mario Vargas Llosa, antifujimorista, que llamó a votar por el “mal menor”.
  • El antifujimorismo es un movimiento social urbano, de clase media, de intelectuales y jóvenes profesionales que estaban más cerca de Verónika Mendoza. Desde la división de Frente Amplio, la izquierda viene en un proceso de debilitamiento que se reflejó en las bajas votaciones que obtuvo, además de Mendoza, Marco Arana. Habrá que ver si pueden agruparse alrededor de la propuesta de Pedro Castillo, sobre quien han expresado reparos.

La atomización y escasos resultados de quienes pasaron a la segunda vuelta muestran, igualmente, el desencanto del electorado con las opciones de cambio ante el fracaso de Ollanta Humala. El reto de Pedro Castillo es seducir a este electorado urbano, antifujimorista, y a los sectores de la izquierda y la derecha moderada. Esto último resulta poco probable.

En suma, la victoria parcial de Castillo demuestra la incapacidad de Perú para integrar a las regiones andinas y la selva. Pero, para superar el desinterés de la primera vuelta, hace falta más que eso.

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